Series, películas y modelos de negocio digitales

EQUIPOA-

Hace un par de meses instalé fibra óptica en casa. Con ella accedí a un servicio de televisión por cable que incluye los canales en abierto y otros canales de pago. Entre otros servicios puedo alquilar películas y ver series de televisión. De su uso se desprenden algunas reflexiones aplicables a otros sectores en vías de digitalización, como el del libro.

Productos similares, modelos de negocio diferentes

La producción de una serie de televisión no es muy diferente a la de una película de cine. A finales del siglo pasado los productores de series empezaron a reclutar talento del séptimo arte y hoy muchas series igualan y superan en calidad técnica y artística a la mayoría de películas.

Hasta hace pocos años las series de televisión las veíamos en unos televisores más bien canijos con una calidad de imagen discreta y el cine lo veíamos en grandes salas de proyección con enormes pantallas. Por las series no pagábamos –en España, hasta la llegada de Canal+, sólo podíamos ver las series emitidas en abierto– y por el cine sí. Dos productos similares –aunque todavía muy dispares en calidad– tenían modelos de negocio muy diferentes. Nos parecía normal. No había otra opción, entendíamos que eran productos diferentes. En el mundo analógico eran cosas muy, pero que muy distintas. El cine era mágico. La tele era la caja tonta.

Cuando el cine se estrelló contra las operadoras de telefonía

La tele no acabó con el cine ni con la radio y ésta no acabó con los periódicos pero un día llegó Internet y alteró la realidad de todos los medios. Los periódicos viven una lenta agonía que ya sabemos cómo terminará, la radio rejuveneció y goza de relativa buena salud, la televisión bien, gracias, aunque sea a caballo de un montón de mierda ¿Y el cine? El cine vive atrapado en la oscuridad de las salas de proyección.

La tele (todavía) no ha acabado con el cine pero cuando una operadora incluye un servicio de tarifa plana de series de televisión la cosa se pone fea. Ya hemos visto que hoy cine y series son parejos en calidad; a misma calidad percibida –eso que algunos simulan no entender– mismo valor percibido por el cliente y de ahí similares precios. Cuando no podíamos pagar por las series pero sí por el cine la comparación era imposible pero ahora resulta que lo que me ofrece mi operadora es lo siguiente:

  • Películas: tengo que alquilar cada película por separado a un precio que oscila, aproximadamente, entre los tres y los siete euros. Tengo sólo 24 horas para verla, y una vez pasadas esas 24 horas, si quiero volver a verla debo volver a pagar.
  • Series: pago una tarifa plana de siete euros al mes y puedo ver todos los capítulos de todas las series en oferta –cada vez hay más– las veces que quiera. Si me trastoco y me da por ver el mismo capítulo de una serie veinte veces seguidas me costará lo mismo que ver veinte capítulos diferentes de veinte series diferentes.

Ni me he molestado en echar cuentas. Yo no veo mucho la tele pero con la desproporción en el precio y la calidad de las series hace mucho que no alquilo una película –no volveré a pisar un cine– y raramente veo programas que no sean grabados.

¡Es la economía de la atención, estúpidos!

Al principio no lo entendí; pensé que los siete euros mensuales eran por ver una sola temporada de una sola serie. Sólo así podía explicarme esa diferencia de precio y de modelo de ingresos: acostumbrado a la realidad analógica pensé que mi operadora había asimilado una película a una temporada de una serie. Salí de mi error al leer la letra pequeña; mi operadora me había instalado un grifo con el que ver series a chorro a un precio de risa al lado de un videoclub de los años ochenta.

¿Por qué? Sólo se me ocurre una respuesta: la industria del cine sigue atada a las salas de cine, a los exhibidores y, con ellos, a un modelo de negocio basado en la escasez. Insisten en que vayamos al cine y, si no lo hacemos, insisten en meternos en casa la taquilla del cine. Las series no son deudoras de ningún canal de distribución basado en la escasez y les basta con que el emisor de la serie les pague por ella lo que piden.

El medio es el mensaje, ¿recuerdan? Esta afirmación, casi un axioma, se ha desvirtuado hasta la saciedad pero aquí es válida. Una serie y una película son indistinguibles si las vemos en el mismo medio. Entonces una película se convierte en una serie de un solo capítulo muy largo y una serie se convierte en una película muy larga dividida en porciones. Producciones como la trilogía del Señor de Los Anillos están a medio camino entre una y otra: un trabajo de edición diferente –aunque nada sencillo– convertiría un metraje total de casi doce horas en una temporada de trece capítulos. A medio plazo dos productos similares no pueden tener precios muy diferentes y para saberlo no se requiere una bola de cristal, basta con conocer los fundamentos de la oferta y la demanda.

Del periódico al Smartphone

Todo contenido paquetizado por una operadora sufre un inevitable proceso de comoditización que lo lleva a entrar en colisión con otros productos. Parece muy nuevo, ¿verdad? No lo es. Encontramos antecedentes en el siglo XIX. Antes del cine, de la tele y de la radio sólo había un tipo de operadores de telecomunicaciones: los grandes periódicos. Eran operadores de telecomunicaciones porque eran el único medio con el que una gran masa de población alfabetizada podía informarse de lo que sucedía más allá del campanario vecino y porque, además, industrializaban todo el contenido bajo un único formato escrito y periódico.

Quiso la casualidad que, con este artículo a medio cocer, Blanca Rosa Roca hablara en términos muy parecidos en el último BookMachine aludiendo a la economía de la atención; una de las asistentes a la charla preguntó, de forma muy acertada, si una forma de adaptar la literatura a los nuevos medios para competir en la economía de la atención era trocearla y ofrecerla en porciones más atractivas. Blanca Rosa Roca estuvo de acuerdo. Yo también lo estoy. Eso era precisamente lo que los periódicos hacían en el siglo XIX, publicar novelas por entregas.

A medida que la alfabetización se iba extendiendo entre las clases más bajas se puso de manifiesto la necesidad –¿la oportunidad?– de ofrecer a este nuevo público lector una oferta a su alcance. Los libros eran relativamente caros –lo siguen siendo– no así los periódicos, que pasaban de mano en mano en locales públicos. El folletín francés empezó a industrializar la escritura de novelas ligeras y la innovación se extendió por Europa y América a medida que la alfabetización avanzaba. Esa literatura seriada, tenida por bastarda en su momento, estaba representada por autores como Honoré de Balzac y Alexandre Dumas, este último un auténtico industrial de la literatura con una legión de negros literarios a sueldo.

Contenidos muy variados compiten por la atención en smartphones y tabletas; algunos, como los vídeos de Youtube y los artículos en blogs y prensa digital, están bien adaptados. Otros, como los libros, no siempre encajan con los gustos de la mayoría de lectores porque lo que está cambiando es el mismo hecho de ser lector; una masa enorme de público lee en sus dispositivos móviles. Que no lean libros no significa que no pueda encontrarse un formato narrativo que se adapte a su forma de leer, un formato pensado y planificado como producto del mismo modo que las novelas por entregas del siglo XIX eran productos perfectamente consecuentes con su público.

Escritores, editores y libreros han ido, durante siglos, allí donde estaba el público. Adaptaron el formato a los hábitos de los lectores. Buscaron fórmulas rentables. Algunas de esas obras, otrora consideradas baja literatura, hoy son clásicos ¿Por qué ahora debería ser diferente? ¿Por qué pretendemos que los lectores que no leen libros lean los libros de siempre –aunque sean digitales– en vez de pensar nuevos formatos para ellos? ¿Por qué no competir por la atención en igualdad de condiciones –y de precio– con otros contenidos al alcance de cualquier Smartphone? El nuevo periodismo ha empezado a responder al reto con propuestas como Blendle o The Big Round Table, entre otras. ¿Sabrán hacer lo mismo los nuevos editores?

