Los derechos de autor y la imbecilidad del Estado

TGSS

Ningún sistema puede ser mejor que el más imbécil de sus miembros. La imbecilidad tendrá efectos más adversos cuanto más alta sea la posición del imbécil en la escala jerárquica. Estados, empresas y clubes de petanca cuentan con su proporción habitual de imbéciles, pero su acción es especialmente peligrosa en los puestos de decisión de las Administraciones Públicas.

Para ‘imbécil’ tenemos varias definiciones. La que aquí aplico es la segunda acepción de WordReference:

Persona que molesta haciendo o diciendo tonterías

Todos podemos hacer imbecilidades, nadie está a salvo de hacer o decir tonterías. Cuando obramos de ese modo somos imbéciles. Eso no nos iguala a los idiotas que, también según WordReference, son tontos o poco inteligentes.

Una Administración Pública puede gobernar de espaldas a los ciudadanos –tarde o temprano lo pagará– pero no puede permitirse gobernar de espaldas a la realidad porque la realidad tienen formas mucho más imprevisibles y creativas de defenderse.

Varios imbéciles con mando en plaza en las Administraciones Públicas decidieron que los escritores jubilados deben elegir entre percibir la pensión o los ingresos provenientes de sus derechos de autor. Lo uno, o lo otro, pero no ambas cosas si no quieren arriesgarse a ser multados. No son idiotas, son gente instruida y con mucha experiencia en lo suyo pero desconocen ciertas realidades; lejos de querer conocerlas aplican la ley como si fuera un rodillo de amasar y lo único que amasan es la ira justificada de buena parte de la gente de la cultura. Cuartopoder resume así el problema:

Cualquiera que esté jubilado no puede cobrar más de 9.000 euros brutos de derechos de autor, por encima del salario mínimo, so pena de tener que renunciar a la pensión o, en su defecto, pagar una multa a la Seguridad Social. De resultas de ello, escritores como Antonio Gamoneda, Premio Cervantes, José Manuel Caballero Bonald, también Premio Cervantes, se han visto multados porque sus derechos de autor rebasan esa cantidad. El caso ha saltado por la importancia institucional de los escritores, pero hay muchos otros, como Eduardo Mendoza o Javier Reverte, que ha llegado a decir que si escribes en España pierdes de seguro la pensión.

Apenas unos cuantos autores complementan otra fuente de ingresos –más o menos estable– para lograr vivir o sobrevivir. A muchos apenas les alcanza para alguna ocasional alegría. Llegar a los 9.000 euros es el sueño húmedo de la mayoría.

Este problema está relacionado con la percepción que las Administraciones Públicas siguen teniendo del trabajo. Sólo entienden que se pueda trabajar por cuenta ajena o por cuenta propia. Apenas hay modos –legales– de hacer ambas cosas a la vez sin complicarte la vida y sin que alguien, en Hacienda o en la Tesorería de la Seguridad Social, considere que eres sospechoso.

Regulaciones profesionales a parte, casos como Uber o Airbnb ilustran que hay un problema; en muchas ocasiones quienes prestan servicios mediante estas plataformas ya cuentan con otras fuentes de ingresos e incluso pueden ser asalariados. Aunque hay figuras legales que regulan la discontinuidad no se adaptan nada bien cuando ésta es imprevisible y esporádica o bien la penalizan.

Uno de los sectores que había resuelto (más o menos) el problema era el de los autores. La percepción de derechos estaba plenamente integrada en los usos tributarios pues, aunque no había forma de anticipar las ventas futuras de una obra, sí había forma de estructurar los ingresos para que fueran comprensibles para todos y fiscalmente transparentes. Pero el tope de los 9.000 € complica mucho la situación. Es una cantidad apreciable de dinero, pero repartida durante todo un año lo cierto es que no cunde tanto.

La mayor parte de nosotros intercambia tiempo por dinero. Los asalariados pactan con los empresarios unas cantidades a priori. Los trabajadores por cuenta propia dependen de sí mismos para conseguir ingresos y no saben qué cobrarán mañana, la semana que viene o el próximo mes.

El problema, como mencionan en Cuartopoder, tiene su raíz en el cruce de datos entre la Agencia Tributaria y la Tesorería de la Seguridad Social. He aquí otra duplicidad incomprensible: un Estado, dos grandes cajas distintas. Dos trámites. Dos mundos (casi) incomunicados. Que uno se pueda dar de alta como trabajador por cuenta propia en la Agencia Tributaria y tenga que ir a la Tesorería de la Seguridad Social a hacer lo mismo es un atraso injustificable.

Muchos se quejan de la dualidad entre contratos fijos o temporales; yo creo que otro gran problema está en no poder administrar –dentro de ciertos límites cubiertos ya por el Estatuto de los Trabajadores– nuestro tiempo como nos plazca, cobrar lo que queramos o podamos. Tributar de forma fácil y flexible una sola vez por nuestro trabajo –para que luego el Estado destine lo recaudado donde deba– no debería ser, hoy en día, tan complicado.

Aclaración: si tras leer este texto usted ha entendido que abogo por la desaparición de la Seguridad Social y defiendo un Estado (neo)liberal, vuelva a la escuela; padece usted graves deficiencias en comprensión lectora.

Más allá del precio fijo: vender libros ya no es vender libros

ISAAC ASIMOV

Isaac Asimov

¿Se imaginan una tienda dónde sólo vendieran botellas –de cristal, de plástico– independientemente de su contenido? Pues eso es, hoy en día, una librería convencional: una tienda que vende productos no por su contenido, sino por el tipo de envase. Para encontrar alternativas al precio fijo de los libros debemos pensar en ellos por su contenido, no por su continente.

En 1988 el periodista Bill Moyers entrevistó a Isaac Asimov para el programa de televisión A World of Ideas. La entrevista es tan interesante como extensa pero aquí quiero destacar un fragmento en particular:

Bill Moyers: Usted sabe que uno de los problemas históricos de este país está en ofrecer buenas escuelas a los niños pobres. Me pregunto si nuestra sociedad podrá proveer a todo el mundo, incluso a los niños pobres, de buenas computadoras.

Isaac Asimov: Puede que al principio no pero, mire, es como preguntarse si sería posible proveer con agua potable a una nación entera. Hay muchos países donde es excepcional encontrar agua potable. […] Pero hay lugares donde puedes suministrar agua potable a casi todo el mundo; los EEUU suministran agua potable a un gran porcentaje de su población, tal vez más que cualquier otro país. No es que debamos esperar que todo el mundo tenga una computadora perfecta inmediatamente pero hay que tratar de que así sea y con el tiempo creo que será posible. […]

Lo inspirador de la respuesta de Asimov no sólo está en su capacidad de anticipación –¡es 1988!– sino en comparar la futura Internet con una red de abastecimiento de agua potable. El resto de su argumentación, desarrollada durante la entrevista, es igual de interesante: dice que ‘en el futuro todos dispondremos de una computadora en casa con la que conectarnos a una gran biblioteca de contenidos para aprender por nosotros mismos’. Lo que no supo anticipar es que dicha computadora no sólo estaría en casa, sino en el bolsillo de cada uno de nosotros.

Ese futuro hace tiempo que sucedió y hoy somos muchos los que, en los países del Primer Mundo, disponemos de una red de abastecimiento de la que mana un caudal inagotable de contenidos. Hoy, abrimos el grifo de Internet y recibimos contenidos a manos llenas. Hace un par de décadas el único modo de acceder a cantidades apreciables de información era ir a la librería o a la biblioteca.

Vender agua mineral ya no es vender agua mineral

AGUA MINERAL

Todos reconocemos esta imagen. Es una botella que contiene agua mineral. La marca que la comercializa dispone de un sistema industrial, logístico y comercial para vender toda una gama de envases llenos de agua mineral. Pero esta marca –como el resto– hace tiempo que dejó de vender agua mineral.

Espere, es evidente que esto es agua mineral; si usted va al supermercado podrá encontrar ésta botella –u otras muy parecidas– y podrá comprar agua mineral. Que usted compre agua no significa que a usted le vendan agua. A usted le están vendiendo una suma de conceptos que se pueden resumir en una sola palabra: salud.

Disponemos de un sistema de abastecimiento de agua potable tan barato, seguro y fiable que es absurdo comprar agua envasada sólo para cocinar o beber. Del mismo modo disponemos de un sistema de abastecimiento de contenidos tan barato, seguro y fiable que empieza a resultar incomprensible que mucha gente siga comprando libros.

Más allá del precio fijo: cambio y sobreoferta

Antes de continuar creo necesario hacer algunas puntualizaciones. No creo que el precio fijo sea malo ‘per se’. Como dije en mi anterior artículo el precio fijo tenía sentido en la España de 1975 y puede que lo tenga en países con una industria editorial incipiente y una débil red de librerías que necesiten ser protegidas. Hoy nuestras circunstancias son muy distintas; creo que el precio fijo está en el origen de una serie de ineficiencias de la cadena de valor del libro de papel que, a la postre, también lastran la red de valor del libro digital. Dichas ineficiencias también están presentes en mercados con precio libre pero su origen es distinto y sospecho que su impacto es mucho menor.

Si viviéramos en un mundo exclusivamente analógico la sobreoferta de libros sería llevadera; lo era en 1993 cuando el sector se tiraba de los pelos por un problema similar al actual y siguió lamentándose –sin hacer nada– veinte años más. Vivimos una realidad cultural con una aparente doble sobreoferta: a la desenfrenada abundancia de libros se sumó, hace no mucho tiempo, la híper abundancia de Internet. Lo que en Internet es exuberancia y crecimiento exponencial en una senda que nos lleva a trascender nuestras frágiles y falibles memorias biológicas –en palabras de Richard Dawkins: un fenotipo extendido–, en el sector del libro es un problema industrial y comercial muy grave porque, hasta que no encontremos un sistema mejor, el capitalismo y su ley de oferta y demanda convierten el exceso de producción en una pesadilla económica.

Si sólo hubiera libros de papel su precio sería una parte del paisaje; que fueran caros sería disuasorio para el comprador y limitante para todo el sector pero no lo pondría en jaque. Con Internet tenemos otro paisaje cultural al que ir. Esa es la primera razón para flexibilizar el precio, hay un mundo justo al lado donde el valor de una montaña de buen contenido –sí, también de basura– tiende a cero.

¿Implica eso que los libros –de papel o digitales– deberían ser gratis? No, del mismo modo que el agua mineral embotellada no es gratis –es bastante cara– y la gente sigue comprándola.

Hay otro motivo importante para acabar con el precio fijo. En un contexto de cambio constante es recomendable mantener la capacidad de maniobra. Hay dos formas de gestionar el cambio, adaptándolo o adaptándose. Uno adapta el cambio a sus necesidades cuando mediante las leyes es capaz de conducirlo o incluso detenerlo; no es el caso. Necesitamos contar con unas capacidades adaptativas que el precio fijo nos niega.

Los (nuevos) libreros ya no venden libros

¿En qué se parece un ensayo de Carl Sagan a las memorias de Belén Esteban? En que están envasadas usando el mismo proceso industrial. Nada más. Lo mismo sucede con un Marqués de Riscal y una botella de Coca-Cola. Cada producto es adecuado en su contexto; que todavía haya bodegas en las que podamos encontrar excelentes vinos junto a refrescos carbonatados dice más de las limitaciones de su cadena de suministro que de la naturaleza del producto.

Los nuevos libreros ya no venden libros, venden cultura, de otro modo no podrían competir con las grandes cadenas y superficies ni con la venta por Internet de libros de papel. Seleccionan su oferta y muchos de ellos (casi) no venden best-sellers ni libros de alta rotación o gran consumo. Se centran en catálogos de medianas y pequeñas editoriales. Sólo las grandes cadenas y superficies siguen tratando los libros por su envase y por eso apuestan por altas rotaciones, volúmenes y márgenes. Las tradicionales librerías independientes generalistas también jugaban esa carta porque hace un par de décadas era el único formato disponible; ahora son esas librerías tradicionales, ancladas a su inespecificidad, las que languidecen y cierran.

