OpenDyslexic: el libro digital nos hace iguales

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– Imagen: opendyslexic.org

Vivimos un cansino revival de la lectura organoléptica, de la magia del tacto del papel, de lo subyugante del aroma de la tinta y de lo inmarcesible de una tradición centenaria. Se nos dice, mediante libros tan superficiales como su título, que la lectura en papel nos hace libres y la lectura digital nos hace tontos.

Mucha pereza intelectual envuelve esa impostura que entiende el libro como un objeto cuando debería ser entendido como un proceso. El libro es proceso cognitivo y su manifestación física es un accidente industrial, un imperativo físico para su producción y distribución. Entender lo contrario es caer en un animismo que cercena las posibilidades del libro, sea este de arcilla, papiro, pergamino, papel o digital. El libro de papel nos hizo más libres –el aumento exponencial de la producción gracias a la imprenta contribuyó a la conquista de los derechos que ahora disfrutamos– pero el libro digital nos hará iguales. O, al menos, reducirá ciertas diferencias.

Dislexia y libro digital

La dislexia es la dificultad en la lectura que dificulta la correcta comprensión de los textos. Es un trastorno de complejo tratamiento y que afecta profundamente la vida de quienes la padecen. Quienes leemos con normalidad no nos damos cuenta de lo difícil que es la vida de cualquier persona con dificultades de comprensión lectora. En 2012 apareció OpenDyslexic, una tipografía especialmente pensada para disléxicos. Es de código abierto y se puede instalar en todo tipo de dispositivos. Los e-readers de Kobo la incorporan desde hace tiempo y recientemente OverDrive, el mayor distribuidor de libros digitales de Norteamérica, anunció que la incorporaba en sus aplicaciones de lectura. OpenDyslexic no es una panacea, no es como ponerle gafas a un miope, pero facilita mucho la vida de cualquier disléxico. Con ella todos los documentos digitales son más accesibles y de comprensión más fácil.

Tontería y libro de papel

Para un disléxico un libro de papel impreso en una bonita tipografía Georgia puede ser un tedioso reto. Ya podemos cantarle las excelencias de la magia del tacto del papel, lo subyugante del aroma de la tinta y parecidas fruslerías. Que sí, que la tradición es centenaria pero eso, a él, no le facilita la lectura. El libro digital puede facilitar la vida a muchas personas con deficiencias visuales y de comprensión lectora. Podemos ampliar el texto hasta límites que a los que vemos con normalidad nos parecen absurdos. Podemos usar tipografías que a los que comprendemos normalmente los textos nos pueden parecer extravagantes. Podemos disfrutar de software de lectura automática si nada de lo anterior funciona.

Todo esto puede parecernos exótico pero, por favor, que nadie vuelva a cantar las excelencias de una tecnología, la del libro analógico, que deja colgados a un montón de lectores. Además de injusto, es de una incultura indecente. Una incultura en la que caen, todavía, un montón de editores que se niegan a editar en digital por razones ‘de consciencia’. No sólo pierden potenciales clientes, además hacen un flaco favor a quienes no han tenido la suerte de nacer con todos los sentidos en su sitio para los que la lectura digital sólo tiene ventajas.

La digitalización del aula y cómo enseñamos a pensar

BOMBILLA

El uso de la tecnología en clase está lejos de estar resuelto. El debate gira alrededor de dos ejes: qué tipo de tecnología debe promoverse y en qué grado. ¿Permitimos el uso de los móviles en clase? ¿articulamos toda la formación entorno la tableta o el portátil de cada alumno? ¿la actividad en clase debe estar permanentemente conectada a Internet?

Hace unos años, cuando en este país todavía quedaba dinero para extravagancias, algunas administraciones públicas decidieron poner el carro delante del burro comprando portátiles para todos los alumnos. Pronto se agotó el champán, se fue el dinero y se terminó la tontería; se compraba tecnología sin saber como se usaría y sin disponer, todavía, de suficientes contenidos digitales. Bajo tal dispendio corría otro debate más interesante acerca de la degradación de la enseñanza.

Parece que la chavalada llega cada año más lerda a la universidad y eso sucede por varias causas: muchos jalean la ignorancia –pongan la tele cualquier tarde– y cuando son convocados por el tutor se ponen de parte del insufrible retoño, la calidad de las nuevas hornadas de maestros de escuela es discreta y en este país cada gobierno manosea la educación para arrimar el ascua a sus prejuicios. Así nos va.

El sistema necesita rehacerse de cabo a rabo pero como eso da mucho trabajo y exige una altura de miras de la que carece la mayor parte de la clase política que padecemos todo el mundo prefiere perder el tiempo en impaciencia, histeria y accesorios.

¿Cuánta tecnología necesitamos en clase? Sir Richard Dawkins tiene algo interesante que decir al respecto (UNA CURIOSIDAD INSACIABLE. Tusquets Editores SA, Barcelona 2014. Pág. 151-152):

[…]. El propósito de una clase en la universidad no debería ser impartir información. Para eso ya hay libros, bibliotecas y ahora Internet. Una clase debería inspirar y suscitar la reflexión. […]. Un buen profesor pensando en voz alta, reflexionando, meditando, repitiendo para aclarar una idea, captándola después de un momento de duda, variando el ritmo, parándose a pensar, puede ser un modelo de cómo pensar sobre un tema y cómo transmitir una pasión intelectual. Si un profesor se limita a emitir información como si estuviera leyendo, los estudiantes podrían ahorrarse sus clases y obtener la información por sí mismos de la lectura de un libro (posiblemente escrito por el mismo profesor).

[…] empeñarse en anotar cada frase del profesor […] es inútil para el estudiante y desmoralizante para el profesor.

Dawkins afirma que los alumnos no deberían tomar apuntes en clase de esa manera mecánica que todos hemos practicado. Estoy de acuerdo con él. Demasiados profesores abusan de ese recurso; algunos se limitan a leer unos añejos apuntes que son copiados por sus alumnos perpetuando una rueda demencial que gira desde quién sabe cuándo.

Nadamos en información y, al menos en el primer mundo, las posibilidades de acceder a ella están garantizadas. Cuando yo era pequeño había pocas bibliotecas, muchos niños no tenían libros en su casa e Internet estaba por inventar. Hoy disponemos de una muy buena red de bibliotecas, muchos niños siguen sin tener libros en casa pero hoy sí disponemos de Internet. Si los profesores universitarios y maestros de escuela se limitan a transmitir información no sólo estamos tirando el dinero sino que además desperdiciamos una gran oportunidad para enseñar a pensar. Puede que en mi niñez y la de mis padres y abuelos fuera necesario dedicar el tiempo a transmitir información. Hoy no lo es.

No dudo que las herramientas digitales tienen un lugar en clase y que los maestros pueden apoyarse en ellas para ilustrar sus lecciones. Creo que lo mejor que le puede suceder a un alumno es un buen profesor y lo mejor que podemos hacer es simplificar su tarea para conseguir transmitir pasión intelectual. Sin bolígrafos, sin móviles, sin tabletas y sin portátiles. Todo eso tiene una función muy importante en la adquisición de conocimientos pero no es necesario para aprender a pensar. Nunca lo ha sido.

Otra cosa es qué hacemos con la calidad del profesorado pero… nadie dijo que fuera fácil.

Røter colabora con el concurso de relatos cortos ‘Bibliorelats’

Cartell Bibliorelats– Cartel del concurso ‘Bibliorelats’ –

Røter colabora con el colectivo ‘Reusenques de Lletres’ y el Servicio de Bibliotecas de la Generalitat de Catalunya en el concurso de relatos cortos ‘Bibliorelats’ en el marco del ‘Any de les Biblioteques’. El hub editorial Røter permite presentar, dar formato y publicar los relatos de los participantes, así como llevar a cabo las labores del jurado.

