Tras la senda de la deslocalización de la traducción literaria

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El pasado 10 de febrero Penguin Random House en España comunicó a los traductores con los que suele trabajar una bajada unilateral de las tarifas sin posibilidad de negociación. Sin ser los primeros –RBA y Grupo Planeta llevan tiempo haciendo cosas parecidas con sus colaboradores– sí han levantado la liebre de un problema que va mucho más allá de una cuestión de tarifas y de un abuso de posición dominante.

Los editores que sacrifican la calidad de las traducciones se hacen un flaco favor a sí mismos y a sus lectores pero en este artículo no me centraré en la calidad literaria sino en las tendencias de la industria. La traducción literaria española está inserta en una industria que hace tiempo que muestra una clara tendencia a deslocalizar todos los servicios posibles. PRH y compañía no bajan las tarifas sólo porque su tamaño y poder de coerción se lo permitan: pueden porque tienen alternativas.

Según desvelaba recientemente la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores de España, la sucursal de Penguin Random House en Barcelona comunicó a los traductores con los que usualmente trabaja una reducción unilateral de tarifas: Susan Bernofsky, que aporta algo más de información que la propia ACE, lo cuenta así en su blog:

On February 10, 2015, Penguin Random House’s headquarters in Spain sent around an e-mail to all the translators whose work it publishes informing them that the rates paid for literary translations would be decreased starting on February 16, 2015. According to Carlos Fortea, president of ACE Traductores […], further correspondence with PRH representatives revealed that rates would be decreased between 6% and 15% depending on genre (fiction, nonfiction, etc.), and that the policy shift was non-negotiable.

Matilde Humarán, presidenta de la International Association of Professional Translators and Interpreters, también se opone a la exigencia de PRH porque dice que afectará a la calidad. Tal como indica en su carta de protesta en solidaridad con los traductores españoles:

The fact is that it takes many years to train and develop a translator who, in the end, contributes thousands of readers to your value chain, even creating new consumers from childhood. On the other hand, it might take only a few months to convince translators who are shown so little appreciation for their invaluable task to find work in another field with more reasonable prospects and remuneration.

En ACE Traductores también ven la bajada unilateral de tarifas como un problema centrado en la calidad. Así reza el penúltimo párrafo de su comunicado:

Una política de bajas remuneraciones solamente puede redundar en un empeoramiento del producto que llega a las manos del lector. El profesional que cobra menos es un profesional que tiene que trabajar más horas para mantenerse, y eso solo conduce a un descenso de la calidad, al que los traductores nos negamos por razones éticas, profesionales y culturales.

Unir la remuneración a la calidad es un argumento comprensible pero se olvida que el español es un idioma hablado por más de cuatrocientos millones de personas. El mercado español de la traducción no comprende sólo España; en América Latina hay muchos y muy buenos traductores que trabajan a un precio sensiblemente menor que el peninsular. Los grandes grupos lo saben y tienen alternativas más baratas tal como se desprende de la lectura de este párrafo de un artículo aparecido en el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires:

[…] una traductora peninsular que, por temor a represalias, pidió mantenerse en el anonimato, envió en forma privada al mail del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires el siguiente texto: “Con la compra de Alfaguara, Madrid envió a un ejecutivo a Barcelona. El tío, prepotente, ordenó bajar los costos un 10%. Encima, cuando vio las tarifas de los traductores de Barcelona opinó que se les había terminado el bien vivir. En Madrid se cobra menos y por tanto, amenazó a los de Barcelona con que, si no bajaban los precios, las traducciones se harían en Madrid. Unos aceptaron y otros no, pero al hombre le dio lo mismo porque bajó las tarifas por ‘decreto’. El próximo paso es que, si no bajamos la cabeza, las traducciones pasan a hacerse en Sudamérica”.

Bajen o no la cabeza, tarde o temprano la mayor parte de las traducciones pasarán a hacerse en América Latina. Las tarifas, en España, sólo podrán bajar hasta un punto por debajo del cual ya no será rentable ni siquiera encender el ordenador. Los traductores españoles, al menos muchos de ellos, pasarán a dedicarse a otra cosa porque con las tarifas de México, Colombia, Argentina o Chile apenas se puede vivir en España. Así de sencillo. Hace treinta años se deslocalizó la industria textil española y dejó de ser rentable fabricar la ropa aquí. Hace más de un lustro que los grandes grupos mandan buena parte de sus libros a imprimir a China. Dentro de poco esos grandes grupos mandarán sus traducciones a América Latina. Bueno, de hecho llevan mucho tiempo haciéndolo, aunque de una forma bastante peculiar, según cuenta Jorge Fondebrider[1], traductor argentino y editor del mencionado blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires:

La práctica de traducir para España es, para los traductores latinoamericanos, muy vieja. Somos claramente más baratos. Mi propia experiencia se remonta a los últimos veinte años. Sistemáticamente he traducido basura (nunca buenos libros) para editoriales grandes, medianas y pequeñas, que me han pagado significativamente menos que a los colegas españoles. Por darte un caso, donde ustedes cobraban 12 euros la cuartilla, a mí me pagaban entre 8 y 7. La explicación que siempre tuve fue que, a pesar de todo el cuidado que puse para “sonar” español, tuvieron que invertir en correctores de estilo para españolizar mi traducción, como si los lectores españoles fueran idiotas y no pudieran leer otras variedades de la lengua. La cosa no se reduce al léxico, sino, lo que es mucho peor, a la prosodia. Y ahí he visto desdibujarse textos que, en ocasiones, me tomé el trabajo de hacer sonar como correspondía. Ahí hay otro problema, porque, muchas veces, para justificar su presencia, el corrector de estilo ha alterado la traducción introduciendo cambios innecesarios (“cara” por “rostro” y “rostro” por “cara”, “ir a comprar pan” por “ir a por pan” que no funciona en ningún otro lugar más que en España) y, en más de una oportunidad, errores que no cometí. Por esa razón, porque el nombre que aparece es el mío y no el del corrector o el del editor, desistí de seguir firmando con mi nombre y empecé a multiplicar los seudónimos.

La bajada de tarifas no es un problema eminentemente literario o artístico. Eso sólo es la punta del iceberg. Lo verdaderamente importante es la tendencia que hay tras esa bajada. Las editoriales que puedan van a seguir deslocalizando todas las actividades posibles a aquellos países donde encuentren el talento a un precio más barato que el peninsular. Ya lo están haciendo –y seguirán en ello con mayor empeño– las grandes editoriales que tratan su producto con mentalidad industrial pero no debería sorprendernos que a medio y largo plazo también lo hagan las medianas y pequeñas editoriales. Para los grandes es una cuestión de mejorar sus márgenes; para los pequeños puede tratarse de una cuestión de supervivencia.

La deslocalización del grueso de las traducciones llevará parejo la paulatina pérdida de la centralidad del dialecto peninsular en las industrias culturales hispanohablantes. Poco a poco se irá imponiendo una realidad que muchos editores españoles han negado y que es la pesadilla de la RAE: las traducciones de allende los mares son tan buenas –o tan malas– como las peninsulares y no necesitan ningún tratamiento castizo para ser aceptadas por el poco más del 9% de hablantes del español que pueblan España. Porque ese es otro tema: la edición en español está dominada por un dialecto que habla una pequeña minoría del total de los hablantes. Los que se llenan la boca hablando de “la lengua común” suelen referirse a su particular variante dialectal.

Si en su día fue imposible luchar contra la industria textil china, turca o tunecina porque a igual calidad sus costes eran imbatibles, a corto plazo no hay nada que hacer ante la deslocalización de las traducciones literarias. Clamar por la calidad literaria es estéril, hay quien puede hacerlo igual de bien a mejor precio; intentar darle una solución industrial es imposible, la traducción literaria es algo que (todavía) depende de seres humanos. Lo que pasa es que ya no es necesario que esos seres humanos trabajen desde la península a precios peninsulares. Tal como decimos en Catalunya, país con antigua tradición textil: la traducció té mala peça al teler.

