Deberíamos acabar con las subvenciones (directas) a la cultura

PESCA-

El pasado lunes Manuel Gil, en su imperdible artículo semanal, abogaba por aumentar las subvenciones a la cultura en España. Tal como Manuel pone de manifiesto en su artículo, en comparación con otros sectores –industrial y energético, por ejemplo– la cultura está muy poco subvencionada. ¿Debemos aumentar las subvenciones a la cultura? Manuel cree que sí. Pese a que suscribo sus objetivos –aumentar la difusión de los productos culturales y así aumentar el nivel cultural de los españoles– no creo que las subvenciones directas sean un buen camino.

Manuel habla de las revistas culturales y de pensamiento pero el debate es de aplicación a otros muchos productos culturales, léase producto como algo que alguien produce y pone a disposición de terceros. En ese sentido tanto la obra de Pau Casals como el catálogo de la editorial de cromos Panini contienen productos. La puesta a disposición a terceros puede realizarse mediante venta, préstamo, comunicación pública y un largo etcétera.

En su artículo Manuel Gil compara la subvención a la cultura con la subvención a la industria, la energía o las infraestructuras. Los últimos gobiernos han reducido las ayudas culturales hasta la risa –ahí están los 150.000 euros para las librerías o los 630.000 de subvención a las revistas culturales– mientras que el apoyo a otros sectores sigue siendo multimillonario.

Diferencias cuantitativas y cualitativas

Las subvenciones pueden dividirse en dos categorías en función del tipo de criterios utilizados. En unas se aplican criterios objetivos y cuantificables. En otras se aplican criterios subjetivos y no cuantificables. Ninguna de ambas categorías es pura y algo comparte con la otra pero podemos establecer esta división sin equivocarnos demasiado.

Las subvenciones a la industria parten de criterios objetivos y cuantificables. Eso no significa que sean procesos prístinos; mediante leyes, reglamentos y pliegos de condiciones podemos introducir sesgos y arbitrariedades –lo vimos hace poco– pero, una vez establecidas las reglas, el proceso se basa en elementos objetivos e incluso previsibles. En caso de mala praxis las cosas se pueden poner difíciles para el responsable si alguien recurre ante mesas de contratación o ponerse muy feas si lo hace ante los tribunales.

Las subvenciones a la cultura se basan en criterios no cuantificables y subjetivos –excepto cuando se subvencionan los medios de producción, en cuyo caso podría tratarse de una subvención industrial cuantificable y objetiva– pero aquí hablamos de la subvención a la producción directa, no a sus medios. Tal como Manuel Gil lo expone:

[…] Imaginemos 100 revista culturales, estas llegaban a una media de 500 bibliotecas en España. Total ejemplares: 50.000. Si usamos un ratio de difusión y multiplicamos que cada revista podía tener un índice de 8 lectores (por lo bajo), hemos dejado de ofertar lectura de revistas a 400.000 lectores de las bibliotecas. Me pongo al habla con algunos editores de estas revistas […] que preferían el antiguo sistema […]: tenían una enorme visibilidad en multitud de pequeñas bibliotecas y se generaba un flujo indirecto y cruzado de gente que se suscribía y/o compraba algún numero suelto a la editorial. Por otro lado se mantenía un cierto nivel de servicio público en las bibliotecas. Luego vamos a ir desterrando el concepto derroche.

No pongo en duda la utilidad social de la cultura ni el retorno social de las bibliotecas –largo y tendido he hablado aquí sobre ello– pero una cosa es estar de acuerdo en los principios y otra muy distinta estarlo en el análisis. Manuel parte de la base que esas 100 revistas culturales merecen ser subvencionadas. El problema es establecer los criterios según los cuales una revista debe ser subvencionada y otra no.

Como ya comenté hace tiempo las subvenciones culturales se acaban decidiendo en una comisión nombrada a dedo por el ministro, el consejero o el concejal de turno. Aunque en las bases de la concesión hay algunos criterios cuantificables, la mayoría de puntos se otorgan de forma subjetiva. Incluso si quienes las conceden se basan en sesudos debates sobre el arte, la cultura y el pensamiento, lo harán según su particular criterio. Los ocho, diez o doce miembros sin piedad son humanos, con sus filias y su fobias y la consecuencia es que una mala decisión es (casi) indemostrable y cualquier prevaricación es (casi) imposible de recurrir ante los tribunales. Ergo la ciudadanía está indefensa y con ella aquellos que no han tenido la suerte de ser agraciados.

Hasta hace poco las limitaciones que imponía la realidad analógica hacían muy difícil salir de la ley del embudo: muchos eran los llamados, pocos los elegidos y era irracional hacerlo de otra forma. Hasta hace poco comunicar cualquier contenido escrito exigía manchar una cantidad considerable de papel y quemar un montón de combustible. Hasta hace poco sólo podíamos poner a disposición del público –en bibliotecas y librerías– aquello que se esperaba o se suponía que era de su interés, a menudo desde un vertical paternalismo ilustrado.

Ninguna subvención sucede en el vacío y la realidad económica de las revistas culturales se basa en cuatro posibles fuentes de ingresos. En primer lugar –las que son de pago– reciben dinero de suscripciones y de la venta de ejemplares sueltos. En segundo lugar cuentan con la inserción de publicidad por parte de empresas privadas. Cuentan también con la inserción publicitaria de las administraciones públicas. También pueden optar a subvenciones directas. De estas cuatro opciones sólo las dos primeras están sujetas al desempeño profesional y comercial de sus responsables. Las otras dos dependen de la idea de cultura de varios responsables públicos, desde el ministro hasta el concejal de cultura del villorrio más pequeño. Si el anverso del descenso de la subvención a la cultura es la crisis y la desaparición de publicaciones que ofrecen contenidos valiosos e interesantes, el reverso tenebroso es el montón de responsables de centros públicos aliviados al dejar de dedicar espacio y recursos a productos sin lectores, sin salida y, al cabo, sin interés. En España se ha abusado de la compra con destino a bibliotecas como forma de subvención encubierta sin atender a la calidad de lo comprado ni al interés de los usuarios.

Preguntas de muy difícil respuesta

¿Por qué suponemos que todas las revistas culturales actuales son de interés para alguien? En caso de serlo ¿qué número de lectores justifica determinada subvención? ¿Quién determina qué es interesante y qué no en un contexto de recursos finitos –es decir, tanto en vacas gordas como flacas– o incluso muy limitados como el actual? ¿Disponemos de datos exactos, fiables e independientes de lectura y préstamo de revistas culturales en bibliotecas públicas? ¿Servirían dichos datos para otorgar más o menos subvenciones? En un mundo en el que encontrar contenidos culturales de cierta calidad –gratuitos y de pago– sólo requiere algo de tiempo, ¿cómo justificamos seguir mandando revistas a las bibliotecas esperando que sean de utilidad e interés para alguien? ¿Los ocho lectores de media a los que alude Manuel Gil son suficientes, muchos, pocos y en relación con qué otras cifras? ¿Tenemos la certeza que las bibliotecas físicas que las reciben –o las recibían en el escenario expuesto por Manuel– son las adecuadas o nos faltan datos para saberlo?

No tenemos respuesta para todas estas y otras muchas preguntas pero eso no les resta relevancia, al contrario, señala lo sensible y complejo del asunto. Cualquier sistema de subvención de la cultura debe ser capaz de responderlas. La cuestión más difícil es también irresoluble en un mundo finito: ¿cómo discriminamos aquellas que merecen subvención de aquellas que no la merecen? Cualquier sistema público de subvenciones tiende a comportarse como un gas, pronto agota todo el espacio disponible. Siguiendo con el ejercicio matemático de Manuel Gil, si ya estamos subvencionando cien ¿con qué motivo negaremos la subvención a otro centenar, a quinientas más o a miles? Por muy alto que pongamos el techo de gasto siempre habrá más y más proyectos por subvencionar porque nunca tendremos la herramienta de discriminación perfecta e infalible basada en la calidad y no en criterios administrativos que se convierten en el actual galimatías disuasorio que desanima a muchos a solicitarlas.

Manuel Gil apunta una serie de acciones que a mi me suscitan más dudas todavía, especialmente las dos primeras, mientras que las dos últimas contienen, en mi opinión, la solución a buena parte de los problemas:

  • Subvencionar únicamente aquellos productos editoriales que sean de imprescindible incorporación al acervo cultural y patrimonio bibliográfico español y sean muy difícil de producir y/o comercializar.
  • Aumentar la dotación de subvenciones a libros y revistas pero haciéndolas llegar a las bibliotecas. Volver al antiguo sistema.
  • Subvencionar la demanda de los particulares en paralelo a potentes políticas de adquisiciones que garanticen el mantenimiento de los servicios de bibliotecas.
  • Favorecer y estimular la conformación de empresas muy sólidas, competitivas, exportadoras, y de fuerte músculo financiero y empresarial (y que creen empleo de calidad), en un intento estratégico de fortalecer el sector.
  • Desarrollar un mecanismo de control de retorno de inversión de ese dinero público en la sociedad.

Los productos a incluir en el primer punto están bastante claros si tienen más de quinientos años de antigüedad. Por ejemplo, pocos se negarán a subvencionar una edición facsímil del códice de la Biblia de Ripoll con el objetivo de preservar y difundir la obra original. Mucho más complicado será decidir si una edición completa de las obras de Corín Tellado merece una subvención por citar un tipo de literatura que a muchos repugna y a muchos deleita. Toda lista tiene límites, los culturales son muy borrosos y el problema está ahí.