Blanca Rosa Roca en Bookmachine Barcelona el próximo 26 de febrero en la librería Laie

BOOKMACHINE-

Durante una de las charlas del pasado Congreso del Libro Electrónico, Blanca Rosa Roca afirmó que el libro digital representaría, a cierre de 2014, más del 25% de la facturación de Roca Editorial. De este hito y de otras cuestiones interesantes hablará la editora de Roca Editorial en el próximo Bookmachine en Barcelona. Su charla dará comienzo a las 19:00 horas del próximo jueves 26 de febrero en la librería Laie.

Blanca Rosa Roca es una de las editoras españolas con más vocación innovadora. Eso no sólo se refleja en el alto grado de digitalización de su catálogo sino también en propuestas tan interesantes como Barcelona Ebooksde la que hablé en su momento–, de su participación en Open Road Media, de Ciudad de Libros y de la controvertida Rocautores. De cada una de estas iniciativas se pueden extraer interesantes y útiles lecciones. La editora de Roca Editorial nos hablará de algunas de ellas y podremos charlar con ella acerca de su estrategia y experiencia en el ámbito digital; en esta pequeña entrevista para Bookmachine nos adelanta algunos de los principales aspectos.

Røter es patrocinador de Bookmachine para todo el año 2015 y este 26 de febrero esperamos poder anunciar alguna que otra novedad. Creemos que apoyar una propuesta como ésta, en la que se puede charlar de forma abierta, entusiasta pero también crítica acerca de las oportunidades de la digitalización del libro –no sólo del libro digital– es una buena oportunidad de hacer avanzar el debate y una distendida forma de darnos a conocer. Estamos muy contentos, además, de copatrocinar esta charla con SeeBook y que Manuscritics también colabore en este Bookmachine.

Resumiendo:

Evento: BookMachine Barcelona

Organiza: Maria Cardona

Tema: Estrategia y experiencia de Roca Editorial en el ámbito digital

Ponente: Blanca Rosa Roca

Lugar: Librería Laie. C/ Pau Claris 85, Barcelona.

Entrada: 5€ por compra anticipada, 7€ justo entes de entrar. Con derecho a consumición.

Patrocinan y colaboran: Røter, SeeBook y Manuscritics

El cura, los mandarines y el enorme vacío

DONCAMILO-

Hay obras que hablan más de su autor que del tema que tratan, obras que son un reflejo de una generación y de quien las escribe. Nunca hay que juzgar un libro por sus cubiertas, pero acaso sí podamos hacerlo por las grandes ausencias que contiene. Es el caso de ‘El cura y los mandarines’.

Hace pocos días terminé la lectura de ‘El cura y los mandarines (Historia no oficial del Bosque de los Letrados). Cultura y política en España 1962-1996’, el libro de Gregorio Morán editado por Akal que Planeta se negó a publicar por once malditas páginas. Lo primero que hice al terminar fue volver a leer la contracubierta porque tenía la sensación –una sensación que iba creciendo con la lectura– de no haber entendido ciertos aspectos del libro a causa de un enorme, colosal, vacío. Una inexplicable –al menos para mí– ausencia. Este es el fragmento que más nos interesa:

Esta obra nació de una pregunta insatisfecha: ¿qué fue sucediendo para que los mandarines, las figuras críticas de nuestra cultura de los años sesenta, se fueran haciendo cada vez más conservadoras, hasta convertirse en institucionales? Fruto de un exhaustivo y documentado trabajo de investigación de diez años y escrito en una prosa sobresaliente […] es un magistral y agudo relato del devenir de los intelectuales –académicos, novelistas, poetas, políticos y artistas– que conforman la cultura institucional española de la segunda mitad del siglo XX.

Gregorio Morán ha construido un relato muy personal de la intelectualidad española de la segunda mitad del siglo XX. La selección de aquellos a quien él considera mandarines es indiscutible pero podría haber añadido diez o quince más y el libro sólo hubiera sido más largo –posiblemente mucho más– y no menos acertado. Porque se trata de un libro tan acertado como necesario y de recomendable lectura.

La prosa de Morán es exigente, a ratos rocosa, montañosa en ocasiones; para los aficionados al ensayo es un placer. Quien espere una disección objetiva se encontrará con una obra en la que la opinión e incluso los prejuicios del autor son tan importantes como los hechos. El sesgo personal aporta al libro una cualidad única; por edad, bagaje y experiencia, Morán coincidió, si no en el espacio seguro que en el tiempo, con (casi) todos los mandarines. En comparación con otra obra de reciente aparición, ‘Aquellos años del boom’ de Xavi Ayén, la de Morán es un relato del que estuvo allí. Ambos libros son tan imprescindibles como diferentes. Allí donde Ayén se aleja para que hablen los hechos y sus protagonistas, Morán se involucra casi hasta formar parte del relato. Ayén describe a un elenco de personajes. Morán está entre ellos. Ayén dota a su premiado ensayo del contexto suficiente para comprender lo que cuenta. Morán presume en el lector un conocimiento suficiente de la historia contemporánea de España; sin dicho conocimiento la lectura resultará imposible.

La once malditas páginas y el enorme vacío

Dice la versión oficial que Planeta se negó a publicar el libro de Morán a causa de once malditas páginas del penúltimo capítulo. Una vez leído queda la sensación que, o no había para tanto, o todo el libro era impublicable. Víctor García de la Concha sale muy mal parado pero la mayor parte de lo que dice Morán es contrastable; otra cosa es cómo lo dice, pero si ese fuera el problema todo aquél que apareciera en el libro y estuviera vivo tendría motivo de queja, ignoro si también de querella. En el infierno una legión de aludidos se habrá puesto en fila para ajustar cuentas.

En ‘El cura y los mandarines’ hay un enorme vacío. Morán dedica el octavo capítulo a reivindicar al casi olvidado Luis Martín-Santos, autor de ‘Tiempo de silencio’. En el vigesimoprimer capítulo hace una semblanza poco caritativa –nada nuevo– de Carlos Barral. También dedica todo el vigesimocuarto capítulo a escarnecer la fundación del diario El País mientras el trigésimo tercero contiene las once malditas páginas. Todo el libro está salpicado de referencias poco benévolas hacia personajes como Josep Maria Castellet, Camilo José Cela, Manuel Fraga Iribarne, su inevitable cuñado Carlos Robles Piquer, y un largo etcétera. Pero la editorial Planeta (casi) no aparece.

Gregorio Morán no dedica ni un capítulo al grupo editorial español más importante de la segunda mitad del siglo XX, contemporáneo de unos mandarines que por gusto o por fuerza estuvieron bajo su influencia; toda la cultura española sigue bajo dicha influencia. A José Manuel Lara sólo se le menciona en dos ocasiones, en la página 9 –el prólogo– y en la 346, pero resulta que ¡el primero es el hijo y el segundo el padre! Una sola entrada en el índice onomástico para dos personas distintas. Encontrar la editorial –o el grupo– Planeta es algo más complicado porque en el índice onomástico no aparece (y puestos a echar en falta elementos imprescindibles, el libro carece de bibliografía). A parte del prólogo, donde Morán habla del caso de las once malditas páginas, Planeta sólo aparece en la mencionada página 346, la 610 y la 754. Morán la menciona como podría no hacerlo, tan poca es la importancia que le da.

Es comprensible –no sé si justificable– que Morán ignore en su libro la propia editorial para la que escribe pero eso da lugar a una cósmica paradoja: el libro que retrata la intelectualidad española de la segunda mitad del siglo XX carece de uno de los factores cuya mera existencia explica muchas cosas. Digo que es comprensible porque Morán tenía dos opciones: o escribía un libro que Planeta no podía publicar por lo que se decía de la editorial, su fundador y su hijo –ergo el encargo y el anticipo se iban por el retrete– o bien escribía lo que ahora podemos leer. Imaginen la hipotética conversación que pudo producirse el pasado septiembre entre José Manuel Lara Bosch y el autor:

–Oye Gregorio, que en tu libro no sale Planeta.

–Manolo, si en mi libro saliera Planeta nunca me lo publicarías.

–Ah, coño… es verdad. Pero eso es un problema.

–¿Un problema? ¿Por qué?

–Porque se van a pitorrear de un libro que habla de los mandarines de la cultura española de 1962 a 1996 y no menciona a Planeta.

