Amazon macht frei

EN LOS DOMINIOS DE AMAZON-

Cuanto más conozco a Amazon más valoro el trabajo de la edición y la librería independiente. Hace tiempo que no compro libros en Amazon –con la única excepción de un libro digital que sólo está disponible ahí. Hace tiempo que no enciendo mi Kindle –aunque sí la App del iPad o del smartphone- para leer los libros que compré en su día. Hace tiempo que no me siento cómodo comprando en Amazon.

El título de este artículo está inspirado en el libro “En los dominios de Amazon” de Jean-Baptiste Malet. Que nadie me acuse de frivolizar con ciertas cosas si antes no ha leído el libro del mencionado periodista francés para entender el trasfondo totalitario del modelo de negocio de Jeff Bezos. La relación que yo establezco no es absoluta sino relativa. Amazon no mata a nadie, no obliga a nadie a trabajar en sus centros logísticos, no hace nada exactamente ilegal, al menos no más que otras empresas. El problema con Amazon –y con esas otras empresas- es de valores. Antes que alguien crea que podemos meter a todos en el mismo saco, atentos a ciertas iniciativas de IKEA, en todas partes cuecen habas pero no todas se cocinan igual. Vamos todos en el mismo barco, pero no todos remamos en la misma dirección ni ponemos el mismo empeño.

¿Contra qué luchamos?

Desde su llegada a España la gran mayoría de críticas a Amazon ha tomado un cariz sentimentaloide y neoludita en una defensa numantina de la edición tradicional y la librería de barrio como si ambas estuvieran en posesión de verdades eternas y esencias sagradas cuando únicamente son unos medios para unos fines. Nosotros los llenamos de un significado que puede ser importante pero que a muchos les impide ir a lo esencial. Lo esencial no es conservar una forma de entender la cultura sino disponer de los medios para que esa forma de entender la cultura, que incluye unos valores humanistas, siga prosperando.

La mayoría de críticas al modelo de Amazon se queda en la coyuntura, en los detalles y omite un análisis más profundo, necesario para entender y oponernos a dicho modelo. Todas y cada una de las herramientas de Amazon son perfectamente copiables; la compra a un clic, el envío gratuito, los precios bajos, la excelente experiencia de uso, compra y lectura, incluso la extrema orientación al cliente. La mayoría de ellas son socialmente neutras –la compra a un clic o una oferta de centenares de miles de títulos digitales no perjudican directamente a nadie– pero otras implican un modelo cultural y económico pernicioso. Cada una de estas estrategias encierra unas contrapartidas con las que debemos decidir si comulgamos o no.

El modelo Amazon es fuertemente alienador. Su absoluta orientación al cliente olvida la dimensión humana tanto de los clientes –tratados como seres unidimensionales sólo preocupados por su bienestar a corto plazo– como de los trabajadores de sus plantas logísticas, que son empleados sólo porque todavía no hay robots capaces de hacer exactamente el mismo trabajo. Por eso los tratan como a máquinas, como si fueran piezas intercambiables. Nada que en Occidente no hayamos sufrido desde el siglo XVIII y XIX, nada nuevo desde el taylorismo y semejantes compañeros de cama, aunque incluso Henry Ford sabía que si quería que sus trabajadores fueran a la vez sus clientes tenía que pagarles un mejor sueldo. Amazon no es ni siquiera fordista, es taylorista con propaganda estajanovista. La visión implícita de Amazon es la de un mundo en la que hay obreros que trabajan bajo un enfoque absoluto en el cliente; sus trabajadores no pueden ser clientes de Amazon porque la propia empresa les despoja de la posibilidad de serlo, aunque mediante sus estrategias de comunicación interna intente hacerles sentir que forman parte de algo. Nuestra aproximación al modelo Amazon debe partir de esa base, sólo así seremos capaces de oponernos a la empresa de Jeff Bezos y similares.

¿Con quien contamos?

Olvidémonos, para empezar, del cliente tipo de Amazon –si es que eso existe. Se trata de un cliente que compra una gran variedad de productos en Amazon y sólo le interesan el precio y el plazo de entrega. El cliente que no ve más allá de la Home de Amazon no puede ser el cliente de un editor o librero independiente porque él no cuenta con ellos, no entran en su ecuación de consumo. No es cierto que todo lector sea un cliente potencial de cualquier librería o editorial. Debemos aprender a prescindir de ciertos clientes porque nunca lo serán. No les dediquemos esfuerzos.

Muchos aciertan al diagnosticar que el problema con Amazon es de valores; el sector del libro en España tiene muy bien trabajado el diagnóstico de sus problemas, lo que falla es la medicina a prescribir. Muchos creen que como los valores que defiende Amazon son censurables, todo lo que hace Amazon lo es; son los mismos que desde un romanticismo infantil y una nostalgia de vuelo gallináceo creen que hay que defender la edición y la librería de siempre en bloque, de manera inamovible. Al progreso falto de humanidad oponen un retorno a las esencias que tiene tan poco de humano como lo que dicen combatir. Parecen olvidar que si el progreso no es humanista es simple tecnologismo tanto como que la tradición sin objetivo es simple ritual vacuo.

Del mismo modo que no vamos a renunciar a la electricidad aunque en España tengamos que soportar un oneroso oligopolio energético, tampoco podemos dar la espalda a un montón de útiles herramientas por el simple hecho de que quien más partido les esté sacando –al menos de momento- sea una empresa con un comportamiento sociópata.

Contamos con un público real más pequeño, posiblemente el público que siempre hemos tenido pero que la falta de herramientas adecuadas no nos permitía medir. Si nuestro negocio se basa en el volumen y el best-seller –lo uno lleva a perseguir lo otro y viceversa- necesitamos a Amazon y debemos ponernos a su rueda con grandes tragaderas. Pero si nuestro negocio se basa en la calidad y en la explotación de públicos de nicho Amazon podrá ser un complemento, pero nunca la columna vertebral de nuestro modelo de comercialización.

La calidad es cara y eso conlleva una profunda reestructuración de los métodos de producción. Editar como siempre ya no es sostenible, el plan editorial debe incluir aspectos como la financiación de los proyectos mediante crowdfunding, el conocimiento profundo del cliente antes de trazar el plan –al cliente hay que ir a buscarlo, la librería ya no es el único lugar donde comprar libros–, la integración de las tareas editoriales en herramientas de ahorro de costes directos e indirectos –maquetar libros para imprenta a la manera tradicional empieza a estar obsoleto y convertir luego el resultado en EPUB es un despilfarro–, la asociación con editoriales afines para beneficiarse mutuamente de economías de escala –véanse los casos de Llegir en català y Contrabandos– entre otras medidas.

De todo lo mencionado se desprende una digitalización a ultranza que no consiste en la simple transformación de formatos y su distribución digital como remedo de lo analógico. Digitalizar la edición es pensar en digital desde la selección de los títulos a hasta su comercialización y compra por parte del público teniendo en cuenta, además, su futura vida comercial. No debemos editar nada que no sepamos cómo vender a un mínimo de clientes y no sabremos cómo venderlo si no conocemos a nuestro público. No debemos confiar nunca más en el espejismo analógico según el cual basta con poner los libros en las librerías –tantas como sea posible, analógicas o digitales– para que nuestro libro se venda. Eso ya no funciona.

La digitalización a ultranza no elimina el papel sino que le da la dimensión adecuada en cada proyecto editorial. Habrá casos en los que será imprescindible producir una tirada considerable en papel, mientras que en otros casos sólo los formatos digitales tendrán sentido, pasando por modelos mixtos en los que la impresión bajo demanda tiene su razón de ser.

El corolario de todo esto es que podemos combatir a Amazon –y seres de parecido pelaje– en terrenos que no trabajan bien o que no pueden trabajar en absoluto. Uno de los más importantes es el conocimiento profundo del público de nicho; Amazon puede poner a disposición de dichos públicos un caudal enorme de títulos, pero no puede acercarse a ellos y establecer una relación basada en el conocimiento y en la conversación, una relación basada, al fin y al cabo, en valores.

Jeff Bezos necesita centenares de millones de clientes. Las editoriales y librerías independientes necesitan unos pocos cientos de buenos clientes y unos cuantos cientos más de ocasionales. Amazon necesita crecer para sobrevivir. Las editoriales y librerías independientes sobreviven cuando logran mantener márgenes operativos discretos. Éstas y otras diferencias son de una importancia estratégica.

Copiar bien, copiar lo adecuado

Amazon hace muchas cosas bien que debemos saber copiar. Ya hemos aprendido que la experiencia de uso, compra y lectura son esenciales. Para Jeff Bezos la única dimensión del negocio es un servicio impecable y eso le lleva a sus draconianas políticas de precios y de recursos humanos. No es necesario convertirnos en Amazon para hacer las cosas bien. La compra a un clic es fácil de copiar y no hace daño a nadie, pero otra cosa muy distinta es caer en la trampa de jugar con las mismas herramientas que el gigante, pues siempre nos ganará por goleada. Ni editores ni libreros independientes podrán nunca competir en el terreno de la entrega gratuita, a duras penas podrán hacerlo en el de las 24 horas y raramente en precio. No es ahí donde hay que luchar porque el público que prima esas dimensiones del trato al cliente no es nuestro público. Hay que copiar bien lo bueno de Amazon, pero sólo hay que copiar lo adecuado.

La solución a los problemas del libro independiente no es ni fácil ni rápida, pero pasa por la construcción de productos que puedan competir allí donde otros no pueden. Los problemas de mercado deben solucionarse en el mercado sin recurrir a las ayudas de la Administración y sin encastillarse en tradiciones hueras. Amazon es un contrincante formidable, pero no es invencible si elegimos bien el terreno, las herramientas y los valores adecuados.

Avance del Informe de Comercio Interior del Libro 2013: cuando la culpa siempre es de los demás

ACUSICA-

La semana pasada apareció el Avance del Informe de Comercio Interior del Libro de 2013 (lo encontrarán aquí). Un amable lector me ha pasado el e-mail que la Federación mandó a los medios interesados y los documentos que lo acompañaban con el que algunos periodistas culturales –por llamarlos de algún modo- han pergeñado sus sumisiones.

En este artículo no hablaré de datos, pues los del avance son cada vez más sesgados e interesados con el objetivo de que los mencionados voceros de la corte hagan cumplida difusión. Hablaré de la mentalidad con la que la intelligentsia editorial española se enfrenta a las nuevas realidades y de la falta de ideas que aqueja a la principal institución privada del libro español.

Para la Federación de Gremios de Editores de España la culpa siempre es de los demás. Da lo mismo que el sector viva un auténtico Götterdammerung desde hace más de seis años; en las más de dos mil palabras del documento remitido a los medios –nota de prensa, por llamarlo de algún modo- no hallarán la más mínima autocrítica, el menor atisbo de duda, el más leve cambio de rumbo. Al contrario, el documento empieza así:

El libro sigue siendo la primera industria cultural, pese a la crisis

Para mí gusto sólo ha faltado algún exaltado epíteto florido con la letra eñe, será que los tienen bien puestos pero han estudiado en escuelas de pago. Tras guardarse su desvergüenza en los pantalones la FGEE emprende un paseo argumental que se basa en una frase que puso de moda la primera entrega de Torrente, el brazo tonto de la ley: la culpa es de los padres, que las visten como putas. A diferencia del castizo policía nuestro brazo tonto de la edición es algo más prolijo en palabras y lo que dice se resume en esto:

Los principales factores que incidieron directamente en que continuara el descenso de las ventas de libros en España en un 9,7% en 2013, hasta los 2.708 millones de euros, fueron:

-       La caída del consumo derivada de la crisis económica

-       La ausencia de políticas educativas que conciencien a la sociedad de la importancia de proteger la creación intelectual

-       El creciente aumento de la oferta ilegal de libros electrónicos

-       La elevada fiscalidad del libro digital, gravada con un IVA del 21% frente al 4% del libro en papel

-       La ineficacia de la Administración, a través de la Sección Segunda de la Comisión de la Propiedad Intelectual, en resolver denuncias contra las páginas web que ofrecen obras de forma totalmente ilegal sin el permiso de los autores

-       El descenso, cuando no supresión, de las ayudas a las familias para la adquisición de los libros de texto

-       La reducción de las inversiones en fondos para bibliotecas públicas, escolares y universitarias.