Volver al antiguo sistema plantea los problemas que ya hemos expuesto y no responde a casi ninguna de las preguntas. En cambio la subvención a la demanda que plantea Manuel –yo prefiero llamarla incentivo– sí puede funcionar porque involucra al público en la selección de aquello que considere o no valioso; encontrar el mecanismo de incentivar económicamente el consumo cultural –directamente o mediante desgravación fiscal– será complejo pero no imposible. Cuando hablo de público no me refiero a la chusma lerda e iletrada en la que muchos piensan; hablo de públicos diversos cuya masa crítica permite la viabilidad de (casi) todos los productos culturales concebibles, desde los consumidores compulsivos de Chick-lit hasta los amantes de la poesía latina en versión original.

Los dos últimos puntos deberían estar en la base de cualquier política, no ya cultural sino industrial, de cualquier sector y eso abre un debate tan necesario para todos como repugnante a buena parte del sector cultural español: separar netamente aquello que atañe a la cultura de aquello que corresponde a la industria acabando de una vez por todas con el binomio “industria cultural”, tan diferente en sus implicaciones de binomios como “industria automovilística” o “industria pesquera”.

Los retos industriales necesitan respuestas industriales adaptadas a cada sector pero no condicionadas hasta el extremo por cuestiones ajenas a lo industrial. Tanto la del automóvil como la de la pesca son industrias que preservan sus propios acervos culturales e históricos pero lo hacen en los museos e instituciones culturales a tal fin. No veremos a nadie pedir una subvención para volver a fabricar el venerable Ford T y nadie pretenderá montar una pesquería a partir de la pesca fluvial con mosca. Hay cosas que otras industrias mandan al museo o al ámbito amateur, por eso son industrias y no artesanías. Ojo, eso no significa que no podamos reeditar por enésima vez la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides –incluso en griego clásico–, pero deberemos hacerlo si contamos con el público susceptible de sostener el proyecto –estoy convencido que ese público existe, lo difícil es encontrarlo. Que dicho público reclame el producto comprándolo o mediante herramientas participativas vinculadas a las bibliotecas públicas depende de poner los medios necesarios, medios que rendirán mucho más que seguir enterrando dinero en proyectos de incierto –cuando no nulo– retorno.

El problema no es que el retorno sea nulo, es que sea incierto. La bondad de las subvenciones basadas en criterios objetivos y cuantificables es que es bastante fácil –si se desea– calcular el retorno bruto total incluyendo el retorno social y otras externalidades tanto positivas como negativas. El gran talón de Aquiles de las subvenciones culturales es que es harto difícil justificar racionalmente cualquier cosa, por eso este debate no va de dinero, no consiste en decidir si hay poco, mucho o suficiente, sino en encontrar una forma de incentivar la compra y el consumo de cultura, tanto pública como privada, que responda a las realidad de los usuarios del sistema, es decir, los ciudadanos por y para los que debería trabajar cualquier administración pública.

Lo importante es, en cualquier caso, estar de acuerdo en que necesitamos gestionar las aportaciones públicas a la cultura de otro modo. No se trata de una transición fácil ni rápida, lo importante –y en eso creo que coincidimos Manuel y yo– es que nada volverá a ser como antes. El fin de las crisis –la de la edición y la de todos– no nos devolverá el pasado conocido, sino que planteará retos nuevos a partir de cambios profundos en el uso que los ciudadanos hacen de la cultura. A ellos deben adaptarse administraciones públicas y agentes culturales, no al revés.

La UE intenta solucionar la estupidez del IVA del libro con una tontería fiscal

Spain's Education Minister Jose Ignacio Wert speaks during an interview with Reuters at his office in Madrid-

Érase una vez la Unión Europea que, ensimismada en su mecanismo, decidió que como los libros digitales son software tenían ser tratados como servicios y tributar al tipo normal de IVA. Dio igual cómo lo usaran los lectores, el único criterio fue técnico: si lees en un dispositivo el mismo libro que podrías leer en papel pagarás más IVA. Una estupidez.

No sé si a los grandes grupos editoriales la cosa les pilló de sorpresa, durmiendo o miraron hacia otro lado pensando que esa medida protegía indirectamente el negocio de papel. Lo que sí sabemos es que dos tipos de organizaciones se apresuraron a beneficiarse de la medida, por un lado los Estados que juegan al dumping fiscal, como Luxemburgo –descubierto recientemente en tan legal como poco edificante trama– y por otro aquellas multinacionales que juegan al escondite con los impuestos vendiendo aquí y tributando allí. Todo legal, eso sí.

Ahora la UE ha decidido arreglar tamaña estupidez con una tontería fiscal. Tal como nos cuenta Arantxa Mellado en Actualidad Editorial:

A partir del 1 de enero de 2015 entra en vigor la Directiva comunitaria de 2008 según cual la tasa de IVA que grava los libros digitales será la del país donde se encuentre el comprador/consumidor (para la CEE, el ebook no es un producto, sino un servicio digital). Hasta ahora el IVA imponible era el del país donde estuviera domiciliado el vendedor/prestador del servicio.

Dejaremos para mejor ocasión que entre la promulgación y la entrada en vigor de una directiva pasen siete años. Sí recalcaremos que la UE no ha reaccionado en respuesta al clamor –tibio y poco convincente– del sector editorial, sino de aquellos Estados que más dinero perdían con el troleo institucional de Luxemburgo. La dirección emprendida es fiscal, no cultural.

Si grandes Estados con grandes grupos editoriales como Francia, Reino Unido, Alemania, España e Italia hubieran presionado para equiparar el IVA de los libros digitales con el de los libros de papel no me cabe duda que el 1 de enero de 2015 el paisaje sería muy diferente. Sin los Estados citados no se cocina nada en la UE por una cuestión de PIB y peso demográfico. Debemos preguntarnos qué han estado haciendo –o qué no han estado haciendo expresamente– los respectivos lobbies editoriales para que la medida sólo beneficie la recaudación de los Estados.

Las implicaciones de la entrada en vigor de la citada directiva tienen un alcance editorial indirecto. Como también nos cuentan en Actualidad Editorial:

La duda es cómo van a afrontar este cambio los pequeños minoristas y las editoriales y autores que practican la venta directa. A partir del 1 de enero van a tener que enfrentarse a la obligación de aplicar diferentes tasas de IVA y de hacer cobros en diferentes países.

Los que se benefician de la nueva directiva son los grandes grupos editoriales para los cuales atender un nuevo requisito administrativo no es ningún desafío. Para “facilitar” la vida a los pequeñuelos se ha establecido una especie de ventanilla única –de incierto funcionamiento– en la cual pueden darse de alta todos los actores del libro que lo necesiten, de forma que no tengan que tramitar cada transacción en cada país diferente. En la Agencia Tributaria tienen a bien informar de las reglas del invento.

Falta de equidad y lesión a la competencia

La medida carga en los empresarios un problema causado por regulaciones supranacionales. Se falta a la equidad privilegiando a los grandes por encima del resto y se lesiona la competencia. Hay formas más eficientes de solucionar el desaguisado del IVA de los libros y la tributación entre Estados de la UE:

  • Atender a la naturaleza de uso de los productos, no a su naturaleza tecnológica, distinguiendo entre el archivo descargable que se lee como un libro de papel, el servicio de lectura en la nube –equiparable a la televisión de pago– y otros servicios mixtos derivados de contenido escrito, como los cursos on-line, que puedan encuadrarse en otras categorías.
  • Equiparar el IVA de los libros de papel y digitales. Los viejos del lugar ya saben que mi opinión es que el IVA de todos los libros debe ser al tipo normal, no al reducido –un IVA al 21% es un dislate pero ese es otro tema. En su defecto lo más importante es que tengan el mismo tipo y el reducido sería un mal menor.
  • Poner en manos de los Estados un mecanismo compensatorio posterior a la tributación del IVA. La tecnología ya permite imputar de forma directa a quién le corresponde pagar cuánto, dónde y a qué agencia tributaria. Es mucho más eficiente centralizar dicha labor en veintitantos Estados que en miles o decenas de miles de empresas, de forma que se igualen las reglas de la competencia. No se requiere inventar la rueda: en cuestiones como la imputación de costes a la atención sanitaria a ciudadanos comunitarios en países de la UE eso ya está solucionado.
  • Hacer cumplir las leyes europeas que países como Luxemburgo se saltan alegremente mediante un IVA aplicado al libro del 3%, fomentando el dumping fiscal de empresas como Amazon, entre otras. En octubre de 2012 la UE dio un plazo de 30 días a Francia y Luxemburgo que no pareció asustar a nadie.
  • Avanzar hacia la unión fiscal europea; este tema escapa al alcance de este blog y sólo lo menciono a título enunciativo.

¡Ah! Y menos mal que en muchos países el precio del libro es fijo, de otro modo el galimatías de la nueva directiva de la UE sería apocalíptico. Como de costumbre se trata de ausencia de voluntad política. Tampoco es que los grandes grupos editoriales estén haciendo nada que modifique el statu quo o, en su caso, están cambiando lo justo para seguir siendo grandes. No espero de ellos otro comportamiento pero que no nos digan que esta nueva directiva les perjudica porque bajo esta perspectiva salen ganando. Como siempre.

¿Congreso del Libro Electrónico o convención de ventas?

Miguel_Ángel_-_Creación_de_Adán- Imagen: Wikipedia -

Mi último artículo suscitó un animado intercambio de pareceres con uno de los aludidos, Luis Magrinyà. De lo comentado con él me quedo con dos cosas: Magrinyà tuvo la sensación que el congreso se pareció demasiado a una convención de ventas –y me animó a hablar de ello– y está convencido que yo escribo mis artículos por darme aires, para promocionarme. Le prometí hablar de lo primero. De lo segundo hablaré porque me apetece.

