Canal+ y el extraño caso de rotura digital de stocks

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Uno de los beneficios que suele citarse para fomentar el consumo digital de cultura y espectáculos es que permite eliminar cualquier rotura de stocks. Suele argumentarse que, ya sea mediante streaming o descarga, siempre habrá una copia disponible para ser comercializada. Eso es cierto siempre y cuando uno haga las cosas bien.

Domingo, 23 de marzo de 2014. Partido de futbol entre Real Madrid y Futbol Club Barcelona. No suelo ver futbol –no me gusta demasiado-, pero es una excusa social para reunirme, de vez en cuando, con los amigos. Uno de nosotros tiene contratado el canal Liga de Canal+, incluido en la tarifa de su Movistar Fusion, para ver los partidos de la liga española de futbol. Muchos días su casa se convierte en sede social de una improvisada peña futbolera.

Aunque mediante Movistar Fusión mi amigo puede ver un montón de canales de televisión, de cine y algunos de fútbol, ciertos partidos de la liga quedan fuera del plan. Él decidió contratarlos directamente con el servicio Yomvi de Canal+. Esos partidos no los ve por televisión digital terrestre (TDT), sino por Internet; su conexión Movistar Fusión tiene una velocidad de 100Mb, de sobra para ver cualquier cosa en HD sin cortes, saltos ni contratiempos.

El partido del domingo lo vimos mediante Yomvi, es decir, por Internet. Sentados ya ante el televisor, la cosa no se veía como yo creo que debería. Mi amigo ya está acostumbrado, pero me sorprendió que la imagen del partido no fuera en HD. Bueno, pensé, cosas de la letra pequeña: crees pagar por HD, te confundes, le das demasiado rápido a “Acepto los términos de venta de mi alma y la de toda mi descendencia” porque no quieres liarte demasiado y acabas comprando una calidad media. Hasta aquí podríamos otorgar a Yomvi y a Canal+ el beneficio de la duda. Pero cuidado, que vienen curvas.

No exactamente curvas, lo que vino, cada vez más, fueron cortes. A mediados de la primera parte la imagen empezó a quedarse congelada unos segundos. El sonido también empezó a hacer el tonto, iba y venía. La cosa se mantuvo en términos soportables –aunque inadmisibles para un servicio de pago- hasta el descanso del partido. Al reemprenderse el juego los cortes cada vez fueron más frecuentes y duraban más, hasta el punto de empezar a ver el partido en viñetas de cómic o en un fotoálbum, más que por televisión. Y entonces es cuando todos nos cabreamos –mi amigo, el pagano, el primero. Y entonces buscamos soluciones.

La solución se llamó www.rojadirecta.me. El “.me” es del bonito país de Montenegro. No sé si lo que hace este portal es legal –yo diría que no- y ahora mismo no me importa, pero se dedica a poner a disposición de cualquiera una montaña de canales de deportes de todo el mundo y de forma gratuita. Lo que sí sé es que dejamos de ver el partido mediante Yomvi y pasamos a verlo mediante un canal de un remoto país cuyo idioma no supimos identificar. Y se veía mejor. La imagen tenía la misma calidad y se cortaba mucho menos. La cuestión del sonido la resolvimos con la radio. Para más inri, fue un partido trepidante con siete goles en total. Un mal momento para que un servicio de pago por visión falle.

¿Una rotura digital de stocks?

¿Pero no se suponía que mediante lo digital estas cosas no deberían pasar? ¿No se suponía que pagando por un servicio el prestador del mismo debería garantizar un mínimo de calidad? ¿No se supone que con una conexión de 100Mb todo debería estar resuelto?

Le pregunté a mi amigo si eso que estaba sucediendo era excepcional y me dijo que no. Estaba cansado de pelearse con el servicio de atención al cliente de Canal+. Cansado de que le dieran largas. Cansado que le dijeran que era su problema. Es el único servicio con el que tiene problemas: cuando contrata películas en HD eso no le sucede. ¡Si no me sucede a mí que en vez de 100Mb tengo 10!

Canal+ ha conseguido romper sus propios stocks en un servicio de pago por visión y la única explicación que se me ocurre es que no dimensiona correctamente sus servidores para atender al público conectado. Lo más chocante es que dicho público debe estar suscrito y, por lo tanto, Canal+ sabe, con suficiente antelación, qué medios va a necesitar. Pues ni así, oiga.

Este es un caso de libro de una industria que pasa olímpicamente de aprender de sus propios errores y de los de aquellas industrias que le han precedido: un cliente paga por un servicio –que podría conseguir de forma ilícita- para disfrutar de una mejor calidad de imagen, sonido y fiabilidad y se encuentra con la necesidad de recurrir, no una vez sino de forma habitual, a un portal donde consigue lo mismo pero gratis, porque el producto que ha contratado no funciona bien y reclamar no sirve de nada.

El problema es que este cliente se quemará, la próxima vez –¿la próxima temporada?- que alguien le ofrezca lo mismo –pero le asegure que es mejor– lo mandará a paseo y se conformará con la mala calidad de Rojadirecta, porque, al fin y al cabo, éstos nunca le van a decepcionar: si es gratis no puedes quejarte.

Los clientes digitales son más exigentes que los analógicos, pues la opción ilegal o ilícita suele estar a un clic de distancia. Los productos digitales no sólo compiten con otras marcas en el mercado legal, también lo hacen con competidores ilícitos y me temo que siempre va a ser así porque nunca podremos impedir que alguien instale un servidor en alguna remota república bananera o en algún pequeño país balcánico.

No sólo debemos hacerlo mejor que nuestra competencia: incluso en aquellos casos en que, como en el futbol o la edición de libros, tengamos la teórica exclusiva, debemos tener mucho cuidado en hacerlo mucho mejor que la opción ilegal. Castigar a quienes compran es injusto, es pan para hoy y hambre para mañana. Eso sí fomenta la piratería.

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Spritz, o la deconstrucción de la lectura

OLYMPUS DIGITAL CAMERA- Imagen: Wikipedia -

Desde la invención de la escritura alfabética hasta la moderna composición ortotipográfica han pasado miles de años. Aunque las escrituras jeroglíficas e ideográficas tenían rudimentarias herramientas de puntuación, sólo la escritura basada en alfabetos fonéticos desarrolló un sistema de puntuación capaz de imitar fielmente el habla humana; dicho sistema no es más que una convención y toda convenció puede cuestionarse.

Cuando en el siglo IV Agustín de Hipona visitó a Ambrosio, obispo de Milán, se sorprendió de su capacidad para leer en silencio y así lo escribió en sus Confesiones:

Cuando leía, sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; más su voz y su lengua descansaban. Muchas veces, estando yo presente […] así le vi leer en silencio y jamás de otro modo.

Como Alberto Manguel nos informa en Una historia de la lectura (Alianza Ed.1998, pag. 60), en la época de Agustín y Ambrosio era muy infrecuente que un lector leyera en silencio. Los textos estaban concebidos para ser leídos en voz alta aunque no hubiera nadie presente; era una forma de declamar lo leído para uno mismo. Pareciera que si el texto no era escuchado no pudiera ser completamente comprendido.

Los textos de la antigüedad eran parcos en puntuación o estaban completamente desprovistos de ella e incluso la división en párrafos tardó en aparecer. Aún sabiendo suficiente latín nos costaría mucho leer a Agustín en versión original pues estamos acostumbrados a que la puntuación nos indique cómo debemos modular el discurso interior. Haciendo una comparación un poco forzada, podríamos decir que un texto sin puntuación confía en el software cerebral del lector humano para su correcto descifrado, mientras que un texto bien puntuado y estructurado en párrafos ha incorporado esa clave en el hardware del texto, en este caso del libro, tenga éste la forma que tenga. Todas éstas herramientas permiten una lectura menos estresada, más centrada en lo que se lee que en cómo leerlo.

Spritz, percepción y ciencia

Spritz ofrece una herramienta que promete una lectura mucho más eficiente que las técnicas convencionales de lectura rápida. Primero debemos entender qué hacen nuestros ojos y nuestro cerebro cuando leemos. Al leer un texto nuestra vista no discurre linealmente por el texto; mediante unos movimientos llamados sacádicos nuestros ojos saltan de palabra en palabra, buscando y fijándose en el Punto Óptimo de Reconocimiento (POR) de cada una de ellas. Una vez encontrado el POR, el cerebro decodifica el significado y pasa a la siguiente. El proceso es tan rápido que no somos conscientes de su funcionamiento; nuestros ojos se fijan en una palabra sólo durante entre 200 y 300 milisegundos y el salto a la siguiente sólo le ocupa alrededor de 70 milisegundos más. En Spritz han estudiado esta forma de procesar el texto y le han dado, literalmente, la vuelta (traducción propia del original en inglés):

Spritz permite leer sin necesidad de mover los ojos porque presenta cada palabra centrada en su POR. De este modo la lectura se hace más eficiente porque aumenta el tiempo disponible para que el cerebro procese el contenido sin tener pérdida de tiempo en el salto al POR de la siguiente palabra. Spritz también mejora la lectura en pantallas pequeñas; debido a que el ojo humano puede centrarse en unos 13 caracteres a la vez, el visor de lectura de Spritz requiere sólo de un espacio de 13 caracteres.

He estado probando Spritz en su web y lo que dicen es cierto. Aunque mi experiencia es inevitablemente subjetiva he observado básicamente dos efectos: puedo leer mucho más rápido en castellano –comprendiendo lo que leo- y a velocidad normal comprendo más fácilmente los textos en inglés. Pero no tengo claro que esto sea leer.