El resto es una simple –y mala- justificación de este resumen. Llama la atención la cifra de descenso del 9,7%. No dejo de recibir información, de libreros, editores y otros profesionales del ramo, más cercana al 15 o incluso al 20% de descenso el último año. Cierto es que la guerra va por barrios, pero es que de barrios muy distintos me llegan las noticias. Los datos y su gestión nunca han sido el punto fuerte de la FGEE. Comentaba Manuel Gil hace unos días la disparidad en las cifras de publicación de libros digitales según la información viniera de la Agencia Española del ISBN o del Avance del Informe de Comercio Interior del Libro de 2013. La discrepancia no está en unas decenas o centenares de títulos –ciertos artefactos estadísticos podrían explicarlo, aunque mal; mientras la Agencia habla de 20.402, el Avance mencionado eleva la cifra hasta los 36.621. Manuel Gil se cree más a la Agencia y yo también, pues en su caso, como decimos en Catalunya, “són fabes comptades”. Entenderán ustedes que con datos como estos no se va a ninguna parte.

La FGEE empieza su lista de siete puntos aludiendo a la crisis económica, a la de todos. Bienvenida perogrullada. Ni una palabra de la crisis que aqueja a edición española desde hace ya un par de lustros, ni una mención que nos haga suponer que han entendido que la casa está patas arriba y unas flores en el balcón no lo van a solucionar. Ni palabra de reformas.

El segundo punto confunde el culo con las témporas, aunque en esas tribulaciones la FGEE lleva ya bastante tiempo. Para empezar lo que dicen no es cierto: si algo tenemos en este país es una política educativa –léase propaganda institucional e industrial- que empezó con esos risibles anuncios insertos en las películas de DVD y tiene su colofón en bajadas de pantalones como la que mencionábamos al principio de este artículo. Se nos repite, desde cualquier gobierno, institución cultural pública o privada, desde la industria y desde los medios de comunicación que la piratería está mal, cosa que comprendería si no fuera porque el mensaje es monocorde, monótono, aburrido, falto de argumentos, quejica, sesgado y torticero. Creo que la gente no se lo cree y por eso no funciona.

El tercer y quinto puntos hablan de más o menos lo mismo pero desde distintos ángulos. Mencionan el creciente aumento de la oferta ilegal de libros electrónicos pero a la vez se olvidan de la parca oferta legal por no mencionar la infame calidad de buena parte de dicha oferta. Aluden a la ineficacia de ese engendro de la Sección Segunda que ellos mismos presionaron para crear –saltándose las garantías jurídicas reconocidas en la Europa continental- y ahora se quejan que su invento no funciona; pues es su problema y con su pan se lo coman. En España hay piratería, posiblemente debe ser combatida con más y mejores recursos, pero también con más agilidad e imaginación que ahora.

Dedicar tres puntos de siete a hablar de la piratería sin mencionar por ningún lado la necesaria reconversión industrial estructural del libro español muestra la necedad, hediondez y embotamiento de ideas que aqueja a lo más esclerótico de nuestra industria en cuyo pináculo encontramos a la FGEE y quienes la gestionan y gobiernan.

El cuarto punto lo dedican al IVA. Angelitos. ¿Dónde estaba la industria hace siete u ocho años cuando era necesario influir en Europa en aspectos tan importantes como este? Yo no estoy de acuerdo en que el IVA de los libros –de papel o digitales- sea diferente al de cualquier otro producto de consumo, pero es evidente que si hace ocho años los grandes de la edición europea hubieran hecho los deberes en vez de gritar, histéricos, ¡que viene el coco!, otro gallo cantaría. También lo tendrían más fácil con los autores si no se hubieran pasado años –algunos siguen cavando su propia fosa- asustándoles con que el libro digital era poco menos que el fin de la civilización occidental. Ahora sudan sangre para lograr la cesión sensata de derechos digitales para la venta con descarga mientras que la negociación de los derechos para la lectura en la nube da para repartir paroxetina a manos llenas.

Resulta curioso que hablen de IVA pero no se les ocurra mencionar que el precio de los libros en España es demasiado alto si lo comparamos con los precios de otros países con mayor tasa lectora y mayor PIB per cápita. ¿Por qué sucede esto? Tampoco parecen muy preocupados en hallar la respuesta aunque la falta de elasticidad del mercado español del libro algo tendrá que ver, digo yo. Esa falta de elasticidad también es culpa suya, no se olviden que la Ley del Libro de 2007 fue un diktat de lo más granado de nuestra industria libresca.

La FGEE dedica los dos últimos puntos a lo que mejor sabe hacer: lloriquear. La disminución o supresión de las ayudas para la adquisición de los libros de texto no es una cuestión ni central ni estratégica. Es obvio que alguien, en la Junta de la FGEE, echó en falta una mención a “lo suyo” y pidió poner algo. Como no sabían muy bien qué, optaron por el comodín del victimismo cuando podrían explicar por qué en la Ley del Libro de 2007 descolgaron el libro de texto del precio fijo, provocando un alza en los precios del libro de texto –es lo que pasa cuando desregulas un oligopolio- que, de no producirse, no haría tan necesarias esas ayudas por las que ahora lloran; también provocó que las editoriales del ramo se dedicaran a saltarse al librero vendiendo directamente a las AMPA contradiciendo, de facto, esa supuesta Love Story que siempre ha unido a editores y libreros –bueno, en la película, al final la chica palma. ¿Alguien tiene un pañuelo?

La Federación se traicionaría a sí misma si no terminara una lista con el ya tradicional “qué hay de lo mío” que tan grandes tardes les ha dado. Resulta que nuestros gobiernos han decidido comprar menos libros, cosa cierta, aunque en el pecado llevan los editores su penitencia. Opino que nunca ningún gobierno comprará suficientes libros pero una cosa es el ideal ilustrado y otra muy distinta parasitar lo público para que compre lotes enteros de libros que no interesan a nadie. La función de la administración no es comprar libros para que cojan polvo en las bibliotecas en vez de hacerlo en los almacenes del distribuidor, es velar por el bien común y a veces eso pasa por comprar menos libros, por mucho que nos duela. No estoy nada de acuerdo con la gestión de la crisis de casi ninguno de nuestros gobiernos, sea central, autonómico o municipal pero recurrir al arribismo ocultando el pasteleo al que se han dedicado durante años muchos de los grandes y pequeños editores –aquí hay para repartir a todos los niveles- es obsceno. Además, tampoco ahí está el meollo del asunto.

No sé ustedes, pero yo ya estoy hasta las suprarrenales de esta gente. Con ellos no llegaremos a ninguna parte y se empecinan en que sin ellos nada sea posible. Sigamos denunciando su incompetencia interesada mientras nos inventamos un camino diferente, el camino de un montón de profesionales del libro que nunca han confiado o que hace años que ya no confían en ellos. No sólo hay vida fuera de la FGEE, la vida está precisamente fuera de ella.

Leyes ad hoc con huecos ad hoc: Amazon en Francia

BEZOS1

- Imagen: Wikipedia -

Admiróse un portugués

de ver que en su tierna infancia

todos los niños en Francia

supiesen hablar francés.

«Arte diabólica es»,

dijo, torciendo el mostacho,

«que para hablar en gabacho

un fidalgo en Portugal

llega a viejo y lo habla mal;

y aquí lo parla un muchacho».

 

Saber sin estudiar

Nicolás Fernández de Moratín (1737 – 1780)

Sorprendidos están ahora los franceses de ver que en sus mismas narices la diabólica Amazon se ha pasado por el arco del triunfo la Ley Nº 2014-779 de 8 de julio 2014. La compañía de Jeff Bezos lo ha hecho, además, con el más exquisito respeto a la ley recién aprobada que regula la venta y el envío a distancia de libros de papel y prohíbe su envío gratuito. El Artículo 1 que modifica también el primer artículo de la Ley Nº 81-766 de 10 de agosto de 1981 –llamada Ley Lang- que establece el precio fijo en Francia (traducción propia a partir del original en francés):

[…]

Cuando el libro se envía al comprador sin recogerse en librerías al por menor, el precio de venta es el fijado por el editor o el importador. El minorista puede practicar un descuento de hasta el 5% sobre el precio del servicio de envío que haya establecido, sin poder ofrecer este servicio de forma gratuita.

Dejaremos para otro día que una ley ad hoc se burle de doscientos años de liberté, égalité, fraternité. Cuando Amazon aterrizó en Francia empezó el habitual estropicio libresco. Los inventores del espeso concepto de excepcionalidad cultural porfiaron para prohibir a Amazon el envío gratuito de los libros. Al principio adujeron que lo que hacía Amazon era dumping y, por lo tanto, ilegal; pero como demostrarlo en un juzgado costaría varios años, muchos abogados y muchísimo dinero decidieron dejarse de marchitos valores republicanos e inventarse una ley que bordease el problema prohibiendo a todo el mundo mandar los libros gratis a casa del cliente. ¿Por qué? Pues no es que lo tengan muy claro, se han limitado a murmurar acerca de la excepcionalidad, los valores culturales y cosas parecidas; personalmente no veo cómo el envío gratuito de un libro puede dañar a la cultura. Sería como si el envío gratuito de la compra del súper dañara irreparablemente los garbanzos en conserva.

Les salió una ley tan borde que Amazon ha tardado un par de días en bordearla de forma sencilla y elegante. Una ley no puede ser más fuerte que el más débil de sus postulados y Amazon identificó las palabras clave:

[…] sobre el precio del servicio de envío que haya establecido […]

La solución fue inventarse unos costes de envío tan bajos que dejaban el coste aplicable al cliente en 0,01€. Un céntimo.

¿Es legal? Sí, lo es, porque en una economía de mercado –que sea liberal o social no viene al caso- los precios son libres salvo escasas y muy justificadas excepciones. Y el libro no es una de ellas.

¿Es artero? Sí, lo es, porque nadie en su sano juicio se cree que los costes de envío reales puedan ser tan bajos, ni siquiera para un gigante como Amazon, con un poder de compra de servicios de mensajería que le permite conseguir precios muy, muy bajos. Pero no tanto.

¿Es dumping? Pues no lo tengo yo muy claro, porque lo que harán –lo que hacían hasta ahora- era cargar el coste del envío en su margen de venta y eso no es ilegal. Harán lo mismo, menos un céntimo. Y el cliente no notará la diferencia.

¿Tiene sentido? Sí, lo tiene, porque vuelve a poner la pelota en el tejado del gobierno y el sector editorial francés a un coste ridículo; ahora sólo pueden recurrir a los tribunales sin demasiadas posibilidades de éxito, precisamente lo que pretendían evitar con una ley que ha demostrado tan pronto su inutilidad. Siempre podrían hacer otra ley pero… no sé si les apetece hacer (más) el ridículo. El streap-tease argumental al que la cultura francesa se ha entregado éste último año tampoco les ha dejado demasiado bien.

Todo esto es válido para el cliente normal. Para aquellos que estén abonados a Prime, el servicio seguirá siendo gratuito, ya que opera como un club de compra. ¡Qué cosas!

Más imaginación, menos pasteleo

Muy mal va un sector que necesita recurrir al pasteleo legislativo para resistir al invasor. Con ello no me refiero al gigante norteamericano, me refiero a todos aquellos con una manera tan diferente de hacer las cosas que lo inventado hasta ahora no sirve. El reto es estructural, sistémico, y los parches legales apenas aguantan el más mínimo embate.

Espero que los que desde aquí aplaudían la legislación francesa con un entusiasmo digno de mejor causa se den por enterados. Lo que me temo es que seguirán sin aprender cuál es el problema y dónde está; seguirán pidiendo nuevas (viejas) leyes para protegerles a ellos. Ni en Francia ni en España está en peligro la cultura, a lo sumo cierta forma de vender libros; ese es un problema comercial, no cultural y comerciales, no culturales, deben ser sus soluciones. La Europa continental no puede permitirse perder tanto tiempo ni hacer tanto el ridículo.

 

Para saber un poco más:
http://www.digitalbookworld.com/2014/report-amazon-offers-ultra-cheap-shipping-in-france-circumventing-no-free-shipping-law/
http://www.france24.com/en/20140711-amazon-snubs-french-free-delivery-ban-with-1-cent-charge/
http://the-digital-reader.com/2014/07/11/amazon-side-steps-french-ban-free-book-deliveries-now-charges-centime-shipping/#.U8JXu5R_vZ8
http://valordecambio.com/2014/07/11/la-loi-anti-amazon-au-journal-officiel-les-frais-de-port-a-1-centime/

La biblioteca integral (IV): la simbiosis entre librerías y bibliotecas en Catalunya

Pinyacdm-

A partir del próximo octubre los usuarios de la red pública de bibliotecas de Catalunya podrán empezar a comprar libros en cualquier biblioteca gracias al convenio firmado por el Departamento de Cultura de la Generalitat y el Gremio de Libreros de Catalunya. Es una de las iniciativas culturales de más calado de los últimos treinta años.