Estoy de acuerdo con él en la forma pero no en el fondo. Sí, el congreso tuvo momentos de convención de ventas. Sí, uno de los efectos de escribir en este blog es que aumenta mi notoriedad. La diferencia entre su interpretación y la mía es que mientras él mira el dedo, yo prefiero mirar la luna.

Todo congreso que no sea estrictamente académico toma un inevitable cariz comercial. El II Congreso del Libro Electrónico tiene entre sus objetivos conocer mejor el funcionamiento de una nueva industria. Para ello reúne a profesionales y empresarios que hablan de productos y servicios concretos, tanto en el escenario como entre el público, donde muchos aprovechan para hacer networking, tan diferente de lo que yo prefiero llamar “qué hay de lo tuyo” que nada tiene que ver con el clásico hispánico de “qué hay de lo mío”.

Se queja Magrinyà, en un par de tuits, que en cada descanso le intentaron vender algo con algún peregrino argumento (la conversación se dividió en dos hilos, por eso puede parecer algo confusa):

Como dijo Diego Armando Maradona en una célebre campaña contra la droga en los años ochenta: “simplemente, di no”. En un encuentro profesional no podemos evitar que alguien nos intente vender algo; de nosotros depende darle largas con más o menos elegancia.

Un congreso joven, como el de Barbastro, necesita encontrar el punto de equilibrio entre sus componentes tecnológico, industrial y comercial. Montar un certamen como éste no sale gratis. El hecho de hacerlo en una modesta localidad oscense ya es casi un milagro; si hace cinco años alguien me hubiera dicho que se consolidaría un congreso sobre el libro digital en Barbastro le hubiera pedido un poco de la sustancia que tomaba.

Eso impone peajes políticos y comerciales. La primera hora del jueves estuvo dedicada al discurso, a mi parecer anodino, de un repertorio de representantes institucionales locales y provinciales. Lo entiendo y lo acepto –aunque no lo justifique– porque para que ciertas cosas sean posibles hay que dejar que algunos salgan en la foto. Si con esa hora perdida aseguramos la prosperidad del congreso –y la de la gente de Barbastro– me doy por compensado.

Hubo algunas ponencias y charlas descaradamente comerciales a las que sólo les faltó añadir “espacio comercial patrocinado” como en el caso de “Experiencias de autoedición” presentada por Koro Castellano, directora de Kindle para España y Portugal. Lo cierto es que la posterior charla de los escritores fue interesante. En este caso entiendo, acepto e incluso justifico el formato. El apoyo de Amazon es determinante para el sostén del congreso y eso tiene contrapartidas. Yo preferiría que los patrocinadores fueran otros pero esto es lo que hay.

Hubo también espacio para la promoción de start-up o nuevas empresas del sector que venían al congreso con un ánimo comercial indisimulado. Cada una dispuso de sus siete minutos de gloria la tarde del jueves y de mesas en el vestíbulo en las que atender a los interesados en sus servicios. Me consta que les compensó acudir al congreso y opino que lo que nos contaron fue, en general, interesante.

Resumiendo: sí, el II Congreso del Libro Electrónico se pareció un poco a una convención de ventas pero un encuentro profesional debe tener un elemento comercial bien engrasado. Mejorable, sin duda, con mucho más recorrido, espero, pero no podemos perder de vista que sólo se han celebrado dos ediciones del congreso. Démosle un poco más de cuerda.

El blog y la autopromoción

Hasta aquí las cosas serias. Ahora voy a hablar de este blog y de la notoriedad. Luís Magrinyà me acusó de buscarme enemigos para promocionarme a mí y a mi blog. Esa es una inversión de los términos. Ya he dicho algunas veces que abrí este blog para aprender y que dejaré de escribir en él cuando ya no cumpla esa función. Yo aprendo cuando escribo porque saco las ideas a pasear. Muchos artículos han empezado en un sentido y han terminado en otro muy distinto porque su fase de documentación ha señalado que ciertas hipótesis eran incorrectas. Me he equivocado más veces de las que he acertado en los diagnósticos a futuro. Para mí el blog es, en primer lugar, una herramienta de aprendizaje.

Es inevitable que esta exposición pública suscite cierto interés. El primer año y medio de vida este blog atraía escasa atención. Si mi única intención hubiera sido publicitaria lo hubiera cerrado hace ya tiempo sin llegar nunca a las actuales 244 publicaciones.

Abrí este blog en junio de 2010 y, en términos de marca personal y notoriedad sólo comenzó a ser rentable a principios de 2013, cuando empezaron a llamarme para participar en charlas y mesas redondas.

Todo esto que parece una excusatio non petita tiene como objeto señalar que todavía son muchos los que, provenientes de una concepción clásica de Alta Cultura, consideran unos arribistas a todos los que no hemos sido ungidos por instancias académicas o institucionales. Cuando Luís Magrinyà me tilda de publicista de mi ego da a entender que toda su carrera editorial, literaria y lexicográfica ha transcurrido en un monacal y anónimo aislamiento. Obviamente no es cierto, ha ganado algún que otro premio literario como el Herralde (2000), el Otras Voces, Otros Ámbitos (2011), escribe regularmente en El País y le invitan a charlas y conferencias. Su presencia en medios es notoria, debemos suponer que es merecida y dudo que nadie se lo haya reprochado.

A él le pagan por escribir, a mí no. Puede que, para él, la diferencia sea esa. Puede que, para él, la palabra sólo tenga valor si alguien es capaz de pagar un precio al margen de los lectores que uno tenga. Puede que, para él, la única forma de saber si la palabra tiene valor es el reconocimiento de aquellos a quien admira. Muchos nos conformamos con apreciar las opiniones y conocimientos no tanto por sus padrinos como por su contenido. Muchos ya no necesitamos Academia, Canon Occidental ni Alta Cultura para andar por las ideas pero valoramos su utilidad para entender de dónde venimos.

Vivimos en un mundo más desordenado pero también mucho más interesante, fluido y fecundo que el del pasado. Somos cada vez más los que nos atrevemos a decir y argumentar que ciertos discursos son vacuos, obsoletos e inútiles para comprender lo que está sucediendo; el prestigio, los galones o la hoja de servicios ya no pueden ser baremos que impongan respeto intelectual.

Dejemos atrás la potestas, el poder otorgado desde arriba y abracemos la auctoritas, la autoridad moral e intelectual que proviene de la aprobación del público, venga de donde venga, sea de arriba, de abajo o entre iguales, se trate de masas o de minorías, paguen o no por nuestras palabras. Todos tenemos algo que decir que debe ser respetado y puede ser criticado o ignorado. Los argumentos deben bastar para entendernos. Hagamos buen uso de ellos sin timidez.

El día que el espíritu de Lampedusa voló sobre el II Congreso del Libro Electrónico

DOMINÓ- Foto: rodaje de Dominó, la película -

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“Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”

Don Tancredo en El Gatopardo

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

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Los días 30 y 31 de octubre tuvo lugar el II Congreso del Libro Electrónico en Barbastro, un encuentro cada vez más necesario que ya empieza a consolidarse. Más de cuarenta ponentes trataron algunos de los aspectos más importantes del libro digital. Al congreso le queda mucho por mejorar pero, con sólo dos ediciones, goza de una salud intelectual envidiable en comparación con otros tinglados treintañeros.

No tengo intención de resumir lo sucedido en dos días de congreso –les recomiendo el resumen de Darío Pescador– pero sí de glosar la sensación que me dejó la primera charla titulada “El papel de los editores en el nuevo ecosistema digital”. Moderada por Claudio López de Lamadrid (director editorial de Penguin Random House) y con la presencia de Luís Magrinyà (director de la colección de clásicos de Alba Editorial) y Paula Canal (editora y responsable del desarrollo digital de Anagrama) fue el marco adecuado a todo lo que sucedió posteriormente.

A los presentes en el salón de actos del congreso les sorprenderá que tilde la decepcionante partida de dominó con los amigotes del bar como de marco adecuado; decepcionó ver tanta oscuridad argumental. A Paula Canal parecía no importarle mucho lo digital –así es como se toma estas cosas Jorge Herralde– mientras que Luís Magrinyà pergeñaba un disperso discurso en defensa de lo de siempre que empezó criticando la palabra ecosistema porque le recordaba al Serengueti. Claudio López empezó hablando de metadatos –a estas alturas es como hablar de la viscosidad de la tinta– y no quiso ensuciarse las manos con la realidad despachando sendas preguntas del público con un lacónico “esto lo llevan en otro departamento de Penguin Random House” muy alejado de la estructura de la gran mayoría de editoriales de nuestro país.

Supongo que Fernando García Mongay no esperaba tan decepcionante resultado aunque, a decir verdad, el coloquio funcionó en un sentido todavía más inesperado: demostró que los más rezagados en la digitalización del libro son los editores y que todos los demás –incluso los libreros– tienen alguna idea de qué hacer en el futuro próximo. Desde ese prisma vi y entendí el resto de un congreso que fue de menos a más y terminó con un inspirador cierre de José Antonio Millán.

El incomprendido Don Tancredo

Cuando alguien del público reprochó a Claudio López, Paula Canal y Luís Magrinyà su negligente actitud ellos alegaron que les habían convocado como editores de papel. Fuimos muchos los que releímos el título de la charla por si nos habíamos equivocado; no era el caso, obviamente. Me sorprendió la alusión a los editores de papel, como si lo importante en la edición no fuera el contenido, sino el soporte. Bonita empanada mental la de aquellos que creen que lo importante está fuera del contenido y de su destinatario, el lector.