–Visto así…

–No, Gregorio, no… yo esto no puedo publicarlo. A ver, si te despacharas a gusto con nosotros tampoco podría hacerlo, pero tenemos que encontrar una solución… que odien a Planeta tiene un pase pero que se rían… ¡pues como que no…!

–Pues tú verás, Manolo… ¡el libro está a punto de salir!

–Veamos… en el capítulo treinta y tres pones a parir a García de la Concha…

–Como si fuera el único…

–Ya, Gregorio, pero resulta que tenemos magníficas relaciones con el Instituto Cervantes y la RAE nos paga un potosí por editar su diccionario.

–Entiendo…

–Total, que como todo el mundo ya nos ve como unos hijos de puta, lo mejor, para Planeta y para ti, es que yo me niegue a publicar tu libro por… déjame ver… por once malditas páginas.

–Joder Manolo, pero hay un anticipo que…

–No te preocupes por eso Gregorio, somos nosotros quienes incumplimos el contrato. Y ya encontraremos un editor que se comprometa a publicar tu libro sin leerlo antes, ¡que por algo me llamo José Manuel Lara…!

Qué quieren que les diga. Me da igual por qué el Grupo Planeta no sale en el libro de Morán, pero muchos estarán de acuerdo conmigo que es un libro incompleto. Ojo, ni mucho menos es un libro fallido, sigue siendo una gran obra ante la que hay que descubrirse y no me cansaré de recomendar su lectura, pero no está completa.

En mi opinión es imposible comprender toda la trayectoria de los mandarines de Morán sin entrar a fondo –¿a saco?– con el Grupo Planeta. La respuesta a muchas preguntas sigue pendiente. Tras leer el libro se me antoja una respuesta a por qué todos acabaron siendo un hatajo de carcas: el Régimen fascista y nacional-católico en el que nacieron algunos y creció la mayoría era todavía más carca. Parecían vanguardistas por contraste del mismo modo que nuestra democracia nos pareció escandinava hasta que nos estrellamos con las disfunciones de nuestra Transición. Del mismo modo, fue necesaria una crisis morrocotuda para ver que la pretendida Arcadia editorial en la que muchos creían vivir era un globo peligrosamente inflado. Por eso hay que leer ‘El cura y los mandarines’. Porque hay ausencias elocuentes.

Rafael Reig y su cacharrito

PRECOLOMBINO-

Hace unos días Rafael Reig publicó un artículo en eldiario.es en el que arremetía contra el libro digital en respuesta –supongo, porque no lo enlaza– a unas declaraciones que Luis Solano, editor de Libros del Asteroide, realizaba en este otro artículo del mismo medio digital. Estar en contra de la digitalización del libro es intelectualmente lícito desde una base sólida. Este no era el caso del artículo de Reig. Para el escritor y crítico, el libro digital sólo es una excusa para vender cacharritos.

Así se explaya Reig en un fragmento de su artículo:

Se hablaba de los “soportes” y los “contenidos”, y recuerdo que dije que eso era un engaño: que el “soporte” era el texto literario, porque lo que de verdad importaba era vender cacharros electrónicos, usando para ello como “soporte” las novedades editoriales y el siempre oportuno escudo de “defensa de la cultura” […]. Pura ferretería con obsolescencia programada para multiplicar los beneficios.

[…]

Me parecía, sinceramente, la vieja historia del rey desnudo: todo el mundo podía ver que sólo se trataba de vender unos cuantos cacharros y a mí me parecía que era un ingrato papel el de tonto útil para ayudar a los ferreteros a hacer cuartos con sus carísimos chismes de lectura electrónica.

El lenguaje nunca es inocente. Rafael Reig no habla de dispositivos, lectores de libros electrónicos o e-readers; además de peyorativa, la aproximación de Reig es naíf. Como si hace mucho, mucho tiempo, un par de pérfidos americanos a los que llamaremos Steve & Jeff hubieran tenido la aviesa idea de inventarse unos cacharritos para leer. Con ellos pretendían colonizar nuestras castizas mentes y conseguir que nosotros, vigías intelectuales de occidente, abandonáramos la lectura en papel. Así porque sí:

EPIBLAS1

–Steve & Jeff en pleno proceso creativo según la imagen mental de Rafael Reig–

La historia del libro digital no puede reducirse a un gag de Barrio Sésamo. El libro digital nace mucho antes que aparecieran los cacharritos, del mismo modo que la producción industrial –o seriada– de libros es muy anterior a la invención de la imprenta. Sin mencionar las técnicas de producción en serie ya existentes en la antigua Roma (no se pierdan LIBROS Y LIBREROS EN LA ANTIGÜEDAD, Alfonso Reyes. Ed. Fórcola. Madrid, 2011) a partir del siglo XIII y a medida que van apareciendo universidades por Europa se desarrolla toda una industria manual de producción de libros en serie –y en masa– para una nueva clientela cada vez más numerosa: los profesores y estudiantes universitarios (recomiendo los dos primeros capítulos de LA APARICIÓN DEL LIBRO. Lucien Febvre y Henri-Jean Martin. Fondo de Cultura Económica. México, 2005). La aparición de la imprenta cubre una demanda anterior a su invención, de otro modo Gutemberg no hubiera tenido ningún motivo para meterse en camisa de once varas. Robert Darnton y su proyecto Gutemberg-e, autores como George P. Landow) y su ‘Teoría del Hipertexto’ (Ed. Paidós, 1997) o el más divulgativo ‘El Mundo Digital’ (Ediciones B, 1995) de Nicholas Negroponte, el desarrollo de Internet en los años setenta del siglo pasado y la World Wide Web a caballo entre los ochenta y los noventa son antecedentes equiparables a lo que sucedió en la Baja Edad Media. Si se soslaya todo lo mencionado se dicen cosas como esta:

¿Por qué? Porque a nadie le hacen falta. Como dijo Umberto Eco, hay inventos, como la rueda, la cuchara o el libro, que no se pueden mejorar.

A nadie le hace falta el libro digital. Como especie necesitamos muy pocas cosas para sobrevivir. En latitudes templadas y frías es inevitable contar con ropa de abrigo y una serie de útiles –para encender fuego, por ejemplo– pero si nuestra vida discurre en latitudes cálidas no necesitamos casi nada. Al menos no en términos estrictamente biológicos –un libro es inútil en ciertas circunstancias– ergo recurrir al manido ‘nadie lo necesita’ es pueril además de sesgado. No contamos con tecnología por estricto imperativo biológico.

La cerrilidad de Reig ni siquiera es nueva. Estoy de acuerdo con él en que, tal como menciona en su artículo, no se trata de neoludismo –lícito si su intención fuera proteger los medios de producción analógicos respecto los digitales– sino de un enfoque fundamentalmente conservador, del miedo a cualquier cambio que nos obligue –que le obligue a él– a una adaptación para la que nunca nos prepararon. Como expone Gavin Weightman en Los Revolucionarios Industriales (Ed. Crítica, 2008) cuando en el siglo XIX apareció el telégrafo eléctrico muchos dijeron que no era necesario porque ya existía el telégrafo óptico inventado en el siglo XVIII. Lo mismo sucedió con el teléfono; se suponía que sólo lo usarían gobiernos y unas pocas empresas porque la gente corriente no perdería el tiempo conversando mediante semejante aparato. Con la aparición del ferrocarril muchos médicos pronosticaron fallos cardíacos a velocidades superiores a 30 km/h, habitual para un caballo al galope. Luego Rafael Reig se descuelga con esto:

Mi opinión, igual que hace ya más de diez años, es que el libro electrónico no tiene futuro, al menos para la ficción narrativa. Sin duda puede ser de mucha utilidad para otras cosas, desde suscripciones a revistas profesionales a libros de texto.

Si ya pensaba en el libro digital hace diez años y no ha cambiado un ápice su opinión es que se ha enterado de poco; acepta que puede ser de mucha utilidad para libros que no sean ficción narrativa. Es decir, reconoce que el libro digital es una buena idea para los mismos a los que fue útil la invención de la imprenta en el siglo XV. Como analogía es algo endeble si pretende usarla en su favor.