Estamos acostumbrados a que las administraciones públicas fomenten aspectos particulares de la cultura y sabemos que ciertas ayudas públicas pueden cambiar determinados aspectos de alguna disciplina artística. Muy pocas veces un sencillo convenio entre una administración pública y un órgano de representación profesional tiene la capacidad de transformar el consumo cultural de todo un país.

El acuerdo, de un alcance que sólo veremos a medida que se vaya implantando, se estructura en dos ejes básicos. Por un lado la colaboración entre la red de bibliotecas y la red de librerías del Gremio de Libreros; por el otro el intercambio de información entre ambas redes mediante herramientas como LibriData. Finalmente, este acuerdo será decisivo para la futura biblioteca pública digital catalana. Resumiendo:

-       Los usuarios de la red de bibliotecas podrán comprar libros de papel y decidir si los recogen en el mismo centro, en la librería de proximidad que ellos elijan o en su mismo domicilio. Esta última opción está en estudio debido a los costes asociados.

-       Instalar escaparates de las librerías en las bibliotecas para dar a conocer títulos destacados, la agenda de actos y la oferta de las librerías de proximidad.

-       Las bibliotecas y librerías trabajarán conjuntamente en la organización de actos para el fomento de la lectura para públicos diversos; cabe citar la coordinación en la organización de clubes de lectura y la celebración de ferias del libro en las bibliotecas.

-       Implementar Liberdrac, tienda digital de las librerías catalanas, en las bibliotecas públicas, para permitir la compra de libros digitales desde dichos centros. Será la base, en un futuro próximo, del préstamo digital en las bibliotecas.

-       Abrir el acceso de la mencionada LibriData en las bibliotecas públicas, incorporando los datos de préstamo de libros a sus bases de datos, para que los bibliotecarios puedan acceder a más y mejor información.

Para comprender mejor el impacto del convenio recuperaremos algunas cifras que ya mostramos en el primer capítulo referidos a las bibliotecas en Catalunya (datos de 2013, excepto si se indica lo contrario entre paréntesis):

Red de bibliotecas públicas: 359 + 11 bibliobuses

Total libros en bibliotecas públicas (aprox.): 14.000.000

Visitas: 25.356.484

Población con biblioteca en su municipio: 7.019.581 (92%)

Usuarios con carnet: 3.490.051

Documentos prestados (2009): 16.703.912

Libros y publicaciones prestadas (%, 2009): 55,10%

Ordenadores de uso público: 4.783

Accesos a Internet desde bibliotecas: 5.404.198

Actividades: 51.211

Clubes de lectura: 539

Miembros de algún club de lectura: 10.780

Fuente Datos 2013: Servei de Biblioteques de la Generalitat de Catalunya
Fuente Datos 2009: Idescat, Institut d’Estadística de Catalunya

Y añadiremos algunos datos más referidos a la venta de libros en Catalunya (2013):

Facturación: 199.990.663 €

Unidades vendidas: 15.068.666

Precio medio de los libros vendidos: 13,85 euros

Librerías agremiadas (empresas): 279

Puntos de venta: 335

Total librerías en Catalunya (agremiadas + no agremiadas):601

Ventas en librerías:53%

Ratio librerías en Catalunya: 7,9 x 100.000 habitantes

Ratio librerías en España: 11,6 x 100.000 habitantes

Fuentes: Gremio de Libreros de Catalunya (aquí) / Mapa de Librerías, Observatorio de la librería en España, 2013

Un acuerdo con muchas virtudes y muy pocos defectos

Según el Mapa de Librerías (pág. 22) citado en la tabla, el ratio de librerías en Catalunya es más parecido al de Francia (7,3) o al de la media europea (6,4) que al del resto de España. Aunque el Mapa no ofrece el porcentaje desagregado por CCAA de los municipios sin librería, es muy posible que en Catalunya el panorama sea algo más halagüeño que en el resto del Estado dado que su población es proporcionalmente más urbana; aún así, debemos estimar que al menos un 15% de la población catalana vive en un municipio sin una librería digna de tal nombre, aunque si comparamos el número de municipios (947) con el del total de librerías (601) veremos que al menos más de un tercio carecen de una –y sin duda deben ser más, pues son muchos los municipios que cuentan con más de dos. Aquellos municipios pequeños que sí la tienen no son demográficamente capaces de sostener grandes librerías, de modo que también se ve mermada su capacidad de acceso, al menos inmediato, a una extensa oferta de libros.

La primera virtud del convenio es combinar la cobertura de la red de bibliotecas y de la de librerías. De este modo el porcentaje de población catalana con acceso al servicio de librería será del 92%, pues les bastará con disponer de una biblioteca. Un contraste muy acusado con el 25% de la población española que vive en un municipio sin ninguna librería (pág. 22 del Mapa).

La combinación de ambas redes puede tener un efecto muy positivo en el modelo comercial del libro en Catalunya; una red de distribución y venta de libros ineficiente es un incentivo para que el lector desabastecido decida comprar en grandes plataformas los libros de papel y luego los digitales. Si la tendencia al cierre de librerías sigue su curso (han cerrado 1.500 desde 2008, pág. 17 del Mapa), podría darse el caso que la cadena de valor del libro de papel fallara por su eslabón más débil, la librería. Este acuerdo puede prevenir el cierre de algunas librerías, pues las hace beneficiarias del flujo de usuarios de las bibliotecas y permite que las librerías catalanas se comporten como una red capaz de absorber los daños de forma orgánica, de modo que el fallo de algunos nodos no afecte gravemente al conjunto. Asociarse a una red orgánica como la bibliotecaria vertebra de forma mucho más fuerte a las librerías.

Hay quien ha querido ver en este acuerdo una apropiación poco lícita de bienes públicos. Opino lo contrario. La oferta de la red de bibliotecas no puede ir más allá del préstamo de libros, mientras que la oferta de la red de librerías no puede ir más allá de su venta. En la frontera el acuerdo es posible porque los usuarios de las bibliotecas son uno de los públicos que más libros compra; que pueda decidir libremente si toma un libro prestado o bien lo adquiere es una opción que suma, no resta. Que dicha decisión redunde en un beneficio para su librería de proximidad y para la red capilar de librerías independientes sólo puede ser una buena noticia.

La pregunta que podríamos hacernos es: ¿sirve –o debe servir- una biblioteca para vender libros? Si creemos que las bibliotecas fomentan la lectura y crean lectores deberemos aceptar que, implícitamente, crean compradores de libros. Sus usuarios conocen la oferta de la biblioteca, pueden educar su gusto –cada cual a su manera- y comprar en función de sus preferencias. Las bibliotecas combaten indirectamente la piratería –todavía más si prestan libros digitales- y promueven clubes y grupos de lectura. El corolario inevitable es coordinar los esfuerzos de bibliotecas y librerías para conseguir una red de consumo de cultura lo más abierta y democrática posible en la que los ciudadanos dispongan de todas las opciones. El convenio también prevé que el beneficio de las librerías colaboradoras tenga un retorno social en forma de ejemplares cedidos gratuitamente a las bibliotecas.

En las bibliotecas no sólo hay lectores de libros. Prácticamente la mitad de los usuarios no van a leer libros ni los piden prestados sino que se dedican a otras actividades, como la lectura de periódicos y revistas, estudiar, asistir a cine-fórums, talleres, exposiciones y conferencias. Estos usuarios pueden ser lectores en su tiempo libre y en su casa y por ello es tan importante que la biblioteca no sea sólo un punto de compra sino que, además, sea un punto de información y de difusión de novedades. La biblioteca puede reforzar su papel como punto de referencia para el consumo de cultura y debe colaborar con la librería informando a sus usuarios de la oferta comercial editorial. Este extremo es todavía más importante si tenemos en cuenta que las bibliotecas, en Catalunya, tienden a agruparse con otros servicios como mercados, centros de atención primaria, centros cívicos y/o teatros, y suelen concentrar un flujo de paso del que la mayoría de librerías no disfruta. A la librería sólo vamos a comprar libros; a la biblioteca vamos por muchos motivos.

Durante este verano y hasta el mes de octubre se llevará a cabo una prueba piloto en la que participarán quince tándems de librerías y bibliotecas en las localidades de Banyoles, Barcelona, Cornellà de Llobregat, Esplugues de Llobregat, Girona, Igualada, Mollerussa, Llinars del Vallès, Manresa, Mataró, Móra d’Ebre, Sant Celoni, Tarragona, Torroella de Montgrí y Tortosa. La experiencia que se obtenga con dicha prueba permitirá la progresiva implantación al resto de la red de bibliotecas buscando la implicación de tantas librerías como sea posible.

Eficiencia, información y publicación de datos

Sumar ambas redes también beneficia su eficiencia mediante la implantación de Liberdrac y LibriData en las bibliotecas. En un primer momento Liberdrac sólo servirá para que los usuarios de las bibliotecas puedan comprar libros digitales en un entorno asistido donde el bibliotecario podrá asesorarles en su introducción a la lectura digital. Así, la biblioteca y los bibliotecarios se convierten en agentes de cambio tanto culturales como tecnológicos, incrementando su utilidad social.

Mayor impacto tendrá la integración de LibriData (el gremio ha conseguido que el sector acoja esta iniciativa con más de doscientos establecimientos asociados en toda Catalunya). El objetivo es combinar la información de ventas de las librerías con la de préstamos de las bibliotecas para poder gestionar mejor las adquisiciones de la red de bibliotecas que éstas, a su vez, realizarán en las librerías. Es evidente que sumar los aproximadamente ocho millones de libros prestados anualmente a la base de datos de LibriData puede incrementar la eficiencia de ambos sistemas, pero si este intercambio de información no se realiza adecuadamente estaremos brindando un conocimiento de los usuarios de las bibliotecas que no tendrá su justo retorno. Lo que debemos exigir al Departamento de Cultura de la Generalitat y al Gremio de Libreros es que publiquen los datos agregados, como mínimo con periodicidad anual, aunque sería mucho más útil para el sector del libro catalán –y español- que su publicación fuera trimestral –lo de mensual ya sería mi carta a los Reyes Magos. Si LibriData es una herramienta mínimamente competente no hay problemas técnicos que lo impidan. Tampoco lo impide la LOPD, pues se trata de publicar datos agregados, no personales, desglosados por criterios geográficos que pueden llegar a ser bastante detallados –al nivel de códigos postales, por ejemplo. Disponer de un mapa actualizado trimestralmente con la combinación de compra y préstamo de libros, es algo que el sector necesita con urgencia.

Dicho mapa será todavía más útil cuando se ponga en marcha la biblioteca pública digital catalana. Aunque el proyecto todavía se encuentra en fase de estudio, todo parece indicar que Liberdrac será su matriz tecnológica. Será el momento de sumar los datos de venta de Liberdrac con los de préstamo digital público y empezar a ver algo de luz en el marasmo de datos en el que vivimos. Datos reales de ventas en papel y en digital y datos reales de préstamo, también en ambos formatos.

Los libreros en el meollo de la biblioteca pública digital

Que el Gremio de Libreros de Catalunya haya conseguido cerrar un acuerdo de este calibre les devuelve al centro del debate cultural y digital. Muchos los dábamos por desahuciados a medio plazo; estoy contento de haberme equivocado aunque sigo pensando que el grueso de los libreros catalanes no está siguiendo el rumbo de su propio gremio: a diferencia de la buena acogida de LibriData, sólo 45 de un total de 279 agremiadas, a su vez de un total de 601 librerías en Catalunya se han adherido a Liberdrac. Sólo el 16% de sus agremiados está respondiendo, apenas el 7% del total de libreros catalanes. Todavía les queda mucho trabajo que hacer en su propia casa.

El convenio de colaboración firmado con la red de bibliotecas les otorga la legitimidad necesaria para el posterior desarrollo de la biblioteca pública digital catalana; de otro modo los libreros podrían ser percibidos como intermediarios innecesarios en el préstamo digital. Liburuklik, la biblioteca pública digital del País Vasco comprará sus contenidos directamente a los editores sin pasar por los libreros, aunque la red de bibliotecas vasca sigue comprando los libros de papel a sus libreros de proximidad. Creo que el modelo catalán de integración de redes mediante el pacto con una entidad representativa profesional como el Gremio de Libreros es de una mayor complejidad pero, en caso de éxito, sus réditos sociales, económicos e industriales pueden ser mayores.