¿Son representativos estos tres editores? Sí y no. Lo son porque responden al arquetipo de editor asustadizo y paralizado por lo nuevo. No lo son porque cada vez más profesionales se atreven a experimentar; lo ilustraremos con un dato: esa misma tarde Blanca Rosa Roca sorprendió a todos cuando dijo que en 2013 el 16% de su facturación fue digital y que este año va camino del 28% ¿magia negra? ¿vudú? ¿venta de almas? No, mucho más sencillo: en Roca Editorial hace mucho tiempo que se lo creyeron, empezaron a experimentar y han picado mucha piedra. A la vista están los resultados.

“Si queremos que todo siga igual, necesitamos que todo cambie”, aseguraba Don Tancredo a su tío Fabrizio. Si Roca Editorial ha avanzado tanto en facturación digital es porque han cambiado muchas cosas para que lo esencial –el valor añadido que el editor aporta a un buen libro– cambie lo menos posible.

Claudio López, Luís Magrinyà y Paula Canal parecen entenderlo al revés, parecen pedir que el mundo no cambie y que un entorno en constante evolución les permita vivir en su excepción cultural afrancesada y particular, en un museo de cera de artes y oficios. La suya es la actitud corriente de indignación ante Internet, los fabricantes de dispositivos, la enorme oferta de contenidos y la piratería, ese santo y seña, esa excusa para tanta inacción. Nada me gustaría más que vivir en un mundo en el que el libro no tuviera que cambiar –uno de mis mayores placeres es la lectura profunda de un buen libro– pero cualquier postura intelectual que consista en el encastillamiento es tan estéril como estúpida.

Si de veras creemos en el papel del editor y de la editorial en el actual ecosistema del libro, si estamos seguros que esta vieja figura tiene futuro, deberemos cambiar todo lo accesorio. Hay que reforzar el eje editor-contenido-lector cambiando lo adecuado y equivocándonos lo menos posible. No importa el soporte, ni los criterios tipográficos deudores de la tinta y el papel, ni las lógicas comerciales analógicas, ni los autores y agentes que se resistan a la digitalización, ni la piratería: importa que buenos editores sepan ofrecer buenos contenidos a sus clientes. Eso implica un montón de cambios de los que hablaremos otro día.

El Observatorio Internacional del Libro de Barcelona y la comunicación sobre la nada

PAYASO DESENFOCADO-

Acaba de anunciarse la creación del Observatorio Internacional del Libro de Barcelona al abrigo del Máster en Edición de UPF – IDEC. Es una buena noticia. Toda aquella institución que contribuya a aportar luz sobre el espeso, opaco y nebuloso circo del libro debe ser bienvenida. Debemos apoyar en lo posible su andadura pero, ojo, eso también significa meter el dedo en las llagas con las que nace el proyecto.

Habitualmente quien se comunica poco –y mal– aduce que comunica lo que cree necesario –lo que le da la gana– y culpa al receptor del mensaje de los posibles malentendidos. Es el estilo de comunicación de aquellos que todavía consideran que hay unos creadores de tendencia que están arriba y unos seguidores de tendencia que están abajo y que nunca intercambiarán posiciones. Ancient Régime cultural, para entendernos.

Cuando alguien dice que acaba de crear algo del calibre del Observatorio Internacional del Libro de Barcelona adquiere un gran compromiso consigo mismo y con aquellos a quien la cosa más les puede interesar. Por criterios de espacio y premura la noticia de la creación del Observatorio en los medios convencionales contiene poca información. Lo que uno espera es que al ir a la fuente pueda ampliar detalles y saber mejor de qué va el asunto. Error.

Si saltamos de la noticia de La Vanguardia, El Periódico o El Cultural a la web del Observatorio encontramos menos información, no más. Raro. Al parecer dichos medios –y supongo que unos cuantos elegidos más– recibieron un comunicado en el que Sergio Vila-Sanjuán y Javier Aparicio contaban más cosas –aunque no muchas más– que las que aparecen en la propia web del Observatorio o sólo recibieron la noticia que aparece en la web de la UPF – IDEC y la publicaron con más o menos aliño. Veamos algunos interesantes pasajes de la mencionada noticia:

La Universidad Pompeu Fabra, a través de su Máster en Edición en el UPF-IDEC, que cumple este curso su XX aniversario, ha creado el Observatorio Internacional del Libro de Barcelona, una idea del periodista cultural Sergio Vila-Sanjuán e impulsada conjuntamente con el fundador y director del Máster en Edición, Javier Aparicio Maydeu.

Es una buena idea de un buen periodista cultural como Sergio Vila-Sanjuán impulsada por una figura de renombre como Javier Aparicio en el marco de uno de los mejores masters en edición. Y hasta aquí la noticia, porque lo que viene a continuación o bien es relleno o bien es vacío. Tras decirnos que en el Observatorio se encuentra lo mejor de cada casa…

[…] cuenta con el apoyo y colaboración de todo el sector editorial español, desde el Grupo Planeta, Anagrama, Penguin Random House, Grupo 62, Google, Círculo de Lectores, el gremio de editores de Cataluña, la feria del Libro de Frankfurt o CEDRO, entre muchos otros.

…nos dice algo así:

‘Este nuevo organismo académico e independiente nace con el objetivo de analizar los principales retos del sector editorial tratando de contribuir a impulsar la industria del libro y de la edición’, explica Javier Aparicio.

Hombre señor Aparicio, independiente no. Con todo el santoral industrial y comercial detrás usted no puede hablar de independencia. No dudo que todos estos miembros estarán muy interesados en contribuir en impulsar la industria del libro y de la edición, pero lo harán bajo un prisma industrial y comercial tan lícito como sesgado. Por cierto, de los nueve representantes del sector, cuatro son Grupo Planeta; sé que la cosa suena más epatante para el vulgo lector de prensa generalista pero suena todavía menos independiente para los pobres diablos que rascamos un poco. De los “muchos otros” hablaremos en breves líneas.

Tras contarnos que el Observatorio recopilará toda la información que se está generando tanto a nivel local como global acerca del mundo del libro –¿están seguros de haber calculado bien el volumen?– nos dicen lo siguiente:

El Observatorio tendrá presente tanto los factores empresariales del mundo editorial como su posición en el campo del conocimiento, los puntos de investigación “cutting edge” y la relación con las instituciones sociales y políticas.

¿Cutting edge? Disculpen, ya sé que es anecdótico pero ¿no les gustaba la palabra innovador o vanguardista? ¡Coño, que estamos hablando de cultura, de foco de la edición en lengua castellana y blablablá!

No nos ofusquemos. Una de las vías en las que va a trabajar el Observatorio será ésta:

Estar en permanente relación con las instituciones barcelonesas, catalanas, españolas y europeas para contribuir a transmitirles la importancia estratégica del sector y de la ciudad de Barcelona como capital editorial, y asimismo analizar nuevas orientaciones y estrategias que seguir.

Caramba ¿Ya no les sirven la FGEE, los gremios y las cámaras del libro para desempeñar esa función? ¿Además de tener que hablar con toda la actual colección de instituciones deberán entenderse con el Observatorio? Lo digo porque si el Grupo Planeta y Penguin Random House –entre muchos otros– ya cortan el bacalao en los chiringuitos existentes no creo que necesiten otro altavoz.

Hasta aquí la noticia oficial de la UPF – IDEC que no cuenta más de lo que contaban los periódicos. ¿Hay algo más en la web del Observatorio? Pues no. Algunos ejemplos:

  • En qué es y qué hace el Observatorio nos cuentan lo mismo que en la noticia sin las opiniones entrecomilladas de sus impulsores que sí aparecen en prensa.
  • En quiénes somos sólo aparecen los ya mencionados impulsores de la idea junto a indeterminados “profesionales del sector editorial, académicos y analistas” a quienes sus progenitores no tuvieron a bien darles un nombre al nacer. O puede que ni siquiera hayan sido reclutados.
  • En el apartado Actividades nos cuentan que “esta información estará disponible próximamente”.

Sólo hay algo que añadir pero no de la UPF – IDEC sino de El Cultural, concretamente del primer párrafo de la noticia:

La Universidad Pompeu Fabra, a través de su Máster en Edición, que cumple este curso su XX aniversario, pondrá en marcha a partir del mes de junio el Observatorio Internacional del Libro de Barcelona

Cuando leí lo del mes de junio fui a revisar la fecha del artículo; la noticia es fresca, de ayer mismo ¡Se refieren a junio de 2015! ¡Están anunciando con más de ocho meses de antelación la puesta en marcha de algo que al parecer sólo cuenta con el nombre! Lo más incomprensible es que esta noticia ni siquiera les sirve para promocionar el Máster pues la presente edición empezó el pasado septiembre y no termina hasta el próximo julio.

Sigo pensando que la creación del Observatorio es una buena noticia. Puede aportar algo nuevo al debate. Sus impulsores tienen carrera y prestigio suficientes, pueden reunir en torno a ellos un buen equipo. Por eso es una lástima su comienzo lastimoso, vacío, cojo, triste, decepcionante, nebuloso. Con una antelación injustificada que suena más a postureo que a realidad. Ya tenemos suficientes payasos en este circo ¡Cómo espero equivocarme!