Nota para picajosos: que yo vea las cosas de esta manera no implica que me gusten. La deslocalización sucede a causa de las lógicas de un sistema que no comparto en muchos de sus aspectos. Lo preferible sería pagar a todos los traductores las mismas tarifas vivieran donde vivieran, pero mientras el precio del servicio lo siga marcando quien lo contrata con el ojo puesto en quien lo presta, las cosas no van a cambiar.

[1] Comunicación vía e-mail

Prescripción, sabiduría de las multitudes o cómo 100.000 moscas no suelen equivocarse

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En estos democráticos días es de interés cualquier investigación sobre la confiabilidad y las peculiaridades de los juicios populares. El material que se ofrece a discusión se refiere a un asunto menor pero es de suma importancia.

Sir Francis Galton

Primer párrafo de ‘Vox populi’, artículo publicado en Nature el 7 de marzo de 1907

Nota: este jueves, a las 16:30, participo en Kosmopolis, en el debate Nuevos prescriptores: ¿quién dice qué hay que leer? Junto a Javier del Puerto, Jenn Díaz, Carles A. Foguet, moderados por Mariana Eguaras. Sirvan estas líneas para ordenar y plantear mis ideas.

Sir Francis Galton nació en Birmingham el 22 de febrero de 1822. Autodidacta y sin ninguna cátedra en la que apoyarse, realizó contribuciones en campos tan dispares como la psicología, la biología, la eugenesia, la tecnología, la geografía o la meteorología, entre otros. El personaje tenía su lado oscuro: fue el primero en plantearse de manera sistemática la selección artificial para mejorar la raza humana. Décadas más tarde unos señores con muy malas ideas pusieron en práctica las teorías de Galton para justificar su supuesta superioridad racial y exterminaron a más de seis millones de personas.

Galton es mucho más conocido por elevar la estadística al rango de ciencia; fue el primero en explicar el fenómeno de la regresión a la media y en hacer uso estadístico de la distribución normal, e introdujo el concepto de correlación, entre otras innovaciones. Hacia el final de su vida escribió un pequeño artículo científico fundamental para entender el concepto de sabiduría de la multitud.

Un bonito día de 1906, Sir Francis Galton se fue de paseo a la feria de ganado de Plymouth. Como cada año los organizadores de la feria habían preparado una competición que consistía en adivinar el peso de un buey que debía ser sacrificado. Ochocientos participantes rellenaron sus formularios de participación con su predicción, abonaron los seis peniques que daban derecho a participar y esperaron a que los jueces pesaran al desdichado animal. Galton se dio cuenta del experimento natural que tenía ante sus ojos y solicitó los formularios de los participantes. Tras eliminar los defectuosos o ilegibles se quedó con 787 registros.

El buey pesaba 1.198 libras (543,4 kg). Galton, tras promediar los resultados de sus 787 registros, obtuvo una predicción colectiva de 1.207 libras (547,5 kg), una sobreestimación de sólo el 0,8%[1] ¿Las gentes de Plymouth eran magos? ¿Tenían poderes psíquicos?

100.000 moscas no suelen equivocarse

“Come mierda, cien mil moscas no pueden estar equivocadas”. El chiste ilustra con ironía que la masa no es capaz de tomar decisiones acertadas. Del mismo estilo era la manida frase ‘¿…y si tu amigo se tira por la ventana, tu también te vas a tirar? La sabiduría popular recomienda no tirarte por la ventana si un amigo tuyo lo hace. La sabiduría de la multitud recomienda tirarte por la ventana si un número relevante de amigos tuyos se tira. Esa es la diferencia.

El caso que Galton ilustra en su artículo ‘Vox populi’ parece lotería pero su mecanismo no se basa en el azar. Tampoco consiste en compartir información ni en luchar por una causa común –aunque este extremo no está reñido con el fenómeno en si. Lo que sucedió en Plymouth un buen día de 1906 fue que ochocientas personas se pusieron a trabajar de forma independiente y con su propia información y experiencia en la resolución de un problema; los datos y el sesgo de cada uno de ellos hacían imposible que todos acertaran –o se acercaran siquiera– pero precisamente esa diferencia de datos, ese sesgo independiente y no compartido fue lo que permitió que la masa predijera un resultado tan cercano a la realidad. Los seis peniques de cuota eliminaron el azar porque disuadieron a quienes sólo querían probar suerte. Por eso no se trataba de un juego de azar y por eso volveremos a hablar de los seis peniques.

Elegidos para la prescripción masiva

Cuando hablamos de prescripción todavía solemos pensar en líderes de opinión. El tenista que anuncia un banco, el crítico literario que habla bien de una novela o nuestra abuela que nos recomienda una nueva marca de leche, la prescripción no depende de la formación o la posición social absoluta del prescriptor. La prescripción es algo relativo; prescribe quien puede, no quien quiere o, en todo caso, prescribe a quien puede. Me fiaré de mi abuela si me recomienda una nueva marca de leche pero puede que no fie mucho si me habla bien de un banco. También es posible que no dé crédito a un tenista en ningún caso.

Es cierto que el boca a oreja siempre ha funcionado pero el poder de los prescriptores tradicionales de libros –críticos, libreros, periodistas, escritores, etc.– era capaz de poner en marcha las ventas de (casi) cualquier cosa. Aparecer en la portada de Babelia o recibir una buena crítica en el Culturas de La Vanguardia implicaba, hasta hace unos años, un salto de ventas importante. Ese tiempo ya pasó.

A los líderes de opinión analógicos la solvencia se les suponía como el valor a los soldados –luego resultaba que el mundo estaba lleno de insolventes y cobardes, pero ese es otro tema. Al crítico del gran periódico lo había contratado el jefe de cultura que a su vez había sido designado por el director del medio, nombrado por el propietario que quizás no tenía ni idea de cultura pero conocía a quién sí la tenía –catedráticos, escritores de éxito, académicos, todos con su círculo de paniaguados– y se dejaba recomendar. El mecanismo tenía tanto de político –pórtate bien con el escalafón y el escalafón se portará bien contigo– como de académico. Se suponía que uno debía estar más o menos en sintonía con la tendencia cultural en auge; incluso en épocas de ruptura uno tenía que ser conservador y romper siguiendo lo establecido por los iconoclastas de más éxito. Al final, de un modo u otro, uno siempre terminaba encajando en un escalafón que tenía en su cúspide intelectual los círculos académicos y en su cúspide económica ciertos círculos sociales, públicos o privados. No era –ni es– un mundo de mediocres e incompetentes pero a menudo no bastaba el talento. Demasiadas veces tampoco era necesario. El sistema funcionaba porque en un mercado de escasez de medios de publicación las pocas plazas de prescriptor eran muy codiciadas. El público reconocía su legitimidad por aquello de “si a este señor lo han puesto ahí es porque (él) sabe (y yo no)”. Los editores de libros lo sabían y cortejaban a los críticos para que les dejaran en buen lugar o, por lo menos, no los dejaran mal. Al fin y al cabo publicar un libro era tan difícil como escribir en cualquier periódico. Sólo se editaba a los elegidos para la prescripción masiva.

De la prescripción mutua asegurada a un mundo de cualquieras

La prescripción analógica tiene su origen en los tiempos del despotismo ilustrado y siempre ha conservado esos aires: arriba hay unos que se supone que saben, que filtran de lo bueno lo mejor y lo recomiendan a los de abajo. A veces los de arriba se pelean pero, con excepción de revoluciones y dictaduras, siempre suele haber sitio para todos.

No fue casualidad que les diera por llamarlo Alta Cultura. Dicho mecanismo funcionaba según el principio de prescripción mutua asegurada: aunque había fugas y desajustes, si uno se portaba bien, tarde o temprano recibía una dosis de prescripción a la medida de su talento y habilidad social. O sólo de lo segundo.

Con la web 2.0 cualquiera puede publicar lo que quiera y cualquiera puede leerlo. Cualquiera puede opinar, cualquiera puede abrir un blog y publicar sus críticas. Cualquiera puede comentar en dicho blog elogiando o poniendo a parir cualquier cosa. Parece un mundo de cualquieras, pero es algo más complicado.