Si la clave de la comercialización de un libro está tanto en su contenido como en su experiencia de compra la importancia del precio vendrá determinada por la sensibilidad del público a la calidad del producto. Si hay un público sensible a los nuevos libreros es porque hay un público sensible a la oferta de ciertas editoriales, a un producto alejado de las memorias de Belén Esteban pero cercano a los ensayos de Carl Sagan o a las novelas de Svetlana Alexievich. Comprar a los nuevos libreros implica un coste de oportunidad que se ve compensado por una serie de factores intangibles difícilmente escalables.

Imagino que más de un editor independiente estará pensando que buena parte de su facturación proviene de grandes cadenas y superficies. Eso es tan cierto como anómalo; estos establecimientos nunca trabajarán bien unos títulos que no pueden competir ni en rotación, ni en margen, ni en volumen absoluto de ventas, ni en popularidad; estas ‘librerías’ no tienen libreros, acaso sólo dependientes. Venden libros a cañonazos porque lo suyo es vender libros de gran calibre. Tienen otros libros porque con ellos completan su gama, nada más.

El editor independiente es un francotirador al que no le conviene quemar pólvora alegremente, menos aún en un entorno como el del libro de papel, que juega con unas reglas industriales y logísticas muy distintas a la del libro digital; para un editor independiente el coste de vender un libro digital en Amazon es despreciable pero, en cambio, el riesgo de vender el mismo libro de papel en una extensa red capilar de establecimientos sin atender demasiado a si son grandes o pequeños ni a su tipo de público –ese es muchas veces el drama de la distribución– se torna peligroso.

Procesos extractivos, socios comerciales y herramientas de venta

Otro motivo estructural para abandonar el precio fijo es que ha creado una economía extractiva a su alrededor porque los márgenes no son fijos. Hay una transferencia constante de capital desde las librerías y editoriales independientes a los grandes grupos y superficies; éstos, a su vez, no lo reinvierten en el desarrollo del sector, que es lo que deberían hacer cumpliendo con su papel de líderes; su comportamiento cleptócrata apenas sí puede mantener estructuras que, con los nuevos paradigmas, son insostenibles. Seguir jugando con las mismas herramientas que los grandes es un suicidio por mucho que el actual espejismo –y la falta de propuestas alternativas– sugiera que el precio fijo, tal como está ahora concebido, es el mejor de los mundos posibles.

En la cadena tradicional el cliente del editor es el librero. En la nueva red de valor el cliente del editor debe ser el lector y la librería debe ser el socio comercial más adecuado para llegar a él. Es imposible que el librero independiente sea el mejor socio comercial del editor independiente si entre ambos no pueden trabajar en estrategias comerciales que hagan auténtico foco en los distintos segmentos de público que les son comunes. La ley, ahora, les impide sacar el máximo partido a las actividades que los nuevos libreros organizan, actividades que podrían rendir mucho más si contaran con la colaboración activa de los editores, no sólo con su apoyo presencial –poco más pueden hacer– sino con su complicidad comercial mediante descuentos, márgenes, etc.

Es difícil que un buen librero pueda cuidar la calidad y a los clientes que la aprecian sin disponer de ciertos resortes comerciales. El precio fijo impide hacer algo tan sencillo como ofertas de 2 por 1, o 3 por 2, o las variaciones que en su caso sean útiles. Es imposible, sin pasar antes por el engorroso, lento y rígido trámite del ISBN colectivo, hacer ofertas basadas en autores, temáticas, nichos, efemérides o editoriales. Las tarjetas de fidelización de las librerías acaban siendo poco más que tarjetas de visita al no poder ofrecer ninguna ventaja en la compra de libros: compres uno, muchos o cantidades obscenas de libros, el librero sólo podrá ofrecerte un 5% de descuento. Es casi imposible que editores y libreros sean creativos en la promoción de los libros pues casi todo está prohibido. Castigar así al buen cliente es estúpido.

La edición independiente que apuesta por determinado tipo de producto necesita desconectarse de grandes cadenas y superficies, luchar con las mismas armas y en el mismo terreno que los grandes es un lento suicidio. Cuando un editor lanza un libro piensa en cuántas librerías lo va a colocar pero no tiene ni remota idea de cuántas personas lo comprarán ni de quiénes son esas personas, dónde viven, qué les gusta, qué han comprado antes. Muy pocas editoriales independientes disponen de bases de datos de clientes propios pues para eso han confiado siempre en los libreros con los que trabaja el distribuidor; resulta que ni siquiera son ‘sus libreros’. Hay alternativas ya bien probadas aunque muy poco explotadas por editores independientes; un ejemplo es el micro mecenazgo –crowdfunding–, que permite financiar la edición de un libro antes de su producción e ir construyendo una base de datos de clientes –sí, clientes– directos. Y es compatible con trabajar con los libreros.

Una de las características de las nuevas librerías es especialmente llamativa: son mucho más pequeñas que sus predecesoras y, cuando crecen, el espacio añadido se destina a las actividades culturales, no a la exposición de libros, como es el caso de la Nollegiu de Barcelona. En un entorno de exceso apuestan, posiblemente por cuestiones económicas –los contextos comerciales urbanos son caros– en reducir y cuidar mucho más lo que ofrecen especializándose en calidad. En contraste las grandes superficies, tanto digitales como analógicas, son cada vez más grandes. Parece que se estuvieran formando dos mercados; hasta hace poco –en parte sigue siendo así– todas las librerías tenían vocación generalista y la gran diferencia estaba en el tamaño. Hoy, más que el tamaño importa cada vez más si hay o no una cuidada selección; cada mercado debe tener sus propias estrategias y proveedores porque también tendrán, a grandes rasgos, públicos diferentes.

Esta tendencia encaja con lo que sucede en Internet. Hay grandes tiendas digitales que lo ofrecen (casi) todo y pequeños lugares donde los verdaderos conocedores de ciertos temas se encuentran para compartir ideas, experiencias y, por qué no, productos y compras. Las grandes tiendas raramente crean redes sociales –aunque lo intentan o las absorben, como hizo Amazon con Goodreads–, en cambio las nuevas librerías crean relaciones, ambientes, coincidencias, momentos, de forma casi natural. Esa autenticidad forma parte del producto.

Carta a los Reyes Magos: liberaos de las grandes superficies y liberad el precio

Liberar el precio bajo las actuales reglas del juego sólo destruiría la diversidad del sector. Mantener el precio fijo sin introducir cambios sólo servirá para que el sector agonice lentamente. En un futuro que ya empezamos a ver el negocio del libro será más pequeño, no habrá espacio para todos los actuales actores. Los que queden necesitan vivir en un paisaje diferente, especialmente las editoriales y librerías independientes. Éste es el paisaje que propongo:

  • Nuevo interlocutor institucional: la voz de muchos puede ser relevante sin que tenga que verticalizarse. Basta con ser visibles y actuar de forma coordinada en los momentos decisivos para que las Administraciones Públicas –de quien depende la legislación– dejen de escuchar sólo a los de siempre. La edición independiente no agremiada debe hacerse escuchar. Y debe coordinarse para ello. Ya hay estructuras que empiezan a trabajar en red.
  • Reforma de la distribución: la actual distribución sólo sirve bien a grandes editoriales y cadenas, trabaja por inundación colocando libros en cuantos más lugares mejor. Esa forma de trabajar es perjudicial para los editores independientes que necesitan menos pero mejores puntos de venta.
  • Construcción de públicos propios: hacerse con un público fiel a la editorial es el único modo de reducir las devoluciones. Es un público que no lo comprará todo, pero sí será afín a la oferta de ciertas editoriales. Hasta hace muy poco este público estaba tan disperso que era (casi) imposible localizarlo y trabajar con él. Ahora es posible, sólo faltan las herramientas adecuadas. Y en ello pueden colaborar editores y libreros, pues son públicos compartidos.
  • Desacoplamiento de las grandes cadenas y superficies: y de aquellas librerías que, sin ser grandes, jueguen el mismo juego. El único modo que una gran cadena no pueda hundir los precios de los mismos libros que vende el librero independiente es que no pueda venderlos.
  • Diversificación de los canales de venta: contando para ello con la complicidad de los libreros independientes. Casos como Tolino, en Alemania, son interesantes. Aquí en España está a punto de ver la luz una propuesta que, adecuadamente gestionada, podría ser muy útil (bastará con que sepan copiar bien, en breve espero poder hablar de ello). Hay otras opciones.
  • Período de transición al precio libre: para dar tiempo al sector a reordenarse es necesario contar con un período de transición al precio libre. Partiendo del actual máximo descuento del 5% debería establecerse un período de tres años –a mi juicio es demasiado tiempo pero el sector no soportará un cambio más veloz– en los que se pasaría al 10% de descuento, luego al 15%, al 25% y finalmente al precio libre.
  • Revisión del derecho a devolución: el precio libre debe incluir una contrapartida por parte del librero y es el fin del derecho a devolución tal como ahora se practica. Para todo el sector sería preferible que los editores vendieran menos en firme sin devolución posterior que la actual situación en la que colocan y no saben si ganarán o perderán dinero a medio plazo. La devolución debe ser una posibilidad para casos concretos, no debería practicarse de forma indiscriminada.
  • Nuevas estrategias y herramientas de venta: editores y libreros deben vender mejor los libros. No es que ahora lo hagan mal, es que el actual contexto no les permite hacerlo mejor; el fin del precio fijo, de las devoluciones y una distribución mucho más eficiente debería permitírselo.

Que cada libro encuentre su lector y cada lector su libro

Las librerías deben dejar de ser almacenes de envases para convertirse en establecimientos especializados en los que cada libro encuentre su lector; sé que la vocación de muchos libreros siempre ha sido esa pero carecen de la flexibilidad y de las herramientas para conseguirlo. Todos los puntos arriba señalados persiguen este fin. Intercambian un sector rígidamente regulado que sólo ofrece seguridad a cambio de ineficiencia y pérdida de ventas por otro mucho más ágil en el que el talento y el buen producto pueden encontrar su público.

Esta propuesta que aquí formulo en inevitables grandes rasgos no es ninguna Arcadia. Implicará el cierre de librerías, de editoriales y el descenso de la producción, todo ello necesario para superar la hipertrofia, ineficiencia y rigidez del sector del libro en España. Hoy no hay negocio para todos y en un futuro sólo habrá negocio para los grandes si no se afrontan las reconversiones necesarias. Lo que aquí he propuesto es la reconversión comercial del sector. Otro día hablaré de la igualmente necesaria reconversión industrial.

Necesitamos debatir estos asuntos antes que estos asuntos se nos lleven por delante.

Por qué hoy el precio fijo de los libros es una mala idea

Dice la leyenda que el precio fijo protege a editores y libreros independientes de las crueles fauces de los grandes grupos porque iguala las reglas del juego. Si el precio fijo estuviera bien hecho quizás fuera cierto; no es así. Hoy veremos cómo el precio fijo puede perjudicar –incluso gravemente– a los mismos editores y libreros que dice defender.

¿Un editor con suerte?

Pongamos que es usted un editor independiente que, con buen criterio y cierta dosis de suerte decidió editar la obra de un oscuro autor de un lejano país, ese tipo de autor tan querido por la Academia Sueca que, una vez al año y con gran pompa y circunstancia, otorga los premios Nobel.

Le ha tocado el gordo. Los medios van a montarle una campaña publicitaria gratis durante días. Vendrán a buscarle, usted es una de las únicas personas que conoce al ignoto autor y sabe pronunciar bien su nombre. Hace pocos años que usted editó algunos de sus libros –no todos, la cosa no está para hacer muchos experimentos– no han sido un gran éxito pero ha ganado algo de dinero y todavía le quedan suficientes ejemplares en el almacén para parar el primer golpe.

La venta de cualquier producto depende de los caprichos de los consumidores. Que unos circunspectos académicos suecos hayan decretado que la obra de ese autor es palabra de dioses no hará que el vulgo, la plebe, la masa, asalte las librerías. Sí habrá un renovado interés y gente que sólo conoce las novedades editoriales por lo que dicen en la tele o en la radio –¡cielos! ¡existe ese tipo de gente!– irán a preguntar.

¡Hay que revisar la edición, pedirle al autor un nuevo prólogo –los Nobel no premian a muertos, un gran detalle por su parte– encargar unas fajas promocionales –¿de veras funcionan?– y llamar al impresor! ¡Hay que imprimir 5.000, 10.000, 25.000 ejemplares!