Las once malditas páginas de Gregorio Morán y los 28 millones de dólares de la Edición Soviética

BREZNEV-

Durante la Guerra Fría una legión de kremlinólogos se dedicaba a interpretar la poca información que salía del Kremlin para deducir quien había caído en desgracia, cómo iba la economía real soviética –tan diferente de la propaganda oficial– o los movimientos del Ejército Rojo. El nombramiento de alguien para un cargo o su presencia –o ausencia– en una foto o un desfile a menudo bastaba para conocer la salud interna del régimen.

Una característica común de dictaduras herméticas y empresas familiares es que cuando se hunden lo hacen ante la sorpresa de casi todos. Si muy pocos kremlinólogos supieron adelantar el derrumbe de la Unión Soviética a finales de los años ochenta del pasado siglo, muy pocos deben saber, fuera de Planeta, lo que sucede en la sede de la Avenida Diagonal de Barcelona. No digo que esté a punto de hundirse –ni siquiera soy planetólogo– pero los que estamos fuera del sistema planetario apenas disponemos de algunas anécdotas para entender lo que pasa.

El último chascarrillo con el que todavía se divierte la chiquillada ha sido la edición frustrada de El cura y los mandarines, libro en el que Gregorio Morán ha vertido diez años de su vida, diez años que, conociendo la trayectoria del autor y su mordacidad sabatina en el diario La Vanguardia, dan para mucho. Hace pocos meses apareció Aquellos años del boom, del también periodista de La Vanguardia Xavi Ayén, una auténtica catedral edificada, ésta también, durante diez años.

Detengámonos un momento en este detalle. Dos periodistas de La Vanguardia de generaciones distintas –Morán de 1947, Ayén de 1969– deciden dedicar los últimos diez años –casi los mismos últimos diez años– a escribir dos catedrales de la cultura española y por inevitable extensión, iberoamericana. Ambos libros repasan similares períodos históricos. Sabemos que Morán pone a caldo a un buen número de jerarcas de la cultura mientras que Ayén también lo hace pero con diferente estilo y sin entrar al trapo con ciertas instituciones porque el tema que trata no lo exige. El libro de Ayén, editado por RBA, sale a la luz. El de Morán, editado por Planeta, no. La cara y la cruz de la cultura del país.

Que un diario como La Vanguardia tenga en nómina a dos autores de este calibre y haya tirado por la borda el periodismo de calidad que en su día practicaba es algo que dejo a la comprensión de generaciones venideras que lo verán todo con más perspectiva. Las mismas generaciones entenderán mucho mejor que nosotros lo que está sucediendo en Planeta.

Del caso de las once malditas páginas de Morán sorprenden varias cosas y la primera es una triste ironía: el autor que investigó durante diez años los entresijos de la cultura española no supo ver a tiempo que Planeta había cambiado lo suficiente como para no atreverse a lanzar su libro. Sangrante pero comprensible; los más cercanos a ciertas realidades son los últimos en percatarse de los cambios porque ven su evolución y no perciben las grandes variaciones a lo largo del tiempo.

Si la mencionada paradoja no empequeñece al periodista hay una serie de cuestiones técnicas que sí dejan a Planeta –en su caso a Crítica, el sello en el que recaló el libro–en mal lugar. Cuando un autor con el historial y la reputación de Gregorio Morán te dice que va a escribir acerca del sistema cultural español ya sabes a qué atenerte. Cierto que la propuesta fue anterior a 2004, que en esa época el Grupo Planeta nadaba en una cada vez más apalancada abundancia, que cuando uno está que se sale se atreve con todo –como se atrevió el patriarca Lara a publicarle a Morán una biografía no autorizada de Adolfo Suárez en 1979– pero se supone que uno cuenta con los arrestos suficientes para afrontar unas consecuencias inasumibles para la mayoría de editoriales independientes.

Por si un ataque de amnesia colectiva hubiera hecho olvidar a todo el mundo quién es y de qué va Gregorio Morán, en Planeta disponen de una legión de abogados dispuestos a encontrar el más remoto riesgo de demanda; eso suele hacerse antes de hincarle la edición al manuscrito para no tirar el dinero tontamente. Parece que la cosa no fue así, tal como el propio Morán contaba en la última de sus Sabatinas Intempestivas de La Vanguardia (edición del sábado 18 de octubre de 2014) :

Después de […] corregir lo que en términos de edición se denominan “primeras pruebas”, incluso unas “segundas”, tras sortear las variadas y hasta divertidas objeciones del llamado pomposamente “departamento jurídico”, que al menos en mi caso se refiere a un individuo que responde al nombre de Gabino Sintes, que para mayor singularidad se ocupa también de los “derechos de autor”, lo que a mi entender debería llenarnos de inquietud -censor y defensor de los derechos del escritor, diría que son incompatibles-. […]

La edición siguió su curso con una hermosa portada que imprimió primorosamente y a la que acompañaba un texto que por no ser mío sino de la casa editora merece la pena ser copiado. […]

Meses tirando los sueldos del editor de mesa, del departamento jurídico-censor, los honorarios del corrector, del maquetador, los gastos de la impresión de la cubierta –a saber si de la primera tirada completa– y habiendo perdido un anticipo que se me antoja jugoso; meses durante los cuales alguien aprendió la papiroflexia que justificara la genuflexia ante la RAE. Todo, para terminar con un efecto Streisand que ni siquiera el ya decrépito Premio Planeta ha podido tapar.

¿Sale a cuenta tamaño desaguisado? Juzguen ustedes en lo económico: Planeta imprimirá y venderá 400.000 ejemplares de papel –con una primera tirada de 50.000– del nuevo diccionario de la RAE ¡en pleno 2014! Si el precio mínimo de cada diccionario son los 70 $ de la edición latinoamericana –en España vamos a pagar 99 € que al cambio es casi el doble– se trata de una facturación de más de 28.000.000 $, a cuarto de millón cada una de las once malditas páginas de la obra de Morán. Tal como comenta el autor en una entrevista concedida a El Confidencial:

Le escribí una carta [a Lara] porque nos conocemos desde hace mucho tiempo. Le planteé cómo era posible que hace 35 años hubieran sido capaces de publicarme un libro muy crítico con un Presidente del Gobierno en ejercicio [Adolfo Suárez. Historia de una ambición, Planeta, 1979] y ahora no quieran publicarme un libro por 11 páginas dedicadas a la RAE. Es decir, un deterioro informativo importante. Me contestó que no era miedo a García de la Concha, pero que era un colaborador eficacísimo de la editorial, y añadió: el problema de tu libro son las 11 malditas páginas. […]

No estaría mal que el Grupo Planeta editara un diccionario de Colaboradores Eficacísimos de la Editorial, algo así como un Índex Collaboratorum Prohibitorum para saber qué juanetes nunca hay que pisar; seguidamente el Grupo implosionaría dejando un rescoldo editorial de autoayuda y superación, esos que nunca dan problemas porque lo ven siempre todo en rosa.

Si la operación es económicamente impecable –sacrificar un ladrillo que leerán cuatro enfermos como el que suscribe a cambio de más de 28 millones de dólares– el rendimiento en prestigio, imagen y credibilidad arroja un saldo negativo del que creo que Planeta no se recuperará. Sí, Planeta ha cometido fechorías similares en el pasado, pero es que los tiempos han cambiado y una buena prueba está en el sacrificio de un autor como Gregorio Morán por una bolsa de monedas. Hace diez años de esto nos enterábamos el puñado de lectores de la sección de cultura de los periódicos; hoy se entera incluso aquél a quien el tema le importa un pito. Hace diez años Planeta enjuagaba este desastre de imagen con una ofensiva publicitaria y de relaciones públicas; hoy no queda dinero para eso.

Planeta se ha expuesto a una crisis de credibilidad por unas decenas de millones de dólares; comparado con la facturación del grupo, una nimiedad. En relación con la facturación –y las pérdidas– del negocio editorial, muy significativo. Están empezando a rebañar el fondo del barril, un barril grande, que da para mucho, pero que empieza a quedarse seco. Cuando una llamada de uno de tus eficacísimos colaboradores se interpone en el negocio y vale millones de dólares es que ha empezado el principio del fin de la Edición Soviética. Un fin que se atisba largo y doloroso.

Toda la vergüenza que está pasando Planeta no impedirá que el libro vea la luz. Si todo va como está previsto será Akal quien edite el libro y lo lance a finales de este año o principios de 2015. El eslogan que yo usaría se lo han servido en bandeja: el libro de Gregorio Morán que Planeta censuró. Unos lo leerán por morbo. Otros, los de siempre, lo leeremos porque será un buen libro. No debería ser necesario mucho más para editar un libro: que alguien con criterio crea que es bueno y merece ver la luz. Que la fortuna nos conserve por mucho tiempo lo que queda de la editorial Crítica, castigado sello que no merecía este bochorno.  movie Jungle Street (1961)Bonus Track 1: les recomiendo que pasen y lean La Mala Puta, lo que la Patrulla de Salvación escribió hace poco sobre el asunto.

Bonus Track 2: no se pierdan la intervención de Gregorio Morán en la charla “Sobre las nuevas formas de censura” acaecido en la librería Taifa de Barcelona el pasado martes. Vídeo gentileza de Valor de Cambio: https://www.youtube.com/watch?v=ndytT6CCBn4 

La entrega en el mismo día de Amazon ya está aquí

POLTERGEIST-

Ya está aquí. Cuando apenas hace un par de años Amazon empezó a realizar entregas el mismo día en algunas ciudades de Estados Unidos parecía lejano que dicho servicio alcanzara las ciudades españolas. Desde el pasado día 10 el servicio está disponible en la Comunidad de Madrid, una de las comunidades más rentables para Amazon. No tardará mucho en extenderse.