Ya vimos que nadie es un cualquiera en términos absolutos. Mi abuela no es cualquier abuela, es la mía, y su criterio de abuela es mejor que el de cualquier otra abuela. Criterio. Opinión. Se parecen pero son distintos. El criterio de uno de los participantes del concurso de Plymouth no bastaba para acertar el peso del buey, fue necesario contar con el criterio de sus 786 colegas. Era un criterio y no una opinión porque había un filtro de entrada de seis peniques. Lo mismo sucede con todos aquellos que, en Goodreads o en el club de lectura de su biblioteca, hablan de un libro que han leído. El coste no es económico –¡los seis peniques!– pero sí hay un coste oportunidad; si leo un libro no leo otro libro ni hago otra cosa. No estoy pidiendo a una masa informe que adivine el número de la lotería de Navidad, estoy pidiendo a una colectivo de lectores con criterio que valore una obra determinada. Bueno, aunque no se lo pida me van a dar su opinión. No sólo es posible que la sabiduría de la multitud se exprese, es inevitable. La pesadilla perfecta de cualquier dictador. Y de cualquier director de periódicos.

En un mundo de cualquieras el criterio es más importante que nunca. Del mismo modo que ya no somos simples consumidores y cada vez somos más prosumidores, cada día que pasa debemos ser más capaces de discernir por nosotros mismos qué hay de cierto, legítimo, verosímil o incluso verdadero en todo lo que se nos dice. Ya (casi) no podemos apelar a autoridades ni dogmas –al menos no en cuestiones culturales– porque si algo gusta a un número suficiente de personas ese algo será tendencia. Incluso mis gustos personales son tendencia en mi casa a la hora de comer. Vivo solo.

De la potestas a la auctoritas

Estamos ante el secular duelo entre la potestas, el poder coercitivo de unos pocos, y la auctoritas, la autoridad que otorga una comunidad cuando reconoce en alguien cierta capacidad. Si la antigua crítica podía, la nueva crítica está autorizada. Muchos editores no están comprendiendo lo que implica. Ya ha pasado suficiente tiempo como para saber que la forma de dirigirse al público debe cambiar por completo si cualquier editorial pretende sobrevivir. Hoy es imprescindible definir y conocer un público.

Cuando la crítica literaria profesional era la única legitimada para impartir doctrina editar era un poco más fácil. No era necesario conocer los gustos del público porque estos estaban bastante acorde con los gustos de la crítica. Uno podía editar a rueda del Canon Occidental, de la Alta Cultura y de la crítica establecida y no tenía por qué estrellarse contra la primera esquina. Es más, los editores podían vivir en la ilusión que eran ellos quienes armaban su plan editorial anual basándose en su criterio profesional. El éxito estaba más cerca del chamanismo que de la gestión racional del mercado porque, efectivamente, había chamanes que decían a la tribu qué debía leer.

Un buen día la tribu empezó a hacerse mayor y descubrió un nuevo juguete con el que saber qué decía el vecino, miles de vecinos, millones de vecinos literarios, acerca de sus mismos gustos. Y se dieron cuenta que hacer caso a esa colosal escalera de vecinos era igual o mejor que leer al crítico del periódico pero con una sutil e importante diferencia: si el crítico sentaba cátedra sin perder ocasión de dejar bien claro cuán culto era él y cuán lerdo era el resto, en el patio de vecinos contaba la opinión de todos. Era habitual que las obras que recibían mejores críticas en el patio de vecinos fueran merecedoras de atención. Empezaron a surgir vecinos que se lo montaban en su casa, a ciertas horas, con otros vecinos; literatura de nicho, para entendernos. Algunos sólo salían al patio de noche. La cuestión es que todos tenían su lugar en el nuevo patio. Todos, excepto los críticos de siempre, para los cuales siempre habrá un lugar: aquél al que van todos los lectores incapaces de formarse un criterio propio, incapaces de escuchar el criterio de sus semejantes y de aquellos que, reconocidos por sus iguales, están revestidos de autoridad.

Prefiero la auctoritas a la potestas, incluso cuando los muchos se equivocan. De hecho Sir Francis Galton ya mostró cómo muchos aciertan mediante la suma de los errores que se compensan entre sí. Eso es la sabiduría de la multitud y acercarse a ella va a ser fundamental para editar en el futuro. No es infalible, no ofrece certezas, casi no hay donde asirse. Como leí hace poco en uno de los mejores tuits que recuerdo: relájate, nada está bajo control.

Bonus track: un par de artículos interesantes acerca de la sabiduría de las multitudes:

http://bloginteligenciacolectiva.com/levy-vs-surowiecki-inteligencia-colectiva-sin-colaboracion/

http://www.dreig.eu/caparazon/2009/05/06/la-sabiduria-de-las-multitudes-lecciones-practicas-para-politicos-y-aplicaciones-sociales/

[1] En muchos artículos se dice que la diferencia fue de sólo 1 libra, unos 400 gramos. La diferencia, que el propio Galton consigna en su artículo, es la que aquí aparece: 9 libras, alrededor de 4 kilos. Teniendo en cuenta el peso del animal sigue siendo un hecho fascinante.

Røter, ya en beta abierta

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Nuestro hub editorial Røter pasa a beta abierta. Las pruebas realizadas hasta ahora son satisfactorias y abren el camino a nuevas mejoras, la primera de ellas la puesta a punto de una versión simplificada de nuestro hub editorial: Røter LT.

Røter, apertura el 2 de marzo

El 2 de marzo abrimos la beta de Røter, hub editorial para la edición multiformato. Integra todas las prestaciones para la edición y producción de proyectos editoriales en todos los formatos. Cuenta con un Plan de Prueba y cuatro planes de pago. Éstas son sus principales características:

  • Plan de Prueba incluye un proyecto con el que poder experimentar durante un período de un mes desde la fecha de alta en Røter. Para el resto de planes contratados, los proyectos activos no caducan siempre y cuando se tenga contratado algún plan. El plan de prueba es gratuito.
  • Plan Inicio incluye hasta 3 proyectos activos y la conversión a todos los formatos: PDF para imprenta, PDF para web, EPUB, MOBI, DOCX y BACKUP. Puede nombrarse un administrador de proyectos y hasta dos usuarios de la plataforma (en total, 3). El precio del Plan Inicio es de 100 € al mes.
  • Plan Profesional incluye hasta 10 proyectos activos y la conversión a todos los formatos: PDF para imprenta, PDF para web, EPUB, MOBI, DOCX y BACKUP. Puede nombrarse un administrador de proyectos y hasta cinco usuarios de la plataforma (en total, 6). El precio del Plan Profesional es de 250 € al mes.
  • Plan Avanzado incluye hasta 25 proyectos activos y la conversión a todos los formatos: PDF para imprenta, PDF para web, EPUB, MOBI, DOCX y BACKUP. Pueden nombrarse cinco administradores de proyectos y el número de usuarios de la plataforma no está limitado. El precio del Plan Profesional es de 600 € al mes.
  • Plan MAX incluye más de 25 proyectos activos y la conversión a todos los formatos: PDF para imprenta, PDF para web, EPUB, MOBI, DOCX y BACKUP. Puede nombrarse un número ilimitado de administradores y usuarios. El precio del Plan Profesional es de 1.050 € al mes.

Cada Plan permite un número determinado de proyectos activos, abiertos a la vez, en Røter. Pueden estar abiertos por tiempo indefinido porque somos conscientes que algunos proyectos exigen mucho más tiempo que otros.

Los planes de Røter permiten tener abiertos un número determinado de proyectos, los que denominamos proyectos activos. Eso no significa que deban ser siempre los mismos: cuando terminéis un proyecto podréis guardarlo en formato BACKUP y descargarlo, liberando espacio para un proyecto nuevo. Si en un futuro necesitáis recuperar el proyecto guardado –para una reedición, corrección, enriquecimiento, etc.– sólo será necesario subir el BACKUP a la plataforma y seguir donde lo dejasteis.

Por ejemplo, si vuestro plan editorial os exige mantener menos de diez proyectos a la vez, deberéis contratar el Plan Inicio. Hasta diez, el Plan Profesional y así sucesivamente. Cada Plan cuenta con más recursos que el anterior porque entendemos que los planes editoriales más complejos exigen un equipo de colaboradores más numeroso y variado.

