No enseñemos a leer si no estamos dispuestos a enseñar a pensar

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El índice de alfabetización ha sido usado, desde el siglo XIX, como una forma de medir el desarrollo: se supone que cuanto mayor es el número de personas que saben leer y escribir, más avanzado es el país en el que viven; se supone que el índice de lectura de una sociedad avanzada indica lo mismo. Pero esos pingües datos cuantitativos nos cuentan muy pocas cosas.

El protestantismo tuvo dos efectos inesperados en la Europa de hace quinientos años: por un lado desató la Guerra de los Treinta Años que llevó a la Paz de Westfalia y por otro fomentó una creciente y sostenida alfabetización en los lugares donde se impusieron las ideas de Lutero. El cristianismo protestante, al dar libertad a cada creyente para interpretar las Escrituras –aunque siempre con el auxilio de un pastor- fomentó la alfabetización temprana de enormes masas de población que, de otro modo, hubieran permanecido ágrafas.

Enseñar a leer para propagar la palabra de Dios está muy bien si eres un pastor protestante pero, una vez una persona ha sido alfabetizada, puede usar esa nueva habilidad para leer lo que le venga en gana. Por eso la alfabetización es un arma de doble filo: herramienta de control de masas o herramienta personal de conocimiento. Esto lo tuvieron muy claro los modernos estados del siglo XIX cuando decidieron alfabetizar masivamente a su población: era necesaria la creación de una masa que supiera leer y escribir –aunque ambas habilidades no siempre estuvieron unidas. El estado decimonónico, con sus pretensiones de control absoluto sobre la sociedad a las que gobernaba, necesitaba de una nutrida, densa y espesa burocracia; dicha burocracia exigía grandes cantidades de obreros de letras.

Desde entonces todas las políticas educativas se han encaminado a nutrir de personal suficientemente cualificado al sistema productivo. En primer lugar, cuadros medios y superiores para la administración pública. En segundo lugar, técnicos, administradores y gestores para la empresa privada. Finalmente, una masa de asalariados poco cualificados, destinados a desempeñar las tareas más sencillas para las cuales bastaban dos cosas: poseer los rudimentos de la lectoescritura y obedecer.

Hemos llegado a nuestros días con el esquema descrito en el párrafo anterior. El avance tecnológico ha obligado a disponer de cuadros técnicos cada vez mejor formados, pero esto no siempre va parejo a un aumento en el nivel cultural de una población. Buen ejemplo de ello es el aumento de analfabetos funcionales: si se nota que están es porque ocupan posiciones a las que, hasta no hace mucho tiempo, sólo optaban personas más cultivadas. Hoy no es raro encontrarlos presentando programas de radio y televisión.

¿Para qué enseñamos a leer?

Todas las campañas de fomento de la lectura insisten en promover la afición al libro de manera casi totalmente desconectada de las capacidades cognitivas que uno tenga antes, o desarrolle durante, y después. Tampoco promueven ningún tipo específico de libro en clara contradicción con las obligatorias y tediosas lecturas a la que sometemos a nuestros niños y adolescentes. Para los dirigentes de nuestro lobby cultural-industrial da lo mismo leer El Quijote, Mein Kampf, 100 años de soledad, las grandes obras de la filosofía universal, la colección entera de La sonrisa vertical o una montaña de autoayuda: lo importante es leer. Leer es, para ellos, un simple eufemismo. Se refieren a comprar libros. Extraña industria la que desconecta la venta de un producto de la de su uso.

Que eso lo haga la industria puede tener un pase –en realidad no lo tiene, es pan para hoy y hambre para mañana. Pero que eso lo haga la Administración es más grave, aunque para nada sorprendente. ¿Alguien cree que la escuela y la universidad enseñan a pensar? Basada en la adquisición de contenidos, no en el desarrollo de habilidades y capacidades, mal puede hacerlo. En realidad hemos avanzado muy poco desde la lista de los reyes godos; hoy se embute el contenido en las mentes de forma más sofisticada, pero el principio es el mismo: enseñamos a superar exámenes. Se ha normalizado la siguiente memez: la universidad no te capacita para un trabajo, sólo te da las herramientas para empezar. Es decir, que la universidad es una especie de taller ocupacional en el que te inculcan unas rutinas que, ya si eso, el empresario se ocupará de pulir y hacer rentables; de ahí que los sueldos tengan una base tan precaria.

¿Para qué enseñamos a leer? Para formar a trabajadores productivos. ¿Para qué deberíamos enseñar a pensar? Para que cada ciudadano fuera capaz de pensar por sí mismo. No se trata de enseñarle lo que tiene que pensar como hacen muchos pedagogos convencidos que es lo correcto (en eso no hay diferencias entre izquierda y derecha, todos insisten en enseñar a pensar lo correcto). De lo que se trata es de dar las herramientas intelectuales necesarias, inculcar los hábitos de razonamiento para discernir e interpretar la realidad. Eso incluye el error y el pensar diferente, pero no debería incluir el pensar mal.

La lectura como entertaintment y el prêt-à-penser

El lobby cultural-industrial se ató una soga al cuello cuando decidió fomentar un consumo editorial basado en la cantidad, en el best-seller y en el entretenimiento. Lo más paradógico es que empezó a hacerlo cuando ya estaba claro que, en términos de entertainment, el libro tenía todas las de perder: competir con la televisión y el cine en su propio terreno es suicida, además de estúpido.