Lo mejor de cada casa

Este convenio aúna lo mejor de cada casa. La biblioteca nos asegura una oferta pública al alcance de todos, continua, permanente y con un mínimo umbral de calidad. La librería nos brinda la libertad de elegir aquello que queramos. La unión de ambas es un juego en el que todos, ciudadanos, bibliotecas y libreros, salimos ganando. El escritor Toni Sala lo resumía muy bien en un artículo recientemente publicado en el diario digital cultural en catalán Núvol titulado La biblioteca en temps mutants. Con él quiero terminar este capítulo:

Com es fa, això, com s’obren i es mantenen obertes les vies a la llibertat? S’ha fet molt famós últimament un vers de Margarit que diu “La llibertat és una llibreria”. El vers està bé, però la llibertat la defineix millor una biblioteca. Són biblioteques, el que periòdicament cremen els repressors: a Nínive i a Alexandria, a Berlín i a Sarajevo, al Quixot i a Farenheit 451. Poc o molt la llibreria es mou per interessos comercials, i això vol dir que allà el lector hi té l’última paraula, i n’ha de sortir satisfet. En una biblioteca pública, en canvi, els llibres es mouen per interessos que si no són humanistes tampoc són comunitaris, i l’humanisme no és res més que la llibertat.

Nota: he decidido dejar de traducir los textos en catalán que cite en mis artículos pues considero que la comprensión de esta lengua está al alcance, sin demasiado esfuerzo, de cualquier castellanohablante instruido. Haciéndolo así yo me sentiré más cómodo.

La edición sorprendida y el patriarca ausente

PLANETA2-

Beatriz de Moura ha decidido dejar de fingir y emprender una vergonzosa retirada de Tusquets confirmando la crónica de una muerte tantas veces anunciada y tantas veces negada. El Min(h)isterio de Deportes, Educación y Cultura –el orden de los factores no altera la ignorancia- acaba de fallar las subvenciones a las revistas culturales concentrándolas en aquellos que menos lo necesitan. Dos tontas noticias que tanto nos dicen del país en el que vivimos y de la cultura que sufrimos.

España pasó del franquismo a la democracia sin hacer los deberes. La Transición consistió en repintar la maquinaria franquista y hemos llegado a nuestros días con desconchones y herrumbre imparables. Los altos funcionarios del Estado y un buen puñado de políticos se cambiaron de chaqueta y siguieron a lo suyo. La divina progresía entró en rumbo de convergencia –que no colisión- con sus adversarios ideológicos y de esos lodos vienen nuestros polvos.

Dos paralelas son dos líneas que se juntan en el infinito; en la edición barcelonesa eso sucedía habitualmente en las fiestas de la alta burguesía. Coincidían el franquismo sociológico con los cachorros inconformistas, es decir, con sus propios hijos o los amigos de sus hijos –¡oiga, que el mío es decente pero va con rojas compañías que lo distraen! Una de esas fiestas era la gala de entrega del Premio Planeta y a ella acudían todos. Lejos de liarla parda se entendían perfectamente. Qué guapos, qué cultos, qué encantados de haberse conocido y volverse a conocer año tras año. Se mezclaba la gente de orden que admitía que un cambio era necesario pero a su debido tiempo con aquellos que decían ansiar el cambio pero de forma ordenada, no fueran los obreros –los de verdad- a cambiar las cosas por sí solos. Para dar color y negocio se traían amiguetes del otro lado del charco, que si lo de aquí mejoraba lo de allí estaba a punto de irse a la mierda con patrocinio de los chicos de Milton Friedman.

La cuñada de De Moura tuvo más estilo enajenando Lumen sin marear tanto la perdiz, Jorge Herralde se desprende poco a poco de Anagrama en un crepúsculo de señorial decrepitud mientras que lo de la Balcells no tiene quien lo escriba: ficha a su sucesor y luego vende el chiringuito. Los derechos de lo mejor de la literatura en castellano están en manos de un agente norteamericano. Dos orejas, el rabo, ovación y vuelta al ruedo.

Mientras tanto todo el mundo sigue convencido que Planeta es un grupo editorial. Planeta es un grupo editorial porque al patriarca le dio por los libros cuando podría haberle picado por las lavadoras o los motores de gasógeno. De haber sido así puede que hoy el octavo fabricante mundial de electrodomésticos se llamara Planeta. No fue así por caprichosos motivos; uno de ellos fue que el papel estuvo sujeto a estricto control estatal hasta finales de los cincuenta y en esas lides ayudaba mucho, muchísimo, haber entrado en Barcelona como capitán de La Legión. También ayudaba mucho, muchísimo, formar parte del franquismo sociológico altoburgués. No sé si vamos entendiendo lo de las paralelas. Otras líneas no tan paralelas, como las de los editores –republicanos- que ya lo eran antes de la Guerra Civil, ni tuvieron tanta suerte ni son tan recordados, véanse casos como el de Joan Sales. A parte de algunos historiadores de la cosa, en este país hemos olvidado lo que le debemos al exilio editorial si no en volumen, sí en calidad.

El patriarca planetario, marqués del Pedroso de Lara desde 1994, fue un superviviente que construyó un imperio. El problema de los imperios construidos por supervivientes es que no suelen sobrevivirles al estar hechos a su imagen, semejanza, limitaciones y contexto. Especial relevancia cobra el contexto en un país acostumbrado al qué hay de lo mío y a solucionar ciertos problemas de mercado en los despachos de la administración mediante el socorrido expediente de deme aquí una subvención –que en realidad no necesitan- o mónteme allá un concurso público a mi medida para ganarlo sin muchos problemas. No suelen liderar el sector sino que viven de él y agostan otros desarrollos.

Echar la cuenta de los sellos de supuesto prestigio que han pasado limpiamente a manos de grandes grupos como Planeta sin el mínimo sonrojo de sus divinos fundadores empieza a mostrarnos que detrás de ciertas posturas hubo mucha boquilla. ¿Editores comprometidos? ¿Con qué? ¿Con quién? Acaso diletantes de lo escrito y, por favor, que nadie confunda lo que estoy diciendo: sabían mucho de editar, publicaron títulos insustituibles de autores imprescindibles, pero creyeron que con eso era suficiente y no vieron ningún problema en pasarse con armas y bagajes a grandes grupos creyendo –o dejándose engañar conscientemente- que respetarían su alma editorial. Cada vez que Planeta compra un sello de prestigio veo a un millonario hortera comprando un Gauguin. Eso no es edición, eso son finanzas e ínfulas y pretender formar parte de una clase social que les tolera por su poder económico y político, no porque crean que ya son de los suyos. Que los hijos de nuestros progres editoriales no hayan sido capaces de seguir con la empresa familiar mientras los hijos del patriarca sí lo fueron es muy elocuente.

Se nos ha hartado con historias galantes y poco mentirosas en las que jóvenes editores de buena familia sorteaban la sórdida e hilarante censura; se nos ha mostrado cómo se secuestraba una tirada por aquí, o se mutilaba una obra por allá; se nos ha contado cuán cosmopolitas eran yendo de París a Londres, de Roma a Nueva York o descubriendo Cadaqués; poca atención hemos prestado a los que, además del tiempo y el dinero –que no tenían-, se jugaron el tipo importando ediciones clandestinas, editando títulos peligrosos cuya simple presentación ante cualquier censor hubiera terminado ante el Tribunal de Orden Público y con los huesos molidos al fondo de alguna celda.

Ah, sí… las subvenciones. La edición de este país sigue sorprendiéndose que ciertas cosas sucedan. El grueso de las subvenciones a la edición –sean de libros o revistas culturales- siempre ha ido a parar a aquellos que no las necesitan. La gran diferencia es que ahora hay tan poco dinero que prácticamente sólo se subvenciona aquél con línea directa con secretarios de cultura para arriba y un montón de pequeños y no pocos medianos quedan al pairo. Pero los que ahora lloran han participado siempre de un sistema fundamentalmente injusto que sólo les dio las migajas. Algún día entenderé el discurso esquizoide de ciertos intelectuales de la cultura que, si con una mano denuncian los aires bananeros de la gestión cultural española, con la otra piden subvenciones como si las otorgara una maquinaria administrativa escandinava. Si la gestión es tercermundista las políticas también lo serán. No se puede estar en misa y repicando, eso lo sabía muy bien el patriarca –y lo saben sus herederos- para los cuales engranar su política comercial con la política del mandarín ocasional es algo natural. Por eso a los grandes de España les gustan tanto los inventos del TBO como la Marca España, porque forman parte del pacto: tú me darás lo que necesito cuando te lo pida y yo hablaré bien de tus ideas de bombero cuando sea necesario. Quid pro quo.

No esperemos que las grandes empresas e instituciones españolas del libro cambien, porque no lo harán. Están hechas a imagen y semejanza de un sistema que las mima porque las necesita, porque propaga su visión única del mundo. Dejemos de hablar de cultura porque ellos no van a eso –nunca han ido a eso- pero se han sabido vestir con sus ropajes y muy pocos han visto a tiempo que el emperador iba desnudo. Dejemos de pedir que mejore la gestión porque no les han puesto ahí para eso. Dejemos de esperar nada de ellos –de las viejas glorias, de los grandes grupos, de las miopes instituciones, de los políticos de siempre- y quizás, sólo quizás, tengamos un futuro como industria. Aprendamos a andar sin sus muletas y se volverán tan innecesarios como irrelevantes.

Nota: que nadie confunda el culo con las témporas ni al grupo financiero con los buenos profesionales que trabajan en los distintos sellos de Planeta. No son lo mismo.

La biblioteca pública integral (III bis): rectificación acerca de Liburuklik

LIBURUTEGIAK-

En la anterior entrega de esta serie hablaba de la biblioteca digital vasca, Liburuklik. Decía en mi artículo que se trata de una muy buena iniciativa con luces y sombras. A tenor de un extenso comentario del Servicio de Bibliotecas del Gobierno Vasco en el hilo del mencionado artículo, hoy debo rectificar acerca de algunas sombras.

Reproduzco a continuación, para comentar después, lo más destacable del comentario y que más difiere de mi artículo:

[…]

Sentimos comunicarte que los cálculos realizados en tu post son incorrectos dado que el Gobierno Vasco no solo comprará títulos de los editores vascos. Estamos ya en conversaciones con editores de todo el estado español, así como editores de varios países de nuestro entorno para ofrecer a los lectores de las bibliotecas de Euskadi una amplia oferta de libros en varios idiomas (euskera, castellano, inglés, francés, etc.) También estamos evaluando la posibilidad a añadir contenidos autoeditados para enriquecer el catálogo de préstamo, así como otros contenidos como audiolibros, apps educativas, contenidos audiovisuales, etc.

Una de las principales singularidades de esta iniciativa es que la selección de títulos se está llevando a cabo teniendo en cuenta la demanda de los usuarios, así como los criterios de los bibliotecarios de la Red de Bibliotecas de Euskadi. En vez de aceptar un lote como obligan otras modelos de préstamo…, hemos decidido seleccionar y adquirir uno a uno cada título aunque resulte más caro que la compra por paquetes. Esta modalidad ofrece una mayor relevancia a la plataforma del Servicio de Bibliotecas Públicas del Gobierno Vasco dado que los títulos seleccionados son más pertinentes para los lectores al ajustarse a las criterios marcadas por los bibliotecarios.

Por otro lado, el modelo seleccionado hace un excelente uso del presupuesto asignado a este proyecto dado que el Gobierno Vasco no deberá renovar la licencia correspondiente hasta que expire el último de sus préstamos. Cada libro adquirido tendrá una licencia de 20 préstamos durante un tiempo indefinido. Gracias a esta flexibilidad, los bibliotecarios de Euskadi pondrán prestar un amplio catálogo durante más tiempo a sus usuarios, al igual que les permitirá medir la demanda de cada uno de ellos.

[…]

Servicio de Bibliotecas del Gobierno Vasco

Tienen toda la razón, si compran libros allende el País Vasco mis cálculos no sirven porque el catálogo disponible es mucho más grande. Espero un sesgo positivo hacia los editores vascos –son (casi) los únicos que editan en dicho idioma- pero es evidente que en castellano la oferta es mucho más rica y, por eso, el presupuesto mucho más justificado.

Agradezco que aclaren que la compra es por títulos individuales y no por paquetes; aunque yo tenía la sensación que eso se deducía de mi redactado, es cierto que no lo exponía claramente y podía inducir a error.

En lo que no puedo estar de acuerdo es en el excelente uso del presupuesto asignado. Es cierto que de los recursos disponibles se hace un buen uso dado el modelo de licencia no concurrente por tiempo indefinido, pero no puede decirse que sea excelente, pues el precio medio por licencia y préstamo sigue siendo alto. Como ellos apuntan, el tiempo y la práctica pondrán las cosas en su sitio; bajo esa premisa no me parece mal sobre-dotar un poco el proyecto.