Espere, no corra tanto. Usted sabe que esto no es tan sencillo. El precio fijo está a punto de complicarle mucho la existencia.

¿Cómo funciona el precio fijo?

Aunque vivimos en un país en el que el parecido entre las leyes y la realidad es pura coincidencia, en el caso del libro la norma se respeta (casi) siempre. El precio fijo consiste en que el editor establece un PVP y toda la cadena de valor lo aplica descontándose su margen. Así lo especifican la primera y la séptima sección del Artículo 9 de la Ley 10/2007, de 22 de junio, de la Lectura, del Libro y de las Bibliotecas:

Artículo 9. El precio fijo.

1.Toda persona que edita, importa o reimporta libros está obligada a establecer un precio fijo de venta al público o de transacción al consumidor final de los libros que se editen, importen o reimporten, todo ello con independencia del lugar en que se realice la venta o del procedimiento u operador económico a través del cual se efectúa la transacción.

Con el fin de garantizar una adecuada información el editor o importador quedará asimismo obligado a indicar en los libros por él editados o importados el precio fijo.

[…]

7. El librero o cualquier otro operador económico, incluidos los mayoristas, cualquiera que sea su naturaleza jurídica, cuando realice transacciones al detalle está obligado a respetar el precio fijado por el editor.

Al cliente final sólo se le puede aplicar un descuento máximo del 5%, excepto en una serie de casos bastante laxos recogidos en el Artículo 11. Mi preferido establece barra libre de descuentos si las personas adecuadas acuerdan que suceda lo conveniente:

c) Mediante acuerdo entre editores, distribuidores y libreros, podrá establecerse una oferta anual de precios para fondos específicos, periodos concretos y delimitados en el tiempo.

Casi nunca lo hacen.

Una de las contrapartidas al precio fijo es que los libreros tienen la posibilidad de devolver los libros que no vendan o ni siquiera hayan sacado de las cajas; ese detalle no se menciona en la Ley. No lo establece. Lo que salva al librero de la ruina es un pacto tácitamente respetado por todos excepto cuando cierra una librería: entonces lo más habitual es que el distribuidor se niegue a aceptar devolución alguna. La ley no le obliga.

La inelasticidad del precio obliga a que exista el derecho de devolución, de otro modo todo el sistema colapsaría en poco tiempo, por eso editores y distribuidores lo respetan. En general y salvo fórmulas comerciales concretas, los distribuidores distinguen dos modalidades de transacción con las librerías:

  • Venta en firme: el libro se facturará –usualmente a mes vencido– y en caso de devolución posterior se abonará o, lo más habitual, se servirá otro título en su lugar.
  • Depósito: el distribuidor deja los libros en depósito y el librero sólo los paga cuando los vende.

Cada vez más libreros se ven obligados a trabajar a depósito y los distribuidores –y editores– a aceptarlo bajo el pragmático principio de ‘no vamos a hacernos daño’. Sea cual sea la modalidad empleada el derecho a devolución causa muchos quebraderos de cabeza al editor.

Colocar no es vender o cómo morir de éxito

Uno de los mayores problemas para el editor es la gestión del stock. Tras el lanzamiento de una novedad o una reimpresión el distribuidor mandará una nota al editor informándole de cuántos ejemplares ha ‘colocado’ en librerías. No es raro que el distribuidor coloque toda la tirada pero, ¿cuántos de esos libros se venderán?

Imposible saberlo. Aunque todas las ventas al librero hayan sido ‘en firme’ el distribuidor no las liquidará al editor, como mínimo, hasta unos tres meses tras el lanzamiento –hay casos peores– y luego habrá que restar las devoluciones. Los distribuidores sólo suelen aceptar las devoluciones de las novedades; eso es un alivio para las cuentas del editor pero no para sus ventas: si el librero no ve demasiado claro el futuro de un libro preferirá devolverlo antes que quedarse con un momio en sus estantes. En un contexto de exceso de oferta eso aumenta la rotación y esquilma el fondo. Un motivo más para que muchas cajas vuelvan al distribuidor sin abrir.

De media, en España, se devuelve más del 30% de cada tirada, ergo hay quien se la come entera y otros que sufren roturas de stock. A usted le ha tocado el Nobel, ya ha colocado todo lo que le quedaba en el almacén –apenas unos centenares, no puede imprimir tiradas muy grandes– y necesita urgentemente imprimir más. la pregunta es cuántos. Si se queda corto, el coste por ejemplar será alto y corre el riesgo de no poder satisfacer ventas; encadenar pequeñas tiradas es una opción pero, además de cargar con costes unitarios altos siempre tendrá el almacén anémico. Si se pasa, el coste unitario de producción será bajo pero puede acabar con un montón de libros que nadie quiere, un montón que genera costes de almacenamiento.

Una parte de la decisión no depende de usted; a los libreros les encantan los premios Nobel, son como un suave Día del Libro que dura un par de semanas y se centra en un autor, pueden trabajarlo bien y saben que el público acepta fácilmente ese ‘estándar’ de calidad. Otra cosa es que el autor laureado resulte ser un pestiño pero, oiga, vaya usted con las quejas a Estocolmo.

Pongamos que usted utiliza herramientas de ‘bussiness intelligence’, está conectado a LibriRed, trabaja con Nielsen y habla regularmente con varios libreros de confianza. Estos recursos permiten conocer las ventas en tiempo (casi) real pero no son el Oráculo de Delfos. Que tampoco es que fuera muy claro…

Pongamos que, por razones en las que ahora no entraremos, los libreros sobrevaloran el potencial comercial del Nobel y piden montones de ejemplares. Usted ya ha agotado sus existencias previas al premio y sabe que colocará toda la nueva tirada; resulta que los pedidos que le pasa su distribuidor indican que debería hacer otra reimpresión más y con urgencia. La hace y se lía la manta a la cabeza. Imprime una nueva tirada de 5.000 ejemplares. Para un editor independiente eso ya son grandes números. Si trabaja con alguna lengua minoritaria, ni le cuento.

Y palma.

Pero usted lo ha hecho todo bien. Ha abastecido el mercado ante un previsible incremento de la demanda, ha aumentado la producción y ha previsto posibles roturas de stock siguiendo los pedidos de los libreros.

Y usted ha palmado.

Si un lector no quiere comprar un libro no lo comprará, se lo recomiende su tía, Babelia o la Academia Sueca. Si ese lector no compra ese libro el librero no lo venderá y lo devolverá al distribuidor. Usted tendrá una montaña de libros y un montón de facturas por pagar: imprenta, distribución, marketing, publicidad, etc.

No confíe en recolocar muchos ejemplares, si el distribuidor ha hecho bien su trabajo no quedarán muchas librerías desabastecidas; a excepción de aguerridos libreros que trabajan especialmente bien el fondo de las editoriales independientes, un libro sólo tiene una sola oportunidad en el mercado. A partir de ahí las opciones son pocas y todas implican un gasto inicial. Si está bien capitalizado puede mantener el stock y confiar que el libro sea un long-seller que acabe dando beneficios. Si le va la marcha puede intentar exportar el libro a otros países –aquí también hay devoluciones y más trampas que en una película de chinos– y finalmente, si no tiene dinero para mantener los costes fijos, puede invertir en destruir lo que quede de la tirada; invertir en dejar de perder dinero, se entiende. También puede vender el libro para saldo pero esa opción no está exenta de riesgos y no conviene abusar de ella.

¿A quien beneficia el precio fijo?

El precio fijo se adoptó en España en 1975. El mercado del libro de hace 40 años era bastante diferente al actual y se caracterizaba por una tasa de inflación alta, una producción moderada, una rotación discreta, precios relativamente bajos, un mercado interior protegido por costes industriales muy competitivos en comparación con la mayoría de nuestros vecinos y por estar fuera de la por entonces llamada Comunidad Económica Europea.

Cuatro décadas más tarde la inflación está por los suelos, la producción lleva un par de lustros desbocada, la rotación dura un suspiro, la facturación del sector ha bajado mil millones de euros desde el inicio de la crisis –sí, 1.000.000.000 €–, los precios de los libros no han bajado pese a esa misma crisis, los costes industriales son altos en comparación con China –la gran imprenta de Europa–, pertenecemos a la Unión Europea –adiós a los aranceles– tenemos el Euro, –adiós a devaluar la moneda para recuperar competitividad– y además el libro se enfrenta a la competencia de otros soportes de contenidos.

Eso sí, el precio fijo no ha cambiado en esos 40 años ¿Por qué?

Que el PVP sea fijo no evita distorsiones. Los márgenes internos, por ejemplo, no son fijos. Si usted es un editor independiente recibirá un trato distinto de grandes distribuidores y libreros. Lo mismo sucede con los pequeños libreros que se ven obligados a ceder mayores márgenes que los de las grandes cadenas y superficies. El mercado digital no es una excepción, antes al contrario, el (mal)trato que Libranda dispensa a los pequeños es sangrante.

El precio fijo con márgenes móviles quizás era una buena idea hace cuarenta años cuando los grandes no pasaban de medianos con aspiraciones; hoy es un círculo vicioso que privilegia al grande y perjudica al chico: cuánto más grande más poder de compra y coerción; cuánto más pequeño más indefenso ante las presiones de los grandes. Para ser coherente el precio fijo debería incluir márgenes fijos de obligado cumplimiento. Muchos pensarán que eso sería una injerencia intolerable en el ‘libre mercado’ –como si el precio fijo no lo fuera– pero fíjense qué dice el Artículo 13 de otra ley que también incumbe a la venta de libros, la Ley 7/1996, de 15 de enero, de Ordenación de Comercio Minorista:

Artículo 13. Libertad de precios.

Los precios de venta de los artículos serán libremente determinados […], con las excepciones establecidas en leyes especiales.

Esto, no obstante, el Gobierno del Estado, previa audiencia de los sectores afectados, podrá fijar los precios o los márgenes de comercialización de determinados productos, […]:

a) Cuando se trate de productos de primera necesidad o de materias primas estratégicas.

b) Cuando se trate de bienes producidos o comercializados en régimen de monopolio o mediante concesión administrativa.

c) Como medida complementaria de las políticas de regulación de producciones o de subvenciones u otras ayudas a empresas o sectores específicos.

d) Excepcionalmente y mientras persistan las circunstancias que aconsejen la intervención, cuando, en un sector determinado, se aprecie ausencia de competencia efectiva, existan obstáculos graves al funcionamiento del mercado o se produzcan situaciones de desabastecimiento.

El precio fijo es una de las excepciones contempladas en la Sección 1 del citado Artículo. La sección 2 faculta al Gobierno a intervenir previa audiencia –no vinculante– de los sectores afectados. Muchos dicen que la cultura y por ende el libro es de primera necesidad para nuestra sociedad. Incluso puede incluirse como medida complementaria a las ayudas públicas, directas e indirectas, que recibe el sector –el IVA reducido para el libro de papel es una de ellas. Incluso podríamos estar de acuerdo en que actualmente existen obstáculos graves al funcionamiento del mercado del libro.

Pregúntense quienes se negarán en redondo a fijar los márgenes y entonces sabrán a quién beneficia el precio fijo: a los grandes grupos editoriales y grandes cadenas de librerías. Nadie con poder suficiente como para influir en los márgenes renunciará nunca a ese privilegio y ese privilegio es un artefacto introducido por el precio fijo.

Un mercado con sobreoferta sin estímulos a la demanda

Podría aducirse que el precio fijo, pese a ser tan disfuncional, sigue protegiendo al pequeño porque el consumidor no obtiene ninguna ventaja de ir a una gran superficie o a una pequeña librería. También tenía sentido en un mercado con la oferta deprimida o con margen de crecimiento; tal es el caso de varios países de América Latina que han adoptado o están en trance de adoptar el precio fijo con la intención de proteger su incipiente industria editorial.

El mercado del libro en España es totalmente diferente; más que maduro el sector está avejentado y obsoleto. Sufre un grave problema de sobreoferta y carece de los mecanismos habituales para darle salida. Muchos autores autoeditados –que a su modo también son ‘autolibreros’– están experimentando por sí mismos cómo aumentan las ventas de sus libros cuando bajan los precios y como sucede lo contrario cuando los suben. ¿Por qué debería ser diferente para los libros editados por editoriales?