Experiencia de lectura y absorción de información

Aunque una de las mejores opciones para absorber información y comprender un contenido es la lectura, leer no equivale a absorber información. Es evidente que Spritz funciona, que no exige aprendizaje y que uno puede acostumbrarse en poco tiempo, pero en su web afirman ciertas cosas de las que me permito dudar. Dicen que, con Spritz, uno puede leer una novela de mil páginas en diez horas. Seguro que es técnicamente cierto pero no creo que alguien lea una novela con Spritz: no es posible el discurso interior, no es posible modular la lectura del texto para leerme a mí mismo como con una voz humana. Lo más parecido al discurso interior que uno obtiene con Spritz es la monótona y monocorde voz de algunos robots de película –y no estoy pensando en C3PO precisamente. Leer así una novela de mil páginas me parece una tortura. Hay lecturas relacionadas con el placer, con la evasión, con la relajación o el pensamiento que no requieren de una eficiencia científica ni de gran velocidad.

En Spritz hacen otra afirmación aún más controvertida y arriesgada (traducción propia del original inglés):

Hemos llevado a cabo pruebas de 2 horas seguidas sin interrupciones. Y eso porque nuestro probador tenía que hacer pis. Si usted dispone de una vejiga grande y quiere batir el record, vaya a por él y cuéntenos los resultados.

Prueben a fijar la vista durante dos horas en el mismo punto y me cuentan cómo les va. De hecho, fíjenla durante 5 minutos. Es muy molesto pero no tiene nada que ver con la lectura, ni siquiera tiene que ver con leer sobre una pantalla retroiluminada –actualmente las mejores pantallas casi no cansan la vista. No, el problema está relacionado con el funcionamiento de nuestra retina y con un fenómeno que en inglés se conoce como afterimage, que podríamos traducir por imagen remanente y que sin duda todos experimentamos con cierta frecuencia.

Cuando miramos un punto fijo en el espacio durante un rato, al apartar la vista nuestra retina ha quedado sensibilizada con una imagen en negativo de lo que estábamos viendo. Haremos una prueba para que esto se entienda mejor. Mirad fijamente la siguiente imagen durante diez segundos, mejor aún si son treinta.

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- Imagen: Wikipedia

Ahora desplazad la vista a una pared blanca. Eso es una imagen remanente y es el negativo de la imagen real porque los fotorreceptores –llamados conos, para el color, y bastones, para el blanco y negro- de nuestra retina quedan sensibilizados. Es lo que le pasa a una película fotográfica, con la afortunada diferencia que nuestra retina no fija permanentemente las imágenes. Si usualmente no se forman estas imágenes remanentes o bien no duran lo suficiente como para ser apreciadas, es gracias a los movimientos sacádicos, que impiden que los fotorreceptores de la retina se saturen. Jugar con estas cosas durante un rato está muy bien, pero fijar la vista en un estrecho visor en la pantalla retroiluminada de un móvil durante dos horas se me antoja, como mínimo, incómodo.

Otro problema más sutil me lo sugirió Joan Carles Navarro (no se pierdan su blog): con este modo de lectura no hay hipervínculos. Pierdo los links. Ya sé que se supone que si estoy leyendo 600 palabras por minuto –en Spritz dicen que se puede llegar hasta 1.000 ppm- no me voy a detener a consultar hipervínculos, pero otra cosa es que me pasen desapercibidos.

Resumiendo: con Spritz pierdo la puntuación, pierdo el discurso interior, pierdo los links y se me van a saturar los conos y bastones de la retina. Aún así puede ser una herramienta muy útil en ciertos casos, como por ejemplo consultar con rapidez fragmentos de documentación legal, normativa, resúmenes de prensa, entre otros contenidos concretos en los que la prioridad es echar un vistazo rápido y eficiente a determinada información. La tecnología de Spritz puede ser interesante para ciertas aplicaciones.

Finalmente, Spritz nos muestra algo todavía más interesante: el texto organizado en párrafos, perfectamente puntuado y ortotipográficamente cuidado es sólo una convención, una posibilidad entre otras, de leer textos basados en alfabetos fonéticos. Tiene inconvenientes, posiblemente será una tecnología de nicho, pero no perdamos la oportunidad de entender que todo, absolutamente todo, está en cuestión.

Agustín de Hipona se sorprendió con la silenciosa lectura de Ambrosio y hoy todos leemos así, sin mover los labios. Dentro de un tiempo puede que cualquiera de nosotros se sorprenda al ver a alguien leer sin mover los ojos, cual enajenado, fija la vista ante un estrecho visor. No creo que me gustara leer así, pero no me atrevería a negar que ahí esté el futuro de la lectura. Por mucho que lo dude.

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“Llibreries fresques”, las nuevas librerías en La2

El pasado domingo 9 de febrero, a las 12:30 de la mañana, el circuito catalán de la segunda cadena de la televisión pública española (La2) emitió “Llibreries fresques”, un breve reportaje de diez minutos dedicado a las nuevas librerías que se están abriendo en Barcelona, dentro del programa “Tinc una idea”.

Lurdes Cortès, la conductora del programa, me pidió mi opinión sobre el futuro de las librerías –aparezco hacia el final del reportaje- pero lo más interesante es saber qué opinan Paco Camarasa de la librería Negra y Criminal, Nicolas Weber y Maria Martí de Re-Read, Xavier Vidal de Nollegiu y Marià Marín, del Gremi de Llibreters de Catalunya.

Está en catalán, pero recomiendo que lo vean, pues hay opiniones interesantes:

Lurdes me entrevistó durante varios minutos, no recuerdo si fueron tres, cinco o diez –ante una cámara, como ante el público, la noción del tiempo es muy diferente- y me hubiera gustado poder ofrecer toda la entrevista íntegra, no sólo lo que La2 montó. Lamentablemente Televisión Española tiene una norma tan incomprensible como anticuada: no entrega el material en bruto ni siquiera a quienes lo hemos generado con nuestra presencia y palabras; la cosa daría para abrir un debate sobre la identidad y la propia imagen, pero me quedo con lo más importante: agradecer a Lurdes Cortès que me ofreciera la oportunidad de colaborar con ellos. Fue un placer.

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Encyclopaedia Herder, volviendo al origen

Encyclopedie_de_D'Alembert_et_Diderot_-_Premiere_Page_-_ENC_1-NA5- Imagen: Wikipedia -

Desde que la Wikipedia mandó al museo a las monumentales enciclopedias de papel, los editores de tan magnas obras han buscado maneras de reinventarse. Algunas decidieron abandonar pronto el papel, como la Encyclopedia Britannica, pasando a un modelo on-line; otras, sencillamente, echaron el cierre.

La Encyclopaedia Herder ha decidido reinventarse volviendo al origen. Veamos cómo lo cuentan ellos:

El proyecto Encyclopaedia Herder es una plataforma abierta, semántica, colaborativa e interactiva. Toma como punto de partida la fusión, por una parte de su reconocido catálogo de obras de referencia relacionada fundamentalmente con los campos de las Humanidades y de las Ciencias Sociales y por otra, el proyecto enciclopédico colaborativo online Wikipedia, para ofrecer a los usuarios y lectores una nueva plataforma mediawiki en el ámbito de lengua hispana.

Se contará con la colaboración, tanto nacional como extranjera, de expertos en las materias que realicen labores de supervisión y curación de los contenidos elaborados por los usuarios, manteniendo así la calidad y rigurosidad académica que Herder intenta mantener en todas sus publicaciones.

Lo que ha hecho Herder con su enciclopedia –que, por cierto, está muy bien hecha- ha sido centrarse en aquello que mejor sabe hacer, gestionar y editar contenidos relacionados con las Humanidades y las Ciencias Sociales. De hecho siempre ha sido así, sólo que el imperativo físico que durante siglos ha ligado el contenido al papel obligaba a gestionar el conocimiento mediante la fabricación de objetos; nada como la enciclopedia para ver que eso ha sido siempre una contingencia.

De vuelta al siglo XVIII

En 1745 André Le Breton, librero, editor y especialista francés en traducción de obras en inglés, recibe la licencia real para traducir e imprimir la Cyclopaedia de Ephraim Chambers. Tras algunas peripecias Le Breton encarga la tarea a Denis Diderot –quien será siempre el alma del proyecto- y a Jean Le Rond d‘Alembert –imprescindible para completar los contenidos matemáticos de la enciclopedia y disipar ciertas suspicacias de la censura borbónica. Sea como fuere, la cosa fue mucho más allá de una simple traducción y se convirtió en la Encyclopédie, la primera enciclopedia moderna.

Una enciclopedia es una obra tan monumental como su propósito, reunir todo el conocimiento humano. La Cyclopaedia de Chambers se centraba en las artes y las ciencias, pero para la tecnología, métodos y conceptos de principios del siglo XVIII –cosas como el índice alfabético o el numerado de páginas eran una reciente novedad- era una tarea colosal. Aunque hablemos de Chambers o de Diderot, las enciclopedias nunca fueron, nunca han sido, obras de un solo hombre. El propio Diderot lo resumía bien en la entrada Enciclopedia de la misma Encyclopédie:

[…] ocupado cada cual de su parte y unidos solamente por el interés general del género humano y por un sentimiento de recíproca benevolencia.

Hasta 160 enciclopedistas colaboraron en una obra de 28 volúmenes, 72.999 artículos, 20 millones de palabras y 2.885 ilustraciones, unos números risibles si la comparamos con las magnitudes que idiomas tan modestos como el catalán exhiben en Wikipedia –con 422.943 artículos- por no hablar de las cifras que alcanza el inglés (4.464.882) o el castellano (1.085.901). Pero, claro, en el siglo XVIII no existía Internet ni los ordenadores.