A las 19:00 horas de hoy, en la biblioteca pública Xavier Amorós, de Reus, tendrá lugar la presentación del concurso de relatos ‘Bibliorelats’ que organiza el colectivo ‘Reusenques de Lletres’ y el Servicio de Bibliotecas de la Generalitat de Catalunya. Los participantes deberán publicar, mediante una adaptación de la plataforma Røter, un relato en lengua catalana de entre 5.000 y 5.500 caracteres, espacios incluidos. El tema del relato es ‘la biblioteca y los bibliotecarios’. No hay límite de edad para participar en el concurso.

El período de admisión de originales finaliza la medianoche del 10 al 11 de mayo y el veredicto se hará público el 22 de mayo de 2015. En septiembre, durante la Setmana del Llibre en Català, se presentará un libro con la selección de los mejores relatos editado por Arola Editors. El jurado está formado por Carme Andrade, Carme Fenoll, Fina Masdéu, Lena Paüls i Victòria Rodrigo.

La contribución de Røter a ‘Bibliorelats’

Røter ha puesto a disposición de los organizadores del concurso su plataforma con un doble objetivo: permitir a los participantes la presentación sencilla y neutra de los relatos y ofrecer al jurado una herramienta colaborativa de selección y valoración:

  • Presentación de los relatos: cada participante debe registrarse, incluyendo un pseudónimo para garantizar la neutralidad del proceso, y cumplir unos sencillos pasos para presentar y publicar el relato. Durante el proceso, además, puede descargarse su propio relato en formato EPUB y PDF tantas veces desee para estar seguro que ha quedado bien. La plataforma cuenta con un contador de caracteres que asegura que sólo se presentan aquellos relatos que cumplen con las bases del concurso.
  • Proceso de valoración: el jurado tiene acceso a un área privada donde pueden leer los relatos y descargarlos en EPUB y PDF. También pueden realizar comentarios sobre los relatos y valorarlos del 1 al 10, valoraciones que la plataforma promedia para ir estableciendo una clasificación. De esta forma no es necesario que el jurado se reúna para llevar a cabo su labor y puede trabajar desde cualquier dispositivo con conexión a Internet.

Las principales bondades del sistema están en que permite igualar las condiciones de presentación de los relatos. En los concursos es habitual que, aun contando con estrictas condiciones de presentación –cuerpo de letra, tipo, espaciado, etc.– aquellos participantes con más habilidades logren una mejor valoración. Mediante Røter todos los participantes tienen las mismas oportunidades pues es la plataforma la que iguala la maquetación de todos los relatos.

También simplifica las labores del jurado automatizando una serie de tareas que de otro modo deben hacerse a mano y de forma presencial. Pueden realizarse cribas sucesivas, descartar los que en una primera ronda no hayan alcanzado determinada puntuación, compartir comentarios acerca de los relatos y llevar a cabo, en suma, una labor de jurado mucho más analítica y ecuánime.

Finalmente, el uso de Røter en este concurso abre la posibilidad que todos los relatos presentados, hayan sido o no seleccionados para el libro recopilatorio, pasen a formar parte del fondo de la biblioteca pública digital del Servicio de Bibliotecas de la Generalitat –de próxima puesta en marcha– pues ya estarán en formato EPUB. Este es un extremo que, en todo caso, corresponde a los gestores del mencionado Servicio.

Más información: ‘Bibliorelats’

Tras la senda de la deslocalización de la traducción literaria

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El pasado 10 de febrero Penguin Random House en España comunicó a los traductores con los que suele trabajar una bajada unilateral de las tarifas sin posibilidad de negociación. Sin ser los primeros –RBA y Grupo Planeta llevan tiempo haciendo cosas parecidas con sus colaboradores– sí han levantado la liebre de un problema que va mucho más allá de una cuestión de tarifas y de un abuso de posición dominante.

Los editores que sacrifican la calidad de las traducciones se hacen un flaco favor a sí mismos y a sus lectores pero en este artículo no me centraré en la calidad literaria sino en las tendencias de la industria. La traducción literaria española está inserta en una industria que hace tiempo que muestra una clara tendencia a deslocalizar todos los servicios posibles. PRH y compañía no bajan las tarifas sólo porque su tamaño y poder de coerción se lo permitan: pueden porque tienen alternativas.

Según desvelaba recientemente la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores de España, la sucursal de Penguin Random House en Barcelona comunicó a los traductores con los que usualmente trabaja una reducción unilateral de tarifas: Susan Bernofsky, que aporta algo más de información que la propia ACE, lo cuenta así en su blog:

On February 10, 2015, Penguin Random House’s headquarters in Spain sent around an e-mail to all the translators whose work it publishes informing them that the rates paid for literary translations would be decreased starting on February 16, 2015. According to Carlos Fortea, president of ACE Traductores […], further correspondence with PRH representatives revealed that rates would be decreased between 6% and 15% depending on genre (fiction, nonfiction, etc.), and that the policy shift was non-negotiable.

Aurora Humarán, presidenta de la International Association of Professional Translators and Interpreters, también se opone a la exigencia de PRH porque dice que afectará a la calidad. Tal como indica en su carta de protesta en solidaridad con los traductores españoles:

The fact is that it takes many years to train and develop a translator who, in the end, contributes thousands of readers to your value chain, even creating new consumers from childhood. On the other hand, it might take only a few months to convince translators who are shown so little appreciation for their invaluable task to find work in another field with more reasonable prospects and remuneration.

En ACE Traductores también ven la bajada unilateral de tarifas como un problema centrado en la calidad. Así reza el penúltimo párrafo de su comunicado:

Una política de bajas remuneraciones solamente puede redundar en un empeoramiento del producto que llega a las manos del lector. El profesional que cobra menos es un profesional que tiene que trabajar más horas para mantenerse, y eso solo conduce a un descenso de la calidad, al que los traductores nos negamos por razones éticas, profesionales y culturales.

Unir la remuneración a la calidad es un argumento comprensible pero se olvida que el español es un idioma hablado por más de cuatrocientos millones de personas. El mercado español de la traducción no comprende sólo España; en América Latina hay muchos y muy buenos traductores que trabajan a un precio sensiblemente menor que el peninsular. Los grandes grupos lo saben y tienen alternativas más baratas tal como se desprende de la lectura de este párrafo de un artículo aparecido en el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires:

[…] una traductora peninsular que, por temor a represalias, pidió mantenerse en el anonimato, envió en forma privada al mail del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires el siguiente texto: “Con la compra de Alfaguara, Madrid envió a un ejecutivo a Barcelona. El tío, prepotente, ordenó bajar los costos un 10%. Encima, cuando vio las tarifas de los traductores de Barcelona opinó que se les había terminado el bien vivir. En Madrid se cobra menos y por tanto, amenazó a los de Barcelona con que, si no bajaban los precios, las traducciones se harían en Madrid. Unos aceptaron y otros no, pero al hombre le dio lo mismo porque bajó las tarifas por ‘decreto’. El próximo paso es que, si no bajamos la cabeza, las traducciones pasan a hacerse en Sudamérica”.

Bajen o no la cabeza, tarde o temprano la mayor parte de las traducciones pasarán a hacerse en América Latina. Las tarifas, en España, sólo podrán bajar hasta un punto por debajo del cual ya no será rentable ni siquiera encender el ordenador. Los traductores españoles, al menos muchos de ellos, pasarán a dedicarse a otra cosa porque con las tarifas de México, Colombia, Argentina o Chile apenas se puede vivir en España. Así de sencillo. Hace treinta años se deslocalizó la industria textil española y dejó de ser rentable fabricar la ropa aquí. Hace más de un lustro que los grandes grupos mandan buena parte de sus libros a imprimir a China. Dentro de poco esos grandes grupos mandarán sus traducciones a América Latina. Bueno, de hecho llevan mucho tiempo haciéndolo, aunque de una forma bastante peculiar, según cuenta Jorge Fondebrider[1], traductor argentino y editor del mencionado blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires:

La práctica de traducir para España es, para los traductores latinoamericanos, muy vieja. Somos claramente más baratos. Mi propia experiencia se remonta a los últimos veinte años. Sistemáticamente he traducido basura (nunca buenos libros) para editoriales grandes, medianas y pequeñas, que me han pagado significativamente menos que a los colegas españoles. Por darte un caso, donde ustedes cobraban 12 euros la cuartilla, a mí me pagaban entre 8 y 7. La explicación que siempre tuve fue que, a pesar de todo el cuidado que puse para “sonar” español, tuvieron que invertir en correctores de estilo para españolizar mi traducción, como si los lectores españoles fueran idiotas y no pudieran leer otras variedades de la lengua. La cosa no se reduce al léxico, sino, lo que es mucho peor, a la prosodia. Y ahí he visto desdibujarse textos que, en ocasiones, me tomé el trabajo de hacer sonar como correspondía. Ahí hay otro problema, porque, muchas veces, para justificar su presencia, el corrector de estilo ha alterado la traducción introduciendo cambios innecesarios (“cara” por “rostro” y “rostro” por “cara”, “ir a comprar pan” por “ir a por pan” que no funciona en ningún otro lugar más que en España) y, en más de una oportunidad, errores que no cometí. Por esa razón, porque el nombre que aparece es el mío y no el del corrector o el del editor, desistí de seguir firmando con mi nombre y empecé a multiplicar los seudónimos.