No tiene sentido que en un mercado con sobreoferta no existan rápidos estímulos directos a la demanda. El precio fijo aporta una pretendida seguridad pero a cambio introduce en el sistema unas rigideces e incertidumbres que complican mucho la gestión, obligan al editor a establecer precios defensivos que mantienen los precios artificialmente altos, fomentan las altas rotaciones, esquilman los fondos de las librerías y benefician al más grande. En un contexto en el que sobran libros y librerías mantener un mercado editorial tan recalentado es suicida.

El agotamiento de un modelo

Entiendo perfectamente que a los libreros y editores independientes el fin del precio fijo les ponga los pelos de punta; han sido 40 años de calma chicha; bueno, una calma algo movida, a decir verdad. Veamos el siguiente párrafo extraído de una noticia en prensa:

Las devoluciones de libros, que, en muchos casos, sólo logran permanecer en las librerías entre uno y dos meses, reflejan los graves problemas del mundo editorial. Los tres sectores implicados, editores, libreros y distribuidores, andan a la greña: los libreros dicen que no pueden asimilar la cantidad de novedades que se producen cada año […] y los editores y distribuidores afirman que las librerías no se han modernizado suficientemente para afrontar las nuevas exigencias del mercado. La situación es tan agobiante que representantes de los tres sectores han decidido ponerse de acuerdo para tratar de forma global el problema.

¿La situación les resulta familiar? La noticia la publicó el diario El País en 1993 y describe parte de los problemas actuales. No parece que hayamos avanzado mucho. En 1993 España vivía una crisis económica mucho más leve que la actual; luego vinieron 15 años de bonanza en los que no se hizo nada. Los problemas se fueron agravando pero la alegría económica lo tapaba todo. Nada nuevo, ni siquiera las soluciones.

Pasar del precio fijo al precio libre debe hacerse con tiento y tiempo. No debe hacerse de la noche a la mañana, no podemos cambiar las reglas del juego de un día para otro porque lo único que conseguiríamos es que los más grandes, con más recursos para adaptarse, jugaran todavía con más ventaja. Las editoriales y librerías independientes son necesarias porque trabajan en unos rangos que los grandes no quieren o no pueden. En el próximo artículo exploraremos alternativas al precio fijo.

Barcelona Ciudad de la Literatura, otro mamotreto innecesario

ELANAVEVA

Barcelona ha sido declarada Ciudad de la Literatura por la UNESCO. El presupuesto de 170.000 € ya deja bien claro que esto no pasa de operación cosmética a cargo del contribuyente y es una –otra– ocasión perdida para poner el foco en los problemas de la industria editorial.

De la red de Ciudades Literarias ya forman parte localidades de tan rancio abolengo literario y potencia editorial como Edimburgo, Melbourne, Iowa City, Dublín, Reikiavik, Norwich, Cracovia, Heidelberg, Praga, Dunedin y Granada. Cuando María Patricio-Mulero habló de ello en el suplemento Culturas de La Vanguardia alguien en el Ayuntamiento de Barcelona cayó en la cuenta que la UNESCO necesitaba una ciudad con músculo editorial en su haber y el consistorio necesitaba apuntarse un tanto que no costara mucho dinero y llenara titulares.

Como muchas otras iniciativas de la UNESCO, la de la red de Ciudades Literarias –dentro de la red más amplia de Ciudades Creativas– se caracteriza por su falta de concreción, laxitud conceptual y abundancia de humo. Tal estado de indigencia se traslada a los papeles en los que se defiende la cosa y Barcelona, tan aficionada a la alharaca lúdica y festivalera, no podía ser menos.

Hay quien dice que no hay nada de malo en que se celebren pesebres como este, que nada resta y todo suma, aunque sea en la dirección equivocada. No estoy de acuerdo. En la actual situación de la industria hay iniciativas que restan porque distraen la atención y detraen recursos. La retórica de la candidatura y posterior nominación es la usual, triunfalista sin matices, celebrando unos laureles bastante marchitos y unos logros tristemente trasnochados.

Para poner todo esto en perspectiva veremos tres documentos que demuestran lo despistada que anda nuestra intelligentsia y cómo baila al son que más conviene. Dos de ellos aparecieron recientemente en la revista municipal Barcelona Metrópolis. Uno, titulado ‘Una historia editorial larga y fructífera’ lo firma Sergio Vila-Sanjuán y el otro, con el título ‘Acostumbrados al riesgo: Barcelona, laboratorio editorial’ lo escribe Javier Aparicio; el tercero forma parte del apartado que el dossier de la candidatura dedica a la industria editorial barcelonesa.

La triste figura de un gran intelectual

Sergio Vila-Sanjuán es el inspirador de todo esto; aunque el artículo en el suplemento Culturas lo firmó María Patricio-Mulero es su director quien aparece como genio de la lámpara. Vila-Sanjuán merece todo nuestro reconocimiento por obras como Pasando página (Destino, 2003) y su labor constante en el mencionado suplemento Culturas del diario La Vanguardia. Su conocimiento literario es enciclopédico pero eso no significa que esté muy al día de las necesidades de la industria. En el encabezado de su artículo en la revista Barcelona Metrópolis dice lo siguiente:

El Gremi d’Editors de Catalunya agrupa a 279 editoriales que publican más de treinta mil títulos al año. El sector afronta hoy los desafíos de la crisis, el nuevo mercado global, la revolución tecnológica y el cambio en los hábitos de lectura: unos retos bien asumibles cuando se tiene un bagaje de cinco siglos de historia.

Seguir identificando ‘el sector’ con el Gremio es un dislate y un flaco favor a la mayoría de editoriales del país que no forman parte de él. Como ya he dicho muchas veces –y seguiré insistiendo– el Gremio es una de las causas del atraso industrial editorial catalán, tanto como la FGEE lo es del español.

Por eso es sangrante que en el mismo párrafo diga que el sector está preparado para asumir ‘el nuevo mercado global y la revolución tecnológica’ apoyándose en sus cinco siglos de historia. A Vila-Sanjuán le han vendido una moto, se ha subido a ella y va raudo y veloz al mismo abismo que sus timadores.

Vila-Sanjuán no se olvida de los de siempre:

Al mismo tiempo, Planeta empieza a absorber antiguos sellos rivales, como Seix Barral o Destino, y se va consolidando como imperio editorial, en un proceso de expansión que le llevará a convertirse, ya en el siglo xxi, en el octavo gran grupo editorial del mundo.

Comprendo que en un texto tan complaciente no pueda faltar Planeta –y que se acuerde de Seix Barral o Destino– pero de ahí a dar la impresión que el imperio Lara ocupa cómodamente su silla en el Olimpo editorial media gran distancia. Según el ranking que Publisher’s Weekly publica cada mes de enero, el Grupo Planeta empezó 2015 en undécimo lugar en cifra de ingresos –revenue en el documento original–, no en el octavo. Las previsiones son que el grupo empiece 2016 con otro descenso; no es que Planeta crezca más lentamente que el resto, es que experimenta un descenso neto y sostenido en su cifra de ventas. El Grupo Planeta no aparece (casi) nunca en las noticias de tecnología de Publisher’s Weekly ni de otras publicaciones relevantes, como Publishing Perspectives, Digital Book World, entre muchas otras, a diferencia de las habituales Big Five, muy asiduas, o de Scholastic, HarperCollins o Simon&Schuster, más pequeñas pero mucho más innovadoras. La gran edición española, salvo honrosas excepciones, lleva la boina calada hasta las orejas.

El gran prestidigitador

Javier Aparicio es otro de los grandes intelectuales de nuestro país, un referente literario con todas las de la ley. Es director del Máster en Edición de la UPF, una propuesta formativa mucho más devaluada que la fama de la que goza.

Antes de seguir hablando de Aparicio y de lo que ha publicado a tenor de la nominación me permitiré un breve rodeo. El 27 de octubre de 2014 aparecía esto en la prensa:

La Universidad Pompeu Fabra ha creado el Observatorio Internacional del Libro de Barcelona, concebido por el periodista Sergio Vila-Sanjuán e impulsado conjuntamente con el fundador y director del Máster en Edición de la UPF, Javier Aparicio Maydeu.

Ya hablé en su momento de la vacuidad de la propuesta. El Observatorio ha vivido en un estado fantasmagórico, vacío de contenido y huérfano de actividad hasta que ayer, 22 de diciembre, la UPF anunció:

La UPF crea el Centro Internacional de Estudios del Libro de Barcelona, codirigido por Sergio Vila-Sanjuán, Javier Aparicio-Maydeu y Beatriz de Moura

El mamotreto lleva ‘creado’ más de un año. Durante este tiempo ha pasado de ser el ‘Observatorio Internacional del Libro de Barcelona’ a llamarse ‘Centro Internacional de Estudios del Libro de Barcelona’, ha desaparecido la nota original en el apartado ‘Noticias’ de la UPF –supongo que para ahorrarse bochornos–, ha aparecido en escena Beatriz de Moura y Barcelona ha recibido la ya conocida nominación.

Todo parece indicar que, arrimándose al sol que más calienta y en previsión de pingües beneficios, Vila-Sanjuán y Aparicio decidieron crear un provechoso vehículo pero tuvieron que mantenerlo en barbecho hasta la llegada de mejores tiempos. Ya han llegado, de ahí que la UPF haya sacado, de nuevo, el bombo y el platillo con rebautizo incluido.

Ahora que ya nos conocemos todos veamos qué escribe Javier Aparicio en la revista Barcelona Metrópolis a tenor de la nominación:

Como capital editorial internacional, Barcelona ha sido testigo estas dos últimas décadas de cambios esenciales en el book business. Se inició un proceso de concentración editorial que, sobre la base de empresas conjuntas, compras y absorciones de editoriales pequeñas, familiares o en situación comprometida por cambio de orientación o adscripción a modelos obsoletos de negocio, generó grandes corporaciones como el Grupo Planeta, que no ha dejado de crecer, o como Random House Mondadori, recientemente convertida en Penguin Random House, que se ha hecho con editoriales fundamentales de Madrid.

Si Aparicio hubiera escrito este párrafo hace diez años nada habría que objetar. La atribulada última década desmiente tanto triunfalismo. Quien se encuentra hoy en un ‘modelo obsoleto de negocio’ es el propio Grupo Planeta. Penguin Random House goza de una salud mucho mejor, pero las decisiones importantes no se toman aquí. ‘Nuestro’ último gran grupo atraviesa graves dificultades económicas y ‘el otro’ no es nuestro. No entiendo tanta petulancia.

Sigue Aparicio:

[…] Barcelona será capital literaria de la Unesco, se reconocerá su capitalidad editorial internacional también entre las autoridades de la propia ciudad, tal vez se abra una tienda Taschen en el paseo de Gràcia y es probable que Amazon se sume a la fiesta abriendo uno de sus megaespacios logísticos en una de las ciudades más activas de Europa. […] ¡Ah!, y es muy probable, además, que, en pocos años, buena parte de los editores e impresores de Asia que imprimen y publican libros europeos se formen en Barcelona, sede de uno de los másteres en edición de referencia internacional, así como de posgrados en edición de verdadera enjundia. ¡Y hasta es posible que Barcelona se convierta en breve en una de las ciudades del mundo más activas en la creación de aplicaciones relacionadas con el mundo de los contenidos!

Barcelona no será capital de nada, será Ciudad Literaria. Si necesitamos que venga la UNESCO a reconocer algo que debería ser evidente desde hace décadas es que andamos muy mal de nervio industrial y editorial. El interés de Taschen por Barcelona es turístico y por eso abren una tienda y que Amazon abra un centro logístico –tu quoque, Aparitius?– responde a la idónea ubicación geográfica de la ciudad y sus buenas conexiones con Europa occidental. Nada de lo que dice Aparicio tiene que ver con la faceta literaria o editorial de Barcelona.

Es tan probable que los editores e impresores asiáticos se formen en Barcelona como todo lo contrario. ¿Por qué deberían hacerlo? ¿Por qué si, precisamente, el máster ‘al que usted se refiere’ está en retroceso en otros lugares más afines por cultura e idioma, como América Latina? Puestos a trasladarse miles de kilómetros les veo más interesados en Londres o Nueva York. Allí sí están pasando cosas interesantes.