Reconozco que estoy jugando con las palabras de Reig de una forma algo impropia; que sea tan fácil muestra lo poco meditada que tiene la cuestión o de otro modo no formularía preguntas como las siguientes, con las que cierra su artículo:

Mis preguntas se dirigen a Luis Solano y a los periodistas que tanto apoyan lo digital: ¿y si los lectores tuviéramos razón? A lo mejor es que no necesitamos libros digitales, como no necesitábamos yogurteras. ¿Por qué demonios tendríamos entonces que apoyar a los vendedores de ferretería electrónica y leer en un soporte incómodo, caro, inhóspito y que tendremos que renovar cada pocos años para sustituirlo por uno nuevo y más caro, como ya hemos aprendido de los ordenadores? ¿Cuánto vamos a tardar en admitir que el rey está desnudo o que el libro electrónico no era ninguna buena idea (salvo que vendas lectores electrónicos y te forres, claro)? ¿Por qué seguimos riéndoles la gracia a los vendedores de cacharros?

Los lectores no tienen razón, si acaso tienen razones –motivos– para leer de una u otra forma. Leen en papel porque les compensa hacerlo y decidirán leer en digital por idéntico motivo. Es una cuestión de incentivos. De su comportamiento se derivará el éxito o el fracaso de las propuestas tecnológicas a su alcance sin que eso implique que sean más o menos lícitas desde el punto de vista intelectual o moral.

La alusión a las yogurteras muestra que Reig sólo ha entendido el libro digital de forma anecdótica, como posiblemente entiende el de papel. El libro, sea de arcilla, de papiro, de pergamino, de vitela, de papel o digital es sólo la parte visible de un sistema que permite almacenar, transmitir, recuperar y gestionar información y conocimiento, que lleva miles de años evolucionando y tiende a un aumento sostenido de la complejidad. Lo de menos ha sido el objeto libro, que ha cambiado para adaptarse a nuevas necesidades. Verlo al revés es creer que la invención de la rueda, hace miles de años, no tuvo ningún sentido pues no había carros, bicicletas ni coches. O renunciar a los libros de papel para no hacerles el juego a impresores, papeleras y fabricantes de muebles.

Centrarse en los cacharritos es ignorar fenómenos como la autoedición digital, redes sociales como Goodreads, el acceso a la lectura para quienes viven en lugares remotos y sólo disponen de un teléfono móvil, el paso de meros consumidores a prosumidores, la universalización de los medios de edición publicación –que sólo un déspota ilustrado puede rechazar; hay tantos y tan importantes ejemplos que sorprende la ignorancia de Rafael Reig. Reducir la lectura a los cacharritos es como creer que el sexo se reduce a… a eso, al cacharrito. El órgano más importante para la lectura –y para el sexo– es el cerebro. El resto es accesorio. Como los cacharritos.

24symbols, el elefante en la habitación (3): el modelo de negocio ‘Book Club’

Imprimir- Imagen: 24symbols -

El modelo Book Club de 24symbols nace con la incorporación del Grupo ZED, multinacional española especializada en la comercialización de contenidos a través de dispositivos móviles, en el accionariado de la empresa. El nuevo enfoque del negocio, que sustituirá al modelo freemium con el que todavía convive, consiste en la prestación de servicios de lectura en la nube en alianza con operadoras de telefonía móvil.

Actualmente, 24symbols ya ofrece el servicio Book Club en Colombia y Guatemala con Tigo, en Rusia con Beeline y en Argentina con Personal. Está en negociaciones con diversas operadoras en España, Estados Unidos, Alemania e Italia.

En este modelo de negocio cada una de las partes –24symbols y la operadora correspondiente- juega un papel diferente:

  • 24symbols aporta las aplicaciones para los diferentes dispositivos y la plataforma tecnológica desde la que se presta el servicio manteniendo siempre el control de los archivos de los ebooks. Dinamiza la lectura en redes sociales y lleva a cabo acciones de marketing de contenidos en base al conocimiento generado por su propia plataforma.
  • La operadora móvil aporta una marca reconocible en el territorio donde opera, su cartera de clientes y un modelo sencillo de cobro del servicio mediante la factura del móvil, haciendo innecesario el uso de la tarjeta de crédito.

Los clientes de la operadora son también clientes de 24symbols. A diferencia del modelo freemium, en Book Club no hay lectores free y lectores Premium. Todos son iguales desde el primer día. Los lectores pagan una cuota cada mes a cambio de un número determinado de créditos que pueden canjear por lecturas enteras de libros. Cada libro tiene un precio diferente en créditos. No hay publicidad insertada.

Todos los lectores bajo el modelo Book Club son iguales porque todos son clientes de la operadora de telefonía y pueden acceder gratuitamente al primer 10% de cualquier título del catálogo. 24symbols considera que un libro se ha leído, a efectos de facturación, si el lector sobrepasa ese 10% de prueba por título; a eso lo llama “lectura efectiva”. Toda lectura por debajo de ese 10% es gratuito pero cuando se supera ese límite el libro se considera leído y los créditos equivalentes se restan.

Resumiendo: con el modelo Book Club cada lector puede probar hasta el 10% de todos los libros pero sólo puede leer enteros una pequeña parte, que se descontarán de su total mensual disponible de “lecturas efectivas”.

Las liquidaciones a los editores en el modelo Book Club

24symbols paga a la editorial por cada lectura efectiva o libro leído como si fuera una venta en firme. El precio no es el mismo que el PVP de venta en otros canales sujetos al precio fijo porque, como en el caso del modelo freemium, esto es una comunicación pública, no es una venta de contenidos y no está sujeta al precio fijo.

Teniendo en cuenta que ya no hay una tarifa plana, que todos los lectores son iguales, que los clientes son de 24symbols pero factura la operadora de telefonía y que al final se paga por cada libro leído, el sistema de facturación y liquidación a los editores no tiene nada que ver con el modelo freemium.

Cada lectura efectiva genera ingresos al editor. Aunque no se realiza ninguna compra porque el libro digital sigue sin ser propiedad del lector, el modo que tiene 24symbols para determinar el precio de cada lectura efectiva está relacionado con el PVP, pues eso permite al editor encajar mejor dichas ventas con sus propias campañas, costes, etc.

Precisamente porque el lector no paga la compra de un libro sino la posibilidad de leerlo, el precio no puede ser igual al PVP de otros canales. 24symbols recomienda que el precio en la plataforma sea el equivalente a entre un 40 o 50% del PVP de los canales de venta con descarga. Eso es sólo una recomendación, el editor puede fijar el precio que quiera desde la absoluta gratuidad –interesante a efectos promocionales– hasta el 100% del PVP en librería –no es muy aconsejable pues esto es servicio, no una venta. El reparto se establece como en el modelo freemium: 70% para el editor, 30% para 24symbols.

Precio y sistema de créditos

El precio no es una variable aislada dentro del modelo Book Club. El lector pagará un precio diferente para cada libro en función del precio fijado por el editor. El sistema funciona del siguiente modo:

  • El editor fija un precio para la lectura efectiva de cada uno de sus libros.
  • Cada cliente paga una cuota mensual que le da derecho a unos créditos.
  • Cada lector puede leer los libros que quiera de forma gratuita, siempre que no sobrepase el 10% de cada título.
  • Cada vez que un lector sobrepase el 10% de un título se le descontarán los créditos equivalentes a la lectura efectiva de ese libro y la plataforma abonará el porcentaje correspondiente al editor.
  • Si no supera los créditos de lectura permitidos sólo pagará la cuota mensual prevista. Una vez agotados los créditos la operadora podrá seguir cobrando el consumo mediante la siguiente factura del móvil.

El sistema de créditos es un mecanismo de control para tarifas mensuales bajas. Si no hubiera ninguna limitación la plataforma incurriría en un gran riesgo de pérdida porque está obligada a abonar al editor las lecturas efectivas; una familia de cuatro miembros capaz de leer dos títulos al mes por cabeza a cambio de una sola tarifa de nueve euros puede comprometer la rentabilidad. Con un sistema de tarifa plana pura freemium es imposible remunerar por lectura efectiva.