La bajada de tarifas no es un problema eminentemente literario o artístico. Eso sólo es la punta del iceberg. Lo verdaderamente importante es la tendencia que hay tras esa bajada. Las editoriales que puedan van a seguir deslocalizando todas las actividades posibles a aquellos países donde encuentren el talento a un precio más barato que el peninsular. Ya lo están haciendo –y seguirán en ello con mayor empeño– las grandes editoriales que tratan su producto con mentalidad industrial pero no debería sorprendernos que a medio y largo plazo también lo hagan las medianas y pequeñas editoriales. Para los grandes es una cuestión de mejorar sus márgenes; para los pequeños puede tratarse de una cuestión de supervivencia.

La deslocalización del grueso de las traducciones llevará parejo la paulatina pérdida de la centralidad del dialecto peninsular en las industrias culturales hispanohablantes. Poco a poco se irá imponiendo una realidad que muchos editores españoles han negado y que es la pesadilla de la RAE: las traducciones de allende los mares son tan buenas –o tan malas– como las peninsulares y no necesitan ningún tratamiento castizo para ser aceptadas por el poco más del 9% de hablantes del español que pueblan España. Porque ese es otro tema: la edición en español está dominada por un dialecto que habla una pequeña minoría del total de los hablantes. Los que se llenan la boca hablando de “la lengua común” suelen referirse a su particular variante dialectal.

Si en su día fue imposible luchar contra la industria textil china, turca o tunecina porque a igual calidad sus costes eran imbatibles, a corto plazo no hay nada que hacer ante la deslocalización de las traducciones literarias. Clamar por la calidad literaria es estéril, hay quien puede hacerlo igual de bien a mejor precio; intentar darle una solución industrial es imposible, la traducción literaria es algo que (todavía) depende de seres humanos. Lo que pasa es que ya no es necesario que esos seres humanos trabajen desde la península a precios peninsulares. Tal como decimos en Catalunya, país con antigua tradición textil: la traducció té mala peça al teler.

Nota para picajosos: que yo vea las cosas de esta manera no implica que me gusten. La deslocalización sucede a causa de las lógicas de un sistema que no comparto en muchos de sus aspectos. Lo preferible sería pagar a todos los traductores las mismas tarifas vivieran donde vivieran, pero mientras el precio del servicio lo siga marcando quien lo contrata con el ojo puesto en quien lo presta, las cosas no van a cambiar.

[1] Comunicación vía e-mail

Prescripción, sabiduría de las multitudes o cómo 100.000 moscas no suelen equivocarse

CONCURSOGALTON

En estos democráticos días es de interés cualquier investigación sobre la confiabilidad y las peculiaridades de los juicios populares. El material que se ofrece a discusión se refiere a un asunto menor pero es de suma importancia.

Sir Francis Galton

Primer párrafo de ‘Vox populi’, artículo publicado en Nature el 7 de marzo de 1907

Nota: este jueves, a las 16:30, participo en Kosmopolis, en el debate Nuevos prescriptores: ¿quién dice qué hay que leer? Junto a Javier del Puerto, Jenn Díaz, Carles A. Foguet, moderados por Mariana Eguaras. Sirvan estas líneas para ordenar y plantear mis ideas.

Sir Francis Galton nació en Birmingham el 22 de febrero de 1822. Autodidacta y sin ninguna cátedra en la que apoyarse, realizó contribuciones en campos tan dispares como la psicología, la biología, la eugenesia, la tecnología, la geografía o la meteorología, entre otros. El personaje tenía su lado oscuro: fue el primero en plantearse de manera sistemática la selección artificial para mejorar la raza humana. Décadas más tarde unos señores con muy malas ideas pusieron en práctica las teorías de Galton para justificar su supuesta superioridad racial y exterminaron a más de seis millones de personas.

Galton es mucho más conocido por elevar la estadística al rango de ciencia; fue el primero en explicar el fenómeno de la regresión a la media y en hacer uso estadístico de la distribución normal, e introdujo el concepto de correlación, entre otras innovaciones. Hacia el final de su vida escribió un pequeño artículo científico fundamental para entender el concepto de sabiduría de la multitud.

Un bonito día de 1906, Sir Francis Galton se fue de paseo a la feria de ganado de Plymouth. Como cada año los organizadores de la feria habían preparado una competición que consistía en adivinar el peso de un buey que debía ser sacrificado. Ochocientos participantes rellenaron sus formularios de participación con su predicción, abonaron los seis peniques que daban derecho a participar y esperaron a que los jueces pesaran al desdichado animal. Galton se dio cuenta del experimento natural que tenía ante sus ojos y solicitó los formularios de los participantes. Tras eliminar los defectuosos o ilegibles se quedó con 787 registros.

El buey pesaba 1.198 libras (543,4 kg). Galton, tras promediar los resultados de sus 787 registros, obtuvo una predicción colectiva de 1.207 libras (547,5 kg), una sobreestimación de sólo el 0,8%[1] ¿Las gentes de Plymouth eran magos? ¿Tenían poderes psíquicos?

100.000 moscas no suelen equivocarse

“Come mierda, cien mil moscas no pueden estar equivocadas”. El chiste ilustra con ironía que la masa no es capaz de tomar decisiones acertadas. Del mismo estilo era la manida frase ‘¿…y si tu amigo se tira por la ventana, tu también te vas a tirar? La sabiduría popular recomienda no tirarte por la ventana si un amigo tuyo lo hace. La sabiduría de la multitud recomienda tirarte por la ventana si un número relevante de amigos tuyos se tira. Esa es la diferencia.

El caso que Galton ilustra en su artículo ‘Vox populi’ parece lotería pero su mecanismo no se basa en el azar. Tampoco consiste en compartir información ni en luchar por una causa común –aunque este extremo no está reñido con el fenómeno en si. Lo que sucedió en Plymouth un buen día de 1906 fue que ochocientas personas se pusieron a trabajar de forma independiente y con su propia información y experiencia en la resolución de un problema; los datos y el sesgo de cada uno de ellos hacían imposible que todos acertaran –o se acercaran siquiera– pero precisamente esa diferencia de datos, ese sesgo independiente y no compartido fue lo que permitió que la masa predijera un resultado tan cercano a la realidad. Los seis peniques de cuota eliminaron el azar porque disuadieron a quienes sólo querían probar suerte. Por eso no se trataba de un juego de azar y por eso volveremos a hablar de los seis peniques.

Elegidos para la prescripción masiva

Cuando hablamos de prescripción todavía solemos pensar en líderes de opinión. El tenista que anuncia un banco, el crítico literario que habla bien de una novela o nuestra abuela que nos recomienda una nueva marca de leche, la prescripción no depende de la formación o la posición social absoluta del prescriptor. La prescripción es algo relativo; prescribe quien puede, no quien quiere o, en todo caso, prescribe a quien puede. Me fiaré de mi abuela si me recomienda una nueva marca de leche pero puede que no fie mucho si me habla bien de un banco. También es posible que no dé crédito a un tenista en ningún caso.