Ante cifras tan apabullantes como las de la Wikipedia cualquier editor se amilanaría fácilmente. Lo lógico es pensar que es imposible competir. Eso es cierto si uno se plantea publicar una enciclopedia generalista, pero la propuesta de Herder es temática: trabajan en aquello en lo que son especialistas e invitan a especialistas y aficionados a colaborar con ellos. Sus puntos fuertes son el conocimiento profundo de la materia, disponer de un extensísimo repositorio de contenidos, tratar materias no perecederas y tener los conocimientos para ofrecer una experiencia de lectura, navegación y consulta inigualables. Todo esto significa que pueden hacerlo mejor que una wiki pero sólo si adoptan herramientas wiki, es decir, la colaboración desinteresada con su público.

La clave del negocio es la reputación

¿Dónde está el negocio? Aparentemente parecen trabajar para el diablo y esta iniciativa no les reportará ningún beneficio, ni siquiera ningún ingreso. Bien, para empezar todo lo están haciendo bajo licencia Creative Commons; este tipo de licencia permite que Herder libere, total o parcialmente, los contenidos de una obra, pero lo contrario también es cierto: aquellos que colaboren con Herder alimentando de contenidos su enciclopedia los estarán cediendo a la editorial, que puede usarlos como le plazca, sólo que no podrá venderlos. Pero la clave no está en el engorde de la enciclopedia, sino lo que esta aporta a Herder: reputación.

Los que colaboren desinteresadamente con la Encyclopedia Herder son potenciales grandes compradores de los libros de la editorial. Herder les ofrece un espacio colaborativo, social, incluso de lucimiento. Les ofrece formar parte de algo grande. Ese sentido de pertenencia fideliza al colaborador de tal modo que es esperable que, en la medida de lo posible, compre sus libros a la editorial.

Pero hay algo todavía mejor: con la enciclopedia, Herder se dota de una herramienta de largo alcance para construir su propia audiencia, de una base de datos perfectamente segmentada y un contacto directo y estrecho con su público. Esa información tiene un gran valor a medio y largo plazo y puede marcar la diferencia entre la supervivencia y el hundimiento en las editoriales de nicho –y Herder, a su modo, lo es. Estamos hablando de cientos, seguramente miles, de potenciales clientes perfectamente identificados.

Para las pequeñas y medianas editoriales no habrá negocio sin una buena reputación, clave para construir audiencias y conocer al público. En un entorno en el que el mercado son conversaciones, dotarse de herramientas afines es más necesario que nunca. La cuestión no está en salir a vender, sino en salir a conocer al cliente, charlar con él, saber quien es. Ofrecerle algo, permitir que aporte. Si nos dirigimos al cliente adecuado la compra derivará del conocimiento mutuo. Suena idílico pero exige picar mucha piedra. Lo contrario, pretender colocar el género, es estéril a largo plazo; además, los grandes grupos lo hacen mucho mejor.

Adenda: recomiendo ver el reportaje que TV3, la cadena autonómica catalana, dedicó a la Wikipedia y a la comunidad wikipedista en catalán para entender mejor el vínculo que se establece entre este tipo de proyectos y sus colaboradores:

http://www.tv3.cat/videos/4930191/Viquipedistes

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Cuando Menéame estornuda, la AEDE se constipa

Corte-de-mangas-

La presentación del proyecto de reforma de la Ley de Propiedad Intelectual, y la Ley 1/2000, de 7 de enero, de Enjuiciamiento Civil, ya se ha cobrado su insospechada primera víctima: los periódicos miembros de la Asociación de Editores de Diarios Españoles (AEDE). Aunque dichos medios aplaudieron la propuesta del Gobierno, la reacción de los usuarios de Menéame ya les está costando dinero cada día que pasa.

Menéame es un agregador de noticias alimentado por los propios usuarios, que son quienes proponen los artículos y, con sus votaciones, los promueven a la portada del sitio. Si la propuesta de reforma sale adelante, es posible –aunque no es seguro- que Menéame deba pagar una pequeña cantidad por cada enlace colgado por sus usuarios porque la reforma interpreta que el agregador se beneficia de dichos enlaces. En realidad la cosa funciona al revés y son los periódicos los que, a la postre, se benefician del tráfico que agregadores como Menéame les proporcionan.

A los usuarios de Menéame todo esto no les ha hecho ninguna gracia y desde que aparecieron las primeras informaciones y borradores en prensa –aproximadamente, el 16 de febrero- han puesto en marcha un boicot que ya está dando contundentes resultados. Los administradores de Menéame han publicado la comparativa del tráfico generado en dirección a los medios de AEDE del 8 al 16 de febrero, semana anterior al boicot, y la del 18 al 26, la semana siguiente ya con el boicot en marcha. Según esto, los medios mencionados han dejado de recibir 492.230 visitas (clics únicos) en una semana. Una sola semana.

Hagamos algunos números. Según el impacto que los administradores de Menéame calculan que ha tenido el boicot, los medios de AEDE pueden llegar a ganar 4 € por cada mil impactos o clics únicos (CPM). Así es como ellos lo cuentan:

En los medios de comunicación tradicionales -gracias a contratos, intersticiales, publicidad institucional-, los ingresos totales por mil páginas son 4 € según cruce de datos de tráfico de Comscore e ingresos de publicidad en 2011. Es decir, cada visita única desde Menéame genera para el sitio enlazado ingresos que son casi veinte veces superiores a los que genera a Menéame.

Eso significa que los medios de AEDE ya han dejado de ingresar, colectivamente, una cantidad cercana a 1.968,62 euros en una sola semana. Parece poco, pero si lo multiplicamos por las 52 semanas del año, la cifra asciende aproximadamente a 102.368,24 euros y eso ya empiezan a ser palabras mayores, especialmente para las vacías arcas de las principales cabeceras españolas, que son las que reciben el grueso de visitas y, por lo tanto, la mayor parte de los ingresos generados.

A la pérdida de dinero se suma la de audiencia; recordemos que andan como locos en su ciega carrera por conseguir el mayor número de visitantes únicos, como si la difusión de un diario de papel equivaliera a los lectores de uno digital, cuando en realidad una cosa no se corresponde con la otra. Con las redes sociales en auge, cada visita a un medio digital tienen un rendimiento potencial mucho mayor que los lectores de uno de papel.

Hacer un pan con unas tortas

Cuando todos estábamos esperando la reacción de Google ante el proyecto de reforma –se ha limitado a emitir un comunicado bastante neutro-, ha sido un colectivo de ciudadanos –los usuarios de Menéame- los que han dado el primer aviso serio a los periódicos y nos han dado una lección de empoderamiento. Del mismo modo que Google ganó la partida en Alemania por el simple método de dejar de indexar la prensa y ha llegado a acuerdos ventajosos en Francia y Bélgica –en éste último caso, juzgado mediante- los usuarios del agregador español han hecho lo mismo de forma concienzuda dejando de menear los contenidos provenientes de los medios de AEDE. Lo más interesante es que para hacerlo han creado herramientas tan útiles como plugins para que sus navegadores marquen en rojo los enlaces de dichos medios, o bien otros para Firefox y Chrome para bloquear el acceso involuntario a sus webs y una aplicación móvil para acceder sólo a aquellos medios que no pertenecen a AEDE que ya se puede descargar en Google Play.

Sin duda era necesario modificar la obsoleta Ley de Propiedad Intelectual, pero se podía hacer mejor; sin duda los que promovieron esta reforma apuntaban a Google pensando en el lucrativo chantaje que tan bien les salió a sus homólogos franceses –aunque 60 millones de euros es calderilla en comparación con lo que gana Google en Francia- pero no pensaron que con la nueva legislación estarían atacando a una parte apreciable de sus propios usuarios. Nunca es bueno insultar ni atacar a tus propios clientes y menos a los de Menéame, que en 2009 fueron capaces de organizarse incluso para ir en contra del propio agregador cuando sus administradores tomaron decisiones percibidas como injustas por el colectivo, obligándoles a rectificar. Si ya la liaron en su propio patio, no debemos esperar miramientos en jardines ajenos.

Los grandes periódicos se están tomando muy mal dejar de ser imprescindibles en la dieta informativa de los ciudadanos. Hace sólo diez años para estar bien informado era imprescindible leer un periódico, incluso recomendable leer varias cabeceras de línea editorial diversa. Hoy en día, con una buena selección de fuentes en Internet, podemos prescindir totalmente de la prensa escrita, sea de papel o digital. Hay quien deja de leer el periódico porque selecciona sus fuentes a consciencia, otros simplemente lo hacen porque, de forma más intuitiva, perciben que ya no los necesitan; algo más juega en contra de los periódicos: durante la misma década que los ha arrumbado al arcén de lo accesorio, la calidad de sus contenidos se ha deteriorado visiblemente. Uno no puede dejar de ser imprescindible, deteriorar la calidad de su producto, insultar y perseguir a sus clientes y pretender que el negocio detenga su declive.

Afortunadamente no toda la prensa comparte la visión de la AEDE. La otra asociación que agrupa a medios escritos, la Asociación Española de Editores de Publicaciones Periódicas (AEEPP) no está de acuerdo con la nueva reforma. Entiende que el enlace forma parte de los fundamentos de Internet, que compartir no sólo es bueno sino necesario y que cuando un lector comparte con otros lo que ha leído está publicitando el medio autor de dicho contenido. Es una idea muy sencilla pero muy difícil de comprender por determinadas molleras ancladas en el juego de suma cero que era la publicación de periódicos en el siglo XX.

A merced de fondos de inversión ajenos a su negocio, postrados ante el poder político de turno y el cacique de siempre, olvidando y despreciando el oficio que sostuvo su negocio, los grandes viejos medios sólo saben detener su hemorragia de ingresos y lectores atrincherándose en lo de siempre, obstaculizando cualquier cambio para el que no se sientan preparados. No pueden aceptar que estar en la cima entraña el riesgo de caer y que, a veces, uno no cae por méritos ajenos, sino por errores propios. AEDE y sus asociados están a punto de hacer un pan con unas tortas. El problema es que cuando se den cuenta ya habrán hecho mucho daño.