Aparicio sigue en modo estupendo:

Resulta imprescindible que las autoridades municipales y autonómicas, y huelga decir que las estatales, entiendan que Barcelona es el lugar de partida de muchos de los best-sellers mundiales en lengua española, desde Javier Marías a Javier Sierra, María Dueñas o Ruiz Zafón, y que su bilingüismo debe ser preservado como debe ser preservado el precio fijo que permite que Europa sea una potencia internacional de la transferencia de contenidos y de los libros de entretenimiento.

¿Hasta cuando, señor Aparicio, nuestras autoridades municipales, autonómicas y estatales deberán plegarse a los designios de una industria obsoleta y sus atrasados representantes? ¿No les basta con los distintos mecanismos de subvención, directos e indirectos, ni con una legislación proteccionista?

Es intelectualmente inane blandir el precio fijo para afirmar que Europa –la continental– es una ‘potencia internacional de la transferencia de contenidos y de los libros de entretenimiento’; dos de las mayores potencias del mundo, Estados Unidos y el Reino Unido, trabajan con precio libre y lideran el mercado más lucrativo, el angloparlante, que a la sazón domina el resto de mercados.

Lo estupendo se convierte pronto en grotesco:

Cuanto más diverso es un hábitat, más perdurable. Necesitamos nuevas empresas, ideas de bombero que puedan ponerse en práctica, riesgo contenido, valentía: sin riesgo no hay victoria, como dijo Faulkner primero y varios nobeles de economía después.

¿Qué ideas de bombero promueve usted, señor Aparicio, desde su máster? ¿Qué ha hecho usted para promover el riesgo y la valentía? ¿Ha creído en ellas, se ha implicado, ha invertido, les ha dado voz? ¿Ahora resucitará su Observatorio o Centro de Investigación –o como se le ocurra llamarlo la próxima semana–, ahora que posiblemente consiga el dinero que no tenía para hacerlo? Pregúntese por qué no lo tenía y por qué necesita fondos públicos para hacer algo que deberían estar haciendo, desde hace mucho tiempo, aquellos que mantienen su máster en pie.

La única voz a la que usted responde es la de su amo, la gran industria obsoleta, retrógrada y obstruccionista, la que usted glosa en el artículo de Barcelona Metrópolis. Como decimos en Catalunya: ‘qui té el cul llogat no seu quan vol’.

Una candidatura un poco mentirosa

Tanto Sergio Vila-Sanjuán como Javier Aparicio firman sus artículos. Diferente es el caso de los contenidos del dossier de la candidatura de Barcelona. La mayoría se limitan a dar un batiburrillo sosaina que ya conocemos pero algunos, como el texto dedicado a la industria editorial, mienten. Digo mienten porque puedo demostrarlo. Empecemos:

Barcelona es, pues, la sede de las principales empresas editoriales con filiales en Latinoamérica. Desde Cataluña, los libros se exportan a todo el mundo: el 50% a Europa y el 44,8% a Latinoamérica.

Raro ¿Editamos en castellano y la mayor parte de nuestros libros se exportan a Europa? Obviamente, no es así. Sólo hay dos posibilidades: o bien el redactor del documento habla de oídas y no conoce el sector o bien sí lo conoce pero desea torturar los datos para que estos digan lo necesario. Veamos qué dice el Informe de Comercio Exterior de 2014 (pág. 22):

[…] el principal destino de nuestras exportaciones ha sido en 2014 la Unión Europea, con un 59,86%. De ellas el 45,85% corresponde al Sector Editorial y el 54,15% al Sector Gráfico. […]

En Iberoamérica […] el 95,56% de la cifra de exportación es de producto editorial. Es lógico ya que la industria gráfica española, fundamentalmente por un problema de precios, ha centrado su acción en los países de la Unión Europea.

En realidad menos de la mitad de lo que mandamos a Europa son libros terminados –editados aquí– y más de la mitad son servicios de impresión que nuestra industria gráfica presta a editores europeos que, obviamente, editan sus libros en sus idiomas. Mezclar ambos conceptos es tramposo.

En cambio casi todo lo que mandamos a América Latina son libros editados e impresos aquí, pues no tiene ningún sentido que un editor latinoamericano encargue imprimir libros con los costes de aquí para embarcarlos de vuelta e incurrir todavía en más sobrecostes para venderlos allí a precios imposibles. Lo cierto es que exportamos casi la mitad de libros a América Latina y algo más de un 20% a Europa, que no es poco, pero es un dibujo muy distinto del que pretenden vendernos.

Del sesgo en los datos pasamos a la inexactitud más absoluta:

Cataluña cuenta con 272 empresas editoriales, que ocupan a 4.907 personas y que en 2014 editaron 31.759 títulos, con una facturación de 1.209 millones de euros. En Barcelona están presentes grandes grupos multinacionales como Planeta, Penguin Random House y RBA. Al mismo tiempo, Cataluña es la comunidad española con mayor número de pequeñas editoriales, que suman un total de 249 editoriales independientes.

El redactor del documento, supongo que de forma interesada, confunde editoriales agremiadas con el total de editoriales. Según el Anuario de Estadísticas Culturales 2015 (pág. 298) en Catalunya hay un total de 653 agentes editores. Lo que sucede es que más de la mitad no están agremiados; obviamente el número de editoriales independientes catalanas es mucho más grande y ese grupo es el que deja de agremiarse y el que más cuestiona la legitimidad del Gremio de Editores de Catalunya.

Tampoco comprendo de dónde sale el número de títulos editados, pues según consta en el mencionado anuario (pág. 293) el total de ISBN asignados en Catalunya en 2014 fue de 25.752. En realidad hay más del doble de editoriales y una quinta parte menos de títulos. Felicidades.

No entraré en la cifra de puestos de trabajo pues el sector ha expulsado de sus estructuras a miles de trabajadores, muchos de los cuales se han instalado por su cuenta ofreciendo servicios a esas mismas editoriales. Se ha precarizado el talento. En palabras de una veterana editora: las editoriales han echado a los editores.

Según el documento la cosa va como un cohete:

Cabe destacar que en los últimos años el ecosistema editorial goza de un equilibrio entre los grandes grupos, las editoriales independientes instaladas desde las últimas décadas y la activa eclosión de pequeñas editoriales. Por lo tanto, es un sistema editorial diverso y de mucha actividad.

Cualquiera que conozca el sector sabe que esto no es cierto. Tal como muestra la Panorámica de la edición española de libros 2014 (pág. 39) el 63% de ISBN fueron concedidos a editores medianos y grandes. Ninguna de esas nuevas y aguerridas editoriales independientes ‘instaladas desde las últimas décadas’ entra dentro de esas categorías. Ergo el sector está bastante concentrado, todavía más si lo analizamos desde el punto de vista de la facturación.

Y ya puestos a desbarrar, atención al siguiente párrafo:

Una de las citas locales más relevantes del sector editorial es Liber – Feria Internacional del Libro, que tiene lugar en Barcelona cada dos años, promovida por la Federación de Gremios de Editores de España. Se trata de la primera muestra europea del libro en español y el principal centro de negocio e intercambio profesional, con atención especial a los contenidos digitales, los nuevos editores, la autoedición y los agentes literarios. En 2014 asistieron 450 editoriales de 60 países, con 10.000 profesionales y, por primera vez, el público general.

Indecente. Si en algo coinciden los que saben del asunto es que Liber es un salón que va a la deriva, con cada vez menos importancia, expositores y visitantes. Las cifras que dan no se las creerá nadie que haya visitado la feria; a 10.000 llegamos si contamos los que repiten esos tres días e incluimos a expositores. Puede que haya 450 editoriales de 60 países pero muchas se apiñan en stands colectivos y ni por asomo hay un representante de cada una de ellas.

Es obvio que es la primera muestra europea del libro en español; me pregunto dónde esperan si no que se celebre en Europa, ¿en Andorra?. Se callan muy mucho que Liber hace tiempo que perdió la batalla –si es que alguna vez la libró– ante Guadalajara y Bogotá. Que la feria más importante del libro en castellano esté en México y no en España deja claro lo poco que les ha importado el asunto. Si por algo se ha caracterizado Liber la última década a ha sido por ser el Increíble Salón Menguante. Sacar pecho con él es de una decrepitud indescriptible.

‘E la nave va…’

Así va la nave y estos son algunos de sus tripulantes. Estos son los que piensan en la literatura y en quienes debemos confiar para salir de la crisis de modelo de producción y comercialización. Hemos visto un colaborador necesario y creo que algo incauto, un prestidigitador que manipula la realidad a su conveniencia y una concejalía de cultura del Ayuntamiento de Barcelona a la que han goleado en sólo un par de páginas en un documento vergonzoso.

La nominación de Barcelona como Ciudad Literaria sólo servirá para perpetuar esta forma de pensar, proceder y medrar. Mientras tanto seguirá pendiente la urgente reconversión industrial y comercial del sector, un proceso en el que Barcelona podría tener mucho que decir y aportar. Pero nada se va a hacer, no desde las instituciones.

Así nos va. Así les va. Allá ustedes.

La cultura (ya) no entra con (más) dinero público

PCM

Desde que tengo uso de razón oigo decir que ‘la cultura’ –rellénese el concepto con lo que usted prefiera o quiera entender– está cada vez peor, que las Administraciones Públicas no apuestan por ella, que nunca hay suficiente dinero. Desde que tengo uso de razón asisto a incansables ‘dónde iremos a parar’ y a no menos frecuentes ‘el ciudadano medio es un inculto’. Tienen razón. Y por eso se equivocan al pedir más y más recursos.

La cultura decimonónica, la basada en cánones –sí, existen, no los he inventado yo– y administrada de forma vertical está cada vez peor. Ese excéntrico invento de Internet y su heraldo del despiporre, la Web 2.0, están acabando con el Antiguo Régimen Cultural. ¿Era necesario tal cambio? Posiblemente no. La situación anterior no estaba nada mal. Uno tenía la sensación que el mundo cultural era comprensible porque alguien –críticos, académicos, escritores, periodistas– lo ordenaba. Era cómodo. Lo digo en serio: con el canon vivíamos mejor; más dirigidos, pero más tranquilos. Culturalmente menores de edad –como nos quieren muchos todavía– pero satisfechos.

Vivir sin canon cansa. Uno tiene que hacerse mayor y rebuscar entre los contenedores de Internet; nos convertimos en cazadores–recolectores de la 2.0. Perder el canon –perder la inocencia, ser expulsados del Edén Cultural– es entrar en un mundo complejo, lleno de dudas y dolor espiritual. Es el precio de la libertad, no lo duden. El precio de saber que deberemos equivocarnos (mucho) más, que accederemos a la cultura con aflicción porque ya (casi) nadie dotado de aura nos dirá que obramos bien o mal. A cambio y sólo para el que se atreva quedará la satisfacción de ser dueño de sus actos culturales. Un poco, al menos. Un poco más que en el Antiguo Régimen Cultural, me refiero.

La cultura no está cada vez peor. Si por cultura entendemos equipamientos, inversión y oferta, la cultura está mucho mejor que en la década en la que tomé uso de razón. A veces es necesario recordar que a principios de los ochenta del pasado siglo carecíamos de una red de bibliotecas digna de tal nombre, que los pocos museos públicos que teníamos caían literalmente de viejos, que la actividad cultural vivía mucho más del ahínco popular que del apoyo institucional, que todavía no habíamos alcanzado la plena alfabetización, que faltaban centenares de escuelas por construir y la oferta teatral y cinematográfica (salvo honrosas excepciones) daba más grima que risa. Este país olía a calcetín sudado y era de un cutrerío post-franquista tan vergonzoso que muchos prefieren olvidarlo. Por encima de esta balsa de aceite usado flotaban cuatro exquisitos que podían viajar y leer y hablar en otros idiomas pero en la profunda, espesa y oscura anoxia, vivía la mayoría.

Las películas de Marisol, Verano Azul, el sórdido Paralelo barcelonés, Paco Martínez Soria y Corín Tellado no eran alienígenas llegados del espacio exterior, fueron el fruto natural de un país con un pasado cultural como el nuestro. Alguien imaginó que con una Transición, un Flotats, un Almodóvar y tres o cuatro mausoleos nacionales de las Artes –así, en mayúsculas– nos convertiríamos en suecos, suizos, alemanes o, al menos, en franceses. Y no, claro.

