Sant Jordi: datos, interpretaciones y realidades entorno al libro

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La fotografía, como sabemos, no es algo verdadero. Es una ilusión de la realidad con la cual creamos nuestro propio mundo privado. Arnold Newman

Uno de los problemas que arrastra el sector del libro en España es el de la medición de la realidad. El Día del Libro en Catalunya –Sant Jordi– volvió a vivir un baile de cifras que añade confusión a la correcta lectura de una jornada que, en todo caso, fue positiva.

Un problema de encuadre

Toda fotografía implica un sesgo, algo queda fuera del encuadre y lo que está dentro depende de una serie de factores técnicos. Cualquier instrumento de medición implica el mismo tipo de sesgo: podemos medir una serie de parámetros pero nunca podremos medirlos todos al mismo tiempo. Llevado el extremo nos encontramos con el Principio de Incertidumbre de Heisenberg: es imposible conocer la posición y la velocidad exactas de una partícula al mismo tiempo. Afortunadamente la medición de nuestra realidad libresca no es tan exigente y nos conformaríamos con saber cuántos libros se han vendido el 23 de abril, de qué autores y en qué lenguas. Para ello disponemos de herramientas que nos permiten medir con exactitud y (casi) en tiempo real las ventas de las librerías, herramientas de las que no disponíamos hace sólo diez años. Desgraciadamente no es tan sencillo. Tenemos la herramienta y se llama LibriData –ahora ya disponible en el resto de España bajo el nombre de LibriRed– un sistema que permite que las librerías comuniquen sus ventas cada día basándose en el ISBN. LibriData no es una encuesta, es un registro: tanto se vende, tanto queda registrado. La precisión, dentro del rango temporal en el que trabaja, es (casi) absoluta. Más que suficiente para lo que necesitamos. A partir de los datos de LibriData, el pasado 27 de abril el Gremio de Libreros de Catalunya difundió los datos de ventas de Sant Jordi:

  • Facturación: 20.350.000 euros
  • Incremento de la facturación: 6%
  • Ejemplares vendidos: 1.530.000 ejemplares
  • Incremento de ejemplares vendidos: 4%
  • Libros vendidos en catalán: 54%
  • Libros vendidos en castellano: 46%

Los datos son exactos pero ¿son representativos? ¿no queda nada fuera del encuadre que los desvirtúe? Parece que sí. Como apuntaba Ernest Alós en su artículo del 28 de abril en el diario El Periódico:

Sin embargo, esta clasificación sigue siendo tan falible en cuanto a su representatividad como las anteriores, ya que en este caso no solo no se contabilizarían El Corte Inglés y la FNAC sino tampoco las cifras de la Casa del Libro, que no desglosa sus datos en Catalunya del resto de España. […] Un desfase estadístico que intentará compensar el ranking elaborado por este diario que se ofrecerá este miércoles y que no se despejará hasta que las empresas de medición GfK y Nielsen ofrezcan sus datos.

El Periódico publicó los datos de GfK el pasado 4 de mayo y algunos difieren sensiblemente de los aportados por el Gremio:

  • Incremento de la facturación: 7,8%
  • Libros vendidos en catalán: 46,6%
  • Libros vendidos en castellano: 51,1%

¿Quién lleva razón? Ambos y ninguno. LibriData y GfK –en su caso también Nielsen– cuentan (casi) lo mismo de forma diferente:

  • El perímetro del recuento de LibriData incluye los datos aportados por unas 200 librerías catalanas pero falta El Corte Inglés y FNAC, mientras que La Central y Casa del Libro aportan sus datos para toda España sin desagregarlos por Comunidad Autónoma ni provincia, con lo cual tampoco sirven de mucho, tal como menciona Alós.
  • El perímetro de la encuesta de GfK cubre 300 puntos de venta e incluye a El Corte Inglés y a FNAC –se supone que también a La Central y Casa del Libro– pero en cambio no es un registro directo de ventas, como LibriData, sino una encuesta. Ojo, no es cualquier encuesta, es de la que más se fía el sector junto con la de Nielsen.

LibriData es más fiable que GfK porque aporta datos directos de ventas y no tiene el margen de error que tiene cualquier encuesta. Pero al ser una herramienta de libre afiliación con coste asociado no puede ser un registro con vocación universal. Son muchos los que están y son representativos hasta cierto punto, pero no están todos, faltan dos de los más importantes y otros dos no muestran la debida disciplina.

¿LibriData o GfK?

Llegados a este punto sería natural desechar los datos de LibriData y dar por buenos los de GfK pero nos estaríamos equivocando por varios motivos. En primer lugar porque, aunque LibriData y GfK difieren en muchos aspectos coinciden en señalar ciertas tendencias generales y en ese aspecto se apoyan mutuamente. En segundo lugar LibriData es el único registro de ventas reales en librerías y sus afiliados no pueden dejar de aportar los datos. Eso es de gran valor y no se puede soslayar. Y en tercer lugar porque, aunque sea con un trazo más grueso del que nos gustaría, si entendemos el perímetro de cada recuento más allá del método utilizado podemos extraer interesantes conclusiones del comportamiento del público y de la salud de nuestras editoriales independientes. Y cuando digo nuestras en este caso me refiero a las catalanas. LibriData trabaja con un perímetro en el que las grandes librerías están infrarrepresentadas. Eso, que aparentemente es un problema, cuando lo comparamos con GfK nos permite inferir ciertas cosas. A saber:

  • En Sant Jordi se compran más libros en catalán que el resto del año. Aunque los datos de GfK desmientan que los libros en catalán hayan superado en ventas a los libros en castellano el 23 de abril, sí muestran que respecto a la media del resto del año hay una subida de entre 10 y 15 puntos. Eso obedece a varios factores; los editores en lengua catalana hacen un esfuerzo especial para ese día; los propios libreros decantan su oferta hacia los libros de temática y/o lengua catalana. Sant Jordi es el patrón de Catalunya y, por lo tanto, su festividad tiene un impacto en las ventas de los libros en catalán.
  • Las librerías independientes venden más libros en catalán que las grandes cadenas y superficies. Eso es lo que muestra el sesgo de LibriData. Y es una buena noticia no sólo para los libros en catalán sino para cualquier editor independiente cuyos libros no pueden competir en márgenes en las grandes superficies. Los libreros independientes cuidan al editor independiente y este dato lo apunta aunque sea de forma indirecta.
  • El comportamiento de los clientes de librerías independientes es sensiblemente distinto a los de las grandes. Aunque es algo arriesgado aseverarlo con tan magros datos esto confirma lo que los libreros de toda la vida y los nuevos libreros afirman: hay un público que agradece la proximidad cuando ésta aporta un valor añadido cultural.

Necesitamos más datos y más transparencia

Los datos de LibriData / LibriRed son de acceso restringido a los libreros y editores que están abonados al sistema. Está bien que así sea, las mejores prestaciones de esta herramienta deben estar disponibles sólo para quien pague por ellas pero eso no significa que no se publique ningún tipo de informe en absoluto. Es cierto que CEGAL publica estadísticas de volumen de facturación y ventas desglosados por Comunidades Autónomas, pero poco más. Creo que aportaría mucho a la comprensión del ecosistema del libro en España la publicación mensual de resúmenes que incluyeran –por ejemplo y entre otros– las ventas de los 1.000 títulos más vendidos segregados por provincias o incluso unidades geográficas más pequeñas como las ciudades mayores de 50.000 habitantes. Como mínimo. Mi ‘Carta a los Reyes Magos’ sería más ambiciosa. Soy plenamente consciente de por qué esto no sucede; varios factores lo explican. El pudor y la reserva de los propios editores, nunca lo bastante seguros –de cara a la galería– de vender lo suficiente. El ego de muchos autores, reacios a mostrar lo –poco o mucho– que venden. La tradicional hermeticidad de un sector controlado por los grandes que los pone en situación de dominio de la información. La información que se maneja en un gran grupo es mucho mayor y mejor que la se maneja en una pequeña editorial aunque la fuente de los datos sea la misma. Un mercado sano –y saneado– necesita compensar las grandes asimetrías de información que son las que coartan a los pequeños la posibilidad de competir con los grandes y a todos ellos entre sí. Sistemas como LibriRed abren la posibilidad a que nuestro conocimiento del mercado alcance un detalle nunca visto. Deberíamos reflexionar si esta herramienta tan poderosa debe estar controlada por entidades privadas controladas por unos pocos o bien debería ser gestionada por alguna entidad pública independiente que a su vez también gestionara DILVE y el ISBN. Personalmente prefiero que las Administraciones Públicas mantengan y gestionen las principales herramientas de información que se dediquen a subvencionar la edición y publicación de ciertos libros. De este modo el acceso a estas plataformas por parte de libreros, editores y distribuidores sería mucho más fácil, se beneficiaría todo el sector y sería mucho más comprensible. La información del libro y sus herramientas crean riqueza y oportunidades; son demasiado importantes para dejarlas en manos de la Industria del Libro. Si de veras el libro es tan importante para todos, todos debemos tomar cartas en el asunto.

¿Hasta cuándo abusarás, Industria del Libro, de nuestra paciencia?

article-2401848-1B729126000005DC-122_964x605– Fuente: MailOnline / Alex Greig

Hace unos días la Asociación de las Cámaras del Libro de España –Industria del Libro para abreviar– presentó al Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (el orden de los factores no altera el desastre) un Plan integral para el fomento del libro y la lectura, una chapuza indocumentada, mal argumentada y peor redactada que no consigue disimular su verdadero objetivo: hacerse con el dinero del contribuyente para perpetuar ideas marchitas y procesos obsoletos.

La Asociación de las Cámaras del Libro de España –supongo que se refieren a FEDECALI– reúne a los principales conglomerados institucionales de nuestra Industria del Libro: la Federación de Gremios de Editores de España, la Confederación Española de Gremios de Libreros, la Federación de Asociaciones de Distribuidores de Ediciones y la Federación Empresarial de Industrias Gráficas de España. Es una industria con piel de cultura y por eso no dudan en llamar a la puerta del ministerio equivocado. Sus problemas son industriales y comerciales pero insisten en su disfraz para pedir el dinero de cultura, un departamento algo más laxo, menos serio, que el de industria.

Un resumen apresurado: dinero, mentiras e incompetencia

Para los que quieran ahorrarse la lectura completa de este artículo (no les culpo) haré un breve resumen: basándose en mentiras y medias verdades el Plan pide 164 millones de euros. Pretenden destinar la mayor parte de ese dinero público –140 millones– a la compra de los libros que ellos mismos editan, imprimen, distribuyen y venden. A un precio medio aproximado de unos 14 euros, lo que pide la industria es que las Administraciones Públicas compren unos 10 millones de libros, obviamente de papel, para que todos se lleven su parte. 10 millones además de los que ya compran.

Otras medidas comportan un mayor gasto público directo o indirecto, como las deducciones fiscales a la compra de libros de texto. Antes de entrar en detalle veremos un caso de incompetencia en el uso de los datos que nos dejará boquiabiertos. Si quieren saltarse el rollo pasen directamente al apartado Conclusiones de este artículo.