 

 

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#OperaciónPalace: el periodismo antiguo (casi un off-topic)

BOINA1-

Jordi Évole, el gamberro oficial del periodismo español, lleva unos años sorprendiéndonos con audacia en su programa Salvados. Estamos tan acostumbrados a que los medios de comunicación doblen la cerviz ante poderosos de medio pelo, que nos sorprende que alguien pueda ser tan franco y directo. Tan adormecidos estamos –porque apenas hemos despertado- que vemos atrevimiento e irreverencia en un estilo periodístico bastante habitual en países con mejor salud democrática.

En cuestiones de libertad de prensa y de expresión llevamos la boina calada hasta las orejas; nos parece que cualquier alarde ante el poderoso es motivo de regocijo cuando se meten con el enemigo y de indignación si nos tocan a nuestros propios hijos de puta. Pero la libertad de prensa no es eso.

La libertad de prensa tampoco es jugar a ser Orson Welles o, si lo prefieren, para mencionar un caso más reciente y más cercano, Manuel Delgado. Bueno, eso sí era libertad de prensa, pero la del siglo XX; cada caso tuvo sentido en su momento. Pero hoy, hacer eso, no lo tiene.

Cuando en 1938 Orson Welles sembró el pánico con su dramatización radiofónica de “La Guerra de los Mundos”, de H.G. Wells, sus oyentes no tenían forma de contrastar la información en tiempo real. Había sólo dos formas de hacerlo: mirando por la ventana, lo cual sólo servía para constatar que tu vecindario todavía no había sido atacado, o llamando por teléfono a algún improbable conocido que viviera en lugares supuestamente invadidos. Había una abrumadora asimetría entre el poder de persuasión de la radio y la capacidad de la audiencia para contrastar lo que se le decía; el público estaba inerme ante el medio.

En 1991 se emitió la primera entrega del programa “Camaleó”, ideado por el antropólogo español Manuel Delgado junto con el realizador Miguel Ángel Martín para la segunda cadena de la televisión pública española (TVE2). Dicho programa debía formar parte de una serie de simulacros televisivos en falso directo. La primera entrega fue un falso informativo en el que se relataba, en tiempo real, un golpe de Estado en la URSS y se especulaba con la muerte de Gorbachov. Causó un pequeño conflicto diplomático entre España y la Unión Soviética, el programa fue cancelado y sus organizadores despedidos. Si en el caso de “La Guerra de los Mundos” la asimetría estaba en el desamparo de la audiencia en el tiempo real, en “Camaleó” nos mostraban un hecho plausible, lejano y encajaba con la información difundida durante años con la intención de celebrar un debate tras el programa dedicado a la capacidad de manipulación de los medios. Por si fuera poco, algunas otras emisoras de radio y televisión difundieron la noticia, ampliando la credibilidad de la misma, pese a que el programa había avisado que todo era un simulacro. Tal como el mismo Manuel Delgado comenta en su blog, pocos meses más tarde sí hubo un golpe de Estado en la URSS, muy parecido al apuntado por su programa.

Por qué #OperaciónPalace fue una mala idea

Para su falso documental sobre el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, Jordi Évole recurrió a un formato algo distinto a los mencionados pero bastante más conocido, el mismo que usó el realizador William Karel en su “Operación Luna”. El realizador francotunecino aprovechó el gancho del supuesto montaje de la NASA –varias teorías conspiranoicas estaban entonces en boga- para llevar a cabo un documental de ficción. El documental de Karel, rodado en 2002, se emitió en la cadena ARTE el día de los Inocentes en Francia, el 1 de abril de 2004. Tanto la cadena como la fecha podían poner sobre aviso a los espectadores. Además el tema no era motivo de preocupación en Francia, no estaba de actualidad –no se conmemoraba ningún aniversario pues Armstrong y Aldrin alunizaron un 20 de julio- Twitter y WhatsApp estaban por inventar y el país no atravesaba por una grave crisis económica, social e institucional. “Operación Luna” se quedó en una broma muy cara, pero muy bien hecha, que los más incombustibles conspiranoicos se empecinaron en creer.

#OperaciónPalace no tiene nada que ver con esto. En una broma es muy importante el contexto y si yerra en eso no funciona. A mucha gente no le hizo pizca de gracia ya desde el principio, cuando empezó a ver que algo no cuadraba. Yo no empecé a sospechar hasta que me di cuenta que todos los participantes en el programa estaban retirados de la política, tenían sus carreras profesionales sobradamente amortizadas –aunque sus prestigios intactos- o parecían sacados de una mala escuela de actores. Supongo que cada cual tuvo su momento, el mío fue cuando mencionaron a Josep Maria Flotats. Hasta ahí todo me parecía raro, sospechoso pero plausible, más si pensamos en las sorpresas que España, especialmente sus estructuras de Estado, nos han dado últimamente.

Lamentable me pareció la justificación final en la que decían que habían hecho un falso documental para denunciar que el Estado no desclasifica los documentos secretos del 23F. Triste fue el superficial debate posterior en el que Iñaki Gabilondo defendía su indefendible participación en una bufonada sin gracia. Qué forma de desaprovechar lo mucho que se ha escrito y dicho sobre la intentona de 1981; baste citar sólo “Anatomía de un instante”, de Javier Cercas, entre muchos otros ejemplos. Había, hay, material de sobra para producir ese programa que todavía no se ha hecho. Jordi Évole tenía los medios y las herramientas para realizar ese programa que muchos incautos pensábamos ver. No es una buena idea tirar credibilidad, medios, recursos, información y expectativa.

Por qué #OperaciónPalace fue un mal programa

Hoy las cadenas de televisión compiten por la atención de sus televidentes como nunca antes lo habían hecho, al menos en España. El problema, tanto en España como en la parte del mundo que ya está interconectada, es que es un error tratar al espectador como si sólo fuera eso, es decir, como a un idiota pasivo –aunque muchos lo siguen siendo, claro.

El código comunicativo que se establece entre el el emisor y el receptor es fundamental. Jordi Évole ha dicho que el programa de ayer no era un Salvados, pero eso no es estrictamente cierto o, mejor dicho, sólo es la verdad estricta. La construcción de la realidad de cada uno parte de algo que va más allá de lo que entendemos por verdad, se basa en percepciones. Si Jordi Évole presenta un programa en La Sexta el mismo día y a la misma hora que Salvados y con un lenguaje televisivo similar, yo percibiré un programa con los mismos atributos que Salvados, es decir, un espacio supuestamente irreverente y atrevido en el que se tratan seriamente asuntos de interés general. El primer error, por lo tanto, fue de código.

Si uno se burla de un tartamudo, el tartamudo se cabreará; lo sé por experiencia, soy tartamudo –aunque gracias a una gran labor logopédica habitualmente nadie lo nota. Pero cuando el tartamudo sabe reírse de sí mismo y es quien empieza el cachondeo, espera, anima y le gusta que el resto disfrute y participe en esa broma que le tiene a él como diana. Es el caso de programas como “Polònia” que la cadena autonómica catalana (TV3) emite cada jueves por la noche. “Polònia” es de un humor que puede llegar a ser cáustico, negro y despiadado; aunque se dirige en primer lugar hacia la clase política, la élite de la sociedad civil catalana y la monarquía española, lo que subyace es una burla hacia el mismo público que ve el programa, que se ríe de sus gobernantes y de sí mismo, pues los bufones adoptan posturas, ideas y formas de pensar populares. Jordi Évole hizo un enorme chiste con un tema del que muy pocos se han reído en España, no por falta de sentido del humor, sino porque el 23F pilló mayores a las generaciones que vivieron la Guerra Civil, y ya maduras a las que nacieron en la muy dura post-guerra. El 23 de febrero de 1981 en España muchos vieron ante sí el espectro del pasado, un fantasmal recuerdo que todo podía volver a repetirse. Si a eso añadimos la profunda crisis económica y la grave crisis institucional e incluso moral que sufre España –originadas todas durante la Transición-, nos daremos cuenta que Jordi Évole se rió de la angustia, del malestar e incluso del malvivir y el cabreo de una parte del público sin previo aviso, y eso es equivocarse de contexto.

Por si los errores de código y de contexto no fueran suficientes –no hay chiste que resista equivocarse en uno sólo de estos aspectos, menos todavía en los dos- además Évole se equivocó de formato. Lo que funcionó en 1938, en 1991 y en 2004 no podía salir bien en 2014. En 1991 Orson Welles no podría haber repetido el efecto de 1938 porque la diversidad de medios de comunicación hubiera destapado la farsa muy pronto; el intento de Manuel Delgado no hubiera funcionado en 2004 porque por muy lejos que esté Rusia el teléfono móvil y los incipientes medios digitales hubieran dado al traste con el falso directo. Si a William Karel le funcionó bien su “Operación Luna” fue porque trataba de sucesos acaecidos treinta años atrás –es imposible llamar por teléfono al pasado-, usó un toque conspiranoico imposible de contrastar y Twitter todavía estaba por inventar. La audiencia no podía coordinarse, no podía desarticular la trama. Si los tres ejemplos citados funcionaron fue porque consiguieron el efecto que perseguían.

#OperaciónPalace no lo consiguió, muchos se fueron dando cuenta, ya desde el principio, que eso era un timo y no dudaron en usar Twitter y WhatsApp, entre otras redes, para decirlo. En cuestión de minutos mi timeline se llenó de tuits en los que tanto líderes de opinión como los que no lo son daban por hecho que era una broma –y muchos estaban de acuerdo, además, que de muy mal gusto. El formato del programa llegaba diez años tarde, no contó con el empoderamiento que las redes sociales han dado al público y defraudó en la gestión de sus expectativas.