Es cierto que el boca a oreja siempre ha funcionado pero el poder de los prescriptores tradicionales de libros –críticos, libreros, periodistas, escritores, etc.– era capaz de poner en marcha las ventas de (casi) cualquier cosa. Aparecer en la portada de Babelia o recibir una buena crítica en el Culturas de La Vanguardia implicaba, hasta hace unos años, un salto de ventas importante. Ese tiempo ya pasó.

A los líderes de opinión analógicos la solvencia se les suponía como el valor a los soldados –luego resultaba que el mundo estaba lleno de insolventes y cobardes, pero ese es otro tema. Al crítico del gran periódico lo había contratado el jefe de cultura que a su vez había sido designado por el director del medio, nombrado por el propietario que quizás no tenía ni idea de cultura pero conocía a quién sí la tenía –catedráticos, escritores de éxito, académicos, todos con su círculo de paniaguados– y se dejaba recomendar. El mecanismo tenía tanto de político –pórtate bien con el escalafón y el escalafón se portará bien contigo– como de académico. Se suponía que uno debía estar más o menos en sintonía con la tendencia cultural en auge; incluso en épocas de ruptura uno tenía que ser conservador y romper siguiendo lo establecido por los iconoclastas de más éxito. Al final, de un modo u otro, uno siempre terminaba encajando en un escalafón que tenía en su cúspide intelectual los círculos académicos y en su cúspide económica ciertos círculos sociales, públicos o privados. No era –ni es– un mundo de mediocres e incompetentes pero a menudo no bastaba el talento. Demasiadas veces tampoco era necesario. El sistema funcionaba porque en un mercado de escasez de medios de publicación las pocas plazas de prescriptor eran muy codiciadas. El público reconocía su legitimidad por aquello de “si a este señor lo han puesto ahí es porque (él) sabe (y yo no)”. Los editores de libros lo sabían y cortejaban a los críticos para que les dejaran en buen lugar o, por lo menos, no los dejaran mal. Al fin y al cabo publicar un libro era tan difícil como escribir en cualquier periódico. Sólo se editaba a los elegidos para la prescripción masiva.

De la prescripción mutua asegurada a un mundo de cualquieras

La prescripción analógica tiene su origen en los tiempos del despotismo ilustrado y siempre ha conservado esos aires: arriba hay unos que se supone que saben, que filtran de lo bueno lo mejor y lo recomiendan a los de abajo. A veces los de arriba se pelean pero, con excepción de revoluciones y dictaduras, siempre suele haber sitio para todos.

No fue casualidad que les diera por llamarlo Alta Cultura. Dicho mecanismo funcionaba según el principio de prescripción mutua asegurada: aunque había fugas y desajustes, si uno se portaba bien, tarde o temprano recibía una dosis de prescripción a la medida de su talento y habilidad social. O sólo de lo segundo.

Con la web 2.0 cualquiera puede publicar lo que quiera y cualquiera puede leerlo. Cualquiera puede opinar, cualquiera puede abrir un blog y publicar sus críticas. Cualquiera puede comentar en dicho blog elogiando o poniendo a parir cualquier cosa. Parece un mundo de cualquieras, pero es algo más complicado.

Ya vimos que nadie es un cualquiera en términos absolutos. Mi abuela no es cualquier abuela, es la mía, y su criterio de abuela es mejor que el de cualquier otra abuela. Criterio. Opinión. Se parecen pero son distintos. El criterio de uno de los participantes del concurso de Plymouth no bastaba para acertar el peso del buey, fue necesario contar con el criterio de sus 786 colegas. Era un criterio y no una opinión porque había un filtro de entrada de seis peniques. Lo mismo sucede con todos aquellos que, en Goodreads o en el club de lectura de su biblioteca, hablan de un libro que han leído. El coste no es económico –¡los seis peniques!– pero sí hay un coste oportunidad; si leo un libro no leo otro libro ni hago otra cosa. No estoy pidiendo a una masa informe que adivine el número de la lotería de Navidad, estoy pidiendo a una colectivo de lectores con criterio que valore una obra determinada. Bueno, aunque no se lo pida me van a dar su opinión. No sólo es posible que la sabiduría de la multitud se exprese, es inevitable. La pesadilla perfecta de cualquier dictador. Y de cualquier director de periódicos.

En un mundo de cualquieras el criterio es más importante que nunca. Del mismo modo que ya no somos simples consumidores y cada vez somos más prosumidores, cada día que pasa debemos ser más capaces de discernir por nosotros mismos qué hay de cierto, legítimo, verosímil o incluso verdadero en todo lo que se nos dice. Ya (casi) no podemos apelar a autoridades ni dogmas –al menos no en cuestiones culturales– porque si algo gusta a un número suficiente de personas ese algo será tendencia. Incluso mis gustos personales son tendencia en mi casa a la hora de comer. Vivo solo.

De la potestas a la auctoritas

Estamos ante el secular duelo entre la potestas, el poder coercitivo de unos pocos, y la auctoritas, la autoridad que otorga una comunidad cuando reconoce en alguien cierta capacidad. Si la antigua crítica podía, la nueva crítica está autorizada. Muchos editores no están comprendiendo lo que implica. Ya ha pasado suficiente tiempo como para saber que la forma de dirigirse al público debe cambiar por completo si cualquier editorial pretende sobrevivir. Hoy es imprescindible definir y conocer un público.

Cuando la crítica literaria profesional era la única legitimada para impartir doctrina editar era un poco más fácil. No era necesario conocer los gustos del público porque estos estaban bastante acorde con los gustos de la crítica. Uno podía editar a rueda del Canon Occidental, de la Alta Cultura y de la crítica establecida y no tenía por qué estrellarse contra la primera esquina. Es más, los editores podían vivir en la ilusión que eran ellos quienes armaban su plan editorial anual basándose en su criterio profesional. El éxito estaba más cerca del chamanismo que de la gestión racional del mercado porque, efectivamente, había chamanes que decían a la tribu qué debía leer.

Un buen día la tribu empezó a hacerse mayor y descubrió un nuevo juguete con el que saber qué decía el vecino, miles de vecinos, millones de vecinos literarios, acerca de sus mismos gustos. Y se dieron cuenta que hacer caso a esa colosal escalera de vecinos era igual o mejor que leer al crítico del periódico pero con una sutil e importante diferencia: si el crítico sentaba cátedra sin perder ocasión de dejar bien claro cuán culto era él y cuán lerdo era el resto, en el patio de vecinos contaba la opinión de todos. Era habitual que las obras que recibían mejores críticas en el patio de vecinos fueran merecedoras de atención. Empezaron a surgir vecinos que se lo montaban en su casa, a ciertas horas, con otros vecinos; literatura de nicho, para entendernos. Algunos sólo salían al patio de noche. La cuestión es que todos tenían su lugar en el nuevo patio. Todos, excepto los críticos de siempre, para los cuales siempre habrá un lugar: aquél al que van todos los lectores incapaces de formarse un criterio propio, incapaces de escuchar el criterio de sus semejantes y de aquellos que, reconocidos por sus iguales, están revestidos de autoridad.

Prefiero la auctoritas a la potestas, incluso cuando los muchos se equivocan. De hecho Sir Francis Galton ya mostró cómo muchos aciertan mediante la suma de los errores que se compensan entre sí. Eso es la sabiduría de la multitud y acercarse a ella va a ser fundamental para editar en el futuro. No es infalible, no ofrece certezas, casi no hay donde asirse. Como leí hace poco en uno de los mejores tuits que recuerdo: relájate, nada está bajo control.

Bonus track: un par de artículos interesantes acerca de la sabiduría de las multitudes:

http://bloginteligenciacolectiva.com/levy-vs-surowiecki-inteligencia-colectiva-sin-colaboracion/

http://www.dreig.eu/caparazon/2009/05/06/la-sabiduria-de-las-multitudes-lecciones-practicas-para-politicos-y-aplicaciones-sociales/

[1] En muchos artículos se dice que la diferencia fue de sólo 1 libra, unos 400 gramos. La diferencia, que el propio Galton consigna en su artículo, es la que aquí aparece: 9 libras, alrededor de 4 kilos. Teniendo en cuenta el peso del animal sigue siendo un hecho fascinante.