Røter LT, apertura el 17 de marzo

El próximo 17 de marzo abrimos la beta de Røter LT, la herramienta de conversión de fondo editorial. El funcionamiento es muy parecido al de Røter y ofrece la posibilidad a los editores de digitalizar su fondo por sí mismos, a bajo coste, controlando todo el proceso. Está simplificada para que una sola persona pueda digitalizar el fondo editorial en los formatos EPUB y MOBI a un coste muy inferior al de las opciones actuales y controlando la calidad de los archivos de salida. Cada Plan incluye un número determinado de conversiones:

  • Plan Básico incluye una conversión a un precio de 50 € en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio del Plan Básico es, por lo tanto, de 50 €.
  • Plan 5 incluye cinco conversiones a un precio de 35 € cada conversión en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio del Plan 5 es de 175 €.
  • Plan 10 incluye cinco conversiones a un precio de 30 € cada conversión en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio total del Plan 10 es de 300 €.
  • Plan 25 incluye veinticinco conversiones a un precio de 25 € cada conversión en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio del Plan 25 es de 625 €.
  • Plan 50 incluye cincuenta conversiones a un precio de 20 € cada conversión en dos formatos, EPUB y MOBI. El precio del Plan 50 es de 1.000 €.

No tiene Plan de Prueba porque este puede conseguirse en la versión integral de Røter que también puede usarse para convertir formatos.

Mucho por aprender, mucho que ofrecer

Tenemos mucho que aprender porque creemos que tenemos mucho que ofrecer. Esto no lo vamos a lograr solos, necesitamos la colaboración del sector editorial; queremos que nos probéis –¡gratis!– que nos critiquéis y aconsejéis, que nos digáis si vamos bien, mal o peor; queremos saber qué haríais vosotros, cómo lo haríais, qué necesitáis. Sólo así podremos ser útiles. Sólo así podremos llevar a cabo nuestra contribución a la reconversión industrial de la edición.

Atención: Todos nuestros planes, tanto en Røter como en Røter LT contarán con un descuento del 50% mientras dura la fase de Beta abierta. Más detalles en: www.roterbooks.com

Series, películas y modelos de negocio digitales

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Hace un par de meses instalé fibra óptica en casa. Con ella accedí a un servicio de televisión por cable que incluye los canales en abierto y otros canales de pago. Entre otros servicios puedo alquilar películas y ver series de televisión. De su uso se desprenden algunas reflexiones aplicables a otros sectores en vías de digitalización, como el del libro.

Productos similares, modelos de negocio diferentes

La producción de una serie de televisión no es muy diferente a la de una película de cine. A finales del siglo pasado los productores de series empezaron a reclutar talento del séptimo arte y hoy muchas series igualan y superan en calidad técnica y artística a la mayoría de películas.

Hasta hace pocos años las series de televisión las veíamos en unos televisores más bien canijos con una calidad de imagen discreta y el cine lo veíamos en grandes salas de proyección con enormes pantallas. Por las series no pagábamos –en España, hasta la llegada de Canal+, sólo podíamos ver las series emitidas en abierto– y por el cine sí. Dos productos similares –aunque todavía muy dispares en calidad– tenían modelos de negocio muy diferentes. Nos parecía normal. No había otra opción, entendíamos que eran productos diferentes. En el mundo analógico eran cosas muy, pero que muy distintas. El cine era mágico. La tele era la caja tonta.

Cuando el cine se estrelló contra las operadoras de telefonía

La tele no acabó con el cine ni con la radio y ésta no acabó con los periódicos pero un día llegó Internet y alteró la realidad de todos los medios. Los periódicos viven una lenta agonía que ya sabemos cómo terminará, la radio rejuveneció y goza de relativa buena salud, la televisión bien, gracias, aunque sea a caballo de un montón de mierda ¿Y el cine? El cine vive atrapado en la oscuridad de las salas de proyección.

La tele (todavía) no ha acabado con el cine pero cuando una operadora incluye un servicio de tarifa plana de series de televisión la cosa se pone fea. Ya hemos visto que hoy cine y series son parejos en calidad; a misma calidad percibida –eso que algunos simulan no entender– mismo valor percibido por el cliente y de ahí similares precios. Cuando no podíamos pagar por las series pero sí por el cine la comparación era imposible pero ahora resulta que lo que me ofrece mi operadora es lo siguiente:

  • Películas: tengo que alquilar cada película por separado a un precio que oscila, aproximadamente, entre los tres y los siete euros. Tengo sólo 24 horas para verla, y una vez pasadas esas 24 horas, si quiero volver a verla debo volver a pagar.
  • Series: pago una tarifa plana de siete euros al mes y puedo ver todos los capítulos de todas las series en oferta –cada vez hay más– las veces que quiera. Si me trastoco y me da por ver el mismo capítulo de una serie veinte veces seguidas me costará lo mismo que ver veinte capítulos diferentes de veinte series diferentes.

Ni me he molestado en echar cuentas. Yo no veo mucho la tele pero con la desproporción en el precio y la calidad de las series hace mucho que no alquilo una película –no volveré a pisar un cine– y raramente veo programas que no sean grabados.

¡Es la economía de la atención, estúpidos!

Al principio no lo entendí; pensé que los siete euros mensuales eran por ver una sola temporada de una sola serie. Sólo así podía explicarme esa diferencia de precio y de modelo de ingresos: acostumbrado a la realidad analógica pensé que mi operadora había asimilado una película a una temporada de una serie. Salí de mi error al leer la letra pequeña; mi operadora me había instalado un grifo con el que ver series a chorro a un precio de risa al lado de un videoclub de los años ochenta.

¿Por qué? Sólo se me ocurre una respuesta: la industria del cine sigue atada a las salas de cine, a los exhibidores y, con ellos, a un modelo de negocio basado en la escasez. Insisten en que vayamos al cine y, si no lo hacemos, insisten en meternos en casa la taquilla del cine. Las series no son deudoras de ningún canal de distribución basado en la escasez y les basta con que el emisor de la serie les pague por ella lo que piden.

El medio es el mensaje, ¿recuerdan? Esta afirmación, casi un axioma, se ha desvirtuado hasta la saciedad pero aquí es válida. Una serie y una película son indistinguibles si las vemos en el mismo medio. Entonces una película se convierte en una serie de un solo capítulo muy largo y una serie se convierte en una película muy larga dividida en porciones. Producciones como la trilogía del Señor de Los Anillos están a medio camino entre una y otra: un trabajo de edición diferente –aunque nada sencillo– convertiría un metraje total de casi doce horas en una temporada de trece capítulos. A medio plazo dos productos similares no pueden tener precios muy diferentes y para saberlo no se requiere una bola de cristal, basta con conocer los fundamentos de la oferta y la demanda.

Del periódico al Smartphone

Todo contenido paquetizado por una operadora sufre un inevitable proceso de comoditización que lo lleva a entrar en colisión con otros productos. Parece muy nuevo, ¿verdad? No lo es. Encontramos antecedentes en el siglo XIX. Antes del cine, de la tele y de la radio sólo había un tipo de operadores de telecomunicaciones: los grandes periódicos. Eran operadores de telecomunicaciones porque eran el único medio con el que una gran masa de población alfabetizada podía informarse de lo que sucedía más allá del campanario vecino y porque, además, industrializaban todo el contenido bajo un único formato escrito y periódico.

Quiso la casualidad que, con este artículo a medio cocer, Blanca Rosa Roca hablara en términos muy parecidos en el último BookMachine aludiendo a la economía de la atención; una de las asistentes a la charla preguntó, de forma muy acertada, si una forma de adaptar la literatura a los nuevos medios para competir en la economía de la atención era trocearla y ofrecerla en porciones más atractivas. Blanca Rosa Roca estuvo de acuerdo. Yo también lo estoy. Eso era precisamente lo que los periódicos hacían en el siglo XIX, publicar novelas por entregas.

A medida que la alfabetización se iba extendiendo entre las clases más bajas se puso de manifiesto la necesidad –¿la oportunidad?– de ofrecer a este nuevo público lector una oferta a su alcance. Los libros eran relativamente caros –lo siguen siendo– no así los periódicos, que pasaban de mano en mano en locales públicos. El folletín francés empezó a industrializar la escritura de novelas ligeras y la innovación se extendió por Europa y América a medida que la alfabetización avanzaba. Esa literatura seriada, tenida por bastarda en su momento, estaba representada por autores como Honoré de Balzac y Alexandre Dumas, este último un auténtico industrial de la literatura con una legión de negros literarios a sueldo.