Si han decidido seguir leyendo tomen pan y mojen, mojen.

Todo dato adecuadamente retorcido acaba diciendo lo que tú quieras

Los autores del Plan empiezan su argumentación con un “Resumen ejecutivo” cuya primera página (pág. 3) retuerce de forma desvergonzada varios datos. Apoyándose en el Barómetro del CIS de 2014 dicen que el 42% de españoles no lee “prácticamente” nunca pero hacen trampas al prescindir de la estructura de la pregunta de la encuesta. El desglose del Barómetro del CIS de diciembre de 2014 es este:


CIS 2014

De modo que los españoles que nunca leen son el 35%, no el 42% mencionado. Lo que tampoco dicen es que la tasa total de lectores ha aumentado los últimos años tal como muestra el Barómetro del CIS de 2009:

CIS 2009

La lectura crece de forma sostenida a un ritmo anual aproximado del 1%: en 2014 lee un 65% de la población española, un 5% más que en 2009. Ese dato casa mal con el descenso de la compra de libros y los autores del Plan prefieren decir lo contrario de lo que en realidad dice el Centro de Investigaciones Sociológicas. Mienten.

Otro dato que el Plan menciona es el grado de comprensión lectora en España medido por el Informe PISA 2012. Según el Plan (pág.3) la “comprensión lectora en España” es de “252 puntos. 21 puntos menos que la media de la OCDE”. Los datos que yo he encontrado en el Informe PISA 2012 no dicen eso y esconden algunas sorpresas (pág. 61 y 68):

PISA 2012. Programa para la evaluación internacional de los alu

PISA 2012. Programa para la evaluación internacional de los alu

Como se puede ver, el gráfico indica que España obtiene una puntuación de 488, no de 252. Además, la distancia con la media de la OCDE es de 8 puntos, no de 21, y España sólo está un punto por debajo de la media de la Unión Europea. Si todo esto no bastara para poner en duda la seriedad del Plan resulta que, según el Informe PISA, los suecos, que son los que más leen en el mundo, obtienen una puntuación de 483 en comprensión lectora, 5 puntos menos que los españoles. El Informe PISA 2012 agrega (pág. 60-61):

Entre los países europeos o norteamericanos que forman parte de la OCDE y alcanzan las puntuaciones más altas en lectura, como Finlandia (524), Irlanda (523), Canadá (523), Polonia (518) o Estonia (516), no hay diferencias significativas en cuanto al rendimiento en lectura. […]. A su vez, tampoco difiere significativamente de estos últimos el resultado obtenido en […] Madrid (511), C. Foral de Navarra (509), Castilla y León (505), Principado de Asturias (504) o Cataluña (501).  

[…]

La puntuación media de España en lectura (488) es significativamente inferior al promedio de la OCDE, pero no respecto al de la UE. Además, el alumnado español consigue en lectura un rendimiento similar al del alumnado de la misma edad de Estados Unidos (498), Dinamarca (496), República Checa (493), Italia (490), Austria (490), Hungría (488), Luxemburgo (488), Portugal (488), Israel (486), Suecia (483) e Islandia (483).

No entendí cómo era posible que el Plan mencionara unos datos tan diferentes y dediqué algo de tiempo a buscar la fuente, pero no he sabido encontrarla, no sé de donde han sacado sus datos. Con esto no quiero decir que los españoles seamos unos genios, pero no viajamos en el vagón de cola de lerdos y analfabetos en el que nos quieren embarcar los autores del Plan. Ese problema, en todo caso, parecen tenerlo ellos, incapaces de enlazar las fuentes de los datos sobre los que se apoyan. Vuelven a mentir.

El tercer dato retorcido por el Plan es el del volumen de piratería, un clásico que nunca puede faltar en estos pesebres. Este es el gráfico que muestra el Plan:

Microsoft Word - PLAN INTEGRAL PARA EL FOMENTO DEL LIBRO Y DE LA

No se rían por favor, este asunto es muy serio. Se supone que este Plan lo han redactado expertos en la materia con estudios superiores. Como el gráfico es incomprensible y no enlaza la fuente, leeremos lo que afirman en la página 4 del Plan:

[…] la flagrante piratería de la propiedad intelectual (en el año 2014 se realizaron 335 millones de descargas ilegales por un valor de 907 millones de euros) constituye una lacra social que dificulta la labor de los creadores y daña gravemente la capacidad editorial para la difusión de los libros y, por ende, la formación lectora y la creación de lectores.

335 millones de descargas a una media de 3€ la descarga explican esos 907 millones de euros ¿Qué tipo de descargas son? Dudo que sean libros o que todas lo sean ¿Se trata de todo el volumen de piratería en España? ¿Todo es piratería o una parte son obras libres de derechos y, por lo tanto, de libre descarga? ¿No tenían mejores datos? ¿De dónde los han sacado? Es posible que muchos periodistas culturales se crean estas cifras sin rechistar pero algunos nos tomamos algunas cuestiones lo suficientemente en serio como para hacer estas y otras muchas preguntas. Los autores del Plan son muy poco serios.

Fijémonos en las tres últimas líneas de mencionado párrafo. Aunque es cierto que la piratería perjudica en alguna medida las ventas del libro digital –aunque no en las bíblicas proporciones que los autores del Plan pretenden sugerir– es evidente que, con los datos del CIS en la mano, esa misma piratería no parece afectar a la capacidad lectora ni a la creación de lectores. Al contrario.

Para terminar con la bochornosa página 3 del Plan con la que se inicia el “Resumen ejecutivo” puede que alguien entienda de dónde sale esto y qué rayos significa:

Microsoft Word - PLAN INTEGRAL PARA EL FOMENTO DEL LIBRO Y DE LA

Yo no tengo ni idea. En este Plan empezamos. Y sólo estamos en la página 3…

Necedades y justificaciones

Tras el glorioso inicio que acabamos de ver el Plan nos presenta una “Introducción” (pág. 4) tan dramática como prescindible para luego resumir sus propuestas y castigarnos con unas estomagantes justificaciones de las cuales sólo destacaré los dos últimos párrafos (pág. 11):

En España, por una compleja concatenación de causas diversas, hemos sufrido un muy considerable retraso en la generalización de la educación y por tanto en la generalización de los hábitos culturales, el más importante de los cuales es el hábito de la lectura, lo que ha retrasado y ralentizado nuestro desarrollo económico. Y, en un bucle maldito, el menor desarrollo económico ha condicionado nuestro peor y menor desarrollo cultural, por la renuencia de los poderes públicos y de los actores sociales a reconocer que la educación, la cultura y la lectura no son un gasto, sino la inversión más rentable que puede hacer un país. La dura crisis económica y financiera iniciada en 2007, que ha vuelto a castigar severamente el desarrollo económico, ha significado también un muy duro castigo para el sector cultural y, especialmente, para la lectura, como lo pone de manifiesto la fuerte caída del mercado del libro.

Por todo ello, el PLAN INTEGRAL PARA EL FOMENTO DEL LIBRO Y DE LA LECTURA que ahora presentamos es un plan extraordinario, para intentar recuperar, al menos, el terreno perdido en los últimos años, plan que es perfectamente compatible con las políticas y acciones ordinarias de apoyo a la lectura y al libro que ya se vienen realizando, entre las que destacamos, sin ánimo de ser exhaustivos, el apoyo a la Feria Internacional del Libro (LIBER), a las Ferias Internacionales del Libro, a la edición de obras de difícil comercialización, etc.

“¿Una compleja concatenación de causas diversas?” Yo a ese retorcido eufemismo lo llamaría dictadura franquista, la que a golpe de nacional-catolicismo y oscuridad se llevó por delante las pocas medidas que la II República llegó a poner en marcha. Para entender lo que significa un “bucle maldito” recomiendo a nuestros prebostes industriales del libro la lectura de “El laberinto español”, de Gerald Brenan, y entenderán por qué actitudes como la suya son el fiel reflejo de nuestros males y una rémora para la cultura de nuestro país.

El segundo párrafo delata las intenciones de los promotores del Plan. El único “terreno que se ha perdido en los últimos años” ha sido de facturación y de inversión pública directa. Por eso es vergonzoso el final del primer párrafo, allí donde dicen que “ha significado también un muy duro castigo para el sector cultural y, especialmente, para la lectura, como lo pone de manifiesto la fuerte caída del mercado del libro”. Sí, se venden muchos menos libros pero, si aceptamos el mismo Barómetro del CIS que ellos intentan retorcer, la lectura no se ha visto perjudicada. En lo más crudo de la crisis –de 2009 a 2014– la proporción de lectores españoles ha subido cinco puntos. Cuando estos señores se llenan la boca de cultura babean industria.

Muchas medidas para tan poca imaginación

Tras veinte pomposas páginas de circunloquios, mentiras y medias verdades, el Plan entra en materia. Las medidas se dividen en cuatro bloques:

  • Medidas de fomento de la lectura
    • Fomento de la lectura y de las bibliotecas
      • Desarrollo y aplicación de los artículo 19.3 y 26.2 de la LOMCE
      • Desarrollo y aplicación del Artículo 113 de la LOMCE
      • El sistema de bibliotecas públicas
      • Las Bibliotecas Universitarias
      • Medios de comunicación
      • Barómetro de hábitos de lectura
    • Medidas Fiscales
      • Impuesto sobre el Valor Añadido
      • IRPF
      • Deducción por inversión cultural
    • Medidas relativas a la Propiedad Intelectual
      • Medidas relacionadas con la actividad editorial y el contrato de edición
      • Medidas que tienen que ver con la gestión colectiva de derechos
      • Medidas antipiratería
    • Medidas sobre la comercialización
      • Creación de líneas de crédito y aval
      • Digitalización de obras
      • Apoyo a la creación, conservación y desarrollo de las librerías de fondo
      • Sello de calidad para las librerías
      • Bono cultura
      • Formación especializada de libreros

Parece completo pero sólo es un batiburrillo de brindis al sol, ideas de otros y buenas intenciones. No hay ninguna idea original. Ninguna.

Medidas de fomento de la lectura

Las “Medidas de fomento de la lectura” contienen las mayores exigencias de dinero. En “Desarrollo y aplicación de los artículo 19.3 y 26.2 de la LOMCE” se limitan a exigir que se cumpla una ley que se ha ganado la animadversión de varias Comunidades Autónomas y cuyo desarrollo completo es más que dudoso antes que el próximo Ejecutivo de un color distinto al actual la modifique. La medida más concreta es el desarrollo de las bibliotecas escolares para libros de papel, pero el Plan no se atreve a pedir ninguna cifra.

La idea es imprudente. Con Ebiblio, el nuevo sistema de préstamo de libros digitales que empieza a andar en (casi) toda España, ¿no sería mejor exigir un buen sistema de préstamo digital accesible desde las escuelas? La cantidad de familias que ya disponen de conexión a Internet de banda ancha y de varios dispositivos es cada vez mayor. Sería más provechoso que los pocos recursos disponibles se dedicaran a la alfabetización digital de aquellos que no pueden permitirse pagar la conexión ni los dispositivos. No dupliquemos el sistema de bibliotecas físicas en las escuelas, hagamos que la biblioteca digital sea ubicua en todas ellas.