Røter, ya en beta abierta

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Nuestro hub editorial Røter pasa a beta abierta. Las pruebas realizadas hasta ahora son satisfactorias y abren el camino a nuevas mejoras, la primera de ellas la puesta a punto de una versión simplificada de nuestro hub editorial: Røter LT.

Røter, apertura el 2 de marzo

El 2 de marzo abrimos la beta de Røter, hub editorial para la edición multiformato. Integra todas las prestaciones para la edición y producción de proyectos editoriales en todos los formatos. Cuenta con un Plan de Prueba y cuatro planes de pago. Éstas son sus principales características:

  • Plan de Prueba incluye un proyecto con el que poder experimentar durante un período de un mes desde la fecha de alta en Røter. Para el resto de planes contratados, los proyectos activos no caducan siempre y cuando se tenga contratado algún plan. El plan de prueba es gratuito.
  • Plan Inicio incluye hasta 3 proyectos activos y la conversión a todos los formatos: PDF para imprenta, PDF para web, EPUB, MOBI, DOCX y BACKUP. Puede nombrarse un administrador de proyectos y hasta dos usuarios de la plataforma (en total, 3). El precio del Plan Inicio es de 100 € al mes.
  • Plan Profesional incluye hasta 10 proyectos activos y la conversión a todos los formatos: PDF para imprenta, PDF para web, EPUB, MOBI, DOCX y BACKUP. Puede nombrarse un administrador de proyectos y hasta cinco usuarios de la plataforma (en total, 6). El precio del Plan Profesional es de 250 € al mes.
  • Plan Avanzado incluye hasta 25 proyectos activos y la conversión a todos los formatos: PDF para imprenta, PDF para web, EPUB, MOBI, DOCX y BACKUP. Pueden nombrarse cinco administradores de proyectos y el número de usuarios de la plataforma no está limitado. El precio del Plan Profesional es de 600 € al mes.
  • Plan MAX incluye más de 25 proyectos activos y la conversión a todos los formatos: PDF para imprenta, PDF para web, EPUB, MOBI, DOCX y BACKUP. Puede nombrarse un número ilimitado de administradores y usuarios. El precio del Plan Profesional es de 1.050 € al mes.

Cada Plan permite un número determinado de proyectos activos, abiertos a la vez, en Røter. Pueden estar abiertos por tiempo indefinido porque somos conscientes que algunos proyectos exigen mucho más tiempo que otros.

Los planes de Røter permiten tener abiertos un número determinado de proyectos, los que denominamos proyectos activos. Eso no significa que deban ser siempre los mismos: cuando terminéis un proyecto podréis guardarlo en formato BACKUP y descargarlo, liberando espacio para un proyecto nuevo. Si en un futuro necesitáis recuperar el proyecto guardado –para una reedición, corrección, enriquecimiento, etc.– sólo será necesario subir el BACKUP a la plataforma y seguir donde lo dejasteis.

Por ejemplo, si vuestro plan editorial os exige mantener menos de diez proyectos a la vez, deberéis contratar el Plan Inicio. Hasta diez, el Plan Profesional y así sucesivamente. Cada Plan cuenta con más recursos que el anterior porque entendemos que los planes editoriales más complejos exigen un equipo de colaboradores más numeroso y variado.

Røter LT, apertura el 17 de marzo

El próximo 17 de marzo abrimos la beta de Røter LT, la herramienta de conversión de fondo editorial. El funcionamiento es muy parecido al de Røter y ofrece la posibilidad a los editores de digitalizar su fondo por sí mismos, a bajo coste, controlando todo el proceso. Está simplificada para que una sola persona pueda digitalizar el fondo editorial en los formatos EPUB y MOBI a un coste muy inferior al de las opciones actuales y controlando la calidad de los archivos de salida. Cada Plan incluye un número determinado de conversiones:

  • Plan Básico incluye una conversión a un precio de 50 € en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio del Plan Básico es, por lo tanto, de 50 €.
  • Plan 5 incluye cinco conversiones a un precio de 35 € cada conversión en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio del Plan 5 es de 175 €.
  • Plan 10 incluye cinco conversiones a un precio de 30 € cada conversión en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio total del Plan 10 es de 300 €.
  • Plan 25 incluye veinticinco conversiones a un precio de 25 € cada conversión en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio del Plan 25 es de 625 €.
  • Plan 50 incluye cincuenta conversiones a un precio de 20 € cada conversión en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio del Plan 50 es de 1.000 €.

No tiene Plan de Prueba porque este puede conseguirse en la versión integral de Røter que también puede usarse para convertir formatos.

Mucho por aprender, mucho que ofrecer

Tenemos mucho que aprender porque creemos que tenemos mucho que ofrecer. Esto no lo vamos a lograr solos, necesitamos la colaboración del sector editorial; queremos que nos probéis –¡gratis!– que nos critiquéis y aconsejéis, que nos digáis si vamos bien, mal o peor; queremos saber qué haríais vosotros, cómo lo haríais, qué necesitáis. Sólo así podremos ser útiles. Sólo así podremos llevar a cabo nuestra contribución a la reconversión industrial de la edición.

Atención: Todos nuestros planes, tanto en Røter como en Røter LT contarán con un descuento del 50% mientras dura la fase de Beta abierta. Más detalles en: www.roterbooks.com

Series, películas y modelos de negocio digitales

EQUIPOA

Hace un par de meses instalé fibra óptica en casa. Con ella accedí a un servicio de televisión por cable que incluye los canales en abierto y otros canales de pago. Entre otros servicios puedo alquilar películas y ver series de televisión. De su uso se desprenden algunas reflexiones aplicables a otros sectores en vías de digitalización, como el del libro.

Productos similares, modelos de negocio diferentes

La producción de una serie de televisión no es muy diferente a la de una película de cine. A finales del siglo pasado los productores de series empezaron a reclutar talento del séptimo arte y hoy muchas series igualan y superan en calidad técnica y artística a la mayoría de películas.

Hasta hace pocos años las series de televisión las veíamos en unos televisores más bien canijos con una calidad de imagen discreta y el cine lo veíamos en grandes salas de proyección con enormes pantallas. Por las series no pagábamos –en España, hasta la llegada de Canal+, sólo podíamos ver las series emitidas en abierto– y por el cine sí. Dos productos similares –aunque todavía muy dispares en calidad– tenían modelos de negocio muy diferentes. Nos parecía normal. No había otra opción, entendíamos que eran productos diferentes. En el mundo analógico eran cosas muy, pero que muy distintas. El cine era mágico. La tele era la caja tonta.

Cuando el cine se estrelló contra las operadoras de telefonía

La tele no acabó con el cine ni con la radio y ésta no acabó con los periódicos pero un día llegó Internet y alteró la realidad de todos los medios. Los periódicos viven una lenta agonía que ya sabemos cómo terminará, la radio rejuveneció y goza de relativa buena salud, la televisión bien, gracias, aunque sea a caballo de un montón de mierda ¿Y el cine? El cine vive atrapado en la oscuridad de las salas de proyección.

La tele (todavía) no ha acabado con el cine pero cuando una operadora incluye un servicio de tarifa plana de series de televisión la cosa se pone fea. Ya hemos visto que hoy cine y series son parejos en calidad; a misma calidad percibida –eso que algunos simulan no entender– mismo valor percibido por el cliente y de ahí similares precios. Cuando no podíamos pagar por las series pero sí por el cine la comparación era imposible pero ahora resulta que lo que me ofrece mi operadora es lo siguiente:

  • Películas: tengo que alquilar cada película por separado a un precio que oscila, aproximadamente, entre los tres y los siete euros. Tengo sólo 24 horas para verla, y una vez pasadas esas 24 horas, si quiero volver a verla debo volver a pagar.
  • Series: pago una tarifa plana de siete euros al mes y puedo ver todos los capítulos de todas las series en oferta –cada vez hay más– las veces que quiera. Si me trastoco y me da por ver el mismo capítulo de una serie veinte veces seguidas me costará lo mismo que ver veinte capítulos diferentes de veinte series diferentes.