Todo el periodismo es ya digital

Un programa que falla en el código, en el contexto y en el formato es un mal programa de televisión y #OperaciónPalace falló en todo eso. Jordi Évole participó en una entrevista, en la emisora catalana RAC1 la mañana del pasado lunes; cuando le preguntaron por qué habían decidido hacer un falso documental él respondió que hicieron lo contrario, preguntarse por qué no hacerlo. El problema es que en la economía de la atención esa pregunta ha quedado obsoleta.

Aunque uno trabaje en un medio de los mal llamados tradicionales, hoy en día todo el periodismo es digital porque digital es la sociedad a la que sirve y así debe ser gestionado. El programa hubiera sido un éxito, dándole la vuelta completamente a la percepción del espectador si, al finalizar, hubieran desvelado que lo que perseguían era demostrar que hoy, si el público se lo propone, es mucho más difícil engañarle. Hubieran tratado al espectador como al prosumidor que es, no como el sujeto pasivo que ellos dicen querer informar en Salvados. Obviamente, decir esto desde el sillón y a toro pasado es muy fácil, pero no es menos cierto.

Los grandes medios ya no pueden proponer contenidos como si trataran de pescar con redes de arrastre. No tiene sentido preguntarse por qué no hacerlo, porque en la economía de la atención, que es también la de la abundancia, defraudar al público sale mucho más caro. Cuando sólo había unos pocos grandes medios –en España de eso hace cuatro días- era difícil equivocarse porque había muy pocas alternativas, el público era pasivo y nadie se hacía muchas ilusiones.

Si millones de espectadores deciden ver mi programa en directo están decidiendo dejar de ver cualquier otra cosa que puede que sea tanto o más interesante; el espectador asume un coste oportunidad que espera que sea rentable en términos de experiencia. Si, además, lo que he ido ofreciendo al público es de una alta calidad percibida –otra cosa es la real- el riesgo es todavía mayor. Eso es aplicable a cualquier medio y casi a cualquier público, aunque en los nichos sea más fácil acertar. Entrar en la carrera de la producción de contenido en masa no tiene sentido porque siempre habrá alguien capaz de producir más que tú. Producir más es fácil, pero no lo es tanto producir mejor –y eso incluye, también, mejor basura. Para eso la pregunta no debe ser “por qué no hacerlo”, sino precisamente, “qué debo hacer y por qué”? La paradoja es que esa pregunta ha funcionado siempre, son los motivos los que han cambiado; no el periodismo.

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Nubico, su precio y el sentido de su negocio

NÚVOLS1-

Han pasado seis meses desde el lanzamiento oficial de Nubico y su página web sigue siendo el desierto del Gobi de la información. No han publicado nada nuevo, ningún dato relevante para entender cómo funcionan, ni siquiera las condiciones básicas para editoriales. Quién sí ha hablado ha sido su consejero delegado, David Fernández Poyatos y el afortunado que ha podido recoger sus palabras, publicadas en Publishing Perspectives, ha sido el periodista colombiano Andrés Delgado.

El artículo es interesante y permite conocer, superficialmente, cómo decidieron en Nubico el precio del servicio. Dice Fernández que partieron de dos principios (traducción propia del original en inglés):

En primer lugar, no podía ser tan bajo como para que los lectores lo consideraran una alternativa de escaso valor; nuestras referencias eran los servicios de Internet de banda ancha y las ofertas basadas en suscripciones, como Spotify, que cobra 9,99 euros por mes.

[...]

En segundo lugar, el precio debía ser sostenible y también debía permitirnos pagar a nuestros proveedores. En este caso la horquilla estaba entre los 6,99 y los 9,99 euros.

En el contexto en el que trabaja Nubico no tiene sentido suponer que un precio bajo se consideraría de escaso valor. El valor que otorgamos a un producto depende de la información disponible. En el caso de los libros hay un par de parámetros fundamentales, el autor y la editorial. Cuanto más conocidos sean –preferentemente el autor, aunque en ciertos géneros es más importante la editorial y la colección- más valor les daremos. También importa la reputación del posible prescriptor y la de la tienda –digital o analógica- que lo venda y podemos recurrir a otros aspectos como la prueba del producto, la lectura de algunas páginas o el primer capítulo. Cuestiones como el género al que pertenece serán valoradas en función de las afinidades del consumidor. Que otorguemos un valor alto a un producto no implica que lo compremos; entre valoración y compra hay otros procesos que ahora no vienen al caso.

La información del producto que vende Nubico –lectura de libros mediante una suscripción mensual a su catálogo- es abundante desde el punto de vista del consumidor. Ofrecen libros, un producto más que conocido por su público potencial. Dichos libros pertenecen, en muchas ocasiones, a editoriales y autores reconocidos; dicho reconocimiento puede proceder de los medios convencionales y sus prescriptores habituales, pero también y cada vez más, de las redes sociales y la prescripción agregada de los propios lectores. Estos libros se dividen en géneros y cada lector puede buscar directamente lo que le interesa mediante la búsqueda parametrizada. Es decir, por muy bajo que sea el precio de Nubico éste nunca será una barrera, sino un incentivo; la información disponible acerca de los productos ofertados es abundante, tanto dentro como fuera de la misma plataforma. En cambio, un precio demasiado alto puede ser una barrera pues la alta valoración de un producto ya no promueve su compra. Es el caso de los artículos de lujo: por mucho que me gusten y los valore, si no me compensa –o no puedo- comprarlos, se pierde una venta, ergo un cliente.

La comparación con Spotify es más preocupante. La industria que da de comer al señor Fernández Poyatos empieza a entender que el libro corre el riesgo de sufrir lo que ya sufrió la música en su momento, pero lo están entendiendo al revés, confundiendo correlaciones con causalidades. Si bien puedo abrir el grifo de Spotify y pasarme todo el día escuchando música mientras hago un sinfín de tareas, el libro exige dedicación exclusiva –para el caso que nos ocupa que nuestra lectura sea más o menos dispersa no importa. No puedo conducir o cocinar y leer al mismo tiempo a no ser que la lectura esté directamente relacionada con la actividad que esté llevando a cabo y, aún así, deberé interrumpirla cada vez que tenga que consultar el manual del coche, la guía de cocina o aquello que sea que deba consultar.

El precio de Spotify es una ganga si tenemos en cuenta lo que nos ofrecen: un caudal virtualmente inagotable de música todos los días del año. El precio actual de Nubico, esos 8,99 euros, es demasiado caro si tenemos en cuenta el precio medio de un libro de papel en España, que ronda los 14 euros y que los libros digitales pueden ser todavía más baratos; el diferencial respecto a la compra es muy pequeño. Para cualquier persona que lea un libro digital al mes, la oferta de Nubico es de dudosa rentabilidad. Para los que leemos más de 25 libros al año el precio podría ser interesante, pero entonces el problema es de oferta: en el momento de escribir estas líneas ofrecen 4.903 títulos, una cifra aparentemente respetable para cualquier consumidor poco avezado, si no fuera porque hay que repartirlos por todas las categorías y géneros; sólo Literatura ya se lleva 1.419 títulos –a los que hay que añadir los de otras categorías literarias como novela histórica, romántica, negra, etc.- mientras que Historia cuenta con sólo 149 resultados y Ciencias con 110.

Obviamente no voy a leer lo primero que Nubico me ponga delante de las narices –si lo hiciera, sólo en Historia ya tengo lectura para cuatro o cinco años- y puede que no siempre encuentre lo que busque, no al menos mientras nuestras lecturas sean mestizas, parte en digital y parte en papel; recordemos que no todo lo nuevo se edita en digital, que no leemos sólo lo nuevo, que lo publicado hasta hace pocos años no suele estar digitalizado y que sólo una parte muy, muy pequeña de la oferta digital está disponible en Nubico. Puede que vayan ganando clientes, pero dudo que crezcan como la espuma y alcancen, en 2015, el 30% del mercado digital como Fernández Poyatos asegura en el artículo de Publishing Perspectives.

Caso aparte merece la mención a la sostenibilidad del negocio y al pago de proveedores. Tendría sentido que el consejero delegado de Nubico aludiera a estos aspectos si estuviéramos ante una fresca, animosa y descapitalizada start-up, pero Nubico se levanta a hombros de gigantes como Círculo de Lectores –participada a partes iguales por Planeta y Bertelsmann- y Telefónica. Nubico tiene acceso a los contenidos, a la tecnología, a la difusión, al capital y al público necesario para armar un proyecto a largo plazo y si no los tiene no es un proyecto que los mencionados gigantes se estén tomando en serio.

El día que los modelos de suscripción tengan éxito, éste se basará en la escala –absoluta si es global, o relativa dentro de nichos específicos. Cuanto mayor es un mercado más fácil es que funcionen los modelos de suscripción pues la relación entre la oferta y el precio del servicio es potencialmente ventajosa para todos. Un modelo de suscripción pone a disposición de una masa enorme de público una cantidad colosal de títulos publicados. La teoría dice que, a partir de cierto umbral, en este modelo desaparecen barreras como el precio, la limitación del catálogo, la dificultad de buscar un producto concreto, la noción de no disponer de tiempo para leerlo todo –aunque, ¿de veras es interesante disponer de una oferta de decenas de miles de títulos que no podré leer en varias vidas?- y por lo tanto es mucho más fácil que cada libro encuentre a sus lectores. La clave es que ese mercado se vuelve muy eficiente en cuanto al aprovechamiento de la información disponible. Se supone que el aumento de ventas compensará la merma de beneficios por unidad, pero eso todavía no está claro.

La cuestión es que, si el modelo de suscripción logra ofrecer contenidos en masa a un precio razonable –en comparación con la oferta de compra- la viabilidad del modelo de suscripción sigue siendo dudoso –al menos dudoso para todos los actores de la cadena- pero podemos admitir que puede ser competitivo.No es el caso de Nubico.