Pese a todo hoy disfrutamos de una envidiable red de bibliotecas públicas, de una oferta teatral apabullante y para todos los gustos, de una producción editorial gigantesca, del doble de librerías por habitante que Suecia, de una cantidad heroica de revistas culturales y de más canales de televisión de los que mi abuela fue nunca capaz de soñar. Y todo esto es objetivamente cierto.

Está pensando usted en la calidad. Yo también. Recuerde que los actuales consumidores de cultura –sí, usted también– son hijos y nietos de los consumidores de cultura del franquismo, muchos de los cuales todavía viven. Estos últimos 30 años el aumento de la oferta cultural ha sido mayor que la de los 300 años anteriores. En cantidad y en calidad. En términos absolutos.

¿Qué ha sucedido? Pues que no basta con poner la cultura a disposición del vulgo. La gente que hoy es inculta lo es porque quiere, porque socialmente está poco penalizado, porque hace tiempo que las habilidades se llevaron por delante el talento: cualquiera puede ser hábil pero para ser talentoso hay que ser culto. Hoy, en la escuela, la universidad y la empresa priman las habilidades y competencias, eso que los angloparlantes –de allí– y los incultos con máster –de aquí– llaman ‘skills’. A diferencia del talento, éstas se pueden medir fácilmente.

Las habilidades son al talento lo que el entretenimiento es a la cultura. Vivimos rodeados de seres que prescinden, ignoran y desprecian toda cualidad que no puedan contar fácilmente; lo peligroso es que han convencido a miríadas de padres de que sus hijos –y ellos mismos– para entrar en eso llamado ‘mercado de trabajo’ deben despreciar la cultura. Ignoran –como otras tantas cosas– que prescindir de la cultura es prescindir del talento y sin ese equipaje convierten a sus hijos en meros súbditos.

El nuestro es un mundo lleno de hábiles, competentes e incultos individuos. Ser ciudadano es, o debería ser, otra cosa. La frontera entre la cultura y la incultura no es el volumen de conocimiento sino la curiosidad, el interés, la voluntad de saber. Luego cada cual, a su manera y según sus medios, hará lo que pueda. Nadie está obligado a más.

Suecos, suizos, alemanes e incluso franceses son más cultos porque hace mucho más tiempo que están mejor educados. Nos llevan mucha ventaja en eso; teniendo en cuenta el deprimente punto de partida nosotros hemos hecho muy bien los deberes las últimas tres décadas pero hay cosas que no se arreglan sólo con dinero. Ciertas cosas necesitan tiempo y educación, necesitan, en suma, vivir mucho tiempo en un país ‘normal’ –rellene ese concepto con lo que se le ocurra– y el nuestro no lo ha sido los últimos tres siglos.

Dudo que más recursos públicos dedicados a la cultura contribuyan a crear ciudadanos más cultos; cualquier mejora será sólo incremental y en los márgenes de un sistema ya bastante saturado. El problema lo tenemos en educación y baste un dato: para entrar en magisterio basta aprobar el examen de selectividad con una nota discretita y suspender lengua. Ningún sistema educativo puede ser mejor que el peor de sus maestros.

Librerías de Calidad: cuando un sello es sólo un cromo

CROMOS MAYA

Ya está disponible la web para obtener el sello ‘Librerías de Calidad’. Con dicho sello, las librerías sólo tendrán derecho a poner una pegatina en el cristal. Tamaño despropósito ha sido perpetrado por dos de los sospechosos habituales: la Dirección General de Política e Industrias Culturales y del Libro y la Federación de Cámaras del Libro de España.

Por qué el sello Librerías de Calidad sólo es una pegatina

Porque no hay ningún incentivo más allá del propio distintivo y porque la calidad no existe en el vacío sino en relación con un contexto y sus necesidades. Este sello ni las tiene en cuenta ni afronta la realidad; al contrario, deforma la realidad en beneficio propio tal como confiesan cuando exponen las –supuestas– ventajas para el librero:

Obtener el Sello de Calidad aportará a tu librería distintas ventajas, entre ellas un gran prestigio frente a tus lectores:

Consolida la imagen de tu librería como un espacio cultural.

Identifica y garantiza ante terceros que tu librería cumple con unos rigurosos estándares de calidad.

Garantiza un compromiso de mejora permanente en su servicio a los lectores.

Me temo que alguien lo ha entendido todo al revés. Una librería no tiene lectores, tiene clientes; los lectores son del autor. El prestigio –grande o pequeño– que una librería tenga ante sus clientes dependerá de sí misma y su desempeño, no de un sello. Una librería es o no un espacio cultural y no necesita que un sello lo confirme. Las identificaciones y garantías sólo valen algo cuando de veras recompensan la excelencia. Y veremos que éste no es el caso.

Ningún distintivo tiene poderes mágicos, ninguna pegatina transubstanciará nada ni convertirá la sangría en gin-tonic. Los países serios establecen sellos de calidad, fundamentalmente, por dos motivos:

  • Para incentivar y proteger la producción de artículos de alto valor percibido por el consumidor. Es el caso de las Denominaciones de Origen, por ejemplo, y de sus consejos reguladores.
  • Para fomentar el desarrollo y transformación de un sector estratégico. En dichos casos suelen implementar sistemas de palo-zanahoria; premio para el que lo hace bien, palo para el que no. Fue el caso de las distintas reconversiones industriales en España de los años ochenta del siglo pasado.

Ya he dicho muchas veces que sector del libro en España necesita una Reconversión Comercial e Industrial. Nuestras librerías se enfrentan a la parte comercial de dicha reconversión, una transformación empujada por factores externos al sector tradicional y, por lo tanto, con resistencias enormes de aquellos que deben afrontarla.

Esta tesitura obliga a las Administraciones Públicas a tomar partido: o bien deciden intervenir en el sector para fomentar –y forzar, si cabe– su reconversión o bien deciden no hacer nada y dejar que el sector se pudra. Los paños calientes que sólo palían los síntomas es la peor de las opciones: no se permite que el sector se hunda rápidamente –destrucción creativa– ni se le empuja a que se renueve de forma controlada.

Si el sector del libro es estratégico –cosa que afirman desde el Ministerio y desde las instituciones que impulsan el sello– necesita ser urgentemente saneado mediante políticas activas de las cuales ninguna aparece en el horizonte. Como ya dije hace algo más de un año, un hipotético sello de calidad realmente útil debería contar con incentivos fiscales, económicos y comerciales: créditos blandos, acceso a subvenciones directas, ventajas fiscales, derecho a aplicar descuentos mayores al 5% (con la consiguiente modificación de la Ley del Libro). En resumen: apoyo económico directo e indirecto en orden creciente según puntuación conseguida en un proceso de auditoría parecido al que el sello ‘Librerías de Calidad’ propone. Me conformaría con mejorar un poco el modelo francés. Las mejoras en eficiencia compensarían, a medio y largo plazo, el coste de la iniciativa.

No sólo el sello propuesto carece de incentivos directos a la reconversión; adicionalmente hace recaer un tercio del coste del proceso de acreditación en el propio librero, coste que debe abonar ‘a priori’, reciba luego la acreditación o no. Si hubiera incentivos económicos el librero recuperaría fácilmente la inversión, pero al no haberlos es sólo un gasto.

Un pretendido criterio que sólo es arbitrariedad

Si la falta de incentivos reduce el sello a simple ‘postureo’ los requisitos, tanto los mínimos –obligatorios– como los adicionales, parecen poco más que una lista de arbitrariedades.

En los mínimos aparece una tabla relacionada con el tamaño y la facturación de las librerías y cuatro bloques. Veamos la tabla:

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Cualquier librería que no sea una gran superficie cabe en esta tabla. Pero claro, la gran superficie que quiera obtener el sello lo único que debe hacer es dar de alta una empresa segregada para su negocio de librería que no tenga más de 50 trabajadores ni facture más de 10 millones de euros. Cualquier departamento de libros de gran superficie cumple este requisito. Empezamos mal o, en todo caso, confundiendo al personal: los grandes y muy grandes pueden colarse cuando quieran.

Los cuatro bloques de requisitos mínimos son estos:

  • Bloque 1: requisitos relacionados con la actividad de la librería
  • Bloque 2: requisitos relacionados con la gestión de la librería
  • Bloque 3: requisitos relacionados con las instalaciones y el personal
  • Bloque 4: requisitos relacionados con la cultura y la calidad

A primera vista no está mal; la música suena bien pero cuando nos asomamos a la letra, a los requisitos concretos, vemos cosas un poco raras. En el bloque 1 se exigen cosas como, por ejemplo:

[…]

La librería debe llevar abierta al público un mínimo de tres ejercicios completos.

[…]

La librería debe contar con unas existencias mínimas de 6.000 referencias distintas en el caso de librerías generalistas o 2.500 para librerías especializadas.

La librería debe disponer de libros de al menos 50 sellos editoriales diferentes. En el caso de librerías especializadas, este número se reducirá a 25.

Un mínimo de un 10% o 1.000 títulos de la oferta editorial del establecimiento debe haber sido editada en el último ejercicio, siendo este porcentaje de un 5% o 500 títulos en caso de librerías especializadas.

Algunas de las mejores librerías de Barcelona apenas alcanzan tres años de vida y funcionan muy bien; es el caso de NoLlegiu, La Calders, La Impossible, La Memòria y tantas otras. Cada año sale una nueva hornada de ilusionados libreros de la Escola de Llibrería de la Universidad de Barcelona; ¿debemos decirles que hasta que no se hayan roto los cuernos tres años seguidos su trabajo no será reconocido? ¿Dónde queda la apuesta por la profesionalización? Con un año de vida debería bastar para demostrar la calidad.

Lo de las existencias mínimas también es incomprensible: la actual tendencia en ciudades de más de 500.000 habitantes –me atrevería a decir que también de las de más 100.000– es ir menguando en superficie y títulos expuestos e ir ampliando oferta de servicios y peso cultural. ¿Por qué se les castiga? ¿Y qué hay de las pequeñas librerías en modestas poblaciones como la papelería Bassa? Es una papelería pero su espacio de librería –la única de Mora d’Ebre– brilla con luz propia en calidad y cuidado. Lo mismo sucede con la librería Serret en Valderrobres, toda una institución cultural que queda fuera de los parámetros del sello ¿Acaso no entendimos que más de 11 millones de españoles viven en un municipio sin librería?

La especialización se trata de forma arbitraria y huelga un ejemplo: el Espai Contrabandos de Barcelona –del que hablamos hace unos días y que en principio está especializado en libro político– tiene más de tres años pero sólo cuenta con 30 sellos porque su estrategia se aleja mucho de la de una librería al uso. Dudo que les interese un sello como éste pero, llegado el caso, no podrían acogerse. Dejar al Espai Contrabandos fuera desacredita al sello, no a la inversa. Tampoco sé cómo se acredita la especialización: ¿sólo de boquilla?

El mínimo del 10% o 5% en títulos editados en el último ejercicio es absurdo. Ni fomenta ni prima el fondo sino las novedades. Uno de los problemas del sector es la excesiva rotación y el sello parece empeñado en seguir empujándola.

En el bloque 2 encontramos otros problemas:

[…]

Se debe disponer de un servicio de envío a domicilio de productos.

[…]

La librería debe contar con un medio de prescripción escrita de libros para sus clientes, lo que se puede hacer mediante una revista, un boletín, un blog, correos electrónicos o una página web.

La librería debe contar con un sistema para recabar sugerencias por parte de los clientes y su propio personal.

[…]

Debe utilizarse un sistema informatizado específico para la gestión de la librería.

[…]

El servicio de envío a domicilio no tiene sentido sin un sistema de venta de libros de papel por Internet, algo a lo que pocos libreros pueden hacer frente por sí solos. Tampoco aclara qué se entiende por sistema de envío: ¿cajas, papel de embalar y el teléfono de un mensajero es un sistema?

Tener presencia en Internet es ya fundamental, pero el medio de prescripción escrita parece más pensado para contentar a los editores y que puedan disponer de otro órgano de propaganda. Qué casualidad, por cierto, que Penguin Random House esté desarrollando una revista destinada a librerías.

Un sistema para recabar sugerencias… qué quieren que les diga; no sé qué entienden por un ‘sistema’, acaso un bloc de notas. Sí veo muy claro lo del ‘sistema informatizado específico’ para la gestión, pero sería deseable que el sello recomendara sistemas compatibles con el trabajo en red; ni todos son iguales ni son igual de compatibles.