Lo contrario también es cierto: disponer de créditos implica que los clientes de la operadora se verán movidos a hacer uso de ellos. Al fin y al cabo el concepto funciona como un ecosistema cerrado que promueve el gasto de los créditos disponibles y permite el gasto adicional. Promueve la lectura, aunque sea de forma indirecta.

Variante “all-you-can-read”

24symbols tiene la intención de ofrecer el servicio Book Club en España y Estados Unidos –todavía en curso de negociación con algunas operadoras– con una variante llamada “all-you-can-read”, es decir, sin límite de lecturas mensuales y, por lo tanto, sin créditos. A cambio de la cuota mensual cada lector podrá leer todo lo que pueda. Safari hace tiempo que usa este modelo y Oyster lo está considerando.

Aunque el planteamiento es arriesgado parte de la base que hay muy pocos lectores que realmente puedan implicar un riesgo económico para 24symbols. Así como el cliente natural de 24symbols es todo aquél que lea al menos un libro al mes –con una cuota mensual de unos 9€– son pocos los lectores –e incluso las familias– que superen dicha media. Por el contrario, este tipo de lector no encontrará atractiva la oferta si se ve demasiado limitado en el número de títulos y decidirá que el servicio no le compensa. No debemos olvidar que la oferta, especialmente en castellano, todavía es relativamente escasa, especialmente en ciertos nichos.

Con esta propuesta 24symbols combina lo mejor de freemium y Book Club. Por un lado ofrece una tarifa plana pura a los lectores con un medio de facturación a cargo de la operadora de telefonía mientras por el otro ofrece a autores y editores una fórmula de remuneración comprensible, fiable y fácilmente trazable.

24symbols cuenta con los modelos de negocio de lectura en la nube más avanzados . Eso es bueno para 24symbols pero suscita varias preguntas de difícil respuesta: ¿a largo plazo es rentable la lectura en la nube? En caso de serlo, ¿para quién? ¿Qué implica la comoditización de la lectura que implica esta forma de leer? ¿La lectura en la nube es incompatible con otros canales y modelos de negocio? Intentaré responder a estas y otras preguntas en la siguiente entrada de esta serie.

Cuando la prensa se viste de puta

SPRINTIA-

No es la primera vez. No será la última. No es el problema más grave que atenaza a la prensa, pero es un claro síntoma –otro más– de su esclerótica situación. Ayer los principales periódicos españoles aparecieron con la misma publicidad del Banco Santander en la portada. ¿Todavía hay quien se pregunta por qué la gente no está dispuesta a pagar por el periodismo de siempre en Internet?

No glosaré aquí y ahora el Götterdämmerung de la prensa de los últimos lustros. Sólo recordaré el desplome en publicidad, en credibilidad, en independencia, en oficio, en ventas, en difusión y en tantas cosas más. Ayer, en los quioscos de España, pudimos ver esto:

PORTADAS_INFO LIBRE

- Imagen: Info Libre -

Bernd Schuster diría aquello de “no hase falta desir nada más”. La prensa se encuentra al borde del precipicio y sigue dando pasos hacia delante. Tan responsables son los grandes anunciantes como los grandes medios. Cada otoño los grandes grupos mediáticos peregrinan a las direcciones de comunicación de las grandes empresas para ver “qué hay de lo mío”. La publicidad como forma de mantener no un negocio –su función natural y lícita– sino un statu quo. La publicidad como compra de favores y hacerse perdonar. La publicidad como contraprestación a una deuda que muchos saben que no pueden devolver. Los bancos y las grandes empresas también lo saben pero juegan con la debilidad de los medios para sacar toda la tajada posible antes de su definitivo hundimiento.

Al Banco Santander esta foto se la trae al pairo. Juega con la desesperación de los periódicos que un día, un nefasto día, decidieron vender toda la portada; no la vendieron como hace un siglo hacía La Vanguardia, con enormes esquelas de necrológico valor informativo –sólo si eres muy importante puedes morirte mucho, no otra cosa es morirse a gran esquela–, la vendieron al primero que pasara por allí con suficiente dinero. No es lo mismo.

Prestar la portada a esa escala es convertir el periódico en valla publicitaria. Ayer daba igual si se vendían o no periódicos, el Banco Santander sabía que su publicidad aparecería durante todo el día en los miles –¿decenas de miles?– de quioscos españoles. Mucho más rentable y rápido que contratar todas las vallas de todas las carreteras del país. Mucho más eficiente que contratar páginas completas en todos esos mismos medios, pues esas páginas sólo las ve quien lee el periódico. Y todos saben, periódicos y anunciantes, que ya (casi) nadie lee el periódico.

Si a cambio la calidad periodística hubiera subido; si supiéramos que a los periodistas se les trata dignamente; si no sospecháramos que a parte de los directores de esos periódicos los ha puesto el político de turno y el resto están porque no molestan; si no fuéramos conscientes que la imagen de ayer es la foto de una bajada de pantalones que empezó hace mucho; si no supiéramos que la gran prensa bajó la cerviz; si todo eso no existiera, si tuviéramos una gran prensa de verdad, la foto sería sólo una anécdota. Pero no es el caso.

Ayer la prensa se vistió de puta en un acto de coherencia que le honra. Hubo excepciones, como siempre. Algunos dirán que ellos no participaron, como de costumbre. Dará igual porque lo harán otro día, sin tanto ruido. En su discreto rincón. Porque incluso entre las putas –profesión respetable– hay clases; las hay de carretera, de esquina, de lupanar y de lujo. Hoy en día a todos los grandes periódicos les pagan para lo mismo, para sonreír a quien paga con informaciones inocuas. Y no, no estoy hablando de los lectores que pagan. Esos hace tiempo que volaron. Y no, esos, no volverán.

24symbols, el elefante en la habitación (2): el modelo de negocio ‘freemium’

Imprimir

- Imagen: 24symbols -

La lectura en la nube consiste en leer un libro digital que siempre permanece en un servidor en Internet; el lector paga por un derecho de acceso a un recurso que nunca será suyo. Es un pago por uso: mientras esté abonado al servicio el lector podrá acceder a toda la oferta. Cuando deje de pagar, se quedará sin biblioteca. La transición de la lectura como propiedad a la lectura como servicio es un camino que está lejos de comprenderse. En este artículo y el siguiente veremos los dos modelos de negocio de 24symbols, los más avanzados en España.

Una empresa, dos modelos de negocio

24symbols aparece en abril de 2011 y es, actualmente, la plataforma de lectura en la nube líder en lengua castellana. Cuenta con un catálogo multilingüe de más de 200.000 títulos de más de 200 editores y con 650.000 usuarios registrados.

Hasta hace un par de años el único modelo de negocio de 24symbols era freemium: todos los suscritos a la plataforma tenían acceso gratuito –free- a una parte del catálogo que se financiaba con publicidad. Los usuarios también contaban con la posibilidad de pagar una cantidad al mes –alrededor de los 9€– para acceder al servicio Premium y, con él, a todo el catálogo.

24symbols cuenta con otro modelo de negocio llamado Book Club fruto de la compra de una participación del 35% de la empresa por parte de la multinacional ZED y se basa en la colaboración con operadoras de telefonía que gestionan los clientes y el pago del servicio mediante la factura del teléfono móvil; del modelo Book Club hablaremos en la próxima entrega de esta serie.

Cómo funciona el modelo Freemium de 24symbols

Como comentábamos, este modelo de negocio combina un servicio gratuito –free– con uno más avanzado –Premium– de pago. Fred Wilson popularizó un concepto que ya existía mucho antes y al que Jarid Lukin bautizó en 2006. Wilson describe el modelo freemium en un artículo de su blog que empieza de este modo:

Give your service away for free, possibly ad supported but maybe not, acquire a lot of customers very efficiently through word of mouth, referral networks, organic search marketing, etc, then offer premium priced value added services or an enhanced version of your service to your customer base.