El segundo punto, “Desarrollo y aplicación del Artículo 113 de la LOMCE”, va de lo mismo, insiste en el fomento de los hábitos de lectura en las escuelas y sus bibliotecas, pero incluye la primera exigencia económica (pág. 23):

[…] Para ello creemos que el MECD debe asumir el liderazgo de la implementación del Artículo 113 de la LOMCE, mediante el desarrollo normativo del mismo, y establecer un programa extraordinario cuatrienal, dotado, al menos, con 25 millones de euros al año, para la creación, dotación y atención de las bibliotecas escolares y exigir y vigilar su cumplimiento por parte de las CCAA.

¿Cómo se llega a la cifra de 100 millones de euros en cuatro años? El Plan no lo explica. La intención es buena, pedir que se cumpla cualquier ley es irreprochable pero es muy triste que el único recurso sea pedir dinero sin atisbo de imaginación.

El tercer punto de las medidas de fomento de la lectura se ocupa de la red de bibliotecas públicas. Tras glosar una lista de medidas muchas de las cuales ya se están cumpliendo –o están en vías de cumplirse– en varias Comunidades Autónomas, el Plan vuelve a pedir dinero (pág. 26):

Para alcanzar modestamente algunos de estos objetivos, sería necesario establecer la adecuada dotación presupuestario, dentro de un plan cuatrienal acordado con las CCAA, que proponemos que se cifre en, al menos, veinte millones de euros anuales por parte de la Administración General del Estado y de otros tantos por parte de las comunidades autónomas.

Ya tenemos otros modestos 40 millones de euros más. ¿Para qué? No se detalla pero el cariz de las medidas indica que la mayor parte del dinero iría destinada a la compra de libros. De papel, obviamente.

Como hemos visto a los autores del Plan no les importa la existencia del ya mencionado Ebiblio. La única mención a lo digital está al final de este apartado y contiene una buena dosis de ambigüedad (pág. 26):

Las bibliotecas públicas deben ampliar la paleta de servicios que ofrecen a sus ciudadanos, generalizando el préstamo y consulta en todos los soportes y el acceso a Internet, para lo que deben disponer de los equipos TIC adecuados.

“Todos los soportes”, “equipos TIC”, “acceso a Internet”; se ven obligados a mencionar el préstamo digital con la boca pequeña porque es una opción más eficiente que el préstamo en papel, rinde menos beneficios y, sobre todo, descuelga del negocio a distribuidores e impresores. Puede que incluso a libreros. Lo saben y no les gusta.

El Plan es todavía más vago cuando habla de las bibliotecas universitarias; se limita a decir que todo lo dicho acerca de las bibliotecas escolares y públicas es válido para ellas, recordando que la dotación del fondo es insuficiente ¿Alguna política concreta? Comprar más papel. Más dinero.

Tras decir cuatro naderías acerca de los medios de comunicación (pág. 27) el Plan menciona el Barómetro de Hábitos de Lectura (pág. 28):

El desarrollo de las distintas acciones de fomento de la lectura y del libro ha de ir acompañado de un seguimiento. Los barómetros de hábitos de lectura que la Federación de Gremios de Editores de España realizó en el pasado, en colaboración con el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, son un instrumento de gran utilidad a la hora de analizar si las acciones desarrolladas están dando los resultados esperados y si es necesario poner en marcha otras acciones.

¡Almas de cántaro! Ya ha quedado claro que ninguna de estas propuestas es necesaria para fomentar la lectura ¡Si desde 2009 la tasa de lectura ha subido un 5% sin ninguna de sus geniales ideas! Lo que ha bajado son las ventas de libros y para saberlo no necesitamos más Barómetros de Hábitos de Lectura.

Medidas fiscales

La imaginación también está ausente de las medidas fiscales. Rescatando los grandes éxitos de ayer, hoy y siempre, el Plan pide la equiparación del IVA al 4% para los libros digitales y, de paso, la armonización europea al 0%. Qué fácil es pedir lo que tu interlocutor no puede conceder sin una ardua negociación en Bruselas de muy dudoso éxito.

Las medidas sobre el IRPF están tan manoseadas y son de un impacto tan marginal que se limitan a copiar la deducción aplicable sobre los libros de texto del Gobierno de Aragón (pág. 30):

Aragón, en el Artículo 110-1 del Decreto Legislativo 1/2005 de 26 de septiembre, establece una deducción de la cuota íntegra autónoma por la adquisición de libros de texto y material escolar, cuyo contenido recogemos en nuestra propuesta.

Copiar y pegar. Estos perezosos pedigüeños ni siquiera han intentado mejorar el sistema aragonés y han incluido el Decreto Legislativo 1/2005 en un Anexo (pág. 45). El problema es que el Decreto establece que para tener derecho a algún tipo de deducción hay que ser realmente pobre. Cualquier unidad familiar con rentas anuales conjuntas mayores de 25.000 euros o individuales mayores de 12.500 euros no tiene derecho a deducirse nada. Las cantidades son más altas en caso de familias numerosas, pero ya sabemos que los hijos dejaron de llegar con un pan bajo el brazo cuando este país entró en el Primer Mundo y se acabó el trabajo infantil. No entiendo qué pretende el Plan proponiendo este tipo de medidas si no es hacerse perdonar los precios abusivos de los libros de texto. Ni siquiera saben copiar bien, es decir, a la japonesa, mejorando el original.

La última de las medidas fiscales muestra esterilidad intelectual. Hasta hace cuatro días la industria editorial disfrutaba de una deducción del 5% en aquellas “inversiones efectivamente realizadas en las ediciones de libros que permitan la confección de un soporte para a la producción editorial seriada”. Es decir, que por el simple hecho de fabricar libros y no cafeteras la Agencia Tributaria les descontaba el 5% de dichas inversiones del Impuesto sobre Sociedades.

Alguien en el Ministerio de Hacienda cayó en la cuenta que estaban subvencionando la normal producción de bienes de consumo y aprovechó para eliminar la mencionada deducción, antes contenida en el Artículo 36, en la reforma de la Ley 27/2014 de 27 de noviembre del Impuesto sobre Sociedades. Aún así el mismo artículo reformado mantiene deducciones mucho mayores para “inversiones en producciones cinematográficas, series audiovisuales y espectáculos en vivo de artes escénicas y musicales”. A los autores del Plan esto les parece injusto y aducen lo siguiente:

Siempre hemos reivindicado no solo el mantenimiento de la deducción por inversión cultural para la edición, sino también su equiparación con la del cine y el audiovisual, equiparación más necesaria, si cabe, en estos momentos de transformación de la industria editorial, dados los nuevos sistemas digitales de producción digital, la digitalización de obras impresas, la edición de libros digitales y la creciente aparición de obras multimedia, en cualquier sector de actividad editorial, que exigen, para poder mantener la competitividad, cuantiosos recursos de inversión. Sobre todo, habita cuenta del extraordinario parecido que guardan los libros digitales, las obras multimedia e incluso las analógicas con las obras audiovisuales. Hecho que parece avalar y justificar nuestra petición y propuesta.

Una vez más estamos ante “el dilema de Belén Esteban”: ¿debemos fomentar la producción de cualquier contenido mediante deducciones fiscales aunque lo producido sea basura? No es la primera vez que afirmo que la subvención directa a la producción es pan para hoy, hambre para mañana y el medro de redes clientelares de dudosa productividad. El Plan pierde una gran oportunidad de pedir fuertes estímulos fiscales e incluso ayudas directas a la reconversión industrial del sector y se limita a reclamar la restauración de un privilegio perdido. En vez de inventar, de imaginar, de crear, se contentan con mirar al pasado. Cerriles.

Medidas de propiedad intelectual y de comercialización

El resto del Plan es un revoltijo de apresuradas ideas dispersas en las que no nos detendremos demasiado por su inconsistencia y porque, en su mayoría, se alejan del núcleo de la cuestión. Sólo mencionaremos las más relevantes.

En la página 34 se nos dice:

Es urgente la reforma, en profundidad, del contrato de edición ya que el vigente no incorpora las nuevas realidades tecnológicas y además se reconozca, explícitamente, el carácter creador del editor.

¿”Urgente”? ¿”Nuevas realidades tecnológicas”? Hace ocho años, cuando el libro digital empezaba a asomar y la industria de la música ya había pasado su propio viacrucis los industriales del libro, los mismos autores del Plan se conformaron con una Ley del Libro corta de miras que nació obsoleta y agonizante. Ni se acordaron del contrato de edición. Lo del carácter creador del editor me parece un mal chiste, una anécdota que sólo sería relevante si el resto de cuestiones estuvieran resueltas.

En la página 38 se acuerdan ¡por fin! que algún día habrá que ponerse en serio con el libro digital:

Fomento de los procesos de digitalización de los fondos bibliográficos y de la creación de plataformas de distribución de contenidos digitales, con capacidad competitiva y de dimensiones adecuadas. Digitalizar los fondos bibliográficos es un proceso caro, que requiere, además, el mantenimiento de una importante infraestructura tecnológica, que, hoy por hoy, tiene un coste excesivo para los recursos financieros y estructurales del mundo del libro. Con todo, las editoriales están haciendo esfuerzos por sumarse a este proceso, como lo demuestra su participación, con éxito, en las convocatorias de los programas de la Sociedad de la Información. Pero, estas convocatorias están referidas, casi exclusivamente, a actividades de I+D, lo que plantea exigencias no siempre asumibles. Lo que el sector del libro necesita es que se apoye el proceso de digitalización en sí mismo, pero los fondos que el Ministerio de Cultura destina a ese fin, que no requieren las exigencias de I+D, son escasísimos, puramente testimoniales.

¿“Creación de plataformas de distribución de contenidos digitales, con capacidad competitiva y de dimensiones adecuadas”? A ver, queridos autores del Plan, repitan conmigo: L-I-B-R-A-N-D-A. Fuimos unos cuantos los que dijimos, hace ya mucho tiempo, que Libranda era un buena idea mal planteada, peor ejecutada y cuya explotación frena más que promueve la reconversión industrial del sector. El tiempo nos ha dado la razón y ahora ustedes quieren dinero público para volver a equivocarse. Yo no tengo ningún problema pero, en tal caso, ¿están dispuestos a que esas nuevas plataformas formen parte de una Reconversión Industrial más ambiciosa? Tengo serias dudas que así sea.

Afirmar que “digitalizar los fondos bibliográficos es un proceso caro, que requiere, además, el mantenimiento de una importante infraestructura tecnológica” demuestra lo lejos que están de realidades como la de decenas de pequeñas y medianas editoriales que digitalizan libros cada día, en su mayor parte novedades y poco a poco también fondo. Sin importantes infraestructuras, sin grandes –ni medianos– recursos financieros pero con el talento y las ganas de que carecen los autores del Plan.