Contenidos muy variados compiten por la atención en smartphones y tabletas; algunos, como los vídeos de Youtube y los artículos en blogs y prensa digital, están bien adaptados. Otros, como los libros, no siempre encajan con los gustos de la mayoría de lectores porque lo que está cambiando es el mismo hecho de ser lector; una masa enorme de público lee en sus dispositivos móviles. Que no lean libros no significa que no pueda encontrarse un formato narrativo que se adapte a su forma de leer, un formato pensado y planificado como producto del mismo modo que las novelas por entregas del siglo XIX eran productos perfectamente consecuentes con su público.

Escritores, editores y libreros han ido, durante siglos, allí donde estaba el público. Adaptaron el formato a los hábitos de los lectores. Buscaron fórmulas rentables. Algunas de esas obras, otrora consideradas baja literatura, hoy son clásicos ¿Por qué ahora debería ser diferente? ¿Por qué pretendemos que los lectores que no leen libros lean los libros de siempre –aunque sean digitales– en vez de pensar nuevos formatos para ellos? ¿Por qué no competir por la atención en igualdad de condiciones –y de precio– con otros contenidos al alcance de cualquier Smartphone? El nuevo periodismo ha empezado a responder al reto con propuestas como Blendle o The Big Round Table, entre otras. ¿Sabrán hacer lo mismo los nuevos editores?

Blanca Rosa Roca en Bookmachine Barcelona el próximo 26 de febrero en la librería Laie

BOOKMACHINE-

Durante una de las charlas del pasado Congreso del Libro Electrónico, Blanca Rosa Roca afirmó que el libro digital representaría, a cierre de 2014, más del 25% de la facturación de Roca Editorial. De este hito y de otras cuestiones interesantes hablará la editora de Roca Editorial en el próximo Bookmachine en Barcelona. Su charla dará comienzo a las 19:00 horas del próximo jueves 26 de febrero en la librería Laie.

Blanca Rosa Roca es una de las editoras españolas con más vocación innovadora. Eso no sólo se refleja en el alto grado de digitalización de su catálogo sino también en propuestas tan interesantes como Barcelona Ebooksde la que hablé en su momento–, de su participación en Open Road Media, de Ciudad de Libros y de la controvertida Rocautores. De cada una de estas iniciativas se pueden extraer interesantes y útiles lecciones. La editora de Roca Editorial nos hablará de algunas de ellas y podremos charlar con ella acerca de su estrategia y experiencia en el ámbito digital; en esta pequeña entrevista para Bookmachine nos adelanta algunos de los principales aspectos.

Røter es patrocinador de Bookmachine para todo el año 2015 y este 26 de febrero esperamos poder anunciar alguna que otra novedad. Creemos que apoyar una propuesta como ésta, en la que se puede charlar de forma abierta, entusiasta pero también crítica acerca de las oportunidades de la digitalización del libro –no sólo del libro digital– es una buena oportunidad de hacer avanzar el debate y una distendida forma de darnos a conocer. Estamos muy contentos, además, de copatrocinar esta charla con SeeBook y que Manuscritics también colabore en este Bookmachine.

Resumiendo:

Evento: BookMachine Barcelona

Organiza: Maria Cardona

Tema: Estrategia y experiencia de Roca Editorial en el ámbito digital

Ponente: Blanca Rosa Roca

Lugar: Librería Laie. C/ Pau Claris 85, Barcelona.

Entrada: 5€ por compra anticipada, 7€ justo entes de entrar. Con derecho a consumición.

Patrocinan y colaboran: Røter, SeeBook y Manuscritics

El cura, los mandarines y el enorme vacío

DONCAMILO-

Hay obras que hablan más de su autor que del tema que tratan, obras que son un reflejo de una generación y de quien las escribe. Nunca hay que juzgar un libro por sus cubiertas, pero acaso sí podamos hacerlo por las grandes ausencias que contiene. Es el caso de ‘El cura y los mandarines’.

Hace pocos días terminé la lectura de ‘El cura y los mandarines (Historia no oficial del Bosque de los Letrados). Cultura y política en España 1962-1996’, el libro de Gregorio Morán editado por Akal que Planeta se negó a publicar por once malditas páginas. Lo primero que hice al terminar fue volver a leer la contracubierta porque tenía la sensación –una sensación que iba creciendo con la lectura– de no haber entendido ciertos aspectos del libro a causa de un enorme, colosal, vacío. Una inexplicable –al menos para mí– ausencia. Este es el fragmento que más nos interesa:

Esta obra nació de una pregunta insatisfecha: ¿qué fue sucediendo para que los mandarines, las figuras críticas de nuestra cultura de los años sesenta, se fueran haciendo cada vez más conservadoras, hasta convertirse en institucionales? Fruto de un exhaustivo y documentado trabajo de investigación de diez años y escrito en una prosa sobresaliente […] es un magistral y agudo relato del devenir de los intelectuales –académicos, novelistas, poetas, políticos y artistas– que conforman la cultura institucional española de la segunda mitad del siglo XX.

Gregorio Morán ha construido un relato muy personal de la intelectualidad española de la segunda mitad del siglo XX. La selección de aquellos a quien él considera mandarines es indiscutible pero podría haber añadido diez o quince más y el libro sólo hubiera sido más largo –posiblemente mucho más– y no menos acertado. Porque se trata de un libro tan acertado como necesario y de recomendable lectura.

La prosa de Morán es exigente, a ratos rocosa, montañosa en ocasiones; para los aficionados al ensayo es un placer. Quien espere una disección objetiva se encontrará con una obra en la que la opinión e incluso los prejuicios del autor son tan importantes como los hechos. El sesgo personal aporta al libro una cualidad única; por edad, bagaje y experiencia, Morán coincidió, si no en el espacio seguro que en el tiempo, con (casi) todos los mandarines. En comparación con otra obra de reciente aparición, ‘Aquellos años del boom’ de Xavi Ayén, la de Morán es un relato del que estuvo allí. Ambos libros son tan imprescindibles como diferentes. Allí donde Ayén se aleja para que hablen los hechos y sus protagonistas, Morán se involucra casi hasta formar parte del relato. Ayén describe a un elenco de personajes. Morán está entre ellos. Ayén dota a su premiado ensayo del contexto suficiente para comprender lo que cuenta. Morán presume en el lector un conocimiento suficiente de la historia contemporánea de España; sin dicho conocimiento la lectura resultará imposible.

La once malditas páginas y el enorme vacío

Dice la versión oficial que Planeta se negó a publicar el libro de Morán a causa de once malditas páginas del penúltimo capítulo. Una vez leído queda la sensación que, o no había para tanto, o todo el libro era impublicable. Víctor García de la Concha sale muy mal parado pero la mayor parte de lo que dice Morán es contrastable; otra cosa es cómo lo dice, pero si ese fuera el problema todo aquél que apareciera en el libro y estuviera vivo tendría motivo de queja, ignoro si también de querella. En el infierno una legión de aludidos se habrá puesto en fila para ajustar cuentas.

En ‘El cura y los mandarines’ hay un enorme vacío. Morán dedica el octavo capítulo a reivindicar al casi olvidado Luis Martín-Santos, autor de ‘Tiempo de silencio’. En el vigesimoprimer capítulo hace una semblanza poco caritativa –nada nuevo– de Carlos Barral. También dedica todo el vigesimocuarto capítulo a escarnecer la fundación del diario El País mientras el trigésimo tercero contiene las once malditas páginas. Todo el libro está salpicado de referencias poco benévolas hacia personajes como Josep Maria Castellet, Camilo José Cela, Manuel Fraga Iribarne, su inevitable cuñado Carlos Robles Piquer, y un largo etcétera. Pero la editorial Planeta (casi) no aparece.