La oferta gratuita hace que la prescripción entre particulares –boca-oreja– promueva la incorporación de nuevos usuarios free con inversiones de marketing relativamente reducidas. En el caso del modelo freemium aplicado a la lectura en la nube, la teoría dice que cuando los nuevos usuarios se habitúan a leer en la plataforma y les gusta se suscriben al servicio Premium para superar las limitaciones del modo gratuito.

Es el editor quien decide qué libros están en modo free o en modo Premium. Puede poner todo su catálogo en free para que le conozcan para luego ir migrando los títulos a Premium, dedicar una parte del catálogo a cada modo, o encerrarlos todos en Premium. No hay suficiente experiencia todavía para establecer una estrategia clara al respecto, aunque siguiendo el concepto freemium de la plataforma, al menos una parte del catálogo del editor debería estar disponible para su lectura libre.

Los usuarios free deben estar permanentemente conectados a Internet, deben aceptar la inserción de publicidad y sólo pueden acceder a un catálogo limitado pues depende de los editores incluir o no sus libros en la opción de lectura gratuita.

La publicidad en 24symbols es intersticial. Cuando un lector free lee un libro se encuentra con publicidad al principio de cada capítulo. Para leer el libro debe cerrar el intersticial, del mismo modo que sucede en muchas páginas web. Si lee en su móvil lo que verá será parecido a esto:

EJEMPLO PUBLI 24SYMBOLS- Imagen: 24symbols -

Los usuarios Premium pueden leer todo el catálogo, pueden hacerlo incluso sin conexión mediante una memoria caché gestionada por la aplicación de 24symbols que se descarga en el dispositivo del usuario, sus lecturas están libres de publicidad y se puede acceder al catálogo completo. El lector no puede acceder en ningún momento al EPUB descargado en su dispositivo.

La retribución al editor en el modelo ‘freemium’: cuando la complejidad es un problema

Cada trimestre 24symbols distribuye el 70% de sus ingresos entre los editores en función de la cantidad de páginas virtuales leídas de cada título. Todas las páginas, sean del libro que sean, se consideran iguales a efectos de liquidación y se les asigna un precio mínimo por página. En la lectura digital la noción tradicional de página no tiene ningún sentido, pues cada dispositivo mostrará el texto en función de muy variados parámetros. Para 24symbols, 250 palabras equivalen a una página y entiende que han sido leídas si han sido mostradas en el dispositivo del usuario. Esas 250 páginas provienen del entorno analógico y son las que caben aproximadamente en una cuartilla tanto en castellano como en inglés. Si el dispositivo de lectura en el que se reproducen las páginas tiene una altura inferior a los 300 píxeles se considerará que una página equivale a 125 palabras, para adaptarse a móviles con pantallas pequeñas.

El precio mínimo por página se obtiene dividiendo los ingresos totales entre todas las páginas leídas en un trimestre. La cantidad de dinero a repartir –el 70% mencionado– es el resultado de sumar las suscripciones Premium a toda la publicidad genérica del modelo free. Algunos anunciantes son selectivos y sólo quieren que su publicidad aparezca en ciertos títulos y no en otros porque consideran que ciertos temas se ajustan mejor a su producto. Eso incrementa el precio por página de dichos títulos porque esas cantidades ingresadas no se comparten con el resto.

Todas las páginas se remuneran de la misma forma, sean leídas por usuarios free o suscriptores Premium. Cada trimestre se calcula –actualiza– el precio mínimo de página, de modo que el de un trimestre puede no coincidir con el del siguiente, aunque las variaciones no son muy acusadas. El precio mínimo por página será mayor cuantos más usuarios Premium haya en la plataforma y con el aumento de la publicidad. De este modo el valor añadido se transfiere de lectores y anunciantes a los autores y los editores, que ven mejor recompensada su obra.

Esta forma de liquidación no entra en conflicto con el precio fijo que prescribe la Ley del Libro porque es equiparable a una comunicación pública, no a la venta de contenidos. Desaparece la noción de precio del libro porque el de las páginas virtuales cambia cada trimestre en función de los factores señalados. Esto puede estar muy bien para 24symbols, es muy cómodo para los lectores, pero es un problema para autores y editores.

Sobre el papel, este modelo de retribución a los editores es equitativo, todos los títulos ganan si la plataforma gana, porque el precio mínimo por página sube para todos –y baja para todos cuando es el caso. El problema es que es muy complejo, mucho más que los modelos de retribución tradicional que contienen los contratos de cesión de derechos ente autores y editores. Eso crea resistencias naturales entre autores y editores porque según su punto de vista:

  • Es (casi) imposible contar libros vendidos: en primer lugar porque no se venden por unidades y en segundo lugar porque lo que se cuentan son páginas virtuales que raramente van a coincidir con las analógicas. El único modo que tiene un editor de informar a un autor de cuántos libros ha “vendido” en la nube bajo el modelo freemium es sumar el total de páginas virtuales leídas de ese título en un trimestre y dividirlas por la cantidad equivalente de páginas virtuales que tiene el título en cuestión –esa cantidad siempre será fija.
  • Cada trimestre cambian los honorarios: en caso de poder llegar a contar el equivalente de libros vendidos, editor y autor se encontrarán con que la retribución al autor cambia cada trimestre porque el precio mínimo por página también lo hace. En un entorno de precio fijo como el español un porcentaje siempre equivale a una cantidad fija por cada venta en librería, ya sea analógica o digital. Pero eso no sucede en la lectura en la nube bajo modelo freemium.
  • Se complican mucho las liquidaciones a los autores: a la mayoría de autores les cuesta aceptar las remuneraciones basadas en la lectura de páginas virtuales y no en la venta de títulos, lo ven como una entelequia. Si además autor y editor han trasladado los porcentajes tradicionales al modelo freemium se encontrará con liquidaciones ridículas en caso que se hayan leído muy pocas páginas en total.

En un hipotético mercado maduro del libro digital el modelo freemium tendrá mucho más sentido. Actualmente, con la cesión de derechos en plena adaptación al entorno digital, es muy difícil que dicho modelo prospere. Aunque el público responda –y parece responder– el negocio sólo es viable a medio y largo plazo si autores y editores confían y apuestan por él, alimentando el catálogo y haciendo cada vez más atractiva la lectura en la nube. Parece que el modelo de negocio freemium será más adecuado en un mercado con menos incertidumbre. En la siguiente entrega de esta serie hablaremos de Book Club, el modelo de negocio que mejor se adapta a los usos editoriales tradicionales y que parece tener más futuro a corto y medio plazo.

Quim Monzó tiene razón, pero se equivoca

Quim_Monzo_36- Imagen original: Wikipedia -

El pasado día 23 de enero, el escritor y periodista Quim Monzó denunciaba, en su columna en el diario La Vanguardia, el pirateo de buena parte de su obra por parte de una web llamada Epub.cat. El escritor cerraba su artículo diciendo “Y aún hay gente que a veces me pregunta: ‘¿Cómo es que hace tiempo que no publicas ningún nuevo libro?’. Pues mira, precisamente por esto”.

Epub.cat, una web ilícita

Epub.cat es una web ilícita que esconde sus actividades bajo un manto de altruismo y fomento de la cultura catalana. Impulsan la digitalización de todo tipo de obras, con y sin derechos de autor, aunque digan lo contrario en la página en la que informan de su Normativa:

Aquesta web no té cap afany de lucre ni conté cap tipus de material que estigui sotmès a drets de propietat intel·lectual, ja que tots els recursos emprats s’han obtingut de pàgines públiques d’Internet, de forma que el material es considera de lliure distribució. En cap article legal es menciona la prohibició de compartir material lliure, per la qual cosa aquest lloc no infringeix la llei. La web no es fa responsable de qualsevol material enllaçat des de la mateixa, ja que són aportacions realitzades per editors externs i no tenen cap vinculació amb la web. És, per tant, responsabilitat exclusiva de l’usuari final que l’ús que en faci compleixi la legalitat vigent i haurà de respondre davant els possibles propietaris dels drets de propietat intel·lectual.