El Plan descubre que las convocatorias de I+D son para investigación y desarrollo y no se ajustan al proceso de digitalización. Por supuesto que no: la I+D no está pensada para la producción de bienes, sino para el desarrollo de mejores procesos productivos o nuevos modelos de negocio, algo en los que la gran industria del libro lleva durmiendo demasiados años y que demuestra, una vez más, que se equivocan de ventanilla y deberían dirigirse al Ministerio de Industria.

Para todo esto también piden dinero (pág. 38-39):

Nuestra propuesta es que se cree, para el próximo trienio, una consignación presupuestaria dotada razonablemente, en la que participen conjuntamente los Ministerios de Industria, Energía y Turismo, Economía y Competitividad y Educación, Cultura y Deporte destinada al libro, que permita un salto cualitativo y no solo cuantitativo en los procesos de digitalización. Dicho fondo tendría que moverse en torno a una cuantía de siete millones de euros por año.

Por qué pasamos de planes cuatrienales a trienales es un misterio con el que no voy a perder el tiempo. Pedir 21 millones de euros en total sin justificar cómo y para qué ya habla de la solidez de la propuesta. Pero pretender que tres ministerios tan diferentes se pongan de acuerdo me hace dudar de la sensatez de los autores del Plan. De su incompetencia ya no me cabe la menor duda.

Para terminar, veamos qué dice el Plan acerca de las librerías en la página 39, por qué propone la creación de un sello –selectivo– de calidad y que se tomen medidas de protección de librerías como las que se aplican en Francia:

Es un tópico afirmar que en España hay demasiadas librerías, lo que es fruto de una clara confusión y un manifiesto error. En España hay muchos, nunca demasiados, puntos de venta de libros o, al menos, de cierto tipo de libros, pero no hay muchas librerías. Las buenas librerías de fondo son más bien pocas y están sufriendo un muy duro castigo por la crisis económica. Sin embargo estas librerías de fondo son imprescindibles para el desarrollo cultural, porque son las que aseguran la difusión de los libros imprescindibles y necesarios y garantizan la pluralidad cultural.

La propia CEGAL, cómplice del Plan, es quien afirma en su Mapa de Librerías (2013 y 2014) que en España hay casi el doble de librerías por 100.000 habitantes que en Suecia. Y las llama librerías, no “puntos de venta de libros”. Ya demostré en su momento que la red española de librerías es demasiado grande y está ineficientemente distribuida y corremos el peligro de perder las buenas, las de fondo. Ahora estos señores se despiertan y se dan cuenta que cualquier punto de venta de libros no es una “buena librería de fondo”. Mientras los editores se dedicaban a inundar el mercado de títulos de alta rotación y los libreros hacían malabarismos no se mostraron tan escrupulosos con las definiciones. ¿Debo recordar que esos mismos editores reunidos en torno a la FGEE mandaban palés llenos de libros al Carrefour y otras grandes superficies? ¿Debo recordar que los descuentos que siguen haciendo esos mismos editores a las grandes superficies son mucho mayores y más ventajosos que los que ofrecen a las tan necesarias librerías de fondo? ¿Saben en la FGEE que hay grandes editores que incluso se niegan a mandar sus libros a muchas nuevas librerías porque las consideran demasiado pequeñas?

La última perla de tan deprimente collar está relacionada con una de las pocas medidas acertadas que la Industria del Libro ha sabido tomar los últimos años. Desde el cambio de siglo diferentes entidades como FGEE, CEGAL y FANDE han ido poniendo en marcha herramientas de conocimiento de la cadena de valor del libro, útiles para el libro de papel y que también lo son para el libro digital: DILVE, LibriRed –basada en el LibriData catalán– y SINLI, entre otras. El nexo a todas ellas es –o era– DILVE, una herramienta de intercambio de información para todo el ecosistema del libro tanto en España como en Latinoamérica. Gratuita hasta no hace mucho, ahora es de pago porque la FGEE, atenazada por la crisis y el desplome de la subvención se mostró incapaz de seguir sufragándola y eso que, tal como demostró Manuel Gil en su momento, al menos hasta 2014 recibía subvención. Ahora sus usuarios deben pagar por ella y eso es un error. Lejos de pedir al ministerio que se haga cargo del coste –de mantenimiento, porque el desarrollo está ya amortizado– el Plan pide:

La creación de una línea de crédito o aval, con financiación pública, que facilite la implantación de estas herramientas hasta en el más pequeño punto de venta. Esa línea de crédito sería por tres años, de una sola vez, y por un total de tres millones de euros.

Pierden la oportunidad de pedir la subvención completa del sistema, una subvención que no puede ser indefinida pero que se justifica si la entendemos como uno de los ejes básicos de la reconversión industrial del libro. Permitir que todos los actores del libro dispongan libremente de estas herramientas es fomentar el desarrollo tecnológico del sistema y, con él, su reconversión. Los autores del Plan no lo piden por dos razones: en primer lugar por la patente falta de imaginación del documento pero, todavía más importante, porque con el fin de la gratuidad de DILVE la FGEE ha visto abrirse una línea de financiación que no depende de recursos públicos.

Sucedió lo mismo con la privatización de la gestión del ISBN –también en manos de la FGEE– que pasó a ser una fuente de financiación sin que el servicio mejorara, una fuente, además que prima a los grandes consumidores de números de ISBN –las grandes editoriales– y castiga a las pequeñas y a los autores autopublicados.

Nada sucede por casualidad.

Conclusiones

Mucho dinero y más de los mismo. Así podría resumirse el Plan. Mucho dinero para mantener el statu quo y las estructuras que lo hacen posible, casi ninguna idea que permita reformar un sistema que amenaza ruina.

Al “Plan integral para el fomento del libro y de la lectura” le faltan demasiadas cosas. La primera es honestidad; es de fomento del libro, pero sólo del libro de papel; no fomenta la lectura –eso es algo que los españoles ya están haciendo por sí mismos– y se siguen envolviendo con la prestigiosa toga cultural, un pernicioso lastre. La cultura de verdad la hacen los autores, ellos los asisten, la procesan, industrializan y venden. Que cada palo aguante su vela.

Le falta valentía, espíritu de reconversión y visión industrial. Siguen poniendo el acento en la subvención a la producción –vía compra institucional– y no en la subvención al desarrollo de nuevos medios de producción y nuevos modelos de negocio, estrategia que les permitiría tener opciones de supervivencia. Otras industrias españolas, como el textil, pasaron momentos parecidos; no todo el problema fue de deslocalización: ésta pilló a la mayoría de empresarios textiles adormecidos en un mercado proteccionista que les había disuadido de emprender la necesaria modernización del sector. Su problema era de costes, procesos y productividad. Parecidos problemas de eficiencia tiene la Industria del Libro española, dentro de su contexto.

El Plan carece de lo que carecen las instituciones que lo firman: talento e imaginación. Ya hemos visto cómo tratan los datos en los que se apoyan y los argumentos en los que se basan. Ni siquiera ha sido necesario un análisis profundo, ha bastado una mirada crítica para desmontarlos todos. Cuando este Plan aterrice en la mesa de cualquier técnico ministerial con dos dedos de frente y cuatro ideas claras acerca del libro van a quedar retratados. Luego los subsecretarios, secretarios y ministros harán lo que quieran –nada diferente de lo que han hecho hasta ahora y deberíamos preguntarnos por qué– pero más de uno se habrá reído con ganas en los pasillos de la Administración. Se habrá reído de ellos, de los autores del Plan.

¿Hasta cuándo abusará la Industria del Libro de nuestra paciencia? Sospecho que hasta que el hundimiento de los más grandes haga desaparecer los intereses creados que mantienen en pie, prietas las filas, a los sarcófagos institucionales en los que se han convertido FGEE, CEGAL y FANDE. Espero que ninguno de ellos tenga el valor de negarlo: han estampado su firma en un documento inane ¿El resto del sector tiene tanta paciencia? Esperemos que no.

O tempora, o mores!

La lectura digital y la decrepitud de los Austrias. ‘Dolce far niente’ en la corte de la FGEE.

FELIPE_IV– Imagen: Wikipedia – 

El pasado 29 de abril tuvo lugar la mesa redonda “El futuro de la lectura en el entorno digital” en la Facultad de Biblioteconomía y Documentación de la Universidad de Barcelona. Fue interesante porque retrató el posicionamiento de tres grandes actores del sector del libro, editores, libreros y bibliotecarios o, al menos, sus representantes institucionales.

La charla fue moderada por Lluís Agustí, director de la Escola de Llibreria de la UB, quien realizó un acertado planteamiento de la cuestión. Intervinieron Carme Fenoll, jefa del Servicio de Bibliotecas de la Generalitat de Catalunya, Jeroni Boixareu, gerente de la librería Hispano Americana y de la editorial Marcombo –a la sazón vinculado con el Gremio de Libreros de Catalunya y su proyecto Liberdrac– y el editor Daniel Fernández, desde el 1 de enero presidente de la Federación de Gremios de Editores de España.

Decidí asistir a la mesa redonda porque quería ver, en vivo y en directo, al flamante presidente de la FGEE. Ya conocía la posición de Fenoll y Boixareu, y tenía la vana esperanza que Daniel Fernández dijera algo interesante aunque su paso por el Gremio de Editores de Catalunya hiciera presagiar lo que finalmente sucedió.

Si Fenoll mostró un optimismo prudente acorde con los actuales planes públicos de préstamo digital y sus discretos primeros resultados, Boixareu fue crítico y pragmático; entiende que al libro digital hay que darle una respuesta, que dicha respuesta debe ser comercial y que no podemos demorarnos demasiado. No tiene nada claro que se acaben cumpliendo muchos de los pronósticos pero entiende que no basta con negarlos.

Si las bibliotecas no paran y los libreros empiezan a espabilar, en la FGEE reina el dolce far niente. Fernández se burló del libro digital mediante chascarrillos que ya estaban muy manidos en 2010 y un tono de cachondeo con el que parecía decirnos que aquello no iba con él. Lo más destacable de lo que dijo –habló mucho sin decir casi nada– fue que los editores todavía no habían encontrado la manera de hacer rentable el libro digital; su desparpajo y despreocupación demostraban más ignorancia que mala fe y parecía no saber que, sin salir de España, el 30% de la facturación de Roca Editorial ya es digital y que, tal como Santos Palazzi desveló en Kosmopolis, algunos sellos de Planeta ya han alcanzado un muy respetable 12%. Puede que quede camino por recorrer pero algunos editores sí saben cómo hacerlo; alguien, en la FGEE, debería preguntárselo.

Abrazando la piratería como gran excusa, Fernández celebró el bache que las ventas de libros digitales parecen atravesar en Norteamérica y el Reino Unido –bache que no es tal como ya comentaré en un próximo artículo– y puso el relativo fracaso de los lectores de tinta electrónica como ejemplo del estancamiento del libro digital, como si la lectura no tuviera nada que ver con la competencia por la atención y el crecimiento del consumo de información en dispositivos móviles, ya sean tabletas o teléfonos.