Gregorio Morán no dedica ni un capítulo al grupo editorial español más importante de la segunda mitad del siglo XX, contemporáneo de unos mandarines que por gusto o por fuerza estuvieron bajo su influencia; toda la cultura española sigue bajo dicha influencia. A José Manuel Lara sólo se le menciona en dos ocasiones, en la página 9 –el prólogo– y en la 346, pero resulta que ¡el primero es el hijo y el segundo el padre! Una sola entrada en el índice onomástico para dos personas distintas. Encontrar la editorial –o el grupo– Planeta es algo más complicado porque en el índice onomástico no aparece (y puestos a echar en falta elementos imprescindibles, el libro carece de bibliografía). A parte del prólogo, donde Morán habla del caso de las once malditas páginas, Planeta sólo aparece en la mencionada página 346, la 610 y la 754. Morán la menciona como podría no hacerlo, tan poca es la importancia que le da.

Es comprensible –no sé si justificable– que Morán ignore en su libro la propia editorial para la que escribe pero eso da lugar a una cósmica paradoja: el libro que retrata la intelectualidad española de la segunda mitad del siglo XX carece de uno de los factores cuya mera existencia explica muchas cosas. Digo que es comprensible porque Morán tenía dos opciones: o escribía un libro que Planeta no podía publicar por lo que se decía de la editorial, su fundador y su hijo –ergo el encargo y el anticipo se iban por el retrete– o bien escribía lo que ahora podemos leer. Imaginen la hipotética conversación que pudo producirse el pasado septiembre entre José Manuel Lara Bosch y el autor:

–Oye Gregorio, que en tu libro no sale Planeta.

–Manolo, si en mi libro saliera Planeta nunca me lo publicarías.

–Ah, coño… es verdad. Pero eso es un problema.

–¿Un problema? ¿Por qué?

–Porque se van a pitorrear de un libro que habla de los mandarines de la cultura española de 1962 a 1996 y no menciona a Planeta.

–Visto así…

–No, Gregorio, no… yo esto no puedo publicarlo. A ver, si te despacharas a gusto con nosotros tampoco podría hacerlo, pero tenemos que encontrar una solución… que odien a Planeta tiene un pase pero que se rían… ¡pues como que no…!

–Pues tú verás, Manolo… ¡el libro está a punto de salir!

–Veamos… en el capítulo treinta y tres pones a parir a García de la Concha…

–Como si fuera el único…

–Ya, Gregorio, pero resulta que tenemos magníficas relaciones con el Instituto Cervantes y la RAE nos paga un potosí por editar su diccionario.

–Entiendo…

–Total, que como todo el mundo ya nos ve como unos hijos de puta, lo mejor, para Planeta y para ti, es que yo me niegue a publicar tu libro por… déjame ver… por once malditas páginas.

–Joder Manolo, pero hay un anticipo que…

–No te preocupes por eso Gregorio, somos nosotros quienes incumplimos el contrato. Y ya encontraremos un editor que se comprometa a publicar tu libro sin leerlo antes, ¡que por algo me llamo José Manuel Lara…!

Qué quieren que les diga. Me da igual por qué el Grupo Planeta no sale en el libro de Morán, pero muchos estarán de acuerdo conmigo que es un libro incompleto. Ojo, ni mucho menos es un libro fallido, sigue siendo una gran obra ante la que hay que descubrirse y no me cansaré de recomendar su lectura, pero no está completa.

En mi opinión es imposible comprender toda la trayectoria de los mandarines de Morán sin entrar a fondo –¿a saco?– con el Grupo Planeta. La respuesta a muchas preguntas sigue pendiente. Tras leer el libro se me antoja una respuesta a por qué todos acabaron siendo un hatajo de carcas: el Régimen fascista y nacional-católico en el que nacieron algunos y creció la mayoría era todavía más carca. Parecían vanguardistas por contraste del mismo modo que nuestra democracia nos pareció escandinava hasta que nos estrellamos con las disfunciones de nuestra Transición. Del mismo modo, fue necesaria una crisis morrocotuda para ver que la pretendida Arcadia editorial en la que muchos creían vivir era un globo peligrosamente inflado. Por eso hay que leer ‘El cura y los mandarines’. Porque hay ausencias elocuentes.

Rafael Reig y su cacharrito

PRECOLOMBINO-

Hace unos días Rafael Reig publicó un artículo en eldiario.es en el que arremetía contra el libro digital en respuesta –supongo, porque no lo enlaza– a unas declaraciones que Luis Solano, editor de Libros del Asteroide, realizaba en este otro artículo del mismo medio digital. Estar en contra de la digitalización del libro es intelectualmente lícito desde una base sólida. Este no era el caso del artículo de Reig. Para el escritor y crítico, el libro digital sólo es una excusa para vender cacharritos.

Así se explaya Reig en un fragmento de su artículo:

Se hablaba de los “soportes” y los “contenidos”, y recuerdo que dije que eso era un engaño: que el “soporte” era el texto literario, porque lo que de verdad importaba era vender cacharros electrónicos, usando para ello como “soporte” las novedades editoriales y el siempre oportuno escudo de “defensa de la cultura” […]. Pura ferretería con obsolescencia programada para multiplicar los beneficios.

[…]

Me parecía, sinceramente, la vieja historia del rey desnudo: todo el mundo podía ver que sólo se trataba de vender unos cuantos cacharros y a mí me parecía que era un ingrato papel el de tonto útil para ayudar a los ferreteros a hacer cuartos con sus carísimos chismes de lectura electrónica.

El lenguaje nunca es inocente. Rafael Reig no habla de dispositivos, lectores de libros electrónicos o e-readers; además de peyorativa, la aproximación de Reig es naíf. Como si hace mucho, mucho tiempo, un par de pérfidos americanos a los que llamaremos Steve & Jeff hubieran tenido la aviesa idea de inventarse unos cacharritos para leer. Con ellos pretendían colonizar nuestras castizas mentes y conseguir que nosotros, vigías intelectuales de occidente, abandonáramos la lectura en papel. Así porque sí:

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–Steve & Jeff en pleno proceso creativo según la imagen mental de Rafael Reig–

La historia del libro digital no puede reducirse a un gag de Barrio Sésamo. El libro digital nace mucho antes que aparecieran los cacharritos, del mismo modo que la producción industrial –o seriada– de libros es muy anterior a la invención de la imprenta. Sin mencionar las técnicas de producción en serie ya existentes en la antigua Roma (no se pierdan LIBROS Y LIBREROS EN LA ANTIGÜEDAD, Alfonso Reyes. Ed. Fórcola. Madrid, 2011) a partir del siglo XIII y a medida que van apareciendo universidades por Europa se desarrolla toda una industria manual de producción de libros en serie –y en masa– para una nueva clientela cada vez más numerosa: los profesores y estudiantes universitarios (recomiendo los dos primeros capítulos de LA APARICIÓN DEL LIBRO. Lucien Febvre y Henri-Jean Martin. Fondo de Cultura Económica. México, 2005). La aparición de la imprenta cubre una demanda anterior a su invención, de otro modo Gutemberg no hubiera tenido ningún motivo para meterse en camisa de once varas. Robert Darnton y su proyecto Gutemberg-e, autores como George P. Landow) y su ‘Teoría del Hipertexto’ (Ed. Paidós, 1997) o el más divulgativo ‘El Mundo Digital’ (Ediciones B, 1995) de Nicholas Negroponte, el desarrollo de Internet en los años setenta del siglo pasado y la World Wide Web a caballo entre los ochenta y los noventa son antecedentes equiparables a lo que sucedió en la Baja Edad Media. Si se soslaya todo lo mencionado se dicen cosas como esta:

¿Por qué? Porque a nadie le hacen falta. Como dijo Umberto Eco, hay inventos, como la rueda, la cuchara o el libro, que no se pueden mejorar.

A nadie le hace falta el libro digital. Como especie necesitamos muy pocas cosas para sobrevivir. En latitudes templadas y frías es inevitable contar con ropa de abrigo y una serie de útiles –para encender fuego, por ejemplo– pero si nuestra vida discurre en latitudes cálidas no necesitamos casi nada. Al menos no en términos estrictamente biológicos –un libro es inútil en ciertas circunstancias– ergo recurrir al manido ‘nadie lo necesita’ es pueril además de sesgado. No contamos con tecnología por estricto imperativo biológico.