Ni me he molestado en echar cuentas. Yo no veo mucho la tele pero con la desproporción en el precio y la calidad de las series hace mucho que no alquilo una película –no volveré a pisar un cine– y raramente veo programas que no sean grabados.

¡Es la economía de la atención, estúpidos!

Al principio no lo entendí; pensé que los siete euros mensuales eran por ver una sola temporada de una sola serie. Sólo así podía explicarme esa diferencia de precio y de modelo de ingresos: acostumbrado a la realidad analógica pensé que mi operadora había asimilado una película a una temporada de una serie. Salí de mi error al leer la letra pequeña; mi operadora me había instalado un grifo con el que ver series a chorro a un precio de risa al lado de un videoclub de los años ochenta.

¿Por qué? Sólo se me ocurre una respuesta: la industria del cine sigue atada a las salas de cine, a los exhibidores y, con ellos, a un modelo de negocio basado en la escasez. Insisten en que vayamos al cine y, si no lo hacemos, insisten en meternos en casa la taquilla del cine. Las series no son deudoras de ningún canal de distribución basado en la escasez y les basta con que el emisor de la serie les pague por ella lo que piden.

El medio es el mensaje, ¿recuerdan? Esta afirmación, casi un axioma, se ha desvirtuado hasta la saciedad pero aquí es válida. Una serie y una película son indistinguibles si las vemos en el mismo medio. Entonces una película se convierte en una serie de un solo capítulo muy largo y una serie se convierte en una película muy larga dividida en porciones. Producciones como la trilogía del Señor de Los Anillos están a medio camino entre una y otra: un trabajo de edición diferente –aunque nada sencillo– convertiría un metraje total de casi doce horas en una temporada de trece capítulos. A medio plazo dos productos similares no pueden tener precios muy diferentes y para saberlo no se requiere una bola de cristal, basta con conocer los fundamentos de la oferta y la demanda.

Del periódico al Smartphone

Todo contenido paquetizado por una operadora sufre un inevitable proceso de comoditización que lo lleva a entrar en colisión con otros productos. Parece muy nuevo, ¿verdad? No lo es. Encontramos antecedentes en el siglo XIX. Antes del cine, de la tele y de la radio sólo había un tipo de operadores de telecomunicaciones: los grandes periódicos. Eran operadores de telecomunicaciones porque eran el único medio con el que una gran masa de población alfabetizada podía informarse de lo que sucedía más allá del campanario vecino y porque, además, industrializaban todo el contenido bajo un único formato escrito y periódico.

Quiso la casualidad que, con este artículo a medio cocer, Blanca Rosa Roca hablara en términos muy parecidos en el último BookMachine aludiendo a la economía de la atención; una de las asistentes a la charla preguntó, de forma muy acertada, si una forma de adaptar la literatura a los nuevos medios para competir en la economía de la atención era trocearla y ofrecerla en porciones más atractivas. Blanca Rosa Roca estuvo de acuerdo. Yo también lo estoy. Eso era precisamente lo que los periódicos hacían en el siglo XIX, publicar novelas por entregas.

A medida que la alfabetización se iba extendiendo entre las clases más bajas se puso de manifiesto la necesidad –¿la oportunidad?– de ofrecer a este nuevo público lector una oferta a su alcance. Los libros eran relativamente caros –lo siguen siendo– no así los periódicos, que pasaban de mano en mano en locales públicos. El folletín francés empezó a industrializar la escritura de novelas ligeras y la innovación se extendió por Europa y América a medida que la alfabetización avanzaba. Esa literatura seriada, tenida por bastarda en su momento, estaba representada por autores como Honoré de Balzac y Alexandre Dumas, este último un auténtico industrial de la literatura con una legión de negros literarios a sueldo.

Contenidos muy variados compiten por la atención en smartphones y tabletas; algunos, como los vídeos de Youtube y los artículos en blogs y prensa digital, están bien adaptados. Otros, como los libros, no siempre encajan con los gustos de la mayoría de lectores porque lo que está cambiando es el mismo hecho de ser lector; una masa enorme de público lee en sus dispositivos móviles. Que no lean libros no significa que no pueda encontrarse un formato narrativo que se adapte a su forma de leer, un formato pensado y planificado como producto del mismo modo que las novelas por entregas del siglo XIX eran productos perfectamente consecuentes con su público.

Escritores, editores y libreros han ido, durante siglos, allí donde estaba el público. Adaptaron el formato a los hábitos de los lectores. Buscaron fórmulas rentables. Algunas de esas obras, otrora consideradas baja literatura, hoy son clásicos ¿Por qué ahora debería ser diferente? ¿Por qué pretendemos que los lectores que no leen libros lean los libros de siempre –aunque sean digitales– en vez de pensar nuevos formatos para ellos? ¿Por qué no competir por la atención en igualdad de condiciones –y de precio– con otros contenidos al alcance de cualquier Smartphone? El nuevo periodismo ha empezado a responder al reto con propuestas como Blendle o The Big Round Table, entre otras. ¿Sabrán hacer lo mismo los nuevos editores?

Blanca Rosa Roca en Bookmachine Barcelona el próximo 26 de febrero en la librería Laie

BOOKMACHINE

Durante una de las charlas del pasado Congreso del Libro Electrónico, Blanca Rosa Roca afirmó que el libro digital representaría, a cierre de 2014, más del 25% de la facturación de Roca Editorial. De este hito y de otras cuestiones interesantes hablará la editora de Roca Editorial en el próximo Bookmachine en Barcelona. Su charla dará comienzo a las 19:00 horas del próximo jueves 26 de febrero en la librería Laie.

Blanca Rosa Roca es una de las editoras españolas con más vocación innovadora. Eso no sólo se refleja en el alto grado de digitalización de su catálogo sino también en propuestas tan interesantes como Barcelona Ebooksde la que hablé en su momento–, de su participación en Open Road Media, de Ciudad de Libros y de la controvertida Rocautores. De cada una de estas iniciativas se pueden extraer interesantes y útiles lecciones. La editora de Roca Editorial nos hablará de algunas de ellas y podremos charlar con ella acerca de su estrategia y experiencia en el ámbito digital; en esta pequeña entrevista para Bookmachine nos adelanta algunos de los principales aspectos.

Røter es patrocinador de Bookmachine para todo el año 2015 y este 26 de febrero esperamos poder anunciar alguna que otra novedad. Creemos que apoyar una propuesta como ésta, en la que se puede charlar de forma abierta, entusiasta pero también crítica acerca de las oportunidades de la digitalización del libro –no sólo del libro digital– es una buena oportunidad de hacer avanzar el debate y una distendida forma de darnos a conocer. Estamos muy contentos, además, de copatrocinar esta charla con SeeBook y que Manuscritics también colabore en este Bookmachine.

Resumiendo:

Evento: BookMachine Barcelona

Organiza: Maria Cardona

Tema: Estrategia y experiencia de Roca Editorial en el ámbito digital

Ponente: Blanca Rosa Roca

Lugar: Librería Laie. C/ Pau Claris 85, Barcelona.

Entrada: 5€ por compra anticipada, 7€ justo entes de entrar. Con derecho a consumición.

Patrocinan y colaboran: Røter, SeeBook y Manuscritics

El cura, los mandarines y el enorme vacío

DONCAMILO

Hay obras que hablan más de su autor que del tema que tratan, obras que son un reflejo de una generación y de quien las escribe. Nunca hay que juzgar un libro por sus cubiertas, pero acaso sí podamos hacerlo por las grandes ausencias que contiene. Es el caso de ‘El cura y los mandarines’.