Fernández perdió una gran oportunidad de lucirse cuando Lluís Agustí, a raíz de un comentario de Carme Fenoll, le preguntó si las nuevas herramientas de segmentación del público podían ser útiles a los editores. Cuando lo más fácil hubiera sido responder “sí, conocer mejor al público nos permitirá hacer mejor nuestro trabajo” –sin tener que mostrar su oceánica ignorancia en estos temas– escapó por la tangente diciendo algo así como que lo importante era leer y que el resto eran fruslerías.

El presidente pasmado

Vi un presidente pasmado y me acordé, una vez más, de los últimos Austrias, reyes abúlicos, incompetentes, que delegaron las labores de gobierno en validos. Si Fernández es Felipe IV, Antonio María Ávila es el Conde-duque que rige los destinos de la FGEE desde 1997. No importa quién sea el presidente, no importa de dónde venga ni cuánto dure, el estilo de la FGEE, el estilo Ávila, se impone. Los presidentes pasan pero él siempre permanece.

Conde-Duque_de_Olivares

– Imagen: Wikipedia – 

Si Ávila fuera un genio la cosa tendría su aquél; en lo único que destaca el valido de la FGEE es en asegurarse que nada cambie. Al abrigo de un sistema de elección presidencial diseñado para poder nombrar a un teleñeco si fuera necesario –otro día hablaremos del vodevil de instituciones librescas del país– protege a la institución dejando al sector en segundo plano en clara confusión entre el mapa y el territorio.

Ávila, con todo, sólo es la voz de su amo, aquél que se cuida muy mucho que la FGEE sólo trabaje por el bien de los grandes y lo haga allí donde mejor se le da, en los despachos de la Administración. Para eso no se necesitan presidentes con visión ni talento, apenas es necesario un armazón institucional tan vacío de ideas como la Federación.

Un Día del Libro sin libros… de papel

Llibres– Imagen: Wikipedia

Llegará un día en que la gran mayoría de libros se editará sólo en formato digital. Ignoro cuánto tardará en suceder –al respecto ya me he equivocado suficiente– pero es muy probable que escenas como la que encabeza este artículo tengan los años contados, escenas que se dan el día de Sant Jordi –San Jorge– en Catalunya, nuestra forma de celebrar el 23 de abril, Día del Libro.

Hace unos días el área de Artes y Humanidades de la UOC –Universitat Oberta de Catalunya– proponía la siguiente cuestión en su cuenta de twitter:

Yo interpreté la pregunta en el sentido de ‘qué sucederá el día que los libros sean –sobre todo– digitales’, porque la convivencia entre lo digital y lo analógico ya se produce hoy y dije lo siguiente:

El día de Sant Jordi los libreros hacen su agosto. Según el Gremio de Libreros de Catalunya llegan a vender entre el 5 y el 8% de la facturación anual. En un solo día. Las calles se llenan de gente que compra libros –muchos compran su único libro del año– y los editores locales aprovechan para lanzar sus novedades con más tirón comercial en un intento de alcanzar la cima de las listas de los más vendidos.

Sant Jordi es una fiesta que sucede en la calle y alrededor del libro de papel. Eso no casa del todo bien con Internet y el libro digital. Si en un futuro la gran mayoría de títulos comerciales sólo son digitales ¿qué sucederá con fiestas como ésta?

Menos libros… ¿más cultura?

Aunque sucede en la calle y alrededor del libro de papel Sant Jordi no es una fiesta cultural, no exactamente, ni lo es ese día. El 23 de abril los 7 millones de catalanes compramos 1,4 millones de libros. Las semanas anteriores a la fecha ya se registra un sensible aumento de ventas y de actos de presentación de aquellos libros que son novedad aprovechando la ocasión. ¿Son actos culturales? Bueno, inevitablemente si se habla de libros se hablará de cultura pero aquí no hay lugar para políticas a largo plazo; hay incluso una categoría, la de los llamados ‘libros mediáticos’ escritos por personajes famosos que (casi) sólo tiene sentido en fechas de compra masiva –compulsiva– y esta lo es.

El 23 de abril compramos libros –y rosas, otra costumbre local– como si no hubiera un mañana y un ‘farenheit 451’ local arrasara con todo. Esta venta masiva de libros a pie de calle no tiene sentido en un entorno digital; de hecho no puede tener lugar porque la compra de libros en Sant Jordi forma parte de una tradición y el acto cultural es accidental. Es tradición comprar un libro y una rosa –la tradición estricta manda que las chicas regalen libros a sus parejas y los chicos obsequien a su pareja con una rosa pero, afortunadamente, con el tiempo aumentan las variables– y mientras la rosa no es fácilmente digitalizable lo del libro ya es otra cosa.

Un Sant Jordi comercial no se sostiene con el libro digital pero tiene mucho más sentido como acontecimiento cultural capaz de fomentar la lectura. La progresiva digitalización obligará a replantearnos las fiestas alrededor del libro centrándolas más en su contenido –la cultura– que en su vehículo comercial –el libro, sea de papel o digital– porque su vinculación no será directa. Hasta hace poco no podíamos separar la cultura escrita de su vehículo físico pero hoy sí y eso traerá cambios importantes.

Laura Huerga, editora de Rayo Verde, respondió a mi tuit de esta forma:

Estoy de acuerdo con ella, las grandes plataformas y los grandes grupos editoriales intentarán mantener el fenómeno comercial pero su desnaturalización física se lo pondrá muy difícil. Es muy probable que deban aumentar los actos culturales alrededor del libro para conseguirlo y puede –sólo puede– que eso arrastre al resto a hacer lo mismo aunque yo creo que será al revés: aquellos con capacidad de fomentar la cultura y con ella la lectura marcarán la pauta de las fiestas y ferias relacionadas con el libro.

En Sant Jordi la gente sale a la calle y se da de bruces con los libros de papel y las rosas. Es (casi) inevitable comprar uno –o más– de cada. No me imagino cualquier futuro 23 de abril ‘saliendo a Internet’ y dándome de bruces con un libro digital aunque es evidente que hay algunas maneras de simular la experiencia. Pero un ‘pop-up’ o la publicidad intersticial no son lo mismo.

La faceta cívica y cultural de Sant Jordi no sufrirá porque queda la rosa como anclaje físico a una tradición pero todo lo que envuelve al libro deberá reinventarse. Creo que apostar por más cultura será una de las pocas maneras de seguir fomentando la lectura y, con ella, la compra de libros. El Día del Libro, Sant Jordi, tiene un futuro, pero deberíamos ir pensando, con tiempo y calma, cómo será.

Adenda: no se pierdan la reflexión de Txetxu Barandiarán en una línea muy parecida.

OpenDyslexic: el libro digital nos hace iguales

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– Imagen: opendyslexic.org

Vivimos un cansino revival de la lectura organoléptica, de la magia del tacto del papel, de lo subyugante del aroma de la tinta y de lo inmarcesible de una tradición centenaria. Se nos dice, mediante libros tan superficiales como su título, que la lectura en papel nos hace libres y la lectura digital nos hace tontos.

Mucha pereza intelectual envuelve esa impostura que entiende el libro como un objeto cuando debería ser entendido como un proceso. El libro es proceso cognitivo y su manifestación física es un accidente industrial, un imperativo físico para su producción y distribución. Entender lo contrario es caer en un animismo que cercena las posibilidades del libro, sea este de arcilla, papiro, pergamino, papel o digital. El libro de papel nos hizo más libres –el aumento exponencial de la producción gracias a la imprenta contribuyó a la conquista de los derechos que ahora disfrutamos– pero el libro digital nos hará iguales. O, al menos, reducirá ciertas diferencias.

Dislexia y libro digital

La dislexia es la dificultad en la lectura que dificulta la correcta comprensión de los textos. Es un trastorno de complejo tratamiento y que afecta profundamente la vida de quienes la padecen. Quienes leemos con normalidad no nos damos cuenta de lo difícil que es la vida de cualquier persona con dificultades de comprensión lectora. En 2012 apareció OpenDyslexic, una tipografía especialmente pensada para disléxicos. Es de código abierto y se puede instalar en todo tipo de dispositivos. Los e-readers de Kobo la incorporan desde hace tiempo y recientemente OverDrive, el mayor distribuidor de libros digitales de Norteamérica, anunció que la incorporaba en sus aplicaciones de lectura. OpenDyslexic no es una panacea, no es como ponerle gafas a un miope, pero facilita mucho la vida de cualquier disléxico. Con ella todos los documentos digitales son más accesibles y de comprensión más fácil.

Tontería y libro de papel

Para un disléxico un libro de papel impreso en una bonita tipografía Georgia puede ser un tedioso reto. Ya podemos cantarle las excelencias de la magia del tacto del papel, lo subyugante del aroma de la tinta y parecidas fruslerías. Que sí, que la tradición es centenaria pero eso, a él, no le facilita la lectura. El libro digital puede facilitar la vida a muchas personas con deficiencias visuales y de comprensión lectora. Podemos ampliar el texto hasta límites que a los que vemos con normalidad nos parecen absurdos. Podemos usar tipografías que a los que comprendemos normalmente los textos nos pueden parecer extravagantes. Podemos disfrutar de software de lectura automática si nada de lo anterior funciona.

Todo esto puede parecernos exótico pero, por favor, que nadie vuelva a cantar las excelencias de una tecnología, la del libro analógico, que deja colgados a un montón de lectores. Además de injusto, es de una incultura indecente. Una incultura en la que caen, todavía, un montón de editores que se niegan a editar en digital por razones ‘de consciencia’. No sólo pierden potenciales clientes, además hacen un flaco favor a quienes no han tenido la suerte de nacer con todos los sentidos en su sitio para los que la lectura digital sólo tiene ventajas.

La digitalización del aula y cómo enseñamos a pensar

BOMBILLA

El uso de la tecnología en clase está lejos de estar resuelto. El debate gira alrededor de dos ejes: qué tipo de tecnología debe promoverse y en qué grado. ¿Permitimos el uso de los móviles en clase? ¿articulamos toda la formación entorno la tableta o el portátil de cada alumno? ¿la actividad en clase debe estar permanentemente conectada a Internet?

Hace unos años, cuando en este país todavía quedaba dinero para extravagancias, algunas administraciones públicas decidieron poner el carro delante del burro comprando portátiles para todos los alumnos. Pronto se agotó el champán, se fue el dinero y se terminó la tontería; se compraba tecnología sin saber como se usaría y sin disponer, todavía, de suficientes contenidos digitales. Bajo tal dispendio corría otro debate más interesante acerca de la degradación de la enseñanza.

Parece que la chavalada llega cada año más lerda a la universidad y eso sucede por varias causas: muchos jalean la ignorancia –pongan la tele cualquier tarde– y cuando son convocados por el tutor se ponen de parte del insufrible retoño, la calidad de las nuevas hornadas de maestros de escuela es discreta y en este país cada gobierno manosea la educación para arrimar el ascua a sus prejuicios. Así nos va.