La cerrilidad de Reig ni siquiera es nueva. Estoy de acuerdo con él en que, tal como menciona en su artículo, no se trata de neoludismo –lícito si su intención fuera proteger los medios de producción analógicos respecto los digitales– sino de un enfoque fundamentalmente conservador, del miedo a cualquier cambio que nos obligue –que le obligue a él– a una adaptación para la que nunca nos prepararon. Como expone Gavin Weightman en Los Revolucionarios Industriales (Ed. Crítica, 2008) cuando en el siglo XIX apareció el telégrafo eléctrico muchos dijeron que no era necesario porque ya existía el telégrafo óptico inventado en el siglo XVIII. Lo mismo sucedió con el teléfono; se suponía que sólo lo usarían gobiernos y unas pocas empresas porque la gente corriente no perdería el tiempo conversando mediante semejante aparato. Con la aparición del ferrocarril muchos médicos pronosticaron fallos cardíacos a velocidades superiores a 30 km/h, habitual para un caballo al galope. Luego Rafael Reig se descuelga con esto:

Mi opinión, igual que hace ya más de diez años, es que el libro electrónico no tiene futuro, al menos para la ficción narrativa. Sin duda puede ser de mucha utilidad para otras cosas, desde suscripciones a revistas profesionales a libros de texto.

Si ya pensaba en el libro digital hace diez años y no ha cambiado un ápice su opinión es que se ha enterado de poco; acepta que puede ser de mucha utilidad para libros que no sean ficción narrativa. Es decir, reconoce que el libro digital es una buena idea para los mismos a los que fue útil la invención de la imprenta en el siglo XV. Como analogía es algo endeble si pretende usarla en su favor.

Reconozco que estoy jugando con las palabras de Reig de una forma algo impropia; que sea tan fácil muestra lo poco meditada que tiene la cuestión o de otro modo no formularía preguntas como las siguientes, con las que cierra su artículo:

Mis preguntas se dirigen a Luis Solano y a los periodistas que tanto apoyan lo digital: ¿y si los lectores tuviéramos razón? A lo mejor es que no necesitamos libros digitales, como no necesitábamos yogurteras. ¿Por qué demonios tendríamos entonces que apoyar a los vendedores de ferretería electrónica y leer en un soporte incómodo, caro, inhóspito y que tendremos que renovar cada pocos años para sustituirlo por uno nuevo y más caro, como ya hemos aprendido de los ordenadores? ¿Cuánto vamos a tardar en admitir que el rey está desnudo o que el libro electrónico no era ninguna buena idea (salvo que vendas lectores electrónicos y te forres, claro)? ¿Por qué seguimos riéndoles la gracia a los vendedores de cacharros?

Los lectores no tienen razón, si acaso tienen razones –motivos– para leer de una u otra forma. Leen en papel porque les compensa hacerlo y decidirán leer en digital por idéntico motivo. Es una cuestión de incentivos. De su comportamiento se derivará el éxito o el fracaso de las propuestas tecnológicas a su alcance sin que eso implique que sean más o menos lícitas desde el punto de vista intelectual o moral.

La alusión a las yogurteras muestra que Reig sólo ha entendido el libro digital de forma anecdótica, como posiblemente entiende el de papel. El libro, sea de arcilla, de papiro, de pergamino, de vitela, de papel o digital es sólo la parte visible de un sistema que permite almacenar, transmitir, recuperar y gestionar información y conocimiento, que lleva miles de años evolucionando y tiende a un aumento sostenido de la complejidad. Lo de menos ha sido el objeto libro, que ha cambiado para adaptarse a nuevas necesidades. Verlo al revés es creer que la invención de la rueda, hace miles de años, no tuvo ningún sentido pues no había carros, bicicletas ni coches. O renunciar a los libros de papel para no hacerles el juego a impresores, papeleras y fabricantes de muebles.

Centrarse en los cacharritos es ignorar fenómenos como la autoedición digital, redes sociales como Goodreads, el acceso a la lectura para quienes viven en lugares remotos y sólo disponen de un teléfono móvil, el paso de meros consumidores a prosumidores, la universalización de los medios de edición publicación –que sólo un déspota ilustrado puede rechazar; hay tantos y tan importantes ejemplos que sorprende la ignorancia de Rafael Reig. Reducir la lectura a los cacharritos es como creer que el sexo se reduce a… a eso, al cacharrito. El órgano más importante para la lectura –y para el sexo– es el cerebro. El resto es accesorio. Como los cacharritos.

24symbols, el elefante en la habitación (3): el modelo de negocio ‘Book Club’

Imprimir- Imagen: 24symbols -

El modelo Book Club de 24symbols nace con la incorporación del Grupo ZED, multinacional española especializada en la comercialización de contenidos a través de dispositivos móviles, en el accionariado de la empresa. El nuevo enfoque del negocio, que sustituirá al modelo freemium con el que todavía convive, consiste en la prestación de servicios de lectura en la nube en alianza con operadoras de telefonía móvil.

Actualmente, 24symbols ya ofrece el servicio Book Club en Colombia y Guatemala con Tigo, en Rusia con Beeline y en Argentina con Personal. Está en negociaciones con diversas operadoras en España, Estados Unidos, Alemania e Italia.

En este modelo de negocio cada una de las partes –24symbols y la operadora correspondiente- juega un papel diferente:

  • 24symbols aporta las aplicaciones para los diferentes dispositivos y la plataforma tecnológica desde la que se presta el servicio manteniendo siempre el control de los archivos de los ebooks. Dinamiza la lectura en redes sociales y lleva a cabo acciones de marketing de contenidos en base al conocimiento generado por su propia plataforma.
  • La operadora móvil aporta una marca reconocible en el territorio donde opera, su cartera de clientes y un modelo sencillo de cobro del servicio mediante la factura del móvil, haciendo innecesario el uso de la tarjeta de crédito.

Los clientes de la operadora son también clientes de 24symbols. A diferencia del modelo freemium, en Book Club no hay lectores free y lectores Premium. Todos son iguales desde el primer día. Los lectores pagan una cuota cada mes a cambio de un número determinado de créditos que pueden canjear por lecturas enteras de libros. Cada libro tiene un precio diferente en créditos. No hay publicidad insertada.

Todos los lectores bajo el modelo Book Club son iguales porque todos son clientes de la operadora de telefonía y pueden acceder gratuitamente al primer 10% de cualquier título del catálogo. 24symbols considera que un libro se ha leído, a efectos de facturación, si el lector sobrepasa ese 10% de prueba por título; a eso lo llama “lectura efectiva”. Toda lectura por debajo de ese 10% es gratuito pero cuando se supera ese límite el libro se considera leído y los créditos equivalentes se restan.

Resumiendo: con el modelo Book Club cada lector puede probar hasta el 10% de todos los libros pero sólo puede leer enteros una pequeña parte, que se descontarán de su total mensual disponible de “lecturas efectivas”.

Las liquidaciones a los editores en el modelo Book Club

24symbols paga a la editorial por cada lectura efectiva o libro leído como si fuera una venta en firme. El precio no es el mismo que el PVP de venta en otros canales sujetos al precio fijo porque, como en el caso del modelo freemium, esto es una comunicación pública, no es una venta de contenidos y no está sujeta al precio fijo.

Teniendo en cuenta que ya no hay una tarifa plana, que todos los lectores son iguales, que los clientes son de 24symbols pero factura la operadora de telefonía y que al final se paga por cada libro leído, el sistema de facturación y liquidación a los editores no tiene nada que ver con el modelo freemium.

Cada lectura efectiva genera ingresos al editor. Aunque no se realiza ninguna compra porque el libro digital sigue sin ser propiedad del lector, el modo que tiene 24symbols para determinar el precio de cada lectura efectiva está relacionado con el PVP, pues eso permite al editor encajar mejor dichas ventas con sus propias campañas, costes, etc.

Precisamente porque el lector no paga la compra de un libro sino la posibilidad de leerlo, el precio no puede ser igual al PVP de otros canales. 24symbols recomienda que el precio en la plataforma sea el equivalente a entre un 40 o 50% del PVP de los canales de venta con descarga. Eso es sólo una recomendación, el editor puede fijar el precio que quiera desde la absoluta gratuidad –interesante a efectos promocionales– hasta el 100% del PVP en librería –no es muy aconsejable pues esto es servicio, no una venta. El reparto se establece como en el modelo freemium: 70% para el editor, 30% para 24symbols.