Podría aducirse que están dispuestos a perder dinero durante mucho tiempo para conseguir hacerse con la esperada porción del mercado, pero eso no casa con la premisa de atender los pagos a los proveedores mediante las suscripciones. Si realmente estuvieran dispuestos a perder dinero la cuota de suscripción sería mucho más baja; quien esté pensando que eso es dumping se equivoca: si mañana me suscribo a Nubico y me da por leer 50 títulos al año dispondré del mismo número de títulos que los que podría comprar, pero a un precio ridículo. No será dumping porque su estructura de pago a proveedores ya prevé que una pequeña fracción de clientes tenga un comportamiento monomaníaco como el descrito –pero si todos hicieran lo mismo sería ruinoso.

Lo curioso es que el modelo de suscripción que ofrece Nubico es muy diferente del modelo de club de lectura del Círculo de Lectores, que funciona del siguiente modo tal como informan en su página web:

Siendo socio, tendrás acceso a más de 600 libros, CD y DVD a través de la revista gratuita que recibirás siete veces al año. También podrás consultar y realizar tus pedidos a través de nuestra página web http://www.circulo.es, donde encontrarás muchos más artículos.

Solo tendrás que comprar un libro, Cd o producto multimedia de cada revista durante los dos primeros años.

Y esto sin pagar nada. Un socio sólo está obligado a comprar catorce libros –u otros productos- los dos primeros años, con descuentos que oscilan entre un mínimo del 10%, una media del 30% y hasta del 60% en ciertas promociones especiales –recordemos que el máximo descuento en librería, por ley, es del 5%. Tras los dos primeros años ya no es obligatorio comprar siete artículos al año; de hecho ni siquiera es obligatorio comprar. Que Círculo de Lectores, con su medio siglo de experiencia, haya fijado en siete el número mínimo de títulos que un socio debe comprar los dos primeros años nos dice más de los hábitos del lector habitual en España que muchos de los informes que se publican. A Círculo no le conviene que sus socios compren libros que no van a leer; siete debe ser el número óptimo para un lector frecuente, o lo máximo que marca una gestión comercial prudente si se quiere evitar “quemar” a los nuevos socios.

Hagamos algunos números: si el precio medio del libro en España está en 14,52 euros (datos 2012) y para pertenecer a Círculo de Lectores debo comprar 14 libros –u otros productos- durante los dos primeros años, mi gasto previsto puede ascender a 203,28 euros, eso sin contar los descuentos. Si, en cambio, me suscribo a Nubico, dos años de suscripción me van a costar 215,76 euros; aunque es cierto que podré leer una cantidad indefinida –pero no infinita- de libros también es cierto que no habré comprado ninguno de ellos. Tan pronto deje de estar suscrito a Nubico dejaré de disponer de los libros, mientras que si dejo de pertenecer a Círculo de Lectores –¿para qué? si es gratis- los libros que haya comprado no se van a mover de mi librería.

Entonces, ¿por qué Nubico no hace en digital lo que Círculo de Lectores lleva medio siglo haciendo en papel? Porque aunque Nubico parece el equivalente digital de Círculo de Lectores, en realidad su negocio es muy diferente. Mientras Círculo vive de vender una gran cantidad de libros a una gran masa de socios, Nubico vivirá de vender una gran cantidad de suscripciones a los clientes de Telefónica. Que la operadora cobre o no por dicho servicio a sus clientes es harina de otro costal o, para entendernos: cuando un consumidor contrata los servicios de Telefónica ésta le incluye un paquete que contiene una serie de contenidos en función de la tarifa contratada, de ahí que ofertas como Movistar Fusión Fibra 4G incluya un montón de canales de televisión que de otra forma serían de pago, las queramos o no. La única explicación posible a la presencia de Telefónica en Nubico es, precisamente, que en un futuro no muy lejano la operadora ofrezca su servicio de suscripción a precio rebajado o sin coste alguno.

No es mala idea, especialmente para la operadora. Pero no es lo que Fernández Poyatos nos cuenta. No tengo claro que el negocio tenga sentido para las editoriales –sobre todo para las medianas y pequeñas. Sí tengo muy claro que, teniendo en cuenta el sistema de retribución a las editoriales que el CEO de Nubico expone brevemente en el artículo de Publishing Perspectives, el modelo de suscripción de Nubico –y el de muchos otros- no es atractivo para los autores.

Lo que más me llama la atención es que la industria del libro crea que necesita a gigantes como Telefónica u otras operadoras para llegar a sus clientes potenciales. Puede que así sea para llegar a ellos rápidamente, pero no para fidelizar clientes ni construir audiencias. A largo plazo el cliente será de la operadora, no de la editorial. Unas migajas hoy, muertos de hambre mañana.

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El desgobierno del libro. Charla BookMachine el próximo 27 de febrero en Barcelona

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Laura Austin y Maria Cardona me han invitado a participar en el próximo BookMachine que tendrá lugar en Barcelona el próximo 27 de febrero. Decidí titular mi charla “El desgobierno del libro” y centrarme en las deficiencias de la actual Ley de la Lectura, del Libro y de las Bibliotecas, también conocida comúnmente como Ley del Precio Fijo, aunque lo del desgobierno da para mucho más.

A priori puede parecer un tema aburrido y tedioso. Debo decir que no lo es o, en todo caso, si la charla resulta aburrida será culpa mía, no de la cuestión a tratar. Mis lectores más veteranos ya habrán leído, en este blog, varios artículos contrarios a la actual legislación. Lo que expondré en BookMachine no es un refrito de lo dicho hasta ahora, es una reelaboración ampliada. La intención es generar un debate que trascienda el acto del día 27.

Dividiré mi exposición en tres partes durante las cuales puedo ser interrumpido –siempre de forma razonada y razonable- las veces que haga falta:

- Por qué la actual legislación tenía sentido en 1975

- Por qué la actual legislación no tiene sentido en 2014

- Propuestas de reforma (IVA incluido)

El acto tendrá lugar a las 19:00 horas en:

Mutuo Centro de Arte – C/ Julia Portet nº5 – 08002 Barcelona

Para asistir y participar en BookMachine hay que comprar una entrada que cuesta 5,88 euros. Yo no veo un duro y creo que tampoco los organizadores, pues va destinado a gastos del presente acto y, si sobra algo, a la organización de los próximos eventos.

Recordad que con la entrada va incluida una bebida y el derecho a preguntar, discrepar y discutir con vehemencia, siempre de forma civilizada.

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Los papeles de Esther Tusquets y el periodismo cultural

GRANMA-

El pasado 14 de enero el BOE publicó lo siguiente: Anuncio del Departamento de Cultura de la Generalidad de Cataluña por el que se hace pública la formalización del contrato de suministro consistente en la adquisición del fondo con correspondencia de la señora Esther Tusquets Guillén.

Sólo un necio confunde valor y precio. No sé cuánto vale lo que ciertos periodistas culturales ya se han apresurado en llamar hiperbólicamente Fondo Tusquets, aunque sí sabemos lo que costó. Tampoco sé cómo se pone precio a éste tipo de cosas. Ignoro cómo se negoció esta mercancía entre la familia Tusquets y la Generalitat de Catalunya, aunque el documento publicado en el BOE aclara que el procedimiento fue negociado sin publicidad, es decir, sin ventilación.

Los hijos de Esther Tusquets tienen todo el derecho del mundo a hacer lo que consideren oportuno con los documentos de su madre pues forman parte de su vida privada. Si escribo este artículo no es por su decisión de liquidar una parte de su herencia –a efectos prácticos es como vender las joyas de la abuela- sino por el triste papelón que han hecho nuestras instituciones públicas y nuestro periodismo cultural. Varias son las cuestiones que merecen atención. Por un lado, qué hemos comprado –sí, hemos, el dinero es público- y cuánto nos ha costado. Por otro, cómo lo han tratado algunos periodistas culturales.

¿Qué hemos comprado y cuánto nos ha costado?

Según la información publicada por la prensa, la documentación de la editora se compone de 1.046 documentos, de los cuales 941 son cartas. Además hay 32 postales, un telegrama, 35 mensajes de correo electrónico, 29 originales y 8 pruebas de imprenta. En cuanto a la correspondencia –las 941 cartas-, sólo hay la recibida por Esther Tusquets, no la enviada. Aunque en este tipo de archivos es frecuente encontrar sólo la recibida, tampoco es raro que conste también la enviada, especialmente cuando, como es el caso, se tratan aspectos profesionales.

Dudo que a esto se le pueda llamar archivo epistolar y me niego a llamarlo Fondo Tusquets; en el mejor de los casos es un cajón de sastre. Si fuera un archivo se habría gestionado como tal desde sus inicios y salta a la vista que no es así. Hagamos algunos números –que los periodistas no han hecho- teniendo en cuenta que el material es fruto de cuarenta años de actividad durante los cuales no existía Internet, ni el correo electrónico ni otras fruslerías modernas y todo, o casi todo, se podía documentar en papel.

Si dividimos las 941 cartas por los 40 años transcurridos obtenemos la raquítica cifra de 23,5 cartas al año. Una media de algo menos de dos cartas recibidas al mes. Suponiendo que Esther Tusquets respondiera toda esa correspondencia –era poco mentirosa pero muy educada- obtenemos una circulación media anual de unas 48 cartas. ¿Alguien cree que esto es un archivo, teniendo en cuenta legión de próceres de la pluma que pastoreaba Lumen?