El sistema necesita rehacerse de cabo a rabo pero como eso da mucho trabajo y exige una altura de miras de la que carece la mayor parte de la clase política que padecemos todo el mundo prefiere perder el tiempo en impaciencia, histeria y accesorios.

¿Cuánta tecnología necesitamos en clase? Sir Richard Dawkins tiene algo interesante que decir al respecto (UNA CURIOSIDAD INSACIABLE. Tusquets Editores SA, Barcelona 2014. Pág. 151-152):

[…]. El propósito de una clase en la universidad no debería ser impartir información. Para eso ya hay libros, bibliotecas y ahora Internet. Una clase debería inspirar y suscitar la reflexión. […]. Un buen profesor pensando en voz alta, reflexionando, meditando, repitiendo para aclarar una idea, captándola después de un momento de duda, variando el ritmo, parándose a pensar, puede ser un modelo de cómo pensar sobre un tema y cómo transmitir una pasión intelectual. Si un profesor se limita a emitir información como si estuviera leyendo, los estudiantes podrían ahorrarse sus clases y obtener la información por sí mismos de la lectura de un libro (posiblemente escrito por el mismo profesor).

[…] empeñarse en anotar cada frase del profesor […] es inútil para el estudiante y desmoralizante para el profesor.

Dawkins afirma que los alumnos no deberían tomar apuntes en clase de esa manera mecánica que todos hemos practicado. Estoy de acuerdo con él. Demasiados profesores abusan de ese recurso; algunos se limitan a leer unos añejos apuntes que son copiados por sus alumnos perpetuando una rueda demencial que gira desde quién sabe cuándo.

Nadamos en información y, al menos en el primer mundo, las posibilidades de acceder a ella están garantizadas. Cuando yo era pequeño había pocas bibliotecas, muchos niños no tenían libros en su casa e Internet estaba por inventar. Hoy disponemos de una muy buena red de bibliotecas, muchos niños siguen sin tener libros en casa pero hoy sí disponemos de Internet. Si los profesores universitarios y maestros de escuela se limitan a transmitir información no sólo estamos tirando el dinero sino que además desperdiciamos una gran oportunidad para enseñar a pensar. Puede que en mi niñez y la de mis padres y abuelos fuera necesario dedicar el tiempo a transmitir información. Hoy no lo es.

No dudo que las herramientas digitales tienen un lugar en clase y que los maestros pueden apoyarse en ellas para ilustrar sus lecciones. Creo que lo mejor que le puede suceder a un alumno es un buen profesor y lo mejor que podemos hacer es simplificar su tarea para conseguir transmitir pasión intelectual. Sin bolígrafos, sin móviles, sin tabletas y sin portátiles. Todo eso tiene una función muy importante en la adquisición de conocimientos pero no es necesario para aprender a pensar. Nunca lo ha sido.

Otra cosa es qué hacemos con la calidad del profesorado pero… nadie dijo que fuera fácil.

Røter colabora con el concurso de relatos cortos ‘Bibliorelats’

Cartell Bibliorelats– Cartel del concurso ‘Bibliorelats’ –

Røter colabora con el colectivo ‘Reusenques de Lletres’ y el Servicio de Bibliotecas de la Generalitat de Catalunya en el concurso de relatos cortos ‘Bibliorelats’ en el marco del ‘Any de les Biblioteques’. El hub editorial Røter permite presentar, dar formato y publicar los relatos de los participantes, así como llevar a cabo las labores del jurado.

A las 19:00 horas de hoy, en la biblioteca pública Xavier Amorós, de Reus, tendrá lugar la presentación del concurso de relatos ‘Bibliorelats’ que organiza el colectivo ‘Reusenques de Lletres’ y el Servicio de Bibliotecas de la Generalitat de Catalunya. Los participantes deberán publicar, mediante una adaptación de la plataforma Røter, un relato en lengua catalana de entre 5.000 y 5.500 caracteres, espacios incluidos. El tema del relato es ‘la biblioteca y los bibliotecarios’. No hay límite de edad para participar en el concurso.

El período de admisión de originales finaliza la medianoche del 10 al 11 de mayo y el veredicto se hará público el 22 de mayo de 2015. En septiembre, durante la Setmana del Llibre en Català, se presentará un libro con la selección de los mejores relatos editado por Arola Editors. El jurado está formado por Carme Andrade, Carme Fenoll, Fina Masdéu, Lena Paüls i Victòria Rodrigo.

La contribución de Røter a ‘Bibliorelats’

Røter ha puesto a disposición de los organizadores del concurso su plataforma con un doble objetivo: permitir a los participantes la presentación sencilla y neutra de los relatos y ofrecer al jurado una herramienta colaborativa de selección y valoración:

  • Presentación de los relatos: cada participante debe registrarse, incluyendo un pseudónimo para garantizar la neutralidad del proceso, y cumplir unos sencillos pasos para presentar y publicar el relato. Durante el proceso, además, puede descargarse su propio relato en formato EPUB y PDF tantas veces desee para estar seguro que ha quedado bien. La plataforma cuenta con un contador de caracteres que asegura que sólo se presentan aquellos relatos que cumplen con las bases del concurso.
  • Proceso de valoración: el jurado tiene acceso a un área privada donde pueden leer los relatos y descargarlos en EPUB y PDF. También pueden realizar comentarios sobre los relatos y valorarlos del 1 al 10, valoraciones que la plataforma promedia para ir estableciendo una clasificación. De esta forma no es necesario que el jurado se reúna para llevar a cabo su labor y puede trabajar desde cualquier dispositivo con conexión a Internet.

Las principales bondades del sistema están en que permite igualar las condiciones de presentación de los relatos. En los concursos es habitual que, aun contando con estrictas condiciones de presentación –cuerpo de letra, tipo, espaciado, etc.– aquellos participantes con más habilidades logren una mejor valoración. Mediante Røter todos los participantes tienen las mismas oportunidades pues es la plataforma la que iguala la maquetación de todos los relatos.

También simplifica las labores del jurado automatizando una serie de tareas que de otro modo deben hacerse a mano y de forma presencial. Pueden realizarse cribas sucesivas, descartar los que en una primera ronda no hayan alcanzado determinada puntuación, compartir comentarios acerca de los relatos y llevar a cabo, en suma, una labor de jurado mucho más analítica y ecuánime.

Finalmente, el uso de Røter en este concurso abre la posibilidad que todos los relatos presentados, hayan sido o no seleccionados para el libro recopilatorio, pasen a formar parte del fondo de la biblioteca pública digital del Servicio de Bibliotecas de la Generalitat –de próxima puesta en marcha– pues ya estarán en formato EPUB. Este es un extremo que, en todo caso, corresponde a los gestores del mencionado Servicio.

Más información: ‘Bibliorelats’

Tras la senda de la deslocalización de la traducción literaria

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El pasado 10 de febrero Penguin Random House en España comunicó a los traductores con los que suele trabajar una bajada unilateral de las tarifas sin posibilidad de negociación. Sin ser los primeros –RBA y Grupo Planeta llevan tiempo haciendo cosas parecidas con sus colaboradores– sí han levantado la liebre de un problema que va mucho más allá de una cuestión de tarifas y de un abuso de posición dominante.

Los editores que sacrifican la calidad de las traducciones se hacen un flaco favor a sí mismos y a sus lectores pero en este artículo no me centraré en la calidad literaria sino en las tendencias de la industria. La traducción literaria española está inserta en una industria que hace tiempo que muestra una clara tendencia a deslocalizar todos los servicios posibles. PRH y compañía no bajan las tarifas sólo porque su tamaño y poder de coerción se lo permitan: pueden porque tienen alternativas.

Según desvelaba recientemente la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores de España, la sucursal de Penguin Random House en Barcelona comunicó a los traductores con los que usualmente trabaja una reducción unilateral de tarifas: Susan Bernofsky, que aporta algo más de información que la propia ACE, lo cuenta así en su blog:

On February 10, 2015, Penguin Random House’s headquarters in Spain sent around an e-mail to all the translators whose work it publishes informing them that the rates paid for literary translations would be decreased starting on February 16, 2015. According to Carlos Fortea, president of ACE Traductores […], further correspondence with PRH representatives revealed that rates would be decreased between 6% and 15% depending on genre (fiction, nonfiction, etc.), and that the policy shift was non-negotiable.

Aurora Humarán, presidenta de la International Association of Professional Translators and Interpreters, también se opone a la exigencia de PRH porque dice que afectará a la calidad. Tal como indica en su carta de protesta en solidaridad con los traductores españoles:

The fact is that it takes many years to train and develop a translator who, in the end, contributes thousands of readers to your value chain, even creating new consumers from childhood. On the other hand, it might take only a few months to convince translators who are shown so little appreciation for their invaluable task to find work in another field with more reasonable prospects and remuneration.

En ACE Traductores también ven la bajada unilateral de tarifas como un problema centrado en la calidad. Así reza el penúltimo párrafo de su comunicado:

Una política de bajas remuneraciones solamente puede redundar en un empeoramiento del producto que llega a las manos del lector. El profesional que cobra menos es un profesional que tiene que trabajar más horas para mantenerse, y eso solo conduce a un descenso de la calidad, al que los traductores nos negamos por razones éticas, profesionales y culturales.

Unir la remuneración a la calidad es un argumento comprensible pero se olvida que el español es un idioma hablado por más de cuatrocientos millones de personas. El mercado español de la traducción no comprende sólo España; en América Latina hay muchos y muy buenos traductores que trabajan a un precio sensiblemente menor que el peninsular. Los grandes grupos lo saben y tienen alternativas más baratas tal como se desprende de la lectura de este párrafo de un artículo aparecido en el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires:

[…] una traductora peninsular que, por temor a represalias, pidió mantenerse en el anonimato, envió en forma privada al mail del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires el siguiente texto: “Con la compra de Alfaguara, Madrid envió a un ejecutivo a Barcelona. El tío, prepotente, ordenó bajar los costos un 10%. Encima, cuando vio las tarifas de los traductores de Barcelona opinó que se les había terminado el bien vivir. En Madrid se cobra menos y por tanto, amenazó a los de Barcelona con que, si no bajaban los precios, las traducciones se harían en Madrid. Unos aceptaron y otros no, pero al hombre le dio lo mismo porque bajó las tarifas por ‘decreto’. El próximo paso es que, si no bajamos la cabeza, las traducciones pasan a hacerse en Sudamérica”.