Como Quim Monzó dice en su artículo, la página contiene o enlaza un buen número de obras sujetas a propiedad intelectual, once de las cuales son suyas. Dicho material no es libre y está protegido por los mismos “artículos legales” que mencionan. No hacerse responsables del uso del material enlazado no sólo es cínico, con las recientes modificaciones de la Ley de Propiedad Intelectual –que tanto daño ha hecho en otros ámbitos– es ilegal y cualquier día les cerrarán el chiringuito; eso es lo que creo que debería suceder con este tipo de páginas.

Más allá de los aspectos legales, los administradores y participantes en Epub.cat arguyen algo a tener en cuenta:

La finalitat d’aquesta Web és fomentar l’edició de qualitat en llengua catalana amb els nous formats digitals dels llibres electrònics. Aquesta web recull les aportacions de terceres persones que editen textos seguint les pautes de qualitat establertes. […].

[…]

Més enllà dels aspectes legals, pensem que la millor manera de defensar el que és nostre, la cultura catalana, és recolzar els legítims propietaris dels materials, per aquesta raó, si hi ha res que trobis en aquest lloc que t’agradi i estigui a la venda, compra-ho. T’ajudaràs a tu mateix i a la nostra llengua.

Las intenciones son nobles, los medios parecen adecuados, pero el resultado es legalmente mejorable. Con la montaña de documentos de dominio público en catalán pendientes de digitalizar es muy cuestionable empezar su altruista labor por los que están sujetos a derechos. Es sorprendente que los administradores de Epub.cat no mencionen este extremo y se sacudan las pulgas: podrían trabajar mejor por la cultura que dicen defender –que es la mía y también defiendo– fomentando la digitalización de obras libres de derechos e impidiendo el alojamiento de contenidos y enlaces ilícitos. Pero no lo hacen.

Quim Monzó tiene razón, pero se equivoca

Los administradores de Epub.cat tienen razón cuando dicen que hay que fomentar la edición –de calidad– en los nuevos formatos digitales, algo que demasiadas veces ni editores ni autores parecen dispuestos a llevar a cabo.

De los once libros de Quim Monzó que podemos encontrar en Epub.cat –No plantaré cap arbre, Mil cretins, Hotel Intercontinental, Olivetti, Moulinex, Chaffoteaux et Maury, El dia del señor, El millor dels mons, El tema del tema, Zzzzzzzz, Tot és mentida, El perquè de tot plegat, Benzina– sólo el último puede adquirirse legalmente en formato digital. Todos han sido editados por Quaderns Crema, sello que no tiene especial aversión hacia el libro digital aunque disponga de un magro catálogo en dicho formato.

Quim Monzó ha manifestado de forma reiterada su negativa a digitalizar sus libros escudándose en la piratería. La ironía del caso es que eso no ha protegido su obra. Siempre habrá gente animosa y con mucho tiempo libre dispuesta a escanear todas las páginas de un libro de papel, pasarlas por un programa OCR, corregir las erratas que hayan podido quedar y convertirlo todo a formato EPUB. Que alguien dedique tantas horas de trabajo por amor al arte, aunque sea el arte ajeno sujeto a derechos, merece una reflexión. No es ilegal hacerlo si es para consumo propio –como no es ilegal hacer una copia de un CD para uso privado– pero la facilidad con la que podemos compartir cualquier cosa en la red hace que muchos crean que, ya que disponen del fruto digital de su esfuerzo, lo mejor es compartirlo en un ejercicio de altruismo mal entendido. Ni justifico ni comparto dicho comportamiento, pero lo entiendo.

Quim Monzó tiene razón en denunciar y perseguir la piratería de Epub.cat pero el escritor se equivoca si a causa de la piratería deja de escribir, de publicar y de hacerlo, además, en digital. Viendo lo fácil que es encontrar una versión digital pirata de un libro que sólo está en papel, ¿no sería mucho más lógico que autor y editorial ofrecieran al público la obra digital? En los años ochenta nadie dejó de escribir ni publicar porque se pudieran fotocopiar libros.

La lucha contra la piratería no sólo debe consistir en la represión legal de comportamientos ilícitos, también debe pasar por el aumento del catálogo digital de las editoriales para que los millones de lectores que compramos y leemos en papel y en digital podamos elegir el formato que mejor se acomode a nuestra forma de leer. No tiene sentido castigar a los lectores que hacen las cosas bien negándose a publicar y a editar la propia obra en formato digital. Es tan imposible comprar un libro digital que no existe como vivir de una obra que no se publica.

24symbols, el elefante en la habitación (1): Internet.org

Imprimir- Imagen: 24symbols -

No es muy habitual que una empresa tecnológica española del sector del libro sea seleccionada por una gran multinacional para participar en un gran proyecto internacional. Estamos acostumbrados a hablar de los de siempre –Telefónica, Planeta, Prisa– incluso por cuestiones menores, por eso sorprende el poco caso que los medios generalistas han prestado a la participación de 24symbols en el proyecto Internet.org.

El único gran periódico generalista español que ha escrito un artículo sobre el acuerdo entre 24symbols y Facebook ha sido El Periódico, dentro de su noticia dedicada a Internet.org. La Vanguardia y El Confidencial se han limitado a reproducir la nota de la Agencia EFE descargando la responsabilidad en la entidad que firma –la propia 24symbols– en un ejercicio de dudoso rigor periodístico; se supone que el periodismo profesional debe interpretar la realidad mejorando, contrastando y completando la información de las distintas fuentes. Un medio habitualmente atento a las noticias del sector como Diario Turing, de Eldiario.es, tampoco lo menciona. Sí dedica un artículo a la iniciativa de Zuckerberg de leer un libro cada quince días en 2015 mientras soslaya el acuerdo entre la empresa española y Facebook.

La importancia de Internet.org

Hay noticias cuya relevancia no puede depender del tamaño de la empresa española participante –24symbols es un enano en comparación con Planeta o Telefónica– sino de la importancia objetiva del proyecto. Internet.org echó a andar en agosto de 2013 y sus principales impulsores, además de Facebook, son Ericsson, MediaTek, Nokia, Opera, Qualcomm y Samsung.

Pero, ¿Qué es Internet.org? En sus propias palabras (traducción propia del original inglés):

Internet.org es una iniciativa global en la que participan líderes tecnológicos, entidades sin ánimo de lucro y comunidades locales con el objetivo de ofrecer acceso a Internet a los dos tercios de la población mundial que actualmente no disponen de él.

El 85% de la población mundial tiene acceso a telefonía móvil mientras que sólo el 30% tiene acceso a Internet. Internet.org ofrece una aplicación gratuita que permite el acceso, también gratuito, a una selección de servicios de información y comunicación. El proyecto, presentado la semana pasada en Colombia, ya se materializó el año pasado en Zambia mediante la colaboración con la operadora local Airtel.

Los servicios ofrecidos en Colombia son, además de 24symbols, 1doc3, AccuWeather, Agronet, BabyCenter & MAMA, Facebook, Girl Effect, Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación, Messenger, Mitula, Para la Vida, Su Dinero, Tambero.com, UNICEF, Wikipedia y YoAprendo. La compañía telefónica colombiana que participa en el proyecto es Tigo y forma parte de la multinacional de la telefonía Millicom.

El papel de 24symbols

24symbols aportará su aplicación de lectura a los usuarios de Internet.org en Colombia. Dichos usuarios no podrán leer gratuitamente todo el catálogo de 24symbols –más de 200.000 títulos–, pero sí podrán acceder a los 10.000 títulos gratuitos, en castellano e inglés, que ofrece la empresa española.

Es importante tener en cuenta que 24symbols no sólo ha sido seleccionada para Colombia y para la lectura en castellano sino en todos los países y lenguas en los que va a operar Internet.org y para ello 24 symbols ya cuenta con 60.000 títulos en alemán, italiano, inglés y ruso.