Veamos qué más contiene este cajón de sastre: 32 postales, un telegrama y 35 mensajes de correo electrónico. Lo de las postales es… reconozco que me han hecho sonreír. No dudo que haya información sensible, incluso relevante, en esas 32 postales pero, otra vez, vamos a menos de una postal por año; además, en una postal uno no puede desvelar los secretos de la fusión fría. Lo del telegrama es una rareza que sólo sería interesante en función de su contenido –forzosamente breve- mientras que dudo mucho de la relevancia de un puñado de e-mail mandados en las postrimerías otoñales de una vida profesional en la que ya se había vendido la editorial. En cuanto a los 29 originales y las 8 pruebas de imprenta, más de lo mismo: una muestra muy escasa de toda la producción editorial de Lumen.

Todo esto nos ha costado 366.065 euros (494.187 dólares) o, para aquellos a quienes nos gusta poner las cantidades en perspectiva, casi 61 millones de pesetas. Suponiendo que lo más valioso sean la cartas, nos sale a 389 euros cada una.

Sí, ya sé que estas cosas no se pueden contar así, que su valor está en la información que aportan y que el todo es mucho más que la simple suma de las partes. Pero es precisamente su valor conjunto lo que pongo en cuestión. El problema de este montón de papel no es que sea escaso –y es uno de sus mayores problemas. El mayor problema es que no es exhaustivo –no puede serlo- y en parte es anecdótico. Para ser algo más que curiosidades con firmas de relumbrón debería ir acompañado de (al menos una parte de) la documentación técnica y económica generada por la actividad editorial: albaranes, presupuestos, facturas de distintos profesionales y proveedores, escandallos, liquidaciones de derechos, contratos y así un largo etcétera que incluiría la documentación que la editora sin duda reunió durante su etapa como escritora a partir de 1975, que todavía existiría si se hubiera recopilado con la intención de ir construyendo un archivo. No sería necesario que lo contuviera todo, pero sí lo suficiente como para reconstruir el método de trabajo de Esther Tusquets y cómo se editaba hace treinta o cuarenta años. Nos sobran biografías y memorias de editores en las que éstos nos lo cuentan todo pero nos falta el material necesario para que historiadores contemporáneos de lo escrito puedan llevar a cabo reconstrucciones de forma independiente. No es lo mismo. Sobra épica de Gauche Divine y faltan luz y taquígrafos.

El papel de la prensa cultural

Obviamente no podemos pedir a Milena y Néstor Busquets Tusquets que vendan lo que ya no existe, pero entonces no otorguemos valor a según qué cosas. Precisamente eso es lo que ha hecho la prensa cultural de este país en los habituales términos laudatorios, si bien pocos han ido más allá del perezoso copipegado de nota de prensa. Lo habitual ha sido valorar las epístolas por sus autores. Tal es el caso del diario ABC:

La mayor parte del fondo está compuesta por la correspondencia que Tusquets mantenía con los autores de su catálogo, más de 900 cartas firmadas por Camilo José Cela, Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, Josep Maria Castellet, José Luis Sampedro, Ana María Matute, Juan Goytisolo, Félix Grande, José Manuel Caballero Bonald, Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite, entre otros.

Es decir, como la lista es epatante, esto tiene que valer un potosí. Ningún medio ha ido más allá en su análisis, aunque hay sabrosas y temerarias afirmaciones, como se desprende, por ejemplo, de un párrafo de la noticia publicada por el diario Ara:

El Fons Tusquets constitueix un conjunt d’enorme valor per conèixer no només el dia a dia d’una editorial, Lumen, caracteritzada des dels seus inicis per la cerca de la més qualitat literària. També contribueix al coneixement de l’ambient literari que es va viure a Barcelona al llarg de 40 anys i del paper d’aquesta ciutat com un dels grans centres impulsors de la literatura en llengua catalana i en llengua castellana, tant d’autors espanyols com llatinoamericans.

Tal como comentaba hace algunos párrafos, no sirve para conocer el día a día de Lumen. Puede que “contribuya al conocimiento del ambiente literario” pero, oiga, el mito ya lleva alimentado y engordando desde hace décadas.

Un momento… ¿dónde he leído antes estas palabras? Ah, sí, en La Vanguardia:

El Fons Tusquets constitueix un conjunt d’enorme valor per conèixer no només el dia a dia d’una editorial, Lumen, caracteritzada des dels seus inicis per la cerca de la major qualitat literària. També contribueix al coneixement de l’ambient literari que es va viure a Barcelona al llarg de 40 anys i del paper d’aquesta ciutat com un dels grans centres impulsors de la literatura en llengua catalana i en llengua castellana, tant d’autors espanyols com llatinoamericans.

¡Qué cosas! Dudo que los respectivos redactores de Ara y La Vanguardia –entre otros– se hayan plagiado en una pieza tan anodina como ésta. No, la explicación es mucho más sencilla. Vean el mismo párrafo en la nota de prensa de la Generalitat de Catalunya:

El Fons Tusquets constitueix un conjunt d’enorme valor per conèixer no només el dia a dia d’una editorial, Lumen, caracteritzada des dels seus inicis per la cerca de la major qualitat literària. També contribueix al coneixement de l’ambient literari que es va viure a Barcelona al llarg de 40 anys i del paper d’aquesta ciutat com un dels grans centres impulsors de la literatura en llengua catalana i en llengua castellana, tant d’autors espanyols com llatinoamericans.

No han copiado sólo este párrafo, prácticamente todos los medios consultados han fusilado la nota de prensa. Algunos han puesto algo más de su parte, pero sin cubrirse de gloria precisamente. Veamos un par de párrafos de El Periódico de Catalunya:

[...] En esos textos, de carácter más literario y cultural que meramente comercial, se da cuenta de la especial relación que Tusquets mantenía con sus autores basada en la amistad y la confianza mutuas. Eso unido a un conocido desprecio por los engorrosos aspectos crematísticos del negocio editorial marcaron el personal estilo de Tusquets. Gracias a la fidelización de autores como Quino y Umberto Eco, puntales y superventas del sello, Lumen pudo superar no pocos tiempos de vacas flacas editoriales.

[...]

La última de las misivas del fondo está fechada en el 2000. En años posteriores y aquejada de párkinson, Tusquets se dedicó a ajustar cuentas con el pasado y la profesión en una serie de inmisericordes libros de memorias.

Que Tusquets mantenía una relación especial con (algunos) de sus autores lo sabemos desde hace lustros. Que, lisa y llanamente, era una empresaria mediocre, lo reconoció ella en muchas ocasiones, incluso por escrito en su libro Confesiones de una editora poco mentirosa. Decir que Esther Tusquets ajustó cuentas con el pasado con una serie de inmisericordes (sic) libros de memorias indica que la periodista no los ha leído, no los ha entendido o es una pacata y mojigata a la que es muy fácil escandalizar. La distancia entre lo que Esther Tusquets sabía y lo que publicó –en vida- es considerable y decir otra cosa es dar más importancia al personaje –y darse ínfulas como periodista- de la que la editora tuvo en vida, que aún así fue mucha.

¿La familia de una de las principales editoras de este país vende –legítimamente- su herencia documental a un organismo público y nadie entra a valorar la operación? Tuve suficiente con dividir 941 entre 40 para entender que los mimbres eran algo endebles. Eso no significa que la compra de los papeles de Esther Tusquets esté mal, pero sí que debería invitar a los periodistas culturales a plantearse aspectos como el tipo de peritaje realizado, los nombres de los expertos consultados y su experiencia, el criterio de valoración aplicado, casos análogos para entender si hablamos de precios de mercado, el contenido de las cartas más allá de las vaguedades mencionadas en la nota de prensa, cuantas hay de cada autor, solicitar el contenido de algunas de ellas como muestra, qué dice el único telegrama de la selección o a qué títulos pertenecen los 29 originales –de veras, no son muchos- que incluye el legado. Todo esto se me ocurre a vuelapluma. Si de veras el Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya lo ha hecho todo bien –y no tengo por qué dudarlo- no tendrá problemas en responder a todas estas cuestiones. Lo preocupante es por qué a nadie se le ha ocurrido hacer eso. Intuyo el mecanismo: llega una nota de prensa de un organismo oficial, habla de la compra del archivo de un tótem de la sociedad civil, más de 1.000 documentos; todo parece muy normal, la cosa tiene empaque. Pero no se trata de eso.

En una democracia madura, con unos medios culturales competentes, no tengo ninguna duda que varios periodistas hubieran realizado las preguntas pertinentes, no con ánimo de sospecha sino porque es deber del periodista preguntarse y preguntar este tipo de cosas, dudar y trasladar la duda al lector. A cambio, lo único que recibimos es la transcripción de una nota de prensa como si leyéramos órganos del partido como ¡Arriba!, Granma o Völkischer Beobachter. Para eso no necesitamos periodistas. La crisis del periodismo no es tecnológica, es metodológica.

Por cierto: supe del caso por la mención de Maria Bohigas en uno de sus artículos. Afortunadamente todavía quedan voces críticas en el periodismo cultural.

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ATZAR1-

Cuando una industria –cualquier industria- deja en manos de otra su desarrollo tecnológico, pierde las riendas de su futuro. Cuando una industria –como la del libro- rinde armas a escala global a quien otrora fue un simple proveedor de herramientas, es que ha perdido el norte. Cuando una industria –ciega de hibris por un esplendor de más de quinientos años- sufre la más profunda idiocia, se enfrenta a su Götterdämmerung.

Aparecieron tecnologías –Internet- que mandaron a casa a los fabricantes de enciclopedias de papel. Surgieron modelos de negocio disruptivos –Amazon- que pusieron en jaque a parte de la cadena de valor analógica del libro. Millones de autores empezaron a autopublicarse, cuestionando el tradicional papel de intermediación del editor. Millones de lectores y sus opiniones han socavado los cimientos del mandarinato cultural de los críticos literarios. Centenares, miles, de errores de la propia industria del libro no han podido impedir que nada de esto sucediera –es imposible parar el mar con las manos- y han entorpecido la adaptación fluida a estas nuevas realidades.