Benditos ellos que pueden dedicar dinero de más a cuestiones culturales y ojalá que todos los problemas que tengan sean sólo de detalle. Felicidades por un proyecto tan prometedor que espero que el tiempo confirme. Necesitamos más políticas públicas activas como ésta.

Nota: La semana que viene prometo publicar las dos entregas que faltan (de momento) de esta serie.

La biblioteca pública integral (III): biblioteca digital Liburuklik

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El primer modelo de préstamo digital en España está a punto de entrar en vigor y ha sido fruto del acuerdo entre el Gobierno vasco y los representantes de los editores de Euskadi. Se prevé que durante el mes de julio esté preparada la plataforma que permita a Liburuklik, la biblioteca digital vasca, ofrecer el servicio de préstamo.

Objetivos del acuerdo y características del modelo

El modelo se basa en la venta, por parte de los mencionados editores, de licencias no concurrentes que autorizan 20 préstamos por título durante un tiempo indefinido. Eso significa que no hay un límite temporal para que los veinte préstamos se lleven a cabo; el Gobierno Vasco no deberá renovar la licencia correspondiente hasta que expire el último de sus préstamos –y eso sólo si lo desea. Estos son sus principales objetivos:

  • Apoyar la edición digital de las editoriales de Euskadi
  • Fomentar la digitalización de la lectura
  • Ofrecer una alternativa legal a la piratería

Las características para los usuarios son:

  • Cada socio de Liburuklik sólo podrá pedir prestado un libro digital cada vez.
  • El tiempo máximo de préstamo se establece en 21 días. Si cada libro se prestara 20 veces y agotara en cada préstamo los 21 días, estaríamos hablando de 420 días de préstamo potencial por cada licencia.
  • El préstamo estará disponible las 24 horas desde la web de Liburuklik; no será necesario acudir a la biblioteca.
  • El préstamo estará disponible en dos modalidades:
    • Descarga: el socio puede descargar el título en préstamo a su dispositivo (PC, tableta, smartphone o e-book). Este archivo cuenta con una protección que no permite copia, ni ser difundido a otros usuarios.
    • Streaming: Liburuklik permite la lectura del título seleccionado en la nube, excepto en los e-readers.

En cuanto a las características económicas y comerciales:

  • Liburuklik comprará directamente las licencias a los editores.
  • La compra de los libros digitales se realizará al precio digital de mercado, al que se le aplicará el 15% de descuento para bibliotecas.
  • El Gobierno Vasco tiene previsto comprar, durante 2014, un total aproximado de 25.000 licencias, que equivalen a 500.000 préstamos.
  • 8.750 licencias (175.000 préstamos) serán en euskera y 16.250 (325.000 préstamos) en castellano.
  • Un mismo título podrá tener más de una licencia para cubrir la demanda del mismo título por varios usuarios simultáneamente; es decir, las licencias son no concurrentes.
  • El presupuesto es de 270.000 euros para la compra de esas licencias en 2014, lo cual arroja una media de 10,8 euros por licencia o 0,54 euros por préstamo.

Una comisión formada por bibliotecarios se encargará de seleccionar qué títulos digitales deberán adquirirse. Dicha selección se hará con criterios de uso de los socios de las bibliotecas, lo que implica compra de títulos de publicación reciente.

La Red de Lectura Pública de Euskadi se compone de 230 bibliotecas, con más de 540.000 asociados, que pidieron prestados más de dos millones de libros en 2013.

Las luces y las sombras de un buen acuerdo

Debemos felicitarnos que una administración pública se haya atrevido a llevar a cabo una iniciativa que, por su volumen, ya no es una prueba piloto. Llega un punto en que las experiencias piloto y los presupuestos de juguete dejan de ser útiles, tal como Jeremy Rifkin expone en La tercera revolución industrial (Paidós 2011. Edición digital, Loc. 1996):

“Basta ya de autobuses piloto”, exclamó alguien desde el otro extremo de la gigantesca mesa de conferencias. Diez pares de ojos se giraron nerviosos para fijarse en Herbert Kohler, uno de los vicepresidentes de Daimler, responsable de investigación e ingeniería avanzada de dicho grupo empresarial. Pier Nabuurs, director gerente de KEMA, que se hallaba sentado al lado de Kohler, lo remató espetando: “Sí, estamos hartos de tanto pilotar”.

[…]

Kohler no había hecho más que manifestar una frustración compartida por todos los presentes. En torno a aquella mesa había representantes de algunas de las empresas más importantes del mundo. Lo que todos ellos tenían en común era que cada una de sus compañías estaba empezando a romper con la arquitectura característica de la Segunda Guerra Mundial y a aventurarse en una nueva era comercial, y apenas había comenzado a cobrar conciencia de cómo sus esfuerzos particulares podían encajar en un panorama económico más amplio. Todos querían agrandar la escala de su actividad, conscientes de que en ello radicaba la clave para garantizarse una veloz penetración de mercado.

Aunque la prudencia exige empezar a hacer experimentos en casa y con gaseosa pronto debe pasarse a mayores escalas si uno no quiere perder veinte años paseando ingeniosos autobuses movidos por gas natural, electricidad o hidrógeno sin terminar nunca de llevar a cabo la reconversión del transporte. Con el libro digital ocurre lo mismo, sólo que más rápido. Empezaba a hacerse tarde y, afortunadamente, en el País Vasco alguien decidió que era el momento de dejarse de pruebas y poner en marcha una biblioteca digital seria. La primera bondad del acuerdo es que existe y es ambicioso sin dejar de ser prudente.

El acuerdo es sencillo y de fácil aplicación, aunque me consta que han decidido construir su propia plataforma de préstamo y eso distrae recursos que hubieran cundido mejor en otros lugares. Ya hay suficientes buenos proveedores de servicios de préstamo digital como para volver a inventar la rueda. Pero, aún así, bienvenido sea también porque, si se hace bien, dará al proyecto algo más de autonomía política y operativa.

Los números del proyecto muestran luces y sombras. Luces en el apartado operativo, con una prudencia que será beneficiosa para Liburuklik y para los editores y no será perniciosa para los usuarios. El tiempo máximo de préstamo de 21 días es superior al quincenal que se aplica en la mayor parte de los préstamos de libros de papel. El número de préstamos por licencia –20- es muy conservador y juega claramente a favor de los editores. El contrapeso es que la licencia no caduca hasta que se ha efectuado el último préstamo. También es interesante que esté disponible tanto en la modalidad de descarga como en la de lectura en la nube: al fin van a ser los usuarios los que marquen el futuro de Liburuklik con su uso.

Más sombras ofrece el acuerdo entre editores y gobierno vasco. Que el acuerdo se establezca con los editores y no con los libreros es discutible pero ahí también habría que ver la disposición de los libreros vascos a colaborar; si los libreros no forman parte de la solución formarán parte del problema. Los editores han sido más rápidos o han tocado mejor las teclas que debían tocar –para ciertas cosas es (casi) tan importante tener padrinos políticos como tener razón y capacidad- y han conseguido formar parte de la solución.

Dejar fuera los libreros es separar completamente la biblioteca física de la digital, como si fueran realidades incomunicadas. Las bibliotecas, especialmente en las ciudades pequeñas y los pueblos, se imbrican con la sociedad también mediante las librerías. El problema es que, en un momento de transición, la percepción de legitimidad de la biblioteca digital pública provendrá de la red de bibliotecas físicas, pues de lo que se trata no es sólo de atraer a la biblioteca digital lectores que nunca usaban la biblioteca del barrio, sino conseguir que los usuarios de toda la vida prueben las ventajas de la lectura digital. Está por ver que la biblioteca digital vasca consiga hacer eso tal como parece planteada.

Donde más sombras hay es en el apartado económico. A la vista de los números, este acuerdo es una sustanciosa subvención encubierta bajo el vestido de una compra. Recordemos que la compra es directa al editor, de modo que aquí no hay margen para el librero; aunque al precio se le rebaje el 15% del PVP como señala el acuerdo, el margen para el editor seguirá siendo alto. Por la misma razón tampoco hay concurso posible: editores vascos hay los que hay, no podemos buscar otros.

Aunque de cada título se pueda comprar más de una licencia, 25.000 licencias me parece un poco abultado teniendo en cuenta que 8.750 serán en euskera; un vistazo en Amazon (a 9 de junio de 2014) nos muestra 380 títulos en dicha lengua. Eso significa que el gobierno vasco está a punto de comprar 23 licencias por título que, multiplicadas por 20 préstamos, equivalen a una media de 460 préstamos por título. ¿Qué sucederá con los libros en castellano teniendo en cuenta que a este acuerdo sólo pueden acogerse editores vascos? Según el informe El sector del libro en España 2011-2013, en 2012 se editaron en el País Vasco un total de 3.843 libros (Pag. 19, Tabla 18), de los cuales, según el Informe de Comercio Interior del Libro en España de 2012 (Pag. 135), 1.209 lo fueron en euskera. Si tomamos como referencia la mencionada oferta digital en euskera en Amazon veremos que el 31% de los títulos editados en esa lengua está disponible en digital. Es una buena proporción, aunque debemos tener en cuenta el desfase entre el 2012 y el 2014. Cuento a los autores autoeditados inclusos en la lista de Amazon porque estoy convencido que las cifras que manejo aquí se cumplirán y se superarán a poco que el acuerdo cuaje. Si aplicamos ese mismo 31% a los 2.634 títulos editados en castellano en el País Vasco –una fórmula estimativa cuestionable, pero por algún lugar hay que empezar- veremos que 816 libros para 16.250 arrojan unas 20 licencias por título, coherente con el cálculo para los libros en euskera. ¿Es mucho o poco?

Teniendo en cuenta el optimismo del Gobierno vasco, que prevé un total de 500.000 préstamos digitales para un universo de 540.000 usuarios que pidieron prestados unos dos millones de documentos en 2013, la cifra parece algo excesiva. Es cierto que la validez de las licencias es indefinida y sólo caducan al llegar a los 20 préstamos, pero los convenios públicos se firman para períodos concretos y si nos atenemos al gasto comprometido, todo dentro de 2014, estimar que el primer año el 20% del préstamo será digital (500.000 = 20% de 2.500.000 suponiendo –mucho suponer- que los préstamos digitales no se restarán de los físicos) es más que optimista. En un país perezoso en la adopción del libro digital, incluso una estimación del 10% el primer año ya me parecería arriesgado. Aplaudo tamaño optimismo.

Contamos con un caso reciente, con una prueba piloto que ya arroja resultados, la que está realizando la red de Bibliotecas Municipales de Cartagena. Txetxu Barandiarán analizó el caso hace unas semanas en su blog aportando información interesante:


prestamo_cartagena

A la que añade:

Señalar también, a título informativo, que un tercio del catálogo, aproximadamente ha tenido más de dos préstamos y 341 libros, un 40% del fondo, no ha sido todavía solicitado en préstamo.

Datos que por lo menos deben hacernos ver que es un terreno en el que se debe avanzar con cautela en cuanto a inversiones y política se refiere.

Coincido con Barandiarán en que hay que ser cauto con las inversiones, no así con las políticas; por eso afirmo que el alcanzado en el País Vasco es un buen acuerdo pero posiblemente se haya dotado de un presupuesto excesivo para el catálogo disponible. Hagamos un cálculo simple pero orientativo: los usuarios de la red de bibliotecas de Cartagena son alrededor de 50.000 mientras que los del País Vasco superan un poco los 500.000. Con un mayor PIB per cápita y un mayor índice de lectura concederé a los usuarios vascos una relación de 1,5 en el uso de los libros digitales –son cuentas sui generis, pero mi intención es que le demos vueltas al asunto- respecto a los cartagineses. Si multiplicamos por 15 las veces que se ha prestado el libro de mayor éxito en Cartagena nos darán 750 préstamos, más de un 50% superior a los préstamos de media por título teóricamente previstos por el acuerdo vasco (460). El problema es que el séptimo título más prestado en Cartagena sólo lo ha sido 10 veces, con lo que el cálculo más benevolente arrojaría sólo 150 préstamos para el caso vasco. El uso esperado del catálogo previsto para 2014 sigue siendo algo exagerado en cuanto a número medio de licencias por título. La política es buena pero está sobredotada de recursos.