Por el momento el servicio no alcanza a todos los productos ni a todos los códigos postales de la Comunidad pero Amazon no suele implantar un servicio si los números no cuadran y sabe que podrá extenderlo. Las condiciones del servicio son muy sencillas y están enfocadas a compras de alto valor o bien a quienes tengan mucha prisa. Para los clientes de Amazon Premium, que pagan una cuota anual de 14,95€ al año, el servicio costará 6,99€ por producto –o por un solo envío, si todos los productos tienen opción de entrega en el mismo día– mientras que para el resto de clientes el precio del servicio será de 9,99€. No hay una hora límite específica para pedir el producto dentro del mismo día y aquellos que cuenten con esta opción de entrega informará del límite.

Tal como hizo en Estados Unidos cuando implantó el servicio por primera vez, el objetivo de Amazon a corto plazo es competir con las grandes superficies en la venta de productos cuyo precio justifique pagar sólo un poco más para disfrutar de la entrega en el mismo día; en su punto de mira están grandes almacenes como El Corte Inglés, Media Markt, Fnac o Carrefour. Bajo estas condiciones los libreros no tienen nada que temer, aunque a medida que el mercado español vaya madurando la entrega en el mismo día pasará a formar parte de la oferta de servicios de Amazon Premium y el precio para el resto irá bajando. Cuestión de economías de escala.

Hay una opción de entrega de Amazon que sí debe preocupar más a los libreros a corto y medio plazo, la entrega en un punto de recogida. Amazon ya cuenta con más de 1.200 puntos en España y entre ellos podemos encontrar quioscos, floristerías, estaciones de servicio, papelerías e incluso librerías. En España dicho servicio tarda de tres a cinco días en entregar el producto en el punto de recogida, no así en el Reino Unido, donde Amazon ha puesto en marcha el servicio Same-Day con el que la compra está disponible en el mismo día en el punto de recogida que elija el cliente, domingos y festivos incluidos. Desde el pasado día 15 de octubre todos aquellos pedidos efectuados antes de las 11:45 –y que entren dentro de ciertos parámetros– ofrecen esta opción en uno de los 6.000 puntos de recogida –sí, seis mil– de Amazon en el Reino Unido. La recogida puede estar disponible hasta las 11:59 de la noche en función de los horarios de los establecimientos. Otra novedad es la Express Morning: realizando un pedido antes de las 7:45 de la tarde la compra estará disponible desde las 6:30 hasta las 9:00 de la mañana del día siguiente. El precio de ambos servicios es el mismo, 4,99 libras, aunque para los clientes de Amazon Prime –el equivalente al Premium español– el servicio será gratuito por un tiempo.

Los libreros deben preocuparse con la recogida en el mismo día

El servicio que Amazon acaba de estrenar en el Reino Unido es, a medio plazo y cuando se implante en España, una amenaza para nuestros libreros porque se inserta cómodamente dentro de los hábitos de vida y consumo de la mayoría de personas. Está pensado para realizar el pedido en algún descanso del trabajo, desde el ordenador, la tablet o el smartphone y pasarlo a recoger camino de casa; o bien para realizarlo por la tarde, desde casa, y recogerlo a la mañana siguiente de camino al trabajo. Como se supone que el punto de recogida queda dentro de la ruta prevista por el cliente la molestia, para él, es mínima. Ahora el servicio tiene un coste disuasorio para aquellos productos baratos –como los libros– pero andando el tiempo y gracias a las cuidadosas economías de escala de Amazon, el precio será mucho más bajo. Cuando el precio del servicio sea cercano a dos viajes en metro –el equivalente a ir y volver de la librería– los libreros tendrán un problema.

Uno de los colaboradores necesarios de Amazon en el Reino Unido es Connect Group, uno de los principales distribuidores de prensa y libros de papel que el año pasado facturó 1.800 millones de euros y distribuyó 20 millones de libros en 95 países. Es gracias a filiales como Smith News –la distribuidora de prensa, 55% de cuota de mercado– que Amazon ha podido poner en marcha este servicio. Puede que en España no tengamos ningún gigante parecido dedicándose a esto pero llegado el momento puede haber bofetadas para repartirse el pastel con los de Seattle.

No hay que caer en la fatalidad y la postración. Poco a poco, en España van madurando este tipo de servicios. Hace poco comentábamos aquí la llegada al mercado de Winding, un operador neutral que ofrece a terceros el servicio de entrega en el mismo día o a la hora que más convenga al cliente. Harían bien los libreros en adelantarse, aunque fuera por una vez, a Amazon. Ponérselo difícil es posible, es invertir en supervivencia.

Por un sello de calidad de las mejores librerías

URGENTE-

Hace ya un tiempo que se aboga por un plan de fomento de las librerías independientes; este verano se presentó un plan de rescate en el Congreso de los Diputados con esa intención. La idea es promover la compra de libros en establecimientos especializados y de proximidad. Las características del mercado español en particular y de cualquier mercado con el precio del libro regulado en general complican bastante el asunto pero no implican que sea imposible hacerlo.

Antecedentes internacionales

Durante los últimos años han aparecido campañas de promoción de las redes de librerías independientes en Estados Unidos, Reino Unido y Alemania. Indies First es la campaña que la American Booksellers Association puso en marcha en 2013. Su carácter es permanente y organizan varios eventos durante el año, como por ejemplo el Indies First Day, que tuvo lugar en mayo de este año, o fechas en las que cuentan con la complicidad de los autores, como el próximo 29 de noviembre, en el Small Bussiness Saturday.

Books Are My Bag fue la campaña que la Booksellers Association británica lanzó a finales de 2013. De características muy parecidas a la campaña norteamericana, promueve la colaboración entre editores, libreros y autores para atraer a los lectores a las pocas librerías independientes –menos de mil, con una ratio de librerías de 1,6 por cada 100.000 habitantes, la más baja de Europa– que quedan en el Reino Unido.

La campaña alemana se inserta dentro de un movimiento con presencia en varios países, Buy Local, que promueve la compra en todo tipo de establecimientos de proximidad, no sólo librerías. A diferencia de las dos anteriores para formar parte de la red Buy Local en Alemania las librerías –como el resto de tiendas– deben pasar un filtro de calidad.

Las tres campañas promueven lo mismo pero mientras norteamericanos y británicos cantan las excelencias de las pocas librerías independientes que les quedan, en Alemania deben añadir un filtro cualitativo pues el precio fijo que rige allí ha impedido que la libre competencia en precio acabe con las de menor calidad –y con esto no quiero decir que esté de acuerdo con el modelo anglosajón. Aún así, la alta tasa de lectura y la moderada ratio de librerías –5,9 por 100.000 habitantes, la mitad que en España– hacen que los establecimientos alemanes hayan mantenido siempre un nivel medio bastante alto.

Cómo promover las buenas librerías independientes españolas

Mientras que norteamericanos y británicos no ponen filtros a sus libreros para participar en sendas campañas porque ya son muy pocos los que les quedan y los alemanes no necesitan ponerse muy estupendos pues su ratio de librerías es moderada y la calidad media es aceptable, el caso español es diferente.

Como afirmé hace tiempo en relación con los datos del Mapa de Librerías de CEGAL, es posible que en España sobren hasta 2.600 librerías –de las 4.336 independientes y del total de 5.556– para entrar en ratios de media europea. Además, tal como se desprende del análisis de los datos del Mapa, la mitad de las librerías independientes apenas alcanza una facturación de 150.000 € anuales. El tamaño, por si solo, no significa nada y una prueba de ello está en las pequeñas pero magníficas librerías que han abierto en Barcelona y Madrid. Un pequeño establecimiento con un librero muy comprometido puede facturar menos de 150.000 € y salir adelante con una oferta y servicio de admirable calidad.

Tampoco es eficaz una campaña que se limite a glosar las ventajas de la idea platónica de librería, esa que nos inculcaron en el cole aunque no leyéramos. Es el tipo de campaña que CEGAL impulsa desde hace tres años, el Día de las Librerías. Encomiable, sí, mejor que nada, también, pero de una profundidad argumental algo parca y de una eficacia que se me antoja limitada. Promover las librerías españolas de forma indiscriminada cuando su nivel de calidad es tan diverso es jugar con fuego; si mi librería de proximidad es impecable no necesitaré que me convenzan. Si es deleznable me reiré de la campaña. Si compro mis libros en el Carrefour… ¿estamos seguros que esta campaña significa algo para mí?

Por un plan de calidad que mejore la red de librerías

La red española de librerías adolece de problemas estructurales mucho más graves que las redes alemana o francesa, mucho más saneadas y mejor dimensionadas, ergo más eficientes. Ningún plan de promoción de las librerías españolas debería ponerse en marcha sin asumir la necesaria reconversión comercial y eso significa cribar aquellas que están preparadas para sobrevivir de aquellas que parecen no estarlo. A corto plazo no habrá negocio para todas y si debemos apoyar la red de librerías con dinero público –atendiendo a su papel cultural y social– debemos exigir un estándar mínimo de calidad.

No se puede prohibir a nadie que venda libros pero debemos separar aquellos que merecen recibir ayuda de aquellos que no; luego la pericia de cada cual hará el resto. Lo que propongo es un sistema de puntos, parecido al que funciona en ciertas licitaciones públicas como por ejemplo la subvención a la edición de libros (su problema no es su escala de valoración sino cómo funciona, pero ese es otro tema); dicho sistema otorga puntos a una serie de características de cada candidato. La escala va de 0 a 100 puntos y la primera criba está en aquellos que superan los 50 puntos; esos tienen derecho a recibir ayudas y cuantos más puntos tienen más ayuda reciben.