Adobe Digital Editions (ADE) y su DRM es, tecnológicamente hablando, lo peor que le haya podido suceder a la edición digital, al menos a toda aquella que no está enclaustrada –¿protegida?¿refugiada?- en ecosistemas cerrados como el de Amazon o en entornos controlados como el de Kobo. La primera versión de ADE era una auténtica pesadilla, tal como ya comenté hace unos tres años. La segunda mejoró un poco, aunque seguía provocando sudores fríos y malos ratos. Con la tercera la cosa debería mejorar mucho por aquello de la experiencia acumulada, un mercado más maduro y tal. Pues más bien no.

Pongamos que un lector posee un e-reader libre, fuera de plataformas como Amazon, Kobo o similares. Pongamos que ha ido actualizando ADE en su e-reader de la versión 1.0 a la 2.0 y que su proveedor de e-books –normalmente las plataformas distribuidoras, pero hay otras opciones- ha hecho lo mismo. Hasta aquí no habrá tenido muchos problemas. Para saber qué sucede con ADE 3.0, veamos lo que dice Juan Luis Chulilla, que conoce mejor el aspecto técnico del asunto, en su blog:

[...] si tienes un ereader compatible con ADE 2.0 o inferior, seguirás pudiendo leer los libros que has comprado. El problema será que, en cuanto tu proveedor de ebooks adopte la nueva versión de ADE, no será compatible con los ereaders que no son actualizables. Y si actualizaras tu ereader, no podrías leer los ebooks que has comprado y que has protegido con la versión anterior de ADE.

Desbarajuste. Inseguridad técnica. La experiencia de usuario y lectura, a paseo. Dinero tirado. Inesperados costes de adaptación de varios actores de la red de valor por gentileza de Adobe. Automáticamente, todo aquél lector de libros digitales que hasta hoy se hubiera resistido –heroica y estoicamente- a formar parte de plataformas, jardines y ecosistemas cerrados se encontrará al pairo. A ese esforzado lector le pueden pasar tres cosas: que tenga que tirar su e-reader y comprarse otro, que pueda conservar su e-reader pero no pueda leer algunos o todos sus e-books y, aunque no estoy muy seguro de ello, que ambas respuestas sean posibles a la vez.

¿Cómo ha podido suceder esto?

La decisión de Adobe parece muy, muy, muy estúpida si no se tienen en cuenta los pasos que el gigante del software ha seguido. Si los tenemos en cuenta veremos que su decisión sólo es bastante estúpida. ADE 1.0 y 2.0 tienen una serie de debilidades que permiten saltarse el DRM con relativa facilidad. Sin entrar mucho en detalles técnicos –que por otro lado no domino completamente; si hay algún experto en la sala, que levante la mano- ADE 3.0 soluciona (sic) las mencionadas debilidades. Hasta ahí, comprensible. El problema es que, para conseguir tamaña robustez –ya oigo a un montón de hackers partiéndose de risa- han tenido que romper la compatibilidad con las dos versiones anteriores. Según las fuentes consultadas –que saben más que yo, como Goodereader o Brave New World, entre otros- una de las intenciones de Adobe es que ADE se conecte a Internet para comprobar que, efectivamente, el libro tiene autorización. Eso no lo haría una sola vez –la primera- sino siempre. Este sistema hace años que Adobe lo aplica con su software, del mismo modo que los fabricantes y distribuidores de juegos lo adoptan como forma de prevenir la piratería. Lo cierto es que para software y juegos funciona, aunque en el Reverso Tenebroso de Internet circulan copias pirata perfectamente funcionales.

¿A quien ha consultado Adobe para tomar tan valiente decisión? A Sony. Sólo ha hablado con Sony, uno de los primeros fabricantes de e-readers que nunca ha tenido ni mucha suerte ni demasiado acierto y que ya ha empezado a enajenar su negocio en favor de Kobo. Al parecer Adobe no ha consultado a ninguno de los grandes de la edición y tampoco lo ha hecho al consorcio IDPF, ese que desarrolla EPUB con notable parsimonia y en el que están los mencionados grandes y… sí, también está Sony. ¿Para qué usar el foro de discusión idóneo cuando se pueden tomar decisiones de tapadillo y dejar al resto con el culo al aire?

Bueno, al resto, no. Esta medida no afectará a Amazon, Kobo, Apple, Google, Barnes&Noble y posiblemente tampoco a plataformas algo menores como Casa del Libro / Tagus (aunque eso no lo tengo yo tan claro), porque estos actores tienen sus propias herramientas de DRM, o bien no usan ninguno. A parte de a los clientes, esta medida sólo afectará a todo el resto. Principalmente a tres colectivos:

A los esforzados fabricantes independientes de dispositivos. La mayoría nunca ha estado especialmente inspirado y, los que sí, han durado muy poco a causa de las dificultades de financiación. Ahora se encontrarán con un dilema: si actualizan el firmware de sus dispositivos, dejarán a sus clientes sin poder leer los libros antiguos. Si no lo hacen… bueno, entonces puede que sus clientes no puedan comprar libros. Eso, sin olvidar los equipos de los fabricantes ya desaparecidos, para los cuales no hay ni actualización, ni servicio técnico, ni niño que les llore.

A los esforzados editores pequeños y medianos. Estos están hasta el gorro de tanto cachondeo. Han editado pocos o muchos e-books, han lidiado con la insuficiencia de los formatos EPUB1 y EPUB2, han asumido costes de conversión de libros y ahora ven que sus ventas pueden verse perjudicadas por una decisión de un tercero a la que asisten como convidados de piedra. Bueno, ni como convidados: sólo de piedra.

A los grandes de la edición. En su mano estuvo, al principio y durante mucho tiempo, no perder las riendas de su propia industria; nunca han tomado la iniciativa, yendo siempre a remolque. Adobe ha sido siempre un proveedor de la industria editorial, no lo olvidemos. Cualquier empresario sabe que si pasa a depender de sus proveedores pierde el control de su negocio; una cosa es trabajar codo con codo con ellos en cuestiones de desarrollo, estableciendo sinergias y otra muy distinta enajenar, dolosa y negligentemente, aspectos estratégicos. Los grandes parecen haberlo olvidado y han permitido que los proveedores pasen a ser intermediarios vitales.

La pequeñez de los grandes

El papel de las majors en la IDPF es una muestra clara de lo que digo. Su desinterés en la fabricación de e-readers, otra. Su pereza al asumir y aplicar conceptos como la experiencia de uso, de compra y de lectura también lo demuestra. La falta de desarrollo de herramientas que digitalicen completamente el flujo de trabajo –workflow para que todos me entiendan- es otro síntoma; es cierto que algunas grandes editoriales tienen herramientas ad-hoc pero es sintomático que la propia Adobe no se haya sentido impelida, presionada, invitada a solucionar el problema, es decir, a ejercer de proveedor para toda la industria y a ofrecer una herramienta sencilla, versátil y accesible. Y que nadie me hable de sofisticados mamotretos que cuestan decenas de miles de euros, porque no se trata de eso. Eso ya existe y lo usan los que pueden permitírselo. Y no, InDesign tampoco es la respuesta.

Juan Luis Chulilla afirma que Adobe se ha disparado en el pie. Es cierto. Esto puede desacreditar el DRM a ojos de muchos que ya estuvieran dudando de su utilidad o, en todo caso, el DRM que funciona sobre el Content Server de Adobe y ADE. De hecho, la reacción suscitada tras el anuncio del gigante del software ha hecho que éste corrigiera levemente el rumbo; si primero afirmó que la actualización se aplicaría como un rodillo en julio de este año, más tarde ha moderado su posición, diciendo que la actualización sería voluntaria. Da lo mismo. Muchos ya se han asustado y han tomado buena nota.

Algunos dicen que la maniobra de Adobe no tiene tanta importancia pues actualmente el negocio en abierto del libro digital, aquel que no depende de ninguna plataforma, sólo representa un 5% del total de ventas digitales en todo el mundo. Que sea mal de pocos no debe consolarnos; lo preocupante es el efecto estructural en el mercado porque refuerza la posición de los constructores de jardines y deja al pairo –o amenaza con hacerlo- a los que siguen creyendo, trabajando y luchando por un mercado digital abierto y realmente estándar.

Hay otras derivadas interesantes: si realmente el objetivo de Adobe es que los dispositivos se conecten a la red cada vez que abramos un libro digital para comprobar que tenemos el derecho a leer lo que hemos comprado –una opción que muchos editores verán con buenos ojos en su trastorno obsesivo-compulsivo con la piratería-, el libro digital pasará a ser software a todos los efectos. Lo de menos será su contenido, pues su comportamiento, prestaciones y experiencia de uso, será el de cualquier software. Pero esa no es la derivada más importante: hoy en día existen muchos e-readers que no necesitan conexión 3G, pues para cargar contenidos les basta con la Wi-fi de casa del usuario o un simple cable. Si fuera necesario estar siempre conectado a Internet para poder leer, los primeros beneficiados serían las operadoras de telefonía móvil. Recordemos que la Internet móvil no es neutral, como sí lo es –todavía- la que viaja por cable. Pero, más importante: si un e-book se comporta ya completamente como software y para leer tengo que estar siempre conectado… ¿para qué quiero descargarme nada si ya lo puedo leer en la nube? Que todavía no sea rentable no implica que nunca lo sea.

Sea como fuere, no perdamos la ocasión de aprender lo que este caso nos enseña. No olvidemos el núcleo de nuestro negocio, que no sólo consiste en trabajar bien un contenido, sino en asegurarnos que nadie se enseñorea de un nodo vital de la red de valor, dando al traste con todo el esfuerzo de selección, edición, experiencia de venta, uso y lectura; es decir, no perdamos el contacto con nuestros clientes. Mejor aún, que aquellos a quien nunca les interesó, muestran algo de preocupación por conocerlos.

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