Bajen o no la cabeza, tarde o temprano la mayor parte de las traducciones pasarán a hacerse en América Latina. Las tarifas, en España, sólo podrán bajar hasta un punto por debajo del cual ya no será rentable ni siquiera encender el ordenador. Los traductores españoles, al menos muchos de ellos, pasarán a dedicarse a otra cosa porque con las tarifas de México, Colombia, Argentina o Chile apenas se puede vivir en España. Así de sencillo. Hace treinta años se deslocalizó la industria textil española y dejó de ser rentable fabricar la ropa aquí. Hace más de un lustro que los grandes grupos mandan buena parte de sus libros a imprimir a China. Dentro de poco esos grandes grupos mandarán sus traducciones a América Latina. Bueno, de hecho llevan mucho tiempo haciéndolo, aunque de una forma bastante peculiar, según cuenta Jorge Fondebrider[1], traductor argentino y editor del mencionado blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires:

La práctica de traducir para España es, para los traductores latinoamericanos, muy vieja. Somos claramente más baratos. Mi propia experiencia se remonta a los últimos veinte años. Sistemáticamente he traducido basura (nunca buenos libros) para editoriales grandes, medianas y pequeñas, que me han pagado significativamente menos que a los colegas españoles. Por darte un caso, donde ustedes cobraban 12 euros la cuartilla, a mí me pagaban entre 8 y 7. La explicación que siempre tuve fue que, a pesar de todo el cuidado que puse para “sonar” español, tuvieron que invertir en correctores de estilo para españolizar mi traducción, como si los lectores españoles fueran idiotas y no pudieran leer otras variedades de la lengua. La cosa no se reduce al léxico, sino, lo que es mucho peor, a la prosodia. Y ahí he visto desdibujarse textos que, en ocasiones, me tomé el trabajo de hacer sonar como correspondía. Ahí hay otro problema, porque, muchas veces, para justificar su presencia, el corrector de estilo ha alterado la traducción introduciendo cambios innecesarios (“cara” por “rostro” y “rostro” por “cara”, “ir a comprar pan” por “ir a por pan” que no funciona en ningún otro lugar más que en España) y, en más de una oportunidad, errores que no cometí. Por esa razón, porque el nombre que aparece es el mío y no el del corrector o el del editor, desistí de seguir firmando con mi nombre y empecé a multiplicar los seudónimos.

La bajada de tarifas no es un problema eminentemente literario o artístico. Eso sólo es la punta del iceberg. Lo verdaderamente importante es la tendencia que hay tras esa bajada. Las editoriales que puedan van a seguir deslocalizando todas las actividades posibles a aquellos países donde encuentren el talento a un precio más barato que el peninsular. Ya lo están haciendo –y seguirán en ello con mayor empeño– las grandes editoriales que tratan su producto con mentalidad industrial pero no debería sorprendernos que a medio y largo plazo también lo hagan las medianas y pequeñas editoriales. Para los grandes es una cuestión de mejorar sus márgenes; para los pequeños puede tratarse de una cuestión de supervivencia.

La deslocalización del grueso de las traducciones llevará parejo la paulatina pérdida de la centralidad del dialecto peninsular en las industrias culturales hispanohablantes. Poco a poco se irá imponiendo una realidad que muchos editores españoles han negado y que es la pesadilla de la RAE: las traducciones de allende los mares son tan buenas –o tan malas– como las peninsulares y no necesitan ningún tratamiento castizo para ser aceptadas por el poco más del 9% de hablantes del español que pueblan España. Porque ese es otro tema: la edición en español está dominada por un dialecto que habla una pequeña minoría del total de los hablantes. Los que se llenan la boca hablando de “la lengua común” suelen referirse a su particular variante dialectal.

Si en su día fue imposible luchar contra la industria textil china, turca o tunecina porque a igual calidad sus costes eran imbatibles, a corto plazo no hay nada que hacer ante la deslocalización de las traducciones literarias. Clamar por la calidad literaria es estéril, hay quien puede hacerlo igual de bien a mejor precio; intentar darle una solución industrial es imposible, la traducción literaria es algo que (todavía) depende de seres humanos. Lo que pasa es que ya no es necesario que esos seres humanos trabajen desde la península a precios peninsulares. Tal como decimos en Catalunya, país con antigua tradición textil: la traducció té mala peça al teler.

Nota para picajosos: que yo vea las cosas de esta manera no implica que me gusten. La deslocalización sucede a causa de las lógicas de un sistema que no comparto en muchos de sus aspectos. Lo preferible sería pagar a todos los traductores las mismas tarifas vivieran donde vivieran, pero mientras el precio del servicio lo siga marcando quien lo contrata con el ojo puesto en quien lo presta, las cosas no van a cambiar.

[1] Comunicación vía e-mail

Prescripción, sabiduría de las multitudes o cómo 100.000 moscas no suelen equivocarse

CONCURSOGALTON

En estos democráticos días es de interés cualquier investigación sobre la confiabilidad y las peculiaridades de los juicios populares. El material que se ofrece a discusión se refiere a un asunto menor pero es de suma importancia.

Sir Francis Galton

Primer párrafo de ‘Vox populi’, artículo publicado en Nature el 7 de marzo de 1907

Nota: este jueves, a las 16:30, participo en Kosmopolis, en el debate Nuevos prescriptores: ¿quién dice qué hay que leer? Junto a Javier del Puerto, Jenn Díaz, Carles A. Foguet, moderados por Mariana Eguaras. Sirvan estas líneas para ordenar y plantear mis ideas.

Sir Francis Galton nació en Birmingham el 22 de febrero de 1822. Autodidacta y sin ninguna cátedra en la que apoyarse, realizó contribuciones en campos tan dispares como la psicología, la biología, la eugenesia, la tecnología, la geografía o la meteorología, entre otros. El personaje tenía su lado oscuro: fue el primero en plantearse de manera sistemática la selección artificial para mejorar la raza humana. Décadas más tarde unos señores con muy malas ideas pusieron en práctica las teorías de Galton para justificar su supuesta superioridad racial y exterminaron a más de seis millones de personas.

Galton es mucho más conocido por elevar la estadística al rango de ciencia; fue el primero en explicar el fenómeno de la regresión a la media y en hacer uso estadístico de la distribución normal, e introdujo el concepto de correlación, entre otras innovaciones. Hacia el final de su vida escribió un pequeño artículo científico fundamental para entender el concepto de sabiduría de la multitud.

Un bonito día de 1906, Sir Francis Galton se fue de paseo a la feria de ganado de Plymouth. Como cada año los organizadores de la feria habían preparado una competición que consistía en adivinar el peso de un buey que debía ser sacrificado. Ochocientos participantes rellenaron sus formularios de participación con su predicción, abonaron los seis peniques que daban derecho a participar y esperaron a que los jueces pesaran al desdichado animal. Galton se dio cuenta del experimento natural que tenía ante sus ojos y solicitó los formularios de los participantes. Tras eliminar los defectuosos o ilegibles se quedó con 787 registros.

El buey pesaba 1.198 libras (543,4 kg). Galton, tras promediar los resultados de sus 787 registros, obtuvo una predicción colectiva de 1.207 libras (547,5 kg), una sobreestimación de sólo el 0,8%[1] ¿Las gentes de Plymouth eran magos? ¿Tenían poderes psíquicos?

100.000 moscas no suelen equivocarse

“Come mierda, cien mil moscas no pueden estar equivocadas”. El chiste ilustra con ironía que la masa no es capaz de tomar decisiones acertadas. Del mismo estilo era la manida frase ‘¿…y si tu amigo se tira por la ventana, tu también te vas a tirar? La sabiduría popular recomienda no tirarte por la ventana si un amigo tuyo lo hace. La sabiduría de la multitud recomienda tirarte por la ventana si un número relevante de amigos tuyos se tira. Esa es la diferencia.

El caso que Galton ilustra en su artículo ‘Vox populi’ parece lotería pero su mecanismo no se basa en el azar. Tampoco consiste en compartir información ni en luchar por una causa común –aunque este extremo no está reñido con el fenómeno en si. Lo que sucedió en Plymouth un buen día de 1906 fue que ochocientas personas se pusieron a trabajar de forma independiente y con su propia información y experiencia en la resolución de un problema; los datos y el sesgo de cada uno de ellos hacían imposible que todos acertaran –o se acercaran siquiera– pero precisamente esa diferencia de datos, ese sesgo independiente y no compartido fue lo que permitió que la masa predijera un resultado tan cercano a la realidad. Los seis peniques de cuota eliminaron el azar porque disuadieron a quienes sólo querían probar suerte. Por eso no se trataba de un juego de azar y por eso volveremos a hablar de los seis peniques.

Elegidos para la prescripción masiva

Cuando hablamos de prescripción todavía solemos pensar en líderes de opinión. El tenista que anuncia un banco, el crítico literario que habla bien de una novela o nuestra abuela que nos recomienda una nueva marca de leche, la prescripción no depende de la formación o la posición social absoluta del prescriptor. La prescripción es algo relativo; prescribe quien puede, no quien quiere o, en todo caso, prescribe a quien puede. Me fiaré de mi abuela si me recomienda una nueva marca de leche pero puede que no fie mucho si me habla bien de un banco. También es posible que no dé crédito a un tenista en ningún caso.

Es cierto que el boca a oreja siempre ha funcionado pero el poder de los prescriptores tradicionales de libros –críticos, libreros, periodistas, escritores, etc.– era capaz de poner en marcha las ventas de (casi) cualquier cosa. Aparecer en la portada de Babelia o recibir una buena crítica en el Culturas de La Vanguardia implicaba, hasta hace unos años, un salto de ventas importante. Ese tiempo ya pasó.

A los líderes de opinión analógicos la solvencia se les suponía como el valor a los soldados –luego resultaba que el mundo estaba lleno de insolventes y cobardes, pero ese es otro tema. Al crítico del gran periódico lo había contratado el jefe de cultura que a su vez había sido designado por el director del medio, nombrado por el propietario que quizás no tenía ni idea de cultura pero conocía a quién sí la tenía –catedráticos, escritores de éxito, académicos, todos con su círculo de paniaguados– y se dejaba recomendar. El mecanismo tenía tanto de político –pórtate bien con el escalafón y el escalafón se portará bien contigo– como de académico. Se suponía que uno debía estar más o menos en sintonía con la tendencia cultural en auge; incluso en épocas de ruptura uno tenía que ser conservador y romper siguiendo lo establecido por los iconoclastas de más éxito. Al final, de un modo u otro, uno siempre terminaba encajando en un escalafón que tenía en su cúspide intelectual los círculos académicos y en su cúspide económica ciertos círculos sociales, públicos o privados. No era –ni es– un mundo de mediocres e incompetentes pero a menudo no bastaba el talento. Demasiadas veces tampoco era necesario. El sistema funcionaba porque en un mercado de escasez de medios de publicación las pocas plazas de prescriptor eran muy codiciadas. El público reconocía su legitimidad por aquello de “si a este señor lo han puesto ahí es porque (él) sabe (y yo no)”. Los editores de libros lo sabían y cortejaban a los críticos para que les dejaran en buen lugar o, por lo menos, no los dejaran mal. Al fin y al cabo publicar un libro era tan difícil como escribir en cualquier periódico. Sólo se editaba a los elegidos para la prescripción masiva.

De la prescripción mutua asegurada a un mundo de cualquieras

La prescripción analógica tiene su origen en los tiempos del despotismo ilustrado y siempre ha conservado esos aires: arriba hay unos que se supone que saben, que filtran de lo bueno lo mejor y lo recomiendan a los de abajo. A veces los de arriba se pelean pero, con excepción de revoluciones y dictaduras, siempre suele haber sitio para todos.