Hace pocos días terminé la lectura de ‘El cura y los mandarines (Historia no oficial del Bosque de los Letrados). Cultura y política en España 1962-1996’, el libro de Gregorio Morán editado por Akal que Planeta se negó a publicar por once malditas páginas. Lo primero que hice al terminar fue volver a leer la contracubierta porque tenía la sensación –una sensación que iba creciendo con la lectura– de no haber entendido ciertos aspectos del libro a causa de un enorme, colosal, vacío. Una inexplicable –al menos para mí– ausencia. Este es el fragmento que más nos interesa:

Esta obra nació de una pregunta insatisfecha: ¿qué fue sucediendo para que los mandarines, las figuras críticas de nuestra cultura de los años sesenta, se fueran haciendo cada vez más conservadoras, hasta convertirse en institucionales? Fruto de un exhaustivo y documentado trabajo de investigación de diez años y escrito en una prosa sobresaliente […] es un magistral y agudo relato del devenir de los intelectuales –académicos, novelistas, poetas, políticos y artistas– que conforman la cultura institucional española de la segunda mitad del siglo XX.

Gregorio Morán ha construido un relato muy personal de la intelectualidad española de la segunda mitad del siglo XX. La selección de aquellos a quien él considera mandarines es indiscutible pero podría haber añadido diez o quince más y el libro sólo hubiera sido más largo –posiblemente mucho más– y no menos acertado. Porque se trata de un libro tan acertado como necesario y de recomendable lectura.

La prosa de Morán es exigente, a ratos rocosa, montañosa en ocasiones; para los aficionados al ensayo es un placer. Quien espere una disección objetiva se encontrará con una obra en la que la opinión e incluso los prejuicios del autor son tan importantes como los hechos. El sesgo personal aporta al libro una cualidad única; por edad, bagaje y experiencia, Morán coincidió, si no en el espacio seguro que en el tiempo, con (casi) todos los mandarines. En comparación con otra obra de reciente aparición, ‘Aquellos años del boom’ de Xavi Ayén, la de Morán es un relato del que estuvo allí. Ambos libros son tan imprescindibles como diferentes. Allí donde Ayén se aleja para que hablen los hechos y sus protagonistas, Morán se involucra casi hasta formar parte del relato. Ayén describe a un elenco de personajes. Morán está entre ellos. Ayén dota a su premiado ensayo del contexto suficiente para comprender lo que cuenta. Morán presume en el lector un conocimiento suficiente de la historia contemporánea de España; sin dicho conocimiento la lectura resultará imposible.

La once malditas páginas y el enorme vacío

Dice la versión oficial que Planeta se negó a publicar el libro de Morán a causa de once malditas páginas del penúltimo capítulo. Una vez leído queda la sensación que, o no había para tanto, o todo el libro era impublicable. Víctor García de la Concha sale muy mal parado pero la mayor parte de lo que dice Morán es contrastable; otra cosa es cómo lo dice, pero si ese fuera el problema todo aquél que apareciera en el libro y estuviera vivo tendría motivo de queja, ignoro si también de querella. En el infierno una legión de aludidos se habrá puesto en fila para ajustar cuentas.

En ‘El cura y los mandarines’ hay un enorme vacío. Morán dedica el octavo capítulo a reivindicar al casi olvidado Luis Martín-Santos, autor de ‘Tiempo de silencio’. En el vigesimoprimer capítulo hace una semblanza poco caritativa –nada nuevo– de Carlos Barral. También dedica todo el vigesimocuarto capítulo a escarnecer la fundación del diario El País mientras el trigésimo tercero contiene las once malditas páginas. Todo el libro está salpicado de referencias poco benévolas hacia personajes como Josep Maria Castellet, Camilo José Cela, Manuel Fraga Iribarne, su inevitable cuñado Carlos Robles Piquer, y un largo etcétera. Pero la editorial Planeta (casi) no aparece.

Gregorio Morán no dedica ni un capítulo al grupo editorial español más importante de la segunda mitad del siglo XX, contemporáneo de unos mandarines que por gusto o por fuerza estuvieron bajo su influencia; toda la cultura española sigue bajo dicha influencia. A José Manuel Lara sólo se le menciona en dos ocasiones, en la página 9 –el prólogo– y en la 346, pero resulta que ¡el primero es el hijo y el segundo el padre! Una sola entrada en el índice onomástico para dos personas distintas. Encontrar la editorial –o el grupo– Planeta es algo más complicado porque en el índice onomástico no aparece (y puestos a echar en falta elementos imprescindibles, el libro carece de bibliografía). A parte del prólogo, donde Morán habla del caso de las once malditas páginas, Planeta sólo aparece en la mencionada página 346, la 610 y la 754. Morán la menciona como podría no hacerlo, tan poca es la importancia que le da.

Es comprensible –no sé si justificable– que Morán ignore en su libro la propia editorial para la que escribe pero eso da lugar a una cósmica paradoja: el libro que retrata la intelectualidad española de la segunda mitad del siglo XX carece de uno de los factores cuya mera existencia explica muchas cosas. Digo que es comprensible porque Morán tenía dos opciones: o escribía un libro que Planeta no podía publicar por lo que se decía de la editorial, su fundador y su hijo –ergo el encargo y el anticipo se iban por el retrete– o bien escribía lo que ahora podemos leer. Imaginen la hipotética conversación que pudo producirse el pasado septiembre entre José Manuel Lara Bosch y el autor:

–Oye Gregorio, que en tu libro no sale Planeta.

–Manolo, si en mi libro saliera Planeta nunca me lo publicarías.

–Ah, coño… es verdad. Pero eso es un problema.

–¿Un problema? ¿Por qué?

–Porque se van a pitorrear de un libro que habla de los mandarines de la cultura española de 1962 a 1996 y no menciona a Planeta.

–Visto así…

–No, Gregorio, no… yo esto no puedo publicarlo. A ver, si te despacharas a gusto con nosotros tampoco podría hacerlo, pero tenemos que encontrar una solución… que odien a Planeta tiene un pase pero que se rían… ¡pues como que no…!

–Pues tú verás, Manolo… ¡el libro está a punto de salir!

–Veamos… en el capítulo treinta y tres pones a parir a García de la Concha…

–Como si fuera el único…

–Ya, Gregorio, pero resulta que tenemos magníficas relaciones con el Instituto Cervantes y la RAE nos paga un potosí por editar su diccionario.

–Entiendo…

–Total, que como todo el mundo ya nos ve como unos hijos de puta, lo mejor, para Planeta y para ti, es que yo me niegue a publicar tu libro por… déjame ver… por once malditas páginas.

–Joder Manolo, pero hay un anticipo que…

–No te preocupes por eso Gregorio, somos nosotros quienes incumplimos el contrato. Y ya encontraremos un editor que se comprometa a publicar tu libro sin leerlo antes, ¡que por algo me llamo José Manuel Lara…!

Qué quieren que les diga. Me da igual por qué el Grupo Planeta no sale en el libro de Morán, pero muchos estarán de acuerdo conmigo que es un libro incompleto. Ojo, ni mucho menos es un libro fallido, sigue siendo una gran obra ante la que hay que descubrirse y no me cansaré de recomendar su lectura, pero no está completa.

En mi opinión es imposible comprender toda la trayectoria de los mandarines de Morán sin entrar a fondo –¿a saco?– con el Grupo Planeta. La respuesta a muchas preguntas sigue pendiente. Tras leer el libro se me antoja una respuesta a por qué todos acabaron siendo un hatajo de carcas: el Régimen fascista y nacional-católico en el que nacieron algunos y creció la mayoría era todavía más carca. Parecían vanguardistas por contraste del mismo modo que nuestra democracia nos pareció escandinava hasta que nos estrellamos con las disfunciones de nuestra Transición. Del mismo modo, fue necesaria una crisis morrocotuda para ver que la pretendida Arcadia editorial en la que muchos creían vivir era un globo peligrosamente inflado. Por eso hay que leer ‘El cura y los mandarines’. Porque hay ausencias elocuentes.

Rafael Reig y su cacharrito

PRECOLOMBINO

Hace unos días Rafael Reig publicó un artículo en eldiario.es en el que arremetía contra el libro digital en respuesta –supongo, porque no lo enlaza– a unas declaraciones que Luis Solano, editor de Libros del Asteroide, realizaba en este otro artículo del mismo medio digital. Estar en contra de la digitalización del libro es intelectualmente lícito desde una base sólida. Este no era el caso del artículo de Reig. Para el escritor y crítico, el libro digital sólo es una excusa para vender cacharritos.