Gratuito no significa altruista

Internet.org es una iniciativa gratuita y permitirá el acceso a un enorme caudal de información y servicios a centenares o miles de millones de personas. Si todo va bien eso redundará en su bienestar y en su desarrollo, cambiará sus vidas y la de sus comunidades del mismo modo que el acceso a la telefonía móvil cambió la vida de millones de personas en los años noventa del siglo XX. Pero Internet.org no es una propuesta altruista y las empresas que participen en el proyecto tendrán una incomparable oportunidad de negocio. Pondremos tres ejemplos:

Tigo / Millicom. La compañía telefónica que colabora con Internet.org en Colombia –y el grupo al que pertenece– es una de las empresas que más se beneficiará. Para disponer de acceso gratuito a Internet.org hay que tener un móvil y una línea telefónica –lo cual excluye a los pobres más miserables, pero ese es otro tema– aunque sea con tarjeta prepago sin saldo. El simple hecho tener la exclusiva le ofrece a Tigo una gran ventaja. Su objetivo a corto plazo es aumentar cuota de mercado gracias a una ventaja competitiva (casi) imposible de igualar por sus competidores. A más largo plazo el objetivo debe ser convertir parte de los clientes que disfrutan del servicio gratuito en clientes que paguen por una tarifa de datos completa.

Facebook. La rentabilidad de la empresa de Zuckerberg se basa, entre otras muchas cosas, en la publicidad. El público que se conecte mediante Internet.org y abra una cuenta en Facebook será el destinatario de dicha publicidad. Debemos contar con el efecto Mateo en redes sociales: el ganador se lo lleva (casi) todo y lo que queda para las redes sociales competidoras es marginal –véase si no Google+ respecto Facebook.

24symbols. Cuando millones de personas se conectan por primera vez a un servicio de forma gratuita mediante una selección de servicios, dichos servicios se benefician del anclaje inicial. 24symbols se beneficiará del hecho de ser el primer servicio de lectura digital con el que entrarán en contacto millones de personas, muchas de las cuales ni siquiera dispongan de una librería, una biblioteca ni puedan permitirse comprar un e-reader o una tablet. Tarde o temprano una parte de los usuarios de 24symbols querrán leer libros nuevos o libros que no estarán disponibles gratuitamente y pasarán a ser clientes directos de la empresa española –o a contratar el servicio de datos con su compañía telefónica que incluya los servicios de 24 symbols.

La de Internet.org en general y la de 24symbols en particular es una inversión a medio y largo plazo. Están ofreciendo acceso gratuito a cambio de un futuro negocio en una operación freemium que, si todo va bien, puede dar muy buenos resultados a cambio de soportar unos costes muy reducidos al contar con la infraestructura creada. No se trata de invertir, se trata de sacar más jugo a lo ya invertido.

Si en la operación participaran Nubico y/o Telefónica todos los medios hubieran sacado a pasear el bombo y el platillo. No ha sido así. Lo que debemos preguntarnos es por qué en una operación como esta no están, precisamente, ni Telefónica ni Nubico, cuando se supone que su alianza estratégica estaba pensada precisamente para eso. Puede que el motivo sea que el catálogo de Nubico sigue siendo demasiado pequeño, que su aplicación de lectura no está tan desarrollada como la de 24symbols y que su modelo de ingresos no haya madurado lo suficiente. Puede que el problema sea de enfoque estratégico de Telefónica –su sucursal en Colombia también se ha perdido el negocio. Puede que muchos se fijen demasiado en el ratón que se esconde en el pabellón y sean incapaces de ver el elefante en la habitación.

En el próximo artículo hablaré sobre el modelo de negocio de 24symbols, de la lectura en la nube y de su rentabilidad.

“Recuérdame que no vuelva nunca más al cine”

LUMIÈRE-

Sábado por la tarde. Tras una de las semanas más difíciles de mi vida decidí ir al cine con una buena amiga para distraerme. Ella propuso ir a ver The Babadook; pese a tratarse de una buena película a media sesión le dije: “recuérdame que no vuelva nunca más al cine”.

Ir al cine era un suave y agradable anacronismo, una experiencia algo más especial que ver el cine en casa. Ir al cine tenía algo de ritual, algo que compensaba el cúmulo de disfunciones que la habitual experiencia de usuario ofrecía. Ayer fue diferente.

Al llegar ante las taquillas me sorprendió el precio de las entradas de hasta 9,50€. Me sorprendió la cola para comprarlas, más de diez minutos. Me sorprendió que las únicas máquinas expendedoras sólo permitieran sacar entradas ya compradas por Internet. Me sorprendí al pensar que ya había perdido el hábito de comprar las entradas para el cine con antelación.

Lo más sorprendente fue lo que sucedió en el interior del cine. En la sala reinaba cierto jolgorio. El público era mayoritariamente adolescente o bastante joven; recordé que ir al cine en grupo a esas edades incluye una dosis de desbarre que acostumbra a remitir al empezar la proyección.

Cuando empezó la película el ruido remitió, sin apagarse del todo. Dominaba el crujir del papel de celofán de caramelos, el de las patatas fritas del vecino de atrás y el sorber la bebida de algo más allá. Supuse que tras cinco o diez minutos la sinfonía terminaría como de costumbre. Empezó otra.

Tres grupos de adolescentes –alguno ya no lo era tanto– empezaron a comentar la película como si estuvieran en su casa. Detrás de nosotros un par de niños también hablaban sin que sus padres les dijeran nada. No muy lejos, un par de chicas hablaban de sus cosas. Debíamos llevar media película cuando le dije a mi amiga las palabras con las que he titulado este artículo. Ella asintió sin sorprenderse. La única diferencia entre ese cine y cualquier bar con televisor era el tamaño de la pantalla, la oscuridad y no poder pedir bebidas.

¿Un caso aislado? ¿Mala suerte? Ese no es el problema

Hace años los cines se preocupaban por la calidad del servicio que prestaban aunque la única posibilidad de ver cine con la calidad del cine era ir al cine. El cine no era caro ni barato, era el precio del cine, no había otra opción. En la tele hacían películas, claro, pero la mayoría tenían más de cinco años –habitualmente diez o más– la calidad de imagen era la de los televisores de la época, no había estéreo ni mucho menos “Dolby surround” y siempre las cortaban con anuncios. Hoy, sin salir de los canales en abierto, lo único que sobrevive son los cortes de los anuncios –eso si no vemos La1 o La2 de TVE– mientras que el sonido del común de los televisores es mucho más que aceptable, la alta definición es habitual, el tamaño suele exceder las treinta pulgadas y en casa muchos tienen un sistema de sonido Home Cinema. Si además tenemos contratado algún servicio de televisión por fibra óptica o bien usamos algo parecido a Apple TV, la experiencia del cine en casa ya puede ser igual que la de ir al cine de verdad.

Negocios analógicos que dejan de cuidar el producto

Yo seguía yendo al cine porque la experiencia de visionado de la película era completamente inmersiva y seguía siendo sensiblemente mejor que en mi casa. Pero voy a dejar de ir. El problema no es el comportamiento del público –no soy un abuelo cebolleta rajando del público joven– pues creo que si antes no nos comportábamos así en los cines no era porque fuéramos mejores personas sino porque había el peligro real que nos echaran fuera.

El problema es que en los cines ya no se cuida le experiencia del cliente o bien han decidido fomentar otro tipo de experiencia que a muchos no nos gusta. Se han esforzado tanto en convertir el cine en el salón de casa –palomitas, caramelos, bebidas, comida– que lo único que les faltaba es no coartar el comportamiento de su clientela. Algunos creemos que para eso no vale la pena ir al cine. En mi casa contrato la película que quiero a un precio bastante inferior y da igual si estoy solo o somos veinte; puedo comer, beber y hablar de lo que me venga en gana y puedo parar la película para ir al baño o a la cocina. Es tan cómodo y barato que ni siquiera tengo la tentación de piratear nada.

Para mí es un misterio el por qué los exhibidores cinematográficos han dejado de cuidar su producto en un momento en el que deberían hacer lo contrario. Lo mismo han hecho los grandes grupos de comunicación con sus periódicos. El público va cada vez menos al cine, compra cada vez menos periódicos y revistas. Los primeros culpan a la piratería mientras los segundo culpan a Google. Parece que no van mucho a sus propios cines ni leen sus propios periódicos. Hace años dejé de comprar el periódico. Ahora he decidido dejar de ir al cine.