El bloque 3 contiene un montón de perogrulladas y una inconsistencia flagrante:

La superficie de la sala de ventas de la librería debe ser superior a 40 metros cuadrados útiles.

¿Por qué? ¿No se puede ser buen librero con un local más pequeño? Volvemos a discriminar a las librerías de pueblos pequeños. Si tenemos en cuenta que es imposible competir con la colosal oferta de Amazon o Casa del Libro, ¿qué importa el tamaño si el servicio –que al final es lo que se supone que se acredita– es excelente?

En el bloque 4 también pasan cosas:

La librería debe organizar un mínimo de seis eventos culturales al año. Se considera la participación en la Feria del Libro como un evento.

[…]

Se debe analizar la eficacia de los eventos culturales llevados a cabo en lo relacionado con su impacto cultural y económico.

La librería debe establecer por escrito su misión, visión y valores. Se pondrá el documento a disposición de clientes y partes interesadas.

La librería debe establecer por escrito objetivos medibles y coherentes con su misión, visión y valores. Se debe hacer seguimiento de los objetivos establecidos.

[…]

Seis eventos al año, seis. Una miseria. Conozco librerías que organizan seis eventos en una sola semana. La mención a la Feria del Libro es sangrante, supongo que se refieren a la de Madrid; ¿la de otras ciudades está incluida implícitamente o sólo cuenta Madrid, rompeolas de las Españas?

¡Ah, la eficacia! Eso que también llaman ROI. Peliagudo tema: ¿cómo medir el ROI de una lectura de poemas, un cuentacuentos, una entrevista al autor de una novedad… ¿sólo por el número de ejemplares vendidos? La fidelización fuera de entornos digitales es de difícil calibración.

Misión, visión y valores. Si algo sabe cualquier (buen) librero es por qué hace las cosas; nadie abre una librería sin tenerlo muy claro. Puede equivocarse pero no necesita moldes de management que, aplicados sin cuidado, poco aportan. Sería muy diferente si uno de los incentivos de la obtención del sello fuera el muy necesario asesoramiento empresarial, pero no: en la web del sello hay un montón de documentos para que el librero se las componga como pueda. Consultoría Ikea: consúltese usted que nosotros ya le pondremos el sello y le cobraremos.

Los bloques adicionales son un batiburrillo de aciertos, ocurrencias y simples chistes. Falta un criterio claro; en palabras de la propia web del sello: falta visión, misión y valores.

Resumiendo: ir a por un sello y volver con estampitas

Estos señores han parido un sello colorista, decorativo pero perfectamente inútil:

  • No ofrece incentivos económicos, ventajas fiscales, créditos blandos ni acceso preferente a subvenciones directas.
  • No ofrece asesoramiento empresarial ni apoyo a la gestión.
  • No contribuye ni fomenta que el sector se convierta en una red integrada de información.
  • No fomenta de forma creíble, más allá de la anécdota, la actividad cultural, el fondo bibliográfico ni la especialización.
  • No incentiva, más allá de lo superficial, la digitalización de la librería.
  • Discrimina y ningunea de forma incomprensible los proyectos libreros más recientes e interesantes, algunos de los cuales deberían ser citados como ejemplo de buenas prácticas en vez de ser despreciados.
  • Discrimina y ningunea las especificidades propias de las librerías de poblaciones pequeñas.
  • Establece mínimos arbitrarios tanto en fondo como en superficie de ventas que no tienen nada que ver con la calidad del servicio.
  • Introduce un montón de premisas propias de la legislación de consumo que se supone que todo establecimiento debería ya cumplir.
  • Hace recaer el peso del proceso de acreditación en el librero, incluyendo un tercio del coste.
  • Falta un Plan de Cierre Incentivado de Librerías, es decir, de jubilación y/o cierre de aquellos libreros que ni dan la talla ni quieren darla.

Este despropósito ya no sorprende a nadie. La única beneficiada de la iniciativa será la consultora que gestione el proceso. Harán su trabajo, posiblemente lo harán bien, pero caerá en saco roto. Este sello hubiera sido una buena idea en época de vacas gordas; en un momento en que el sector necesita un tratamiento de choque, no pasa de buena voluntad con colorines. Felicidades, señor Daniel Fernández y señor Antonio María Ávila, por perder otra oportunidad y por hacernos perder más dinero –el de todos– y más tiempo.

Bonus track: no se pierdan los artículos que Manuel Gil y Txetxu Barandiarán han dedicado a la cuestión.

La ‘Gran Enciclopèdia Catalana’ cumple 50 años

ENCICLOPÈDIA

Fuente: Fundació Enciclopèdia Catalana

El Grup Enciclopèdia Catalana cumple 50 años. Un proyecto que empezó en 1965 con el objetivo de crear la ‘Gran Enciclopèdia Catalana’ y que ha diversificado su actividad hasta incluir, entre otras, libro de texto, libro infantil y juvenil, y grandes obras. Para conmemorar su primer medio siglo de historia la institución celebrará diferentes actos.

Uno de ellos, al que asistí como invitado, llevó por título ‘EL PAPER DE LA CULTURA EN LA CATALUNYA DEL SEGLE XXI. 50 anys d’Enciclopèdia Catalana: llegat i projecte’ y tuvo lugar el pasado 5 de noviembre en el Ateneu Barcelonès. Los organizadores del acto tuvieron el acierto de plantear tres cuestiones con perspectiva histórica, calado social y proyección de futuro.

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Un momento de la charla con Albert Pèlach, Ramon Folch, Àngel Castiñeira, Muriel Casals y el que suscribe. Fuente: Fundació Enciclopèdia Catalana

Enciclopèdia Catalana: el legado

Para cualquier persona ajena a la historia reciente de la cultura catalana la creación de una enciclopedia no debería resultar especialmente remarcable; desde el siglo XVIII la cosa no tiene ningún secreto y hace un par de lustros que fueron superadas por la Wikipedia.

Empezar un proyecto de esta envergadura en catalán diez años antes de la muerte de Franco no fue fácil. El catalán estaba tolerado en los ámbitos privados, ya se permitía publicar en nuestra lengua pero seguía prohibido –con escasas excepciones– en el ámbito educativo y totalmente ausente del ámbito administrativo e institucional.

Si para la generación de mis padres la Enciclopedia Catalana fue un hito en la recuperación de una cultura y lengua maltratadas, para mi forma parte del paisaje sentimental de mi infancia y juventud. Crecí en una familia que apreciaba los libros y, para la cual, una enciclopedia era la piedra angular de toda biblioteca. Cuando tuve uso de razón la Enciclopedia ya estaba allí y hoy, inevitablemente obsoleta, sigue presente en casa de mi padre, a quien sobrevivió.

Tras la ‘Gran Enciclopèdia Catalana’ llegó a casa ‘Catalunya romànica’, una obra enciclopédica de 27 volúmenes dedicada al románico catalán, tan colosal como exhaustiva, que dice mucho acerca de nuestra capacidad colectiva de llevar a cabo proyectos cuya rentabilidad económica es dudosa pero cuyo provecho social y cultural es indiscutible.

En el legado de esta institución hay cinco años que considero decisivos, cinco años que empiezan a fraguarse mucho antes, y que se resumen así:

  • Publicación del Hiperdiccionario catalán-castellano-inglés, primer diccionario electrónico en CD-ROM publicado en España.
  • Presentación de Compacta, la primera enciclopedia multimedia universal en catalán en CD-ROM.
  • Nace ‘Catalunya en línia’, el espacio de Internet que incluye la Hiperenciclopedia, la primera enciclopedia universal en línea de Europa y la segunda del mundo, y el Gran Diccionario de la lengua catalana.
  • Creación, en colaboración con la UOC, de ‘Ensenyament Obert’, centro de enseñanza a distancia por Internet.

En esa tesitura tecnológica en la que todo estaba por hacer y por venir se sentaron las bases de lo que entonces era sólo el futuro y ahora es una realidad. A los CD-ROM se los llevó Internet pero tanto la enciclopedia y el diccionario on-line como la plataforma de enseñanza por Internet fueron pioneros. Errores y aciertos.

Sin la Enciclopedia y el grupo de empresas que alumbró la cultura catalana sería mucho más pequeña, local y limitada, no podríamos declinar la cultura universal en catalán, nos costaría mucho más vivir cada día en nuestra lengua y todavía más exportar nuestra cultura más allá de nuestro ámbito lingüístico. Ese es su legado.

El protagonismo de la cultura en la Catalunya del siglo XXI

La segunda cuestión planteada es válida para cualquier lugar del planeta pero, en un país como Catalunya en el que lengua y cultura van muchas veces de la mano y en el que la lengua ha sido secularmente maltratada, el protagonismo de la cultura reviste más importancia.

Hasta finales del siglo XX la producción de cultura estaba tan limitada como la producción de cualquier otro producto: las barreras de entrada eran fuertes y las inversiones necesarias cuantiosas. En ese contexto la difusión de los productos culturales dependía de los medios de producción. No se aprovechaba todo el contenido disponible sino sólo aquél que era posible producir en serie.

El siglo XXI ha visto aparecer un montón de herramientas que eliminan muchas de las barreras de entrada y hacen asequible la producción de cultura. Al menos en el primer mundo, cualquier ciudadano es capaz de ser productor y consumidor de contenidos, todos somos ya prosumidores. La democratización no es absoluta –puede que nunca lo sea– pero el acceso a los medios de producción cultural es hoy de un alcance que hace quince años pocos podían imaginar.

Sin menoscabo de los productores profesionales de cultura, el protagonismo cultural a corto y medio plazo será de los prosumidores, capaces de surtir las comunidades de las que forman parte de un volumen de contenidos nunca visto. Producirán para cualquier público, cualquier formato y sobre cualquier tema, producirán con una gama de calidades mucho más rica que la actual y sus audiencias serán menores pero más activas –prosumidores también– que las habituales hasta hace poco. Ya está sucediendo.

El protagonismo de la cultura en Catalunya y en cualquier lugar con fácil acceso a Internet será de las fuentes, no de los medios de producción. Atender esta realidad será fundamental para cualquier empresa cultural que haya vivido y pretenda seguir viviendo de la edición y la comercialización de contenidos.

¿Cómo puede implicarse Enciclopèdia Catalana?

La tercera cuestión plantea cómo puede Grup Enciclopèdia Catalana capitalizar este protagonismo que bascula de los medios de producción a los creadores de conocimiento, a las fuentes. Será interesante ver tres casos de enciclopedia:

  • Naturalis historia, de Plinio el Viejo.
    • 1 autor (con un pequeño equipo de colaboradores que incluía esclavos)
    • 37 libros o volúmenes
    • 000 entradas
  • La Encyclopédie, de Denis Diderot
    • 160 autores
    • 28 volúmenes
    • 000 entradas
  • Wikipedia, de Jimmy Wales
    • + de 36.000.000 de entradas en todos los idiomas
    • + de 5.000.000 en inglés
    • + de 480.000 en catalán
    • + de 280.000 redactores activos en todos los idiomas (últimos 30 días)
    • + de 1.700 redactores activos en catalán

Es imposible competir con la Wikipedia en su mismo terreno, es insuperable como Enciclopedia Universal. No sólo porque cuantitativamente contiene más artículos de los que podría contener cualquier proyecto enciclopédico clásico; hace diez años una comparación de fiabilidad entre la Wikipedia y la Encylopaedia Britannica demostró que estaban a la par. Comparaciones posteriores arrojan similares resultados.

Tanto Plinio como Diderot ordenaron conocimientos existentes sobre una base canónica; podemos estar razonablemente seguros que Plinio reunió todo el conocimiento en historia natural de la época. Diderot pidió a especialistas en cada una de las materias que contribuyeran a una obra mucho más extensa; el objetivo de la Ilustración era reunir y ordenar todo el conocimiento humano.

Jimmy Wales hizo algo muy distinto. Consciente que ya no era posible reunir todo el conocimiento humano en una sola obra y que, además, dicho conocimiento no deja de cambiar y aumentar, creó una herramienta colaborativa. Lo que en Plinio y Diderot es criba y gestión activa, en Wales es pasiva: Wikipedia es un sistema abierto –por eso es tan robusto y resiliente– no una obra cerrada.