Si con cálculos de estar por casa el número de licencias y préstamos me parece alto, el precio que el Gobierno vasco pagará por ellos lo es en términos objetivos. Recordemos: 270.000 euros para 2014, lo cual arroja una media de 10,8 euros por licencia o 0,54 euros por préstamo a los cuales ya se ha aplicado el 15% de descuento, con lo que nos vamos casi a los 12€ de supuesto PVP digital. Si volvemos a echar un vistazo a Amazon y excluimos los autoeditados –que dejaría por los suelos cualquier media- veremos que pocos de los libros en euskera superan los 10 euros. Pocos significa que no cuestan 10,8 euros de media, sino que su techo puede estar cerca de los 12 o 13, con algunos pocos casos más caros. No sé qué precios han tomado como referencia pero parece más relacionado con alguna media en papel a la que se haya aplicado alguna rebaja –mayor al 15%- que no con alguna en digital. Tampoco han tomado como referencia los precios reales de los libros actuales, pues la media tampoco sale, a no ser que el Gobierno vasco sólo compre los libros más caros. Y no es el caso, debe comprarlos todos.

Es por estas cifras que sostengo que el acuerdo es una subvención encubierta. Aunque estoy en contra de las subvenciones a la producción –no así a las dedicadas a la mejora de la eficiencia- si los editores vascos hacen buen uso de este dinero y lo invierten en reconvertir sus procesos de producción esta forma de proceder será un mal menor. El problema lo tendremos si al renovarse el acuerdo los precios no bajan: entonces habremos cambiado un enfermo –la ineficiente cadena de valor del libro de papel- por otro.

El acuerdo prevé que la selección de los títulos lo lleve a cabo una comisión formada por bibliotecarios que tendrán en cuenta los criterios de uso. Por un lado no se me ocurre nadie más adecuado en ninguna administración pública para realizar la selección y, por otro, teniendo en cuenta el estado de la edición digital en el País Vasco en la selección van a entrar prácticamente todos los títulos; si quieren dotar de contenido diverso al fondo digital no podrán ser muy remilgados en cuanto a títulos ni calidades. Lo que hay es lo que hay y es escaso.

Sorprende que, con una dotación tan abultada, no se haya dejado la puerta abierta a que sean los usuarios quienes seleccionen qué títulos deben comprarse y en qué proporción. Implicarles en la gestión del fondo público debería redundar en una mayor identificación con la res publica y contribuiría en inculcar que lo público es de todos.

El acuerdo es, a la postre, positivo, pues permitirá testar el préstamo bibliotecario en un universo mayor que el de un municipio, los editores dispondrán de recursos para su reconversión y brindará a los lectores vascos una nueva oferta editorial, más versátil y menos dependiente de la localización y el horario de las bibliotecas físicas. Habrá que estar atento a como evoluciona Liburuklik.

La biblioteca pública integral (II): el préstamo digital

BIBLIO 2
- Imagen: 4ever -

¿Deben prestar libros digitales las bibliotecas públicas? Si nos atenemos a su definición y al rol social que desempeñan, la respuesta sólo puede ser afirmativa. Si entendemos la biblioteca como servicio integral más que como almacén el préstamo de libros digitales es todavía más coherente: el ebook es más un servicio que un objeto. ¿Cómo debe ser la adquisición y el préstamo del libro digital en la biblioteca?

Muchos editores desconfían del préstamo de libros digitales en las bibliotecas públicas porque creen que canibalizará las ventas de otros canales. Esta forma de pensar viene heredada del libro analógico y la relación que muchas de ellas mantenían con la biblioteca: un recurso para colocar lotes de libros. Más que una forma de participar en el fomento de la lectura eran percibidas como ocasionales balones de oxígeno –cuando no pelotazos- que daban pingües beneficios o apuntalaban alguna que otra cuenta de resultados. A las librerías les ha pasado algo parecido, aunque se dan muchos casos, especialmente en ciudades pequeñas y pueblos, de estrecha colaboración entre el librero y el bibliotecario que ha dependido más de su buena relación personal que de políticas públicas sistemáticas.

Todavía no hay un acuerdo claro entre las redes de bibliotecas y los grupos editoriales sobre las limitaciones comerciales al préstamo de libros en formato digital desde las bibliotecas. Las “Big Six” ya tienen estrategias de venta de licencias aunque todavía son reticentes a ceder todo el catálogo. El resto de grandes grupos mundiales también lo hace, aunque con vocación experimental, por el momento. Abundan, cada vez más, las pruebas piloto de bibliotecas que empiezan a prestar libros digitales y, en ciertos casos, también los e-readers.

Un buen ejemplo de la utilidad de la digitalización bibliotecaria se dio en las universidades; la llegada de las revistas digitales a finales del siglo XX supuso una nueva modalidad de compra (las adquisiciones cooperativas) y la aparición de nuevos agentes (los consorcios de bibliotecas). Actualmente, además, la gran mayoría de ediciones editoriales universitarias y, por lo tanto, su préstamo y uso, es ya digital, con plataformas de acceso abierto como Open Access.

La tecnología digital ha llevado al libro a la distribución bajo licencia, un modelo de negocio que implica límites más severos al uso y préstamo. Eso puede ser una ventaja para el editor; los libros de papel pueden seguirse prestando hasta su física desintegración –hay bibliotecarios expertos en restauración de libros- y su renovación es incierta. En cambio, el libro digital, dada su naturaleza, es susceptible de limitar su disponibilidad por número de préstamos, por período de tiempo o una combinación de ambas opciones. Los editores deberían lanzarse a este modelo de cabeza porque es el único que les asegura una rotación constante –aunque variable- de los títulos que vendan a las bibliotecas. Por su parte las redes de bibliotecas están más interesadas en un modelo de compra de licencias a perpetuidad; en este caso se invierte la lógica: así como un libro de papel es inevitablemente finito y tarde o temprano deberá ser sustituido –por deterioro o pérdida- un libro digital puede prestarse un número ilimitado de veces y por tiempo indefinido. Es obvio que a los editores esa perspectiva no les gusta nada.

Modelos de adquisición digital

Para que los libros lleguen al usuario de una biblioteca es necesaria una cadena de distribución. La actual cadena del libro analógico contempla dos opciones, una en la que el editor vende lotes directamente a las bibliotecas y otra en la que es la biblioteca la que compra sus libros al librero de proximidad. Esto parece replicarse en el libro digital.

Desde el punto de vista del editor, para la venta a bibliotecas es preferible la cadena más corta y con menos actores posibles; dicha venta directa es posible gracias a distribuidores especializados en el préstamo bibliotecario, distribuidores que no sólo comercializan los contenidos sino que, además, prestan el servicio de préstamo digital por cuenta de la biblioteca. El mayor prestador de servicios a bibliotecas es OverDrive, que trabaja en los EEUU, y algunos ejemplos españoles son Odilo, Xercode o Libranda.

Tampoco hay que cerrar la puerta a aquellas ventas que puedan venir de librerías, aunque en este caso, aparentemente, las redes públicas no cuentan con ningún incentivo para recurrir al librero; en la cadena de valor digital tenderá a desaparecer aquél actor que no aporte un claro valor añadido y no está claro que una librería de proximidad pueda ofrecer algo que no pueda ofrecer un distribuidor digital que, además, esté especializado en bibliotecas. En cambio, de forma colectiva y actuando como red, las librerías sí pueden ser un buen socio estratégico de las bibliotecas, tal como veremos en el cuarto capítulo de esta serie.

Si la cadena de distribución está más o menos clara y estructuralmente es lo suficientemente sencilla como para no esperar cambios importantes a corto o medio plazo, los modelos de adquisición de contenidos digitales se encuentran en un estado mucho más inmaduro. Antes debemos aclarar un par de conceptos clave: licencia y préstamo. Una licencia equivale a la compra de un “ejemplar” digital del libro, lo que quiere decir que en el libro digital se compran licencias que permiten el préstamo de dicho libro. Otra cosa es entonces el préstamo, que es la acción por la cual la biblioteca permite la lectura del libro digital bajo la mencionada licencia.

Actualmente existen tres modelos básicos de adquisición de libros digitales para bibliotecas:

Compra a perpetuidad: la compra a perpetuidad implica que la biblioteca compra un título determinado para siempre, no tiene que renovar nunca la licencia, pero sólo puede usarlo un lector cada vez. Obviamente el precio del libro no puede ser el de venta al público, pues hay que compensar al editor por una venta que, muy probablemente, no volverá a realizar. En este caso es habitual que el PVP base del ebook se multiplique n veces. Por ejemplo, si un ebook cuesta a un particular 6 euros, a la biblioteca, comprado a perpetuidad, costaría 18 si multiplicamos por 3 el PVP. Este el modelo preferido por muchas bibliotecas públicas, pero no por los editores.

Compra de licencias no concurrentes: con cada licencia no concurrente cada libro sólo se puede prestar a un solo lector cada vez; es el tipo de licencia más parecido al libro de papel, ya que cuando hay más usuarios que licencias hay que crear listas de espera. Sólo se pueden prestar un determinado número de veces y/o deben renovarse cada cierto tiempo. En este caso la compra es con el PVP base del ebook con un descuento –aplicado a bibliotecas- que en función de las condiciones puede variar entre el 5 y el 15%. La limitación puede establecerse por número de préstamos –por ejemplo, hasta 29 préstamos- y/o por tiempo –por ejemplo, hasta 2 años de uso de la licencia. Esta es la opción preferida por los editores, pues les asegura una rotación previsible de los libros digitales que no depende de lo que tarde en deteriorarse un libro de papel.

Compra de licencias concurrentes: con la licencia concurrente cada libro se puede prestar a varios lectores a la vez, ya sea de forma limitada (n número de lectores simultáneos) o ilimitada (∞ número de lectores simultáneos). Actualmente no hay un consenso firme de cómo trabajar pues depende de muchos factores. En una licencia concurrente deben negociarse el número de lectores que tendrán acceso simultáneo al contenido –nivel de concurrencia-, el número de préstamos y/o el tiempo de duración de la licencia. Los precios deben negociarse en función de las variables expuestas y pueden establecerse precios por tramos, en función del uso de cada licencia. En muchos aspectos es la licencia con más ventajas para todos pero su complejidad será todavía un problema para que se vaya extendiendo.

Dentro de los modelos de licencia expuestos hay dos opciones. Una de ellas es la selección por paquetes, que evita la tarea de selección por parte del bibliotecario, pero ello supone una descompensación en la selección de títulos, ya que existirían algunos realmente de interés y demandados por los usuarios junto a otros de menor interés o que la propia biblioteca no hubiera deseado adquirir. Los paquetes suelen definirlos organismos de coordinación bibliotecaria como Diputaciones, Comunidades Autónomas o incluso el Estado, mediante concursos públicos de adquisición y en ellos suelen definir qué títulos deben formar parte de los paquetes. Desde el punto de vista económico, la selección por paquetes es más barata que la selección título a título.

Otra opción es la selección de títulos sueltos –opción elegida por el Instituto Cervantes- que resulta más cara que la compra por paquetes pero, a cambio, cada biblioteca mantiene su autonomía y se asegura que los títulos seleccionados son más pertinentes y se ajustan a las líneas marcadas en las pautas para su colección. La combinación de la compra por paquetes y por títulos sueltos puede permitir que las instituciones que coordinan extensas redes adquieran paquetes de contenidos considerados imprescindibles, mientras que cada biblioteca municipal puede disponer de sus propios recursos para realizar compras de títulos sueltos con los que complementar los paquetes y personalizar su oferta en función del perfil del público.

Hay que tener en cuenta que las licencias adquiridas por una biblioteca municipal irán a enriquecer el catálogo de la biblioteca pública digital y que, por lo tanto, el resto de bibliotecas públicas conectadas a ella también se beneficiará de la compra. Eso obliga a una coordinación mayor de las compras digitales pero a la vez impulsa políticas de adquisición mucho más eficientes.

Formas de préstamo

Si la compra de licencias sigue siendo una asignatura pendiente, la forma de préstamo no lo es. Ya sea prestando también e-readers o no, los usuarios acceden a los contenidos mediante descarga de archivo en su propio dispositivo o bien mediante lectura en la nube. En el primer caso el archivo está protegido mediante la aplicación de lectura instalado en el propio dispositivo, de manera que sólo puede ser leído usando dicha aplicación, sin tener acceso directo al archivo del libro. En el caso de la lectura en la nube la gestión es más sencilla, pues no suele haber descarga del archivo sino acceso a Internet para su lectura; en los casos en los que, en la modalidad de lectura en la nube, hay descarga del contenido para leer desconectado, esta se realiza en una caché habilitada a tal efecto y sólo mediante una aplicación de lectura dedicada.

Con algunas excepciones los mismos proveedores de contenidos también ofrecen servicios de almacenamiento, préstamo con descarga y lectura en la nube; algunos también brindan la posibilidad de personalizar e-readers para su préstamo con el software necesario.