En las subvenciones a la edición de libros las ayudas son directas y en metálico pero para la promoción de las librerías la cosa debería ser algo más refinada. Para empezar hay que crear una marca de calidad, un sello que las identifique como librerías de primera (que puede estar dividido en tres niveles como muestro más adelante). Para medir dicha calidad podemos evaluar una serie de indicadores en tres grandes apartados: el de la calidad del producto, la calidad comercial y la calidad de la promoción cultural. Añadiremos un cuarto apartado, opcional, con aspectos de mejora voluntaria.

La calidad del producto de una librería debe medirse de forma indirecta pues no nos será posible juzgar los libros por su calidad intrínseca. Aún así, hay indicadores cualitativos muy útiles:

  • Ratio entre libros y superficie de venta: el número absoluto de libros no es un buen indicador, como tampoco lo es la superficie de venta, por eso es mucho mejor un coeficiente que relacione superficie y títulos. Cuanto mejor coeficiente –mayor aprovechamiento de la superficie– más puntos.
  • Ratio entre libros de alta y baja rotación: cuanto mayor sea la proporción de libros de fondo, mayor debe ser el número de puntos.
  • Grado de especialización temática: una mayor especialización implica un mayor riesgo comercial y un conocimiento mucho mayor de determinado nicho de mercado. Eso debe premiarse con más puntos.
  • Variedad de la oferta de productos culturales: una librería ya es algo más que un almacén y expendeduría de libros. Cuanto mayor sea la oferta de productos culturales, mayor debe ser la cantidad de puntos.
  • Espacios y/o servicios multifuncionales: léase sala de exposiciones, bar-restaurante, etc.
  • Ser la única librería de la localidad: debemos apoyar las librerías de localidades pequeñas pues se enfrentan a riesgos mucho mayores que las de ciudades medianas o grandes.

La calidad comercial está relacionada con una serie de herramientas de las que el librero debería disponer para ser competitivo. Aunque parezca increíble, aún hay muchas librerías en España que carecen de algo tan básico como e-mail y página web, y que realizan sus pedidos por fax o teléfono. Algunos indicadores:

  • Contar con e-mail y página web: lo más básico. Pocos puntos, pero significativos.
  • Trabajar con redes de información del libro: DILVE, LibriData, SINLI, etc. Cuantas más redes o mejor integradas, mejor.
  • Contar con librería digital: ya sea propia –como en el caso de Laie– o participando en una red como Liberdrac.
  • Presencia en redes sociales: lo ideal sería, además, evaluar la calidad de dicha presencia, pero a tanto no podemos aspirar.

También es importante medir la calidad de las acciones que promueva la librería pues eso justifica su papel social como promotor cultural. Hay que medir indicadores cuantificables:

  • Cantidad total de acciones culturales a lo largo del año: acciones por cada punto de venta, para igualar cadenas con librerías con un único establecimiento.
  • Variedad de las acciones llevadas a cabo: presentaciones de libros, clubes de lectura, cursos de escritura, literatura, idiomas, etc.
  • Colaboraciones con otras librerías: el impacto social de las acciones realizadas en colaboración con otras librerías suele ser mayor.
  • Colaboración con bibliotecas, universidades y otras instituciones: tanto en la venta de libros como en la colaboración en la organización de actividades.

Hay otros aspectos de mejora voluntaria que puede ser interesante tener en cuenta sólo si ya se han alcanzado los 50 puntos mínimos:

  • Experiencia y formación del personal de la librería: debemos premiar aquellas librerías con personal altamente capacitado. No se pueden incluir en los aspectos citados anteriormente pues hay un grado de subjetividad importante.
  • Compromiso del 5% de descuento: no podemos incluirlo en los aspectos anteriores pues es una opción comercial de la que dispone el librero y afecta a sus resultados, pero el compromiso a mantener los precios tan bajos como sea posible incide en su competitividad y debe reconocerse su esfuerzo.

Algunos aspectos podrían ser básicos y obligatorios para poder participar, como disponer de e-mail, web y estar dado de alta en el epígrafe 4761 del CNAE-2009. Toda librería que obtuviera cincuenta puntos obtendría el sello de calidad que podría lucir en la fachada, en su imagen corporativa, papelería, web, etc. Cada dos años –por ejemplo– se abriría una nueva convocatoria para obtener el sello; habría un control cada dos años –y con inspecciones sorpresa en cualquier momento– para confirmar que quien posee el sello sigue mereciéndolo. La participación sería voluntaria –no se puede obligar a nadie a formar parte de un club– y el sello no mediría la calidad de todas las librerías, sólo la de aquellas que quisieran participar.

Incentivos y ventajas para las librerías con sello de calidad

A cambio del esfuerzo de mantener y aumentar la calidad, las librerías disfrutarían de una serie de ventajas. Estas podrían ser generales para todas las que alcancen los 50 puntos y otras premiarían a las de mayor puntuación. Algunos ejemplos:

  • Con 50 puntos: sello de calidad básica, formar parte de las campañas institucionales, aparecer en los mapas interactivos de búsqueda de librerías, optar a créditos blandos para la mejora de la librería, ciertas ventajas fiscales.
  • Con 65 puntos o más: sello de calidad avanzada, todo lo anterior, más algunas ventajas fiscales adicionales, acceso a subvenciones directas para la mejora de la librería y un 5% adicional de descuento (eso es, hasta el 10% del PVP) para el 10% del stock de libros que el librero eligiese.
  • Con 80 puntos o más: sello de calidad máxima, todo lo anterior, más la extensión del 5% adicional de descuento (manteniendo el límite del 10%) al 15% de los libros de novedades y el 10% de libros de fondo –un 25% en total–, a elegir por el librero. Más ventajas fiscales y acceso a subvenciones de mayor cuantía.

El objetivo es que aquellas librerías que han alcanzado mejores estándares de calidad sean capaces de mantenerla, mientras se ayuda a las que han alcanzado estándares menores a superarse.

La ampliación del descuento obligaría a modificar la actual Ley del Libro, pero para el resto no debería haber muchos problemas. La mayoría de indicadores señalados permite un seguimiento bastante sencillo si se cuenta con los medios adecuados.

Debemos identificar las mejores librerías pero también debemos promover una renovación de la red que implique una disminución del número total de establecimientos. No habrá negocio para todos y, o bien programamos una reconversión comercial a tiempo, o nos enfrentamos a una decadencia tanto cuantitativa como cualitativa de la red que a medio y largo plazo perjudicará toda la cadena de valor del libro.

Necesitamos un LIBER pero, ¿para qué?

10807062366_bdd97afcb8_k- Imagen: Jesús Solana / Bajo licencia Creative Commons 2.0 -

La última edición de LIBER sólo ha satisfecho a la FGEE, al Gremi d’Editors de Catalunyahis master’s voice– y a Meeting y Salones, la empresa organizadora. Aunque para el resto del sector es una feria decrépita parece haber unanimidad en que necesitamos un LIBER pero, ¿para qué?

Hace unos días Guillermo Schavelzon publicó un artículo en su blog –dejen de leer el mío, vayan al suyo, y vuelvan– en el que expone cómo el andar del tiempo y el madurar de las redes comerciales de las grandes y medianas editoriales españolas en Latinoamérica dejó a LIBER sin su principal cometido: saldar los sobrantes. Tal como Schavelzon comenta:

El objetivo del Salón era traer libreros y compradores mayoristas de toda América Latina y algunos de Estados Unidos y Francia, para venderles a precio de saldo los sobrantes de stock, las devoluciones que ya entonces eran elevadas en España.

Y agrega más adelante:

Los millones de libros invendidos que ahora se destruyen en España, antes tenían una vuelta más de tuerca, un mercado de segunda vuelta, otra oportunidad, lo suficientemente significativa como para mejorar el cierre del ejercicio.

Ya he comentado en otras ocasiones cómo ésta práctica colonialista dañó las industrias locales; no es que actualmente hayamos mejorado demasiado –nuestras grandes editoriales inundan sus mercados de los best-sellers de aquí mientras nosotros a duras penas recibimos los autores de allí– pero la progresiva maduración de la edición latinoamericana –Manuel Gil lo expone en su blog– y el fin de nuestra propia burbuja editorial están acabando con el trato colonial.

LIBER perdió su función original, perdió el impulso de los grandes y perdió el interés de una administración pública ocupada en problemas mucho más graves. El sector del libro español lleva años atribulado en una doble crisis para la que no tiene remedios aunque sí diagnósticos precisos y uno de ellos es que necesita una feria internacional. Eso es como decir que para tratar la hipertensión necesitamos un medicamento sin saber cuál; si nos equivocamos corremos el riesgo de no conseguir ninguna mejoría y sí un montón de efectos indeseados.

La tesis de Schavelzon: el LIBER de hoy es el remedio a un mal que ya no tenemos, pero tenemos otros.

Una estrategia para LIBER

El planteamiento de una nueva feria debe partir del conocimiento de las existentes. Para el caso mencionaremos Frankfurt, Guadalajara, Bogotá, Buenos Aires, Londres, Nueva York y París. Frankfurt es inalcanzable; debemos aceptar que Guadalajara será la feria más importante de Latinoamérica los próximos diez años. Debemos estar atentos a Bogotá y Buenos Aires, ferias con las que podríamos competir en tamaño si hiciéramos las cosas bien los próximos dos o tres años –no va a ser el caso. Debemos aprender mucho de cómo tratan la digitalización en Londres, Nueva York y París. Luego hay magníficas ferias especializadas, como la de Bolonia.