El contenido de la Wikipedia depende de sus usuarios. Todo el conocimiento humano cabe en ella, nada es susceptible de quedar fuera, por eso es imbatible. Es ajena a cánones, a la Alta y la Baja cultura; para la Wikipedia todo es cultura y ese isomorfismo es a la vez fortaleza y debilidad: la Wikipedia puede ser superada, con relativa facilidad, en campos especializados. Ahí hay espacio para los profesionales enciclopedistas pero no al estilo de Diderot sino al de Wales, creando herramientas de conocimiento compartido, abiertas a comunidades especializadas bajo la tutela –que no el control– de especialistas que les permitan alcanzar un grado de excelencia y profundidad (casi) inalcanzable por la Wikipedia. Un proyecto muy interesante que va en esa línea es la Encyclopaedia Herder de filosofía.

El futuro enciclopedista está más en la gestión de comunidades –y de su conocimiento– que en la producción de contenidos. El valor añadido siempre ha estado ahí pero los imperativos industriales invirtieron esa lógica. Lo fundamental de una enciclopedia nunca fue su producción en papel ni su encuadernación en volúmenes sino su anhelo de ordenar el conocimiento para que fuera útil y accesible al ser humano. En una época en la que ya disponemos de un caudal virtualmente inagotable de información y conocimiento el enciclopedismo es más necesario que nunca.

Contrabandos crece en Barcelona

ESPAI CONTRABANDOS

Espai Contrabandos el día de su inauguración

El libro en España se divide entre sus instituciones y la realidad. Si por un lado asistimos a la esclerosis –múltiple y avanzada– de la Federación de Gremios de Editores de España y sus adláteres, por otra vemos crecer iniciativas alejadas de la ortodoxia, vivas, horizontales, casi informales pero bien organizadas. Un buenejemplo es Contrabandos y su espacio en Barcelona, Espai Contrabandos.

Contrabandos crece en Barcelona con un nuevos espacio; el Espai Contrabandos se trasladó, recientemente, del pequeño local de Arc de Sant Cristòfol a uno mucho más grande en Junta de Comerç nº20, en el barrio del Raval de Barcelona.

Éste, como el anterior, es un espacio abierto a las trece editoriales del grupo Contrabandos y a todas aquellas que compartan sus postulados: edición independiente de libro político. Un total de treinta editoriales muestran sus títulos en esta nueva librería que, sobre todo, es un lugar para que sucedan cosas.

Treinta editoriales, treinta ejemplos de activismo editorial, de compromiso con una forma de entender el libro como vehículo de cambio. Si cada cual hiciera la guerra por su cuenta cundirían muy poco. Aunando esfuerzos se permiten el lujo de disponer de un espacio aglutinante; las editoriales presentes en el espacio son sólo la parte visible de una red de complicidades que hacen posibles, por ejemplo, ferias como Literal.

Contrabandos es sólo una muestra de lo que ya es una tendencia consolidada: los editores independientes se reúnen en estructuras flexibles, ligeras, ágiles, que les permiten afrontar con mayor solvencia los retos y dificultades. Otro ejemplo es Llegir en Català, asociación de editoriales que editan en lengua catalana o el grupo Contexto, en Madrid.

Poco a poco aparecen y se consolidan asociaciones de editores independientes y también ferias más o menos especializadas. Es el caso de la citada Literal pero también de la Liberisliber de Besalú, Litterarum en las tierras del Ebro o la Feria del Libro Prohibido de Llagostera; es sólo una muestra de lo que puede encontrarse en Catalunya y está sucediendo también en el resto de España. Es reciente, es complejo, es aparentemente informal pero muy vivo y más coherente de lo que a primera vista pudiera parecer.

La edición independiente, la edición real a pie de calle, ya no está en las grandes instituciones del libro. Ni está ni se la espera. Para encontrarla hay que salir a la calle, a las ciudades y pueblos donde aparecen espacios, ferias y pasan cosas. Para entenderla hay que desconectarse de ciertos despachos y capillitas, esos que dependen del ‘qué hay de lo mío’ y de la conveniente redacción de un reglamento.

La mejor prueba está en los resultados: crecen, cada vez son más y trabajan mejor y, lo más importante, los lectores responden cada vez mejor a sus propuestas. Crean público, suscitan debate, defienden sus libros más allá del marketing porque creen en ellos más allá del beneficio –no son idiotas, saben que deben ganar dinero– y van creciendo cual mancha de aceite, poco a poco y de forma sostenida apoyadas por un tupido y dinámico tejido social y asociativo.

El salón Liber sale de la UCI con un pronóstico sombrío

AGONÍA

La semana pasada tuvo lugar en Madrid la trigésimo tercera edición del salón Liber. Si el año pasado la noticia fue la decrepitud de su montaje este año ha mejorado la puesta en escena pero su pronóstico sigue siendo sombrío. Liber sale de la UCI, no de la incertidumbre.

Hay problemas que no tapan kilómetros de moqueta y bellas vistas al campo de golf. La sonrisa y campechanía del presidente de la FGEE, Daniel Fernández, no pueden hacernos olvidar que Liber es un barco a la deriva. El desparpajo y gracejo del Secretario, Antonio María Ávila, no pueden hacernos olvidar la falta de rumbo.

Este artículo podría llamarse ‘el misterioso caso del salón menguante’: cada vez es más pequeño en metros cuadrados, expositores y visitantes. Pronto cabremos todos en un hotel. Poco importa su tamaño; en un salón profesional importa el rumbo, el objetivo y el viaje. Importa por qué, para qué, para quién y hasta dónde. Eso es todo lo que le falta.

Liber sigue abierto por las apariencias, porque quienes deberían promoverlo no tienen los arrestos de firmar una digna defunción ni las ideas necesarias para relanzarlo, porque cerrarlo sería reconocer que el rey va desnudo, algo que sabemos casi todos y no niega casi nadie. No hay ideas para un Liber secuestrado por la Federación de Gremios de Editores de España, un ente que nombra a sus responsables siguiendo un preestablecido escalafón de ignorantes y pelotas cuya única capacidad es negar la realidad y cuyo único mérito es no criticar a un par de gigantes y a cuatro medianos con ínfulas.

Y pese a todo repetimos, nos reunimos un puñado de profesionales porque sabemos que el talento está en las personas, esas mismas personas que no creen en Liber pero deben asistir porque su sola existencia agosta cualquier otra iniciativa. Lo mismo les sucede a los pocos editores que todavía acuden; faltos de otra cosa tiran con lo que hay. Más nos valdría usar el dinero que cuesta montar Liber en pagarles a todos ellos sendos viajes a Guadalajara.

Cuento de otoño y caída de cifras

Este otoño debía celebrarse en Barcelona una feria independiente que se venía fraguando desde 2014 y amenazaba los perezosos andares de Liber. El ayuntamiento de Xavier Trias comprometió suficiente dinero como para organizar algo pequeño pero digno. Había inversores interesados y varias editoriales promotoras. Cuando el Gremi d’Editors de Catalunya y la FGEE se enteraron del asunto levantaron el teléfono y tumbaron lo demás. Hay quien dice que se ha pospuesto un año, que será en 2016.

Como dice la canción: lo dudo.

Cae la cifra de editores agremiados. Cae la cifra de asistentes y expositores en Liber mientras los pequeños editores que todavía asisten deben hacerlo apretujados en stands compartidos porque la organización prefiere dejar miles de metros cuadrados de pabellón muertos de risa que llenos de libros. Cada vez menos editores responden la encuesta del Informe de Comercio Interior del Libro, un documento que deberíamos incluir en la categoría de novela fantástica. Cae la credibilidad de aquellos que creen regir los destinos del libro cuando ya sólo rigen los destinos del suelo que pisan, atosigados por una realidad muy dura fuera de los amables masajes de la prensa afecta.

Son ya muy pocos quienes creen en Liber. Puede que debamos creer menos en la aparente fortaleza de una Federación y un salón agonizantes. Puede que haya llegado el momento de creer en otras cosas aunque ellos levanten los teléfonos. Puede que debamos desmentir la historia a la que parece condenado este país y nos atrevamos a hacer algo aunque la autoridad no lo permita.

¿Nos queda otro remedio?

Murieron con las sonrisas puestas

MURIERONYTAL

La edición tiene dos tipos de personas importantes: las que aparecen en la lista de invitados a ciertos pesebres y los de la lista negra, la de los que nunca invitarán porque (alguien piensa que) tienen influencia pero no son “de los suyos”. Luego hay gente que, como yo, no está en ninguna lista.

Allí me planté, en la fiesta me colé, Coca-Cola para todos y algo de comer. Mucha niña mona pero ninguna sola, luces de colores, lo pasaré bien. La fiesta de RBA encaja bastante con la cantada por Mecano pero aquí se sirve bebida en cantidades poco edificantes y el espectáculo gastronómico es obscenamente pretencioso y abundante. Viejos del lugar me cuentan que la crisis se nota, hay menos comida y menos bebida que el año pasado, que cuando se celebraba en el Hotel Rey Juan Carlos I aquello era apoteósico. No tanto como la fuente de chocolate de cierta fiesta en Frankfurt, pero casi. No lo dicen con nostalgia.

La línea que separa el lujo pantagruélico del exceso hortera es fina y semántica. Creo que no importa. La mayoría de invitados está aquí por trabajo. Se emborracharán, sí. Comerán hasta hartarse, claro. Intentarán ligarse a esa asignatura pendiente a la que sólo ven en estos vodeviles, criatura genial e inalcanzable siempre acompañada de algún ser apolíneo o poderoso –nunca ambas cosas a la vez. Buscarán el saludo de los de arriba, se mostrarán amablemente condescendientes con los de abajo. Con los de su rango bien, gracias, aunque a veces les pese. Ver, ser visto y reconocido como “uno de los nuestros”.

La orquesta del Titanic no para de tocar mientras el transatlántico se hunde en un mar de cinismo tras el duro golpe contra la realidad. Está todo controlado, el buque es insumergible, puede soportar la inundación de nosécuantos compartimentos sin pestañear. En finanzas, en las auténticas calderas de la edición, hace tiempo que pasaron del pestañeo a no querer mirar. Algunos arrían botes. A los de tercera clase ya empezaron a echarlos por la borda. A patadas. Fuera hace frío.

Montaña mágica sin Thomas Mann, sanatorio para una generación que asiste al hundimiento de un continente porque olvidó su contenido. Hoy las figuras se mueren con las sonrisas puestas. Hoy no hay nadie al lado de los césares que les recuerde que sólo son humanos. Divinizan a los muertos con el mismo ahínco con el que los ponían a parir escasas horas antes. Nada nuevo desde Roma.

Todo sector basado en las apariencias dispone de cantidades industriales de buenos profesionales y malas personas. A veces coinciden en el mismo recipiente. A veces no. Algunas figuras serán determinantes y sin ellas no podemos entender ni explicar la edición tal como es. Tras su muerte los suplementos de cultura se llenan de impúdicas hagiografías, grasientos tributos, elogios babosos. Ni muertos tienen los césares nadie que les recuerde, que nos recuerde, que fueron humanos. Quienes más mierda vertieron sobre ellos ahora sacan brillo a su póstuma efigie.

Un puñado de disidentes callaron en público en vida y callarán ahora. Su elegancia les honra. Ellos y una miríada de profesionales con talento hacen de este oficio un lugar maravilloso. En otros sectores también hay gente maravillosa y más hijos de puta mucho menos disfrazados; el mismo puteo pero más sano, con puñaladas por la espalda que sólo sorprenden a los bisoños. El puteo con cultura es más perverso y cruel, te putea gente ilustrada que con una mano ondea altos valores mientras por lo bajo empuña navajas traperas. No lo digo por mí –todo llegará, supongo– sino por la ristra de damnificados profesionales que este sector deja en la cuneta por los motivos más mezquinos imaginables.

Un día una buena amiga me dijo algo que el tiempo ha demostrado: las personas cultas son mucho más retorcidas y perversas que las incultas. Tiene razón. Yo sólo añadiría que, por el mismo motivo, las buenas personas cultas son mucho mejores e interesantes que las incultas. Y la cultura, muchas veces, es más una cuestión de actitud que de libros. Más de buena crianza que de buena cuna y apellido.