El préstamo bibliotecario digital, una cuestión política

Si de veras creemos que los ciudadanos deben disponer de una buena red de bibliotecas públicas debemos abogar por su digitalización. Los motivos son diversos:

Acceso permanente: mediante una biblioteca digital pública el contenido está disponible para todos los usuarios de la biblioteca en cualquier momento, cualquier día del año, a cualquier hora. La biblioteca digital no cierra nunca.

Acceso ubicuo: Ni siquiera es necesario que en el municipio de residencia haya una biblioteca, porque la biblioteca digital es única y da servicio a cualquier ciudadano con carnet de biblioteca. Tampoco es necesario disponer de ordenador, desde un Smartphone, tableta o e-reader podemos acceder a los contenidos.

Eficiencia: uno de los mayores problemas a los que se enfrenta cualquier red de bibliotecas es el de la gestión de stocks. Sea por deterioro o pérdida, sea porque es inviable tener una copia de cada libro en todas las bibliotecas de la red, es habitual que la oferta de libros sea percibida como insuficiente. Eso provoca que demasiados lectores tengan que esperar demasiado tiempo para acceder a un préstamo o bien nunca puedan hacerlo; los problemas logísticos de mover libros de papel de una biblioteca a otra tampoco deben subestimarse. Una biblioteca digital no tiene esos inconvenientes; la única cuestión a resolver es el número y tipo de licencias de cada título, pero incluso eso es más fácil de resolver que con libros de papel: para atender momentos de gran demanda de determinados títulos pueden adquirirse licencias temporales concurrentes y luego no renovarlas, pasando a adquirir licencias no concurrentes, por ejemplo.

Economía: si actualmente los lectores perciben que un libro digital debe ser más barato que uno de papel, a medio plazo eso dejará de ser una percepción, convirtiéndose en una realidad. Un “ejemplar” digital puede ser, de media, un tercio más barato que uno de papel y eso debería redundar en un gasto más eficiente de los recursos: a igual presupuesto, más fondo disponible, más títulos comprados por las redes de bibliotecas y más oferta a disposición de los usuarios.

El papel del público

Hoy las herramientas digitales permiten que el público participe directamente en la selección de los contenidos. Por el momento y salvo alguna que otra prueba piloto, la venta de licencias y el préstamo digital sigue el mismo esquema vertical de compra y prescripción que en el préstamo analógico. Se sigue entendiendo que el gestor bibliotecario decidirá qué libros adquirir y los pondrá a disposición de los usuarios de la red según un cálculo tradicional de demanda de títulos y de otros que deben figurar como parte de la oferta cultural pública.

En el ecosistema de préstamo digital los usuarios podrán influir en la compra pública de títulos de tres maneras diferentes:

Mediante el consumo detectado por la biblioteca: una fuerte demanda de un título puede permitir a los gestores de la biblioteca digital comprar más licencias del mismo. A diferencia de los libros de papel, que necesitan de días o semanas para su adquisición, la reacción a la demanda es muy rápida –si los procedimientos administrativos lo permiten puede medirse en horas- y la compra de licencias puede reaccionar rápidamente a la demanda.

Mediante la selección directa de los usuarios: una opción a explorar es que se destine una parte del presupuesto para que los usuarios seleccionen qué libros comprar de entre el catálogo digital disponible. Es importante establecer criterios de selección porque sería fácil caer en “un usuario, un libro” y de lo que se trata es de que la comunidad detecte títulos que al gestor de la biblioteca digital le pasan por alto o no considera importantes.

Mediante la compra particular de los usuarios: es habitual que las bibliotecas rechacen las donaciones de libros de papel, no porque no los quieran, sino porque no tienen recursos para mantenerlos en su sistema –custodia, conservación, indexación, etc. Eso no sucede con el libro digital, ya que se convierte en muy poco espacio en disco mientras que su indexación es automática y sus costes de mantenimiento tienden a cero. Deberíamos abrir la puerta a que los usuarios adquirieran licencias por su cuenta y las donaran a la biblioteca pública digital.

El préstamo digital todavía encierra más preguntas que respuestas pero sus potenciales ventajas invitan a probarlo. Si de veras creemos en un sistema público que garantice el acceso de contenidos de calidad a todos los ciudadanos mediante la gestión eficiente de los recursos sin tener que transferir dichos servicios a la iniciativa privada, la creación de bibliotecas digitales públicas es imprescindible. Con ellas y con la red de bibliotecas físicas, tenemos bibliotecas para rato.

Algunos enlaces interesantes:
http://www.ub.edu/blokdebid/es/content/una-ojeada-la-estrategia-de-los-libros-digitales-las-bibliotecas-publicas-de-los-estados-uni
http://antinomiaslibro.wordpress.com/2013/11/04/venta-digital-a-bibliotecas/
http://bid.ub.edu/es/30/devicente.htm
http://www.universoabierto.com/11206/%C2%BFcual-es-el-modelo-de-negocio-de-compra-de-libros-mas-adecuado-para-una-biblioteca/
http://gredos.usal.es/jspui/bitstream/10366/122174/1/eb6-Plataformas%20de%20prestamos%20de%20libros%20digitales.pdf
http://bid.ub.edu/es/30/gonzalo.htm

La biblioteca pública integral (I): contexto y cifras

Biblioteca_de_Catalunya_-_Sala_interior- Imagen: Biblioteca de Catalunya -

Las redes de bibliotecas públicas españolas resumen, en ciertos aspectos, los vicios y virtudes de la gestión cultural en nuestro país. A la mayoría de nuestros políticos no le ha interesado nunca la cultura excepto para hacerse la foto; quizás por eso, porque las bibliotecas siempre han sido un asunto discreto y de poco relumbrón, nunca han metido las narices en ellas y han dejado a los técnicos trabajando en una relativa y bien aprovechada pobreza.

Tanto por lo que es como para lo que sirve una biblioteca pública es, hoy en día, un gran agente de cohesión social y de cambio cultural y tecnológico. A principios de los años ochenta en España había pocas bibliotecas públicas; apenas algunas redes privadas de uso público, como las de las cajas de ahorros y la iglesia, cubrían el hueco; el país tenía otros problemas más graves que resolver pero poco a poco se fue construyendo una red digna de tal nombre. Fuere porque regular lo que no existe sea fácil o porque quien pudo hacerlo quiso que nuestra red de bibliotecas se pareciera algún día a las de países más ilustrados, las modernas bibliotecas públicas españolas echaron a andar por un camino que, treinta años más tarde, las ha situado en una buena posición. El cambio lo contaba Lluís Anglada en un artículo en su blog(traducción propia del original en catalán):

Hace tiempo que las bibliotecas son un equipamiento deseado por cualquier municipio. No siempre fue así. Hubo un tiempo en que los municipios no querían bibliotecas o –en otras palabras- muchos otros equipamientos pasaban por delante en la lista de prioridades de inversión municipales. Hablo de los primeros años de la democracia restaurada, a finales de los 70 y principios de los 80. Ahora las bibliotecas son vistas por los municipios como un equipamiento de mucha proyección social, moderno y deseable. El cambio ha venido de la testarudez de pedirlas y de haberlas hecho bien cuando se pudieron hacer.

La buena salud de nuestras bibliotecas no está del todo consolidada, está amenazada por los recortes presupuestarios culturales y todavía es estructuralmente frágil pero cuenta con la complicidad de millones de usuarios; sobre esa fortaleza y sobre la oportunidad que brindan todos los cambios relacionados con el libro y su digitalización debemos ser capaces de construir una sólida red digital de bibliotecas públicas que combine lo mejor de ambos mundos, el analógico y el digital. Antes debemos reflexionar sobre qué es –y qué puede ser- una biblioteca.

¿Qué es una biblioteca y para qué sirve?

Según la actual Ley española del Libro, en su definición contenida en el Capítulo 1, Artículo 2, una biblioteca es:

Biblioteca: […] se entiende por biblioteca la estructura organizativa que, mediante los procesos y servicios técnicamente apropiados, tiene como misión facilitar el acceso en igualdad de oportunidades de toda la ciudadanía a documentos publicados o difundidos en cualquier soporte.

Y ofrece también una definición para biblioteca digital:

Bibliotecas digitales: son colecciones organizadas de contenidos digitales que se ponen a disposición del público. Pueden contener materiales digitalizados, tales como ejemplares digitales de libros u otro material documental procedente de bibliotecas, archivos y museos, o basarse en información producida directamente en formato digital.

La definición digital está implícitamente contenida en la genérica. Lo único que hace la segunda –además de confundir- es matizar el formato pero en ningún lugar de la primera definición se nos dice que los libros sean de papel. Otra inconsistencia de la segunda definición es que está presentada en plural cuando eso tendría más sentido en la primera: necesito una biblioteca física en cada pueblo –es decir, necesito muchas bibliotecas en una red pública- pero me basta con una sola biblioteca digital a la que se conecten todos los usuarios y todas las bibliotecas.

Las bibliotecas públicas y la iniciativa privada

La sencillez de la primera definición es lo que dota a la biblioteca de su potencial y lo que le permite asumir un rol integral en la gestión y difusión de la cultura. Las bibliotecas ya no son aquellos edificios de antaño, siempre demasiado escasos, en los que se custodiaban libros y periódicos, siempre demasiado escasos. El Capítulo V, Artículo 13, de la Ley del Libro, establece en su punto 4 que los servicios básicos de toda biblioteca serán los siguientes:

  • Consulta en sala de las publicaciones que integren su fondo.
  • Préstamo individual y colectivo.
  • Información y orientación para el uso de la biblioteca y la satisfacción de las necesidades informativas de los ciudadanos.
  • Acceso a la información digital a través de Internet o las redes análogas que se pueden desarrollar, así como la formación para su mejor manejo.

Si la biblioteca fue siempre el pariente pobre de la cultura española, la librería era la niña bonita. Agraciada por el apoyo de una intelectualidad que siempre ha confundido vender libros con garantizar el acceso a la cultura –en eso es indistinguible de la intelectualidad europea continental-, creó un ecosistema de venta muy especializado –la librería- que, una vez rota la preeminencia del libro de papel, ha situado a ésta en un brete muy difícil de superar.

Mientras una biblioteca a pie de calle es capaz de ofrecer cualquier servicio cultural –y con su asociación con centros cívicos y de atención primaria, también social- que se base en un contenido almacenable y transmisible sea éste analógico o digital, una librería a pie de calle se enfrenta al ocaso de su principal y casi único producto –el libro de papel- y a una competencia por la atención que lleva lustros –o décadas- perdiendo. En un ambiente de cambio rápido como el actual, la biblioteca parece tener un futuro prometedor mientras que el de la librería parece sombrío. Como escribía el librero y editor Alejo Cuervo en 1999 (Revista Gigamesh nº19, abril de 1999. Fragmento del artículo de presentación de los dos primeros títulos editados por Gigamesh):

La ciencia ficción y la fantasía son sólo una pequeña parcela de un ámbito mayor que sufre una crisis considerable: el papel como formato de ocio. La crisis no es sólo nuestra y afecta sobre todo a los productos impresos dirigidos a una audiencia mayoritariamente joven. Este tipo de audiencia dispone cada día de muchas más opciones de entretenimiento que el mero papel impreso, que no enumero pues todos las conocemos bien. No estoy diciendo que se esté dejando de leer, sino que el tiempo de ocio se reparte entre muchísimas más opciones. Para quien quiera considerarlos como tales, los “buenos viejos tiempos” no sólo no volverán, sino que cada día que pase quedarán un poco más lejos.

El efecto principal de esta situación en el género es lo que los americanos llaman el problema de la mid-list […], los libros “normales” con cifras de venta normales y con los que las editoriales construían mayoritariamente sus catálogos. La ciencia ficción se vende, hoy en día, mejor que nunca, pero la mid-list, al contrario, está encogiéndose a marchas forzadas.

Las bibliotecas no tienen los problemas con la mid-list que menciona Cuervo. En el actual contexto de competencia por la atención y de gestión de ventanas de venta y exhibición cabe preguntarse quién está mejor posicionado para dar un mejor servicio al lector a medio y largo plazo. Si la tendencia a la digitalización del libro se cumple –y las ineficiencias de la cadena analógica se agravan-, andando el tiempo no quedarán suficientes librerías físicas como para dar un servicio eficiente a los clientes.