No contentos con tamaña tontería, intentaron sacar también algo de provecho del natural deseo de las personas por mejorar su vida: dieron alas a un montón de basura de autoayuda que, lejos de fomentar el pensamiento, lo adormecen con soluciones prêt-à-penser. De esta forma ya puede salir uno de casa con la ropa y los pensamientos correctos limpios y bien planchados. Un rasgo de la literatura de autoayuda es que crea a yonquis del pensamiento simple, seres que necesitan un suministro continuo de ideas ajenas para llenar su vida. Pasa algo parecido con las terapias alternativas orientales: sus adeptos salen de una para caer en otra, sin ver inconveniente en el hecho que ninguna de esas terapias cura nunca nada de lo que creen padecer.

Desde una perspectiva industrial del consumo de masas ¿dónde está el problema? ambos productos son fáciles de producir, se pueden fabricar como churros y se puede modular la oferta para adaptarla a los caprichosos cambios del vulgo. Cumple todos los requisitos de la cultura Pop. Pero hay un problema: cultura Pop viene de cultura popular; hasta hace muy poco era una cultura para el pueblo pero sin el pueblo y de dicho despotismo vivía la industria. Ahora el pueblo tiene herramientas para participar en su propia cultura: cultura del y para el pueblo, con el pueblo y a menudo ya desde el pueblo. No hay sistema de copyright que resista eso. No hay jerarquía cultural capaz de dominar a este nuevo leviatán.

¿Para qué debemos enseñar a pensar si queremos enseñar a leer?

Si bien en la Atenas socrática no era necesario saber leer ni escribir para saber pensar, hoy sí es necesario. Lo es por una simple cuestión cuantitativa: es tanto el conocimiento, que las prótesis de memoria –libros- son imprescindibles para conocer el mundo y, así, pensarlo. Hay mucho pedagogo buenista que cree que para enseñar a leer basta que los niños posean unas áreas de Broca y Wernicke en condiciones y que el resto vendrá solo. No es cierto. Con eso sólo sabemos qué dicen las palabras, pero no entendemos qué quiere o puede decir el texto.

Algo que siempre agradeceré a mis padres y a algún que otro maestro de escuela es que me enseñaron a pensar (o al menos lo intentaron). Pensar cuesta, pero a medida que uno le pilla el tranquillo a darle a la mollera, leer es cada vez más fácil. No hablo del leer utilitario, en eso todos los críos andan bastante espabilados a los 8 años. Hablo del desciframiento, del hecho de desentrañar un texto. A medida que se aprende a pensar el cerebro va pidiendo más madera: el intelecto es un yonqui de conocimiento y buscará cada vez una dosis mayor, dará un paso más ambicioso.

¿Está todo esto reñido con la lectura como entretenimiento? Al contrario: cuando uno es capaz de entender que el mayor espectáculo del mundo se produce en el auditorio de la consciencia lectora, aquella que (re)crea con todo lujo de detalles todo lo que lee y más, está preparado para comprar y leer libros de ficción a mansalva. De ficción, pero también todos los demás, pues un libro contiene lo que uno quiera y necesite que contenga, con la única condición de saber pensar, para saber seleccionar, para poder acceder, a aquello que necesita.

¿La necesidad de enseñar a pensar de detiene en la lectura recreativa, sea con ánimo de instruirse o de divertirse? Al contrario. En el siglo XIX y buena parte del XX no era necesario que los trabajadores supieran pensar, ya hemos comentado que la gran mayoría sólo debía saber obedecer y un número más o menos reducido debía ser capaz de una toma de decisiones limitada y acotada. Pero todo eso está cambiando. Si uno se pasea por las ofertas de empleo de Infojobs o de Linkedin verá que, cada vez más, las empresas piden flexibilidad, autonomía, capacidad de resolución, entre otras muchas expresiones en las que lo que se demanda es capacidad de tomar las propias decisiones en ambientes cambiantes. Para eso es imprescindible pensar. Saber pensar. Si además tenemos en cuenta que las economías desarrolladas potenciarán sus sectores de servicios y del conocimiento, ser capaz de pensar será cada vez más necesario. Herramientas como Google –por poner sólo un ejemplo elocuente- exigen una capacidad de razonamiento superior a la que exigían los libros, porque en Google no está todo perfectamente indexado y ordenado: en Google el índice se lo monta cada uno.

Hace 500 años el protestantismo puso en marcha un mecanismo por el cual los fieles podían leer la Biblia por si mismos, pero luego decidieron leer todo lo demás. Hace 150 años los estados europeos nacidos de la Paz de Westfalia estaban poniendo en marcha sistemas públicos de enseñanza para desarrollar sus sistemas burocráticos y productivos, pero los obreros así formados acabaron leyendo lo que les dio la gana. Hoy, con leer y escribir no tenemos suficiente. Es posible que el sistema educativo necesite enseñar a pensar para poder responder mejor a los retos profesionales ¿Los trabajadores que salgan de ese nuevo sistema educativo se limitarán a pensar en sus horas de trabajo?

 

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5 comentarios en “No enseñemos a leer si no estamos dispuestos a enseñar a pensar

  1. Me ha resultado muy interesante esta perspectiva que defiendes. Para “pensar”, para darle vueltas. Creo que los libros fomentan y desarrollan la capacidad de pensar y de conocerse mejor a uno mismo, pero es cierto que se necesitan buenos libros para ello; se precisa diversidad de estilos, enfrentarse a todo tipo de textos… Gracias por esta reflexión.

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