Así se explaya Reig en un fragmento de su artículo:

Se hablaba de los “soportes” y los “contenidos”, y recuerdo que dije que eso era un engaño: que el “soporte” era el texto literario, porque lo que de verdad importaba era vender cacharros electrónicos, usando para ello como “soporte” las novedades editoriales y el siempre oportuno escudo de “defensa de la cultura” […]. Pura ferretería con obsolescencia programada para multiplicar los beneficios.

[…]

Me parecía, sinceramente, la vieja historia del rey desnudo: todo el mundo podía ver que sólo se trataba de vender unos cuantos cacharros y a mí me parecía que era un ingrato papel el de tonto útil para ayudar a los ferreteros a hacer cuartos con sus carísimos chismes de lectura electrónica.

El lenguaje nunca es inocente. Rafael Reig no habla de dispositivos, lectores de libros electrónicos o e-readers; además de peyorativa, la aproximación de Reig es naíf. Como si hace mucho, mucho tiempo, un par de pérfidos americanos a los que llamaremos Steve & Jeff hubieran tenido la aviesa idea de inventarse unos cacharritos para leer. Con ellos pretendían colonizar nuestras castizas mentes y conseguir que nosotros, vigías intelectuales de occidente, abandonáramos la lectura en papel. Así porque sí:

EPIBLAS1

–Steve & Jeff en pleno proceso creativo según la imagen mental de Rafael Reig–

La historia del libro digital no puede reducirse a un gag de Barrio Sésamo. El libro digital nace mucho antes que aparecieran los cacharritos, del mismo modo que la producción industrial –o seriada– de libros es muy anterior a la invención de la imprenta. Sin mencionar las técnicas de producción en serie ya existentes en la antigua Roma (no se pierdan LIBROS Y LIBREROS EN LA ANTIGÜEDAD, Alfonso Reyes. Ed. Fórcola. Madrid, 2011) a partir del siglo XIII y a medida que van apareciendo universidades por Europa se desarrolla toda una industria manual de producción de libros en serie –y en masa– para una nueva clientela cada vez más numerosa: los profesores y estudiantes universitarios (recomiendo los dos primeros capítulos de LA APARICIÓN DEL LIBRO. Lucien Febvre y Henri-Jean Martin. Fondo de Cultura Económica. México, 2005). La aparición de la imprenta cubre una demanda anterior a su invención, de otro modo Gutemberg no hubiera tenido ningún motivo para meterse en camisa de once varas. Robert Darnton y su proyecto Gutemberg-e, autores como George P. Landow) y su ‘Teoría del Hipertexto’ (Ed. Paidós, 1997) o el más divulgativo ‘El Mundo Digital’ (Ediciones B, 1995) de Nicholas Negroponte, el desarrollo de Internet en los años setenta del siglo pasado y la World Wide Web a caballo entre los ochenta y los noventa son antecedentes equiparables a lo que sucedió en la Baja Edad Media. Si se soslaya todo lo mencionado se dicen cosas como esta:

¿Por qué? Porque a nadie le hacen falta. Como dijo Umberto Eco, hay inventos, como la rueda, la cuchara o el libro, que no se pueden mejorar.

A nadie le hace falta el libro digital. Como especie necesitamos muy pocas cosas para sobrevivir. En latitudes templadas y frías es inevitable contar con ropa de abrigo y una serie de útiles –para encender fuego, por ejemplo– pero si nuestra vida discurre en latitudes cálidas no necesitamos casi nada. Al menos no en términos estrictamente biológicos –un libro es inútil en ciertas circunstancias– ergo recurrir al manido ‘nadie lo necesita’ es pueril además de sesgado. No contamos con tecnología por estricto imperativo biológico.

La cerrilidad de Reig ni siquiera es nueva. Estoy de acuerdo con él en que, tal como menciona en su artículo, no se trata de neoludismo –lícito si su intención fuera proteger los medios de producción analógicos respecto los digitales– sino de un enfoque fundamentalmente conservador, del miedo a cualquier cambio que nos obligue –que le obligue a él– a una adaptación para la que nunca nos prepararon. Como expone Gavin Weightman en Los Revolucionarios Industriales (Ed. Crítica, 2008) cuando en el siglo XIX apareció el telégrafo eléctrico muchos dijeron que no era necesario porque ya existía el telégrafo óptico inventado en el siglo XVIII. Lo mismo sucedió con el teléfono; se suponía que sólo lo usarían gobiernos y unas pocas empresas porque la gente corriente no perdería el tiempo conversando mediante semejante aparato. Con la aparición del ferrocarril muchos médicos pronosticaron fallos cardíacos a velocidades superiores a 30 km/h, habitual para un caballo al galope. Luego Rafael Reig se descuelga con esto:

Mi opinión, igual que hace ya más de diez años, es que el libro electrónico no tiene futuro, al menos para la ficción narrativa. Sin duda puede ser de mucha utilidad para otras cosas, desde suscripciones a revistas profesionales a libros de texto.

Si ya pensaba en el libro digital hace diez años y no ha cambiado un ápice su opinión es que se ha enterado de poco; acepta que puede ser de mucha utilidad para libros que no sean ficción narrativa. Es decir, reconoce que el libro digital es una buena idea para los mismos a los que fue útil la invención de la imprenta en el siglo XV. Como analogía es algo endeble si pretende usarla en su favor.

Reconozco que estoy jugando con las palabras de Reig de una forma algo impropia; que sea tan fácil muestra lo poco meditada que tiene la cuestión o de otro modo no formularía preguntas como las siguientes, con las que cierra su artículo:

Mis preguntas se dirigen a Luis Solano y a los periodistas que tanto apoyan lo digital: ¿y si los lectores tuviéramos razón? A lo mejor es que no necesitamos libros digitales, como no necesitábamos yogurteras. ¿Por qué demonios tendríamos entonces que apoyar a los vendedores de ferretería electrónica y leer en un soporte incómodo, caro, inhóspito y que tendremos que renovar cada pocos años para sustituirlo por uno nuevo y más caro, como ya hemos aprendido de los ordenadores? ¿Cuánto vamos a tardar en admitir que el rey está desnudo o que el libro electrónico no era ninguna buena idea (salvo que vendas lectores electrónicos y te forres, claro)? ¿Por qué seguimos riéndoles la gracia a los vendedores de cacharros?

Los lectores no tienen razón, si acaso tienen razones –motivos– para leer de una u otra forma. Leen en papel porque les compensa hacerlo y decidirán leer en digital por idéntico motivo. Es una cuestión de incentivos. De su comportamiento se derivará el éxito o el fracaso de las propuestas tecnológicas a su alcance sin que eso implique que sean más o menos lícitas desde el punto de vista intelectual o moral.

La alusión a las yogurteras muestra que Reig sólo ha entendido el libro digital de forma anecdótica, como posiblemente entiende el de papel. El libro, sea de arcilla, de papiro, de pergamino, de vitela, de papel o digital es sólo la parte visible de un sistema que permite almacenar, transmitir, recuperar y gestionar información y conocimiento, que lleva miles de años evolucionando y tiende a un aumento sostenido de la complejidad. Lo de menos ha sido el objeto libro, que ha cambiado para adaptarse a nuevas necesidades. Verlo al revés es creer que la invención de la rueda, hace miles de años, no tuvo ningún sentido pues no había carros, bicicletas ni coches. O renunciar a los libros de papel para no hacerles el juego a impresores, papeleras y fabricantes de muebles.

Centrarse en los cacharritos es ignorar fenómenos como la autoedición digital, redes sociales como Goodreads, el acceso a la lectura para quienes viven en lugares remotos y sólo disponen de un teléfono móvil, el paso de meros consumidores a prosumidores, la universalización de los medios de edición publicación –que sólo un déspota ilustrado puede rechazar; hay tantos y tan importantes ejemplos que sorprende la ignorancia de Rafael Reig. Reducir la lectura a los cacharritos es como creer que el sexo se reduce a… a eso, al cacharrito. El órgano más importante para la lectura –y para el sexo– es el cerebro. El resto es accesorio. Como los cacharritos.