Una de las claves de la crisis de las librerías es su dependencia del artículo que venden. Aunque parece obvio que una librería venda libros, no lo es tanto que tenga que vender libros de papel. En Europa los libros empezaron a ser de papel hacia el siglo XII –aunque en el Al-Ándalus ya se conocía desde el siglo X- y no fueron un producto mecanizado –mediante la imprenta- hasta el XV, pero materiales y técnicas muy variadas les antecedieron en varios miles de años. Los libros son de papel por imperativo industrial, del mismo modo que lo eran los de arcilla, papiro, corteza de árbol, caña de bambú o pergamino. Nada otorga al papel ninguna cualidad que lo haga especialmente idóneo para la transmisión y la comercialización de la cultura escrita. La crisis de la librería es, pues, la crisis de un imperativo industrial.

Por el contrario, la vocación de servicio público de las bibliotecas es sistémica, ajena a cualquier industria, y las lleva a estar donde están los ciudadanos, haya o no librerías, compren o no libros porque su uso los trasciende y les lleva a ser el centro de todo tipo de actividades culturales y cívicas. El día que las bibliotecas dejen de albergar libros de papel seguirán siendo bibliotecas. Lo importante para la biblioteca es tener usuarios, no clientes. De ahí que podamos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que las bibliotecas son mucho más rentables que las librerías, incluso en términos económicos directos. Tal como muestra el estudio El valor económico y social de los servicios culturales: bibliotecas publicado por FESABID:

La red de bibliotecas públicas, universitarias y científicas aporta a la sociedad entre 3.099,8 millones de €/año y 4.238,5 millones de €/año, dependiendo del sistema de estimación utilizado. Estas cifras equivalen a un Retorno de la Inversión (ROI) mínimo de 2,80 y máximo de 3,83€ por euro invertido, partiendo de unos gastos e inversiones anuales de 1.107,2 millones de €/año (INE, 2010).

Defender la rentabilidad de la inversión pública será clave en el futuro próximo, pues a medio plazo el creciente protagonismo de la biblioteca la llevará a entrar en colisión con algunos de los nuevos actores del libro y los más destacables son los servicios de lectura en la nube, como Nubico o 24symbols. Estas empresas ofrecen lectura en la nube a cambio de una tarifa plana, es decir, funcionan como bibliotecas digitales privadas: a cambio de una cuota mensual o anual podemos leer tantos libros como queramos –o podamos. Aunque hoy en día la oferta de estas plataformas es todavía muy limitada y por el momento se circunscribe al libro digital, es probable que esta crezca y se amplíe a la música y el cine. Llegará un momento en que la oferta privada colisionará con la oferta pública y viceversa; hasta hoy no había un modelo de negocio basado en el préstamo de contenidos diversos a cambio de una tarifa plana pero pronto la habrá.

Si las cosas siguen resolviéndose al estilo neoliberal imperante es posible que la empresa privada presione a favor de un modelo mixto, público-privado, en el que los títulos nuevos y los de fondo más reciente sean servidos por plataformas privadas –con subvenciones públicas para garantizar el acceso a las rentas más bajas- mientras que el sistema público se encargará de asegurar el acceso al resto de títulos, ya sea bajo un esquema de copago, o sin él.

¿Es preferible e inevitable el escenario descrito? No. No tenemos garantías que un modelo mixto público-privado funcione mejor que uno totalmente público que sí ha demostrado su eficiencia, eficacia y rentabilidad social. Tampoco es inevitable. Depende de los diferentes actores del libro el camino que tomen las bibliotecas públicas. Teniendo en cuenta el sistema de remuneración de licencias de las bibliotecas que veremos en el próximo capítulo y el de las plataformas de lectura en la nube como las mencionadas Nubico y 24symbols, a los editores y a los libreros les interesa trabajar con las bibliotecas o, en todo caso, también les interesa trabajar con ellas.

El gran éxito social de las bibliotecas: la cooperación

Para comprender mejor el gran atractivo social de nuestro sistema público de bibliotecas veremos algunas cifras del servicio de bibliotecas de Catalunya (datos de 2013, excepto si se indica lo contrario entre paréntesis):

Red de bibliotecas públicas: 359 + 11 bibliobuses

Total libros en bibliotecas públicas (aprox.): 14.000.000

Visitas: 25.356.484

Población con biblioteca en su municipio: 7.019.581 (92%)

Usuarios con carnet: 3.490.051

Documentos prestados (2009): 16.703.912

Libros y publicaciones prestadas (%, 2009): 55,10%

Ordenadores de uso público: 4.783

Accesos a Internet desde bibliotecas: 5.404.198

Actividades: 51.211

Clubes de lectura: 539

Miembros de algún club de lectura: 10.780

Fuente Datos 2013: Servei de Biblioteques de la Generalitat de Catalunya
Fuente Datos 2009: Idescat, Institut d’Estadística de Catalunya

Carme Fenoll, jefa del Servicio de Bibliotecas de la Generalitat de Catalunya, suele decir que la red de bibliotecas catalana es el club de cultura más grande del país; la mitad de la población catalana dispone de un carnet de biblioteca, lo que dice mucho del uso y la rentabilidad de estos equipamientos. Lo mismo sucede si vemos el fondo total de libros y el total de libros prestados, la gran afluencia de visitantes –85.000 de media diaria- y la gran cobertura de la red, que alcanza el 92% de la población catalana. También es destacable que casi la mitad de los documentos prestados no sean libros ni publicaciones y que los accesos a Internet desde las bibliotecas se cuenten por millones, lo que demuestra que la biblioteca es percibida como acceso a contenidos que van mucho más allá de libros de papel. Finalmente, cada año se celebran una media de 140 actividades en cada biblioteca. Dudo mucho que la iniciativa privada pudiera mejorar esa rentabilidad social al mismo precio y obtener beneficios.

Hay un aspecto de la organización de las redes de bibliotecas públicas en España que parece disfuncional pero puede ser una de las claves de su fortaleza: su estratificación administrativa. En la base, cada municipio puede administrar su propio presupuesto bibliotecario y, si dispone de fondos, construir su propia biblioteca; las diputaciones son el nivel intermedio que conecta las bibliotecas municipales en una red funcional y contribuye a su dotación, construcción y mantenimiento; en la cúspide, las comunidades autónomas establecen el marco político funcional. Aunque no es raro que estos tres niveles deriven en cierto galimatías también obliga a todas las administraciones a pactar, a negociar, a ponerse de acuerdo. Ninguno de los tres niveles es capaz de hacer nada por si solo. Por muy fuerte que sea una red bibliotecaria municipal –como la de Barcelona- si no se articula con el resto de bibliotecas públicas catalanas nunca tendrá los recursos suficientes para ofrecer un servicio variado y de calidad o bien, para conseguirlo, deberá dedicar unos recursos que pondrán en peligro su rentabilidad social. Un sistema público de bibliotecas es fuerte si está tupidamente interconectado, si las políticas funcionales contribuyen a su desarrollo y si los ciudadanos responden usándolas.

Que las bibliotecas públicas sigan siendo uno de los equipamientos culturales más rentables es algo que no sólo depende de sus usuarios ni de los profesionales que están al pie del cañón cada día. Depende también de (casi) todos los actores de la cadena de valor del libro de papel y de la red de valor del libro digital. En las próximas entregas veremos cómo potenciar todavía más el papel de la biblioteca pública.

La librería Nollegiu, a propósito de “El Jueves”, deja de exponer libros de RBA

RBA-

Poco podía imaginar Ricardo Rodrigo, presidente de RBA, que censurar el semanario satírico “El Jueves” iba a levantar tanto revuelo. Por si el cabreo del respetable y la grave crisis de reputación no fueran suficientes, el grupo editorial se expone a un riesgo mayor que puede afectar sus ventas. La decisión que ha tomado Xavier Vidal en su librería Nollegiu es una muestra.

Nollegiu es una de las nuevas librerías que están naciendo en Barcelona con la voluntad de vender libros de una forma diferente pero entroncada con la librería de toda la vida. Es una sala de estar con cafetera incluida al alcance de los clientes y rodeada de libros. En palabras del propio Vidal, Nollegiu –que en catalán, irónicamente, tiene la doble acepción de “no leáis” y “no leéis”- su librería es un probador de libros. Podemos entrar, coger un libro, sentarnos un rato en uno de los sofás y, si no nos acaba de convencer, podemos devolverlo e irnos. A eso debe añadirse una agenda cultural que sólo deja un día libre, el lunes, único día de cierre. Sí, Nollegiu abre en domingo.

Xavier Vidal ha decidido dejar de exponer libros de RBA. Dejará de mostrarlos en estantes y escaparate. Él lo cuenta de esta manera en el blog de la librería (traducción de Iniciativa Debate):

[…]

Es por esto que Nollegiu ha decidido que a partir de hoy no tendrá libros de RBA expuestos mientras no haya una explicación del grupo y/o una rectificación pública.

Somos conscientes de que esto causa un perjuicio a los autores de primera fila, algunos de los cuales figuran en las listas de los más vendidos. La librería ha decidido hacerlo basándose en los criterios de orden y gestión que dan identidad a un espacio que pretende ser el fomento de la cultura sin ningún tope al derecho a la libertad de expresión.

Entendiendo que los perjudicados también son los lectores: pedimos disculpas por esta decisión que no satisface a nadie, tampoco a nosotros. Si algún lector pide un libro de dicho grupo, lo pediremos porque el lector y el autor no tienen la culpa.

Añade Vidal que esta decisión le reconforta consigo mismo y con la sociedad libre y democrática a la que como librero pretende servir.

¿Qué efecto directo tendrá esto en las cuentas de RBA? Nulo. Menos que despreciable. Pero el valor de ciertas decisiones está en otra parte. Xavier Vidal va al meollo de lo que implica ser librero que, entre otras muchas cosas, es decidir qué libros ofrece a sus clientes. Él ha decidido que no puede vender libros de una empresa que maltrata de forma directa, descarada e impune el derecho democrático a la libertad de prensa y de expresión y que cree que no debe dar ningún tipo de explicación. El valor de Vidal es mayor porque nadie le obligaba a hacer eso.

Vidal ha decidido que ciertas cosas merecen trazar una delgada pero firme línea roja y puede hacer que nos preguntemos por el papel de aquellos que sí tienen el poder para afectar a las cuentas de RBA, al puñado de grandes libreros y a la miríada de medianas y pequeñas librerías. No hablo de Casa del Libro, ni de El Corte Inglés, ni de la FNAC, ni de Amazon; no vivo en los mundos de Yupi. Hablo de todos aquellos que alguna vez se han llenado la boca con palabras altisonantes, con ideas como la excepción cultural, el papel insustituible del librero, el valor de la prescripción para la construcción de una biblioteca personal, el papel de la librería en una sociedad culta e informada y un largo etcétera. Si un gran grupo editorial ataca la libertad de expresión a pleno día y a la vista de todos, y aún así aquellos que pueden hacer algo deciden no hacer nada… ¿para qué vender libros? Mejor quemarlos, ¿no?

Hablo de Laie, de La Central, de todas las librerías bajo el grupo Bestiari, de la cooperativa Abacus, por poner sólo algunos ejemplos relevantes; hablo de las nuevas librerías abiertas recientemente y de todas aquellas que luchan desde hace muchos años; hablo de los libreros que estos días llenan El Retiro en la Feria del Libro de Madrid. Si hoy no es el día de usar su poder agregado de compra y prescripción para enfrentarse a los enemigos de cierta forma de entender la sociedad –y en esa forma caben (casi) todas las ideologías- yo me pregunto: ¿cuándo lo será?

Siempre he defendido que vender libros con vocación cultural no debe estar reñido con la prosperidad del negocio y que para dicha prosperidad es necesario, entre otras cosas, combinar los libros de alta rotación con los de fondo. Para muchos libreros eso suele implicar una dieta de sapos comerciales de difícil digestión pero de fácil compensación: abren la persiana mes tras mes, año tras año. Lo que no es necesario es comerse todos los sapos vengan de donde vengan. Es cierto que nuestra democracia y libertad de expresión y de prensa reciben agresiones solapadas de otros grupos mediáticos y editoriales pero si no trazamos una clara y delgada línea roja ante la flagrante impunidad no mereceremos decir que trabajamos en la cultura.

Ser librero, vender libros, comerciar con ideas es, poco o mucho, una forma de hacer política. La sola selección de los títulos a la venta es un espejo de la sociedad que el librero desea. Podrán hacerse muchas concesiones pero nunca todas. La política es el gobierno de la poleis, es nuestra implicación como ciudadanos en la res publica. Los libreros siempre han presumido de poder influir en la formación cultural y cívica de la sociedad. Tienen ante sí un momento decisivo para demostrar que son imprescindibles.

Actualización: la librería Gigamesh ha anunciado en su página de Facebook que también deja de vender libros de RBA.