LIBER no podrá ser un líder absoluto ni en términos globales ni latinoamericanos. A corto y medio plazo no podrá ser la feria más importante del libro en lengua castellana ni del ámbito iberoamericano –lo que incluiría el portugués y el catalán, entre otras lenguas– y dudo que lo consiga a largo plazo pues la centralidad industrial española en Latinoamérica ha dependido siempre de sus grandes grupos y nos estamos quedando sin ellos.

Podríamos convertir LIBER en una feria especializada pero eso tiene varios inconvenientes: dejaría colgados a muchos pequeños y medianos editores generalistas para los que todavía es útil y empezaría a competir en un ámbito en el que hay una fuerte competencia y en la que, por definición, sólo puede quedar una con rango internacional. Todavía queda la opción de convertir LIBER en una feria especializada en todo lo relacionada con la edición digital pero, por si eso no provocara suficientes carcajadas dado nuestro nivel de compromiso con el asunto, convertiría la feria en un evento circunscrito a lo industrial, (casi) sin dimensión cultural. Esa es una feria posible, pero es otra feria.

LIBER y su nicho natural en el ecosistema editorial

Hoy LIBER es una feria segundona con una programación cultural de tercera y un trato risible de la cuestión digital. La paradoja es que eso, precisamente, es la respuesta a nuestra pregunta: ¿para qué necesitamos LIBER?

LIBER es necesaria para que las editoriales independientes latinoamericanas puedan competir en un mercado global, una herramienta para impulsar el trabajo de todas las gentes del libro que siguen creyendo que la calidad es tan o más importante que la cantidad. Ese parece ser su nicho natural y, si en un futuro no sirve para eso, no servirá para nada.

¿Contamos con los grandes? No. Prescindamos de ellos. Lo único que necesitamos para ser grandes es ser muchos. Y muchas son las editoriales independientes y los profesionales.

¿Contamos con las rancias instituciones del libro? No. Prescindamos de ellas, son irreformables. Si no contamos con otras –algunas hay– creémoslas. Necesitamos nuevas instituciones, a poder ser transversales, en las que se den cita editores, libreros, bibliotecarios, distribuidores, tanto analógicos como digitales, etc.

¿Contamos con las administraciones públicas? No lo sabemos, no lo hemos intentado. No parece que el Estado esté por la labor e ignoramos la respuesta de las comunidades autónomas. Podemos probar con los ayuntamientos. Puede que no consigamos dinero pero sí otro tipo de apoyo.

¿Contamos con la complicidad de los recintos feriales habituales? Lo dudo, pero montar una feria fuera de una feria ya no es tan complicado ni tan caro como lo era hace unos años. De hecho puede ser mucho más barato si la feria en sí no se plantea como negocio sino como impulso al negocio. Ese es un aspecto importante.

¿Contamos con la complicidad de los autores de las editoriales independientes? Estoy seguro que sí. Con ellos y otros muchos actores se puede organizar un programa cultural ambicioso e interesante.

¿Contamos con la complicidad de las empresas que trabajan alrededor de la edición? No tengo ninguna duda que el Corner Digital, tal como lo entiende ahora LIBER, es una forma de disuadir la digitalización. Si tratamos mejor a nuestros empresarios digitales, aquellos que pueden ayudar a las editoriales a llevar a cabo la transición al nuevo paradigma, estoy seguro que su respuesta será positiva.

¿Contamos con la complicidad de los libreros independientes? Debemos contar con ellos pues están tan interesados como las editoriales y sus autores en un mercado independiente del libro. Se pueden buscar formas de incentivar su participación.

¿Contamos con los editores independientes? Estoy convencido que hay una masa crítica suficiente para poner en marcha, impulsar y llevar a buen puerto un proyecto como este, tanto en España como fuera de ella.

Personalmente no creo que quienes ahora gestionan LIBER se vayan a deshacer de ella, sigue rindiéndoles pingües beneficios –al menos de imagen y prestigio, o eso creen– y dudo que sean capaces de tal acto de generosidad en el caso que surgiera una iniciativa alternativa. Hay que organizar otra feria, un Salón Internacional del Libro Independiente con un ambicioso programa cultural y una potente oferta tecnológica, sin prisa pero sin pausa. Tenemos los motivos, los recursos y el talento. Sólo hay que juntarlo todo. Es difícil pero no imposible.

Mylibreto, el vehículo para que todos conozcan tu libro

BRÚJULA-

Hace tiempo Fernando Fominaya se preguntó por qué cada día se venden menos libros. Fernando proviene del campo tecnológico y lo siguiente que se preguntó fue por qué el libro no aparece en Internet y creó Mylibreto, el vehículo para dar a conocer cualquier libro en Internet a una audiencia global.

Cualquier búsqueda en Google arrojará miles, decenas de miles o hasta millones de resultados, pero muy pocos de ellos –acaso ninguno– serán libros, ni de papel ni digitales. Que el libro, vehículo de conocimiento por excelencia desde hace más de quinientos años, se mueva mal en los buscadores es un problema para la cultura en general y la edición en particular.

Que las herramientas digitales de conocimiento no hayan tenido en cuenta ciertas especificidades del libro no significa que debamos conformarnos. Lo que necesita un libro, de papel o digital, es un vehículo que lo ayude a moverse por la red. Los autores y editoriales siempre tienen la opción de promocionar sus libros mediante distintas redes sociales pero uno de los problemas con los que se encontrarán es que, si el número de títulos crece, el volumen de trabajo que exigirá sólo la promoción será enorme y pronto dejará de ser rentable.

Los libros ya disponen de metadatos, aquella información que hace referencia al propio libro y que permite su correcta indexación en librerías físicas y digitales, en distribuidores y otros repositorios. Aunque en teoría una buena gestión de dichos metadatos ayuda mucho en el posicionamiento en buscadores, la realidad no es tan sencilla porque lo que no suele incluirse en los metadatos es el contenido completo del libro, aunque es una opción. Esto provoca que los contenidos del libro pasen desapercibidos para los buscadores y, en el caso de que yo busque algo así como “el cultivo del champiñón común en latitudes frías”, no es seguro que aparezca ningún libro en los resultados –en caso de que exista, claro.

Lo que hace Mylibreto es dar un formato amable a los metadatos. No los toma directamente del libro, primero porque deberíamos recurrir siempre a DILVE –y no todos los editores están en dicho sistema ni están obligados a ello– y luego porque Mylibreto permite indexar un volumen de información que raramente encontramos en los metadatos de la mayoría de libros.

El libreto

Mylibreto permite que cada libro tenga su “libreto”. Cada libreto contiene tanta información como el editor o el autor decida incluir en él, aunque lo recomendable, siempre, es que sea tan completo como sea posible. Toda esta información está ordenada y codificada de tal forma que el libro pasa a ser indexado por los buscadores; por eso es recomendable volcar todo el contenido del libro en el libreto, pues de esta forma los buscadores podrán relacionar las búsquedas de los usuarios con el contenido mismo del libro; obviamente, aunque cada libreto permite leer un fragmento del texto, nunca permite leer el contenido entero de un libro, sólo lo indexa en su programación, para entendernos. En caso que un usuario encuentre un libro acerca de un tema interesante, el libreto incluye un enlace de compra a aquellas librerías digitales que el editor prefiera. Mylibreto no vende directamente, pero facilita que los lectores encuentren el libro y puedan comprarlo. Este esquema lo resume:

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La utilidad de Mylibreto

Mylibreto es muy útil, pero para ello la editorial –o el autor– debe hacer los deberes. No basta con cumplimentar los contenidos del libreto y olvidarse, aunque la simple existencia de esta herramienta ya facilite que los lectores lo encuentren.

Es útil si forma parte de la estrategia de comunicación de la editorial y de cada uno de sus libros y se convierte en el centro de las acciones de promoción del libro, pues permite gestionar todo lo relacionado con redes sociales, presencia en blogs, clip de prensa, etc. No es necesario gestionar las notas de prensa por un lado, las cuentas de Twitter y Facebook –entre otras– por otro lado y así sucesivamente. Actualizando el libreto queda actualizada, automáticamente, toda aquella información enlazada con él. No sólo sirve para que nos encuentren; es muy útil para gestionar la comunicación de un libro, una tarea que quita mucho tiempo si se quiere hacer bien. Ya sabemos que el tiempo es lo más preciado que tiene una editorial, a parte del talento.

Creo que se impone una reflexión: ¿están aprovechando las editoriales las herramientas digitales a su disposición? Sospecho que no, o que no lo suficiente. Una forma inicial de digitalizarse fue convertir herramientas y procesos analógicos en digitales. Tal es el caso de la maquetación analógica asistida por ordenador; maquetar un libro usando InDesign no es trabajar en digital, es trabajar en analógico con una herramienta digital. El problema es que la simple trasposición de procesos ya no basta, hay que empezar a transformar los mismos procesos asumiendo que, con ello, transformaremos nuestra forma de editar.

Las herramientas digitales no igualan la partida entre los grandes grupos y las editoriales independientes en materia de comunicación, pero permiten reducir mucho las distancias y, sobre todo, permiten a las editoriales independientes acercarse a sus lectores, sus clientes, con un nivel de detalle imposible para cualquier gran grupo.

Modificar procesos implica integrar en ellos herramientas como Mylibreto, de modo que el último paso de la producción y el primero de la venta sea construir el libreto, el DNI del libro, el vehículo que permitirá al libro moverse bien por Internet y los buscadores como Google. Un vehículo que la editorial pueda conducir sin intermediarios para llegar a su público y aumentar las ventas.