No fue casualidad que les diera por llamarlo Alta Cultura. Dicho mecanismo funcionaba según el principio de prescripción mutua asegurada: aunque había fugas y desajustes, si uno se portaba bien, tarde o temprano recibía una dosis de prescripción a la medida de su talento y habilidad social. O sólo de lo segundo.

Con la web 2.0 cualquiera puede publicar lo que quiera y cualquiera puede leerlo. Cualquiera puede opinar, cualquiera puede abrir un blog y publicar sus críticas. Cualquiera puede comentar en dicho blog elogiando o poniendo a parir cualquier cosa. Parece un mundo de cualquieras, pero es algo más complicado.

Ya vimos que nadie es un cualquiera en términos absolutos. Mi abuela no es cualquier abuela, es la mía, y su criterio de abuela es mejor que el de cualquier otra abuela. Criterio. Opinión. Se parecen pero son distintos. El criterio de uno de los participantes del concurso de Plymouth no bastaba para acertar el peso del buey, fue necesario contar con el criterio de sus 786 colegas. Era un criterio y no una opinión porque había un filtro de entrada de seis peniques. Lo mismo sucede con todos aquellos que, en Goodreads o en el club de lectura de su biblioteca, hablan de un libro que han leído. El coste no es económico –¡los seis peniques!– pero sí hay un coste oportunidad; si leo un libro no leo otro libro ni hago otra cosa. No estoy pidiendo a una masa informe que adivine el número de la lotería de Navidad, estoy pidiendo a una colectivo de lectores con criterio que valore una obra determinada. Bueno, aunque no se lo pida me van a dar su opinión. No sólo es posible que la sabiduría de la multitud se exprese, es inevitable. La pesadilla perfecta de cualquier dictador. Y de cualquier director de periódicos.

En un mundo de cualquieras el criterio es más importante que nunca. Del mismo modo que ya no somos simples consumidores y cada vez somos más prosumidores, cada día que pasa debemos ser más capaces de discernir por nosotros mismos qué hay de cierto, legítimo, verosímil o incluso verdadero en todo lo que se nos dice. Ya (casi) no podemos apelar a autoridades ni dogmas –al menos no en cuestiones culturales– porque si algo gusta a un número suficiente de personas ese algo será tendencia. Incluso mis gustos personales son tendencia en mi casa a la hora de comer. Vivo solo.

De la potestas a la auctoritas

Estamos ante el secular duelo entre la potestas, el poder coercitivo de unos pocos, y la auctoritas, la autoridad que otorga una comunidad cuando reconoce en alguien cierta capacidad. Si la antigua crítica podía, la nueva crítica está autorizada. Muchos editores no están comprendiendo lo que implica. Ya ha pasado suficiente tiempo como para saber que la forma de dirigirse al público debe cambiar por completo si cualquier editorial pretende sobrevivir. Hoy es imprescindible definir y conocer un público.

Cuando la crítica literaria profesional era la única legitimada para impartir doctrina editar era un poco más fácil. No era necesario conocer los gustos del público porque estos estaban bastante acorde con los gustos de la crítica. Uno podía editar a rueda del Canon Occidental, de la Alta Cultura y de la crítica establecida y no tenía por qué estrellarse contra la primera esquina. Es más, los editores podían vivir en la ilusión que eran ellos quienes armaban su plan editorial anual basándose en su criterio profesional. El éxito estaba más cerca del chamanismo que de la gestión racional del mercado porque, efectivamente, había chamanes que decían a la tribu qué debía leer.

Un buen día la tribu empezó a hacerse mayor y descubrió un nuevo juguete con el que saber qué decía el vecino, miles de vecinos, millones de vecinos literarios, acerca de sus mismos gustos. Y se dieron cuenta que hacer caso a esa colosal escalera de vecinos era igual o mejor que leer al crítico del periódico pero con una sutil e importante diferencia: si el crítico sentaba cátedra sin perder ocasión de dejar bien claro cuán culto era él y cuán lerdo era el resto, en el patio de vecinos contaba la opinión de todos. Era habitual que las obras que recibían mejores críticas en el patio de vecinos fueran merecedoras de atención. Empezaron a surgir vecinos que se lo montaban en su casa, a ciertas horas, con otros vecinos; literatura de nicho, para entendernos. Algunos sólo salían al patio de noche. La cuestión es que todos tenían su lugar en el nuevo patio. Todos, excepto los críticos de siempre, para los cuales siempre habrá un lugar: aquél al que van todos los lectores incapaces de formarse un criterio propio, incapaces de escuchar el criterio de sus semejantes y de aquellos que, reconocidos por sus iguales, están revestidos de autoridad.

Prefiero la auctoritas a la potestas, incluso cuando los muchos se equivocan. De hecho Sir Francis Galton ya mostró cómo muchos aciertan mediante la suma de los errores que se compensan entre sí. Eso es la sabiduría de la multitud y acercarse a ella va a ser fundamental para editar en el futuro. No es infalible, no ofrece certezas, casi no hay donde asirse. Como leí hace poco en uno de los mejores tuits que recuerdo: relájate, nada está bajo control.

Bonus track: un par de artículos interesantes acerca de la sabiduría de las multitudes:

http://bloginteligenciacolectiva.com/levy-vs-surowiecki-inteligencia-colectiva-sin-colaboracion/

http://www.dreig.eu/caparazon/2009/05/06/la-sabiduria-de-las-multitudes-lecciones-practicas-para-politicos-y-aplicaciones-sociales/

[1] En muchos artículos se dice que la diferencia fue de sólo 1 libra, unos 400 gramos. La diferencia, que el propio Galton consigna en su artículo, es la que aquí aparece: 9 libras, alrededor de 4 kilos. Teniendo en cuenta el peso del animal sigue siendo un hecho fascinante.

Røter, ya en beta abierta

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Nuestro hub editorial Røter pasa a beta abierta. Las pruebas realizadas hasta ahora son satisfactorias y abren el camino a nuevas mejoras, la primera de ellas la puesta a punto de una versión simplificada de nuestro hub editorial: Røter LT.

Røter, apertura el 2 de marzo

El 2 de marzo abrimos la beta de Røter, hub editorial para la edición multiformato. Integra todas las prestaciones para la edición y producción de proyectos editoriales en todos los formatos. Cuenta con un Plan de Prueba y cuatro planes de pago. Éstas son sus principales características:

  • Plan de Prueba incluye un proyecto con el que poder experimentar durante un período de un mes desde la fecha de alta en Røter. Para el resto de planes contratados, los proyectos activos no caducan siempre y cuando se tenga contratado algún plan. El plan de prueba es gratuito.
  • Plan Inicio incluye hasta 3 proyectos activos y la conversión a todos los formatos: PDF para imprenta, PDF para web, EPUB, MOBI, DOCX y BACKUP. Puede nombrarse un administrador de proyectos y hasta dos usuarios de la plataforma (en total, 3). El precio del Plan Inicio es de 100 € al mes.
  • Plan Profesional incluye hasta 10 proyectos activos y la conversión a todos los formatos: PDF para imprenta, PDF para web, EPUB, MOBI, DOCX y BACKUP. Puede nombrarse un administrador de proyectos y hasta cinco usuarios de la plataforma (en total, 6). El precio del Plan Profesional es de 250 € al mes.
  • Plan Avanzado incluye hasta 25 proyectos activos y la conversión a todos los formatos: PDF para imprenta, PDF para web, EPUB, MOBI, DOCX y BACKUP. Pueden nombrarse cinco administradores de proyectos y el número de usuarios de la plataforma no está limitado. El precio del Plan Profesional es de 600 € al mes.
  • Plan MAX incluye más de 25 proyectos activos y la conversión a todos los formatos: PDF para imprenta, PDF para web, EPUB, MOBI, DOCX y BACKUP. Puede nombrarse un número ilimitado de administradores y usuarios. El precio del Plan Profesional es de 1.050 € al mes.

Cada Plan permite un número determinado de proyectos activos, abiertos a la vez, en Røter. Pueden estar abiertos por tiempo indefinido porque somos conscientes que algunos proyectos exigen mucho más tiempo que otros.

Los planes de Røter permiten tener abiertos un número determinado de proyectos, los que denominamos proyectos activos. Eso no significa que deban ser siempre los mismos: cuando terminéis un proyecto podréis guardarlo en formato BACKUP y descargarlo, liberando espacio para un proyecto nuevo. Si en un futuro necesitáis recuperar el proyecto guardado –para una reedición, corrección, enriquecimiento, etc.– sólo será necesario subir el BACKUP a la plataforma y seguir donde lo dejasteis.

Por ejemplo, si vuestro plan editorial os exige mantener menos de diez proyectos a la vez, deberéis contratar el Plan Inicio. Hasta diez, el Plan Profesional y así sucesivamente. Cada Plan cuenta con más recursos que el anterior porque entendemos que los planes editoriales más complejos exigen un equipo de colaboradores más numeroso y variado.

Røter LT, apertura el 17 de marzo

El próximo 17 de marzo abrimos la beta de Røter LT, la herramienta de conversión de fondo editorial. El funcionamiento es muy parecido al de Røter y ofrece la posibilidad a los editores de digitalizar su fondo por sí mismos, a bajo coste, controlando todo el proceso. Está simplificada para que una sola persona pueda digitalizar el fondo editorial en los formatos EPUB y MOBI a un coste muy inferior al de las opciones actuales y controlando la calidad de los archivos de salida. Cada Plan incluye un número determinado de conversiones:

  • Plan Básico incluye una conversión a un precio de 50 € en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio del Plan Básico es, por lo tanto, de 50 €.
  • Plan 5 incluye cinco conversiones a un precio de 35 € cada conversión en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio del Plan 5 es de 175 €.
  • Plan 10 incluye cinco conversiones a un precio de 30 € cada conversión en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio total del Plan 10 es de 300 €.
  • Plan 25 incluye veinticinco conversiones a un precio de 25 € cada conversión en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio del Plan 25 es de 625 €.
  • Plan 50 incluye cincuenta conversiones a un precio de 20 € cada conversión en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio del Plan 50 es de 1.000 €.

No tiene Plan de Prueba porque este puede conseguirse en la versión integral de Røter que también puede usarse para convertir formatos.

Mucho por aprender, mucho que ofrecer

Tenemos mucho que aprender porque creemos que tenemos mucho que ofrecer. Esto no lo vamos a lograr solos, necesitamos la colaboración del sector editorial; queremos que nos probéis –¡gratis!– que nos critiquéis y aconsejéis, que nos digáis si vamos bien, mal o peor; queremos saber qué haríais vosotros, cómo lo haríais, qué necesitáis. Sólo así podremos ser útiles. Sólo así podremos llevar a cabo nuestra contribución a la reconversión industrial de la edición.

Atención: Todos nuestros planes, tanto en Røter como en Røter LT contarán con un descuento del 50% mientras dura la fase de Beta abierta. Más detalles en: www.roterbooks.com