Precio y sistema de créditos

El precio no es una variable aislada dentro del modelo Book Club. El lector pagará un precio diferente para cada libro en función del precio fijado por el editor. El sistema funciona del siguiente modo:

  • El editor fija un precio para la lectura efectiva de cada uno de sus libros.
  • Cada cliente paga una cuota mensual que le da derecho a unos créditos.
  • Cada lector puede leer los libros que quiera de forma gratuita, siempre que no sobrepase el 10% de cada título.
  • Cada vez que un lector sobrepase el 10% de un título se le descontarán los créditos equivalentes a la lectura efectiva de ese libro y la plataforma abonará el porcentaje correspondiente al editor.
  • Si no supera los créditos de lectura permitidos sólo pagará la cuota mensual prevista. Una vez agotados los créditos la operadora podrá seguir cobrando el consumo mediante la siguiente factura del móvil.

El sistema de créditos es un mecanismo de control para tarifas mensuales bajas. Si no hubiera ninguna limitación la plataforma incurriría en un gran riesgo de pérdida porque está obligada a abonar al editor las lecturas efectivas; una familia de cuatro miembros capaz de leer dos títulos al mes por cabeza a cambio de una sola tarifa de nueve euros puede comprometer la rentabilidad. Con un sistema de tarifa plana pura freemium es imposible remunerar por lectura efectiva.

Lo contrario también es cierto: disponer de créditos implica que los clientes de la operadora se verán movidos a hacer uso de ellos. Al fin y al cabo el concepto funciona como un ecosistema cerrado que promueve el gasto de los créditos disponibles y permite el gasto adicional. Promueve la lectura, aunque sea de forma indirecta.

Variante “all-you-can-read”

24symbols tiene la intención de ofrecer el servicio Book Club en España y Estados Unidos –todavía en curso de negociación con algunas operadoras– con una variante llamada “all-you-can-read”, es decir, sin límite de lecturas mensuales y, por lo tanto, sin créditos. A cambio de la cuota mensual cada lector podrá leer todo lo que pueda. Safari hace tiempo que usa este modelo y Oyster lo está considerando.

Aunque el planteamiento es arriesgado parte de la base que hay muy pocos lectores que realmente puedan implicar un riesgo económico para 24symbols. Así como el cliente natural de 24symbols es todo aquél que lea al menos un libro al mes –con una cuota mensual de unos 9€– son pocos los lectores –e incluso las familias– que superen dicha media. Por el contrario, este tipo de lector no encontrará atractiva la oferta si se ve demasiado limitado en el número de títulos y decidirá que el servicio no le compensa. No debemos olvidar que la oferta, especialmente en castellano, todavía es relativamente escasa, especialmente en ciertos nichos.

Con esta propuesta 24symbols combina lo mejor de freemium y Book Club. Por un lado ofrece una tarifa plana pura a los lectores con un medio de facturación a cargo de la operadora de telefonía mientras por el otro ofrece a autores y editores una fórmula de remuneración comprensible, fiable y fácilmente trazable.

24symbols cuenta con los modelos de negocio de lectura en la nube más avanzados . Eso es bueno para 24symbols pero suscita varias preguntas de difícil respuesta: ¿a largo plazo es rentable la lectura en la nube? En caso de serlo, ¿para quién? ¿Qué implica la comoditización de la lectura que implica esta forma de leer? ¿La lectura en la nube es incompatible con otros canales y modelos de negocio? Intentaré responder a estas y otras preguntas en la siguiente entrada de esta serie.

Cuando la prensa se viste de puta

SPRINTIA-

No es la primera vez. No será la última. No es el problema más grave que atenaza a la prensa, pero es un claro síntoma –otro más– de su esclerótica situación. Ayer los principales periódicos españoles aparecieron con la misma publicidad del Banco Santander en la portada. ¿Todavía hay quien se pregunta por qué la gente no está dispuesta a pagar por el periodismo de siempre en Internet?

No glosaré aquí y ahora el Götterdämmerung de la prensa de los últimos lustros. Sólo recordaré el desplome en publicidad, en credibilidad, en independencia, en oficio, en ventas, en difusión y en tantas cosas más. Ayer, en los quioscos de España, pudimos ver esto:

PORTADAS_INFO LIBRE

- Imagen: Info Libre -

Bernd Schuster diría aquello de “no hase falta desir nada más”. La prensa se encuentra al borde del precipicio y sigue dando pasos hacia delante. Tan responsables son los grandes anunciantes como los grandes medios. Cada otoño los grandes grupos mediáticos peregrinan a las direcciones de comunicación de las grandes empresas para ver “qué hay de lo mío”. La publicidad como forma de mantener no un negocio –su función natural y lícita– sino un statu quo. La publicidad como compra de favores y hacerse perdonar. La publicidad como contraprestación a una deuda que muchos saben que no pueden devolver. Los bancos y las grandes empresas también lo saben pero juegan con la debilidad de los medios para sacar toda la tajada posible antes de su definitivo hundimiento.

Al Banco Santander esta foto se la trae al pairo. Juega con la desesperación de los periódicos que un día, un nefasto día, decidieron vender toda la portada; no la vendieron como hace un siglo hacía La Vanguardia, con enormes esquelas de necrológico valor informativo –sólo si eres muy importante puedes morirte mucho, no otra cosa es morirse a gran esquela–, la vendieron al primero que pasara por allí con suficiente dinero. No es lo mismo.

Prestar la portada a esa escala es convertir el periódico en valla publicitaria. Ayer daba igual si se vendían o no periódicos, el Banco Santander sabía que su publicidad aparecería durante todo el día en los miles –¿decenas de miles?– de quioscos españoles. Mucho más rentable y rápido que contratar todas las vallas de todas las carreteras del país. Mucho más eficiente que contratar páginas completas en todos esos mismos medios, pues esas páginas sólo las ve quien lee el periódico. Y todos saben, periódicos y anunciantes, que ya (casi) nadie lee el periódico.

Si a cambio la calidad periodística hubiera subido; si supiéramos que a los periodistas se les trata dignamente; si no sospecháramos que a parte de los directores de esos periódicos los ha puesto el político de turno y el resto están porque no molestan; si no fuéramos conscientes que la imagen de ayer es la foto de una bajada de pantalones que empezó hace mucho; si no supiéramos que la gran prensa bajó la cerviz; si todo eso no existiera, si tuviéramos una gran prensa de verdad, la foto sería sólo una anécdota. Pero no es el caso.

Ayer la prensa se vistió de puta en un acto de coherencia que le honra. Hubo excepciones, como siempre. Algunos dirán que ellos no participaron, como de costumbre. Dará igual porque lo harán otro día, sin tanto ruido. En su discreto rincón. Porque incluso entre las putas –profesión respetable– hay clases; las hay de carretera, de esquina, de lupanar y de lujo. Hoy en día a todos los grandes periódicos les pagan para lo mismo, para sonreír a quien paga con informaciones inocuas. Y no, no estoy hablando de los lectores que pagan. Esos hace tiempo que volaron. Y no, esos, no volverán.

24symbols, el elefante en la habitación (2): el modelo de negocio ‘freemium’

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- Imagen: 24symbols -

La lectura en la nube consiste en leer un libro digital que siempre permanece en un servidor en Internet; el lector paga por un derecho de acceso a un recurso que nunca será suyo. Es un pago por uso: mientras esté abonado al servicio el lector podrá acceder a toda la oferta. Cuando deje de pagar, se quedará sin biblioteca. La transición de la lectura como propiedad a la lectura como servicio es un camino que está lejos de comprenderse. En este artículo y el siguiente veremos los dos modelos de negocio de 24symbols, los más avanzados en España.

Una empresa, dos modelos de negocio

24symbols aparece en abril de 2011 y es, actualmente, la plataforma de lectura en la nube líder en lengua castellana. Cuenta con un catálogo multilingüe de más de 200.000 títulos de más de 200 editores y con 650.000 usuarios registrados.

Hasta hace un par de años el único modelo de negocio de 24symbols era freemium: todos los suscritos a la plataforma tenían acceso gratuito –free- a una parte del catálogo que se financiaba con publicidad. Los usuarios también contaban con la posibilidad de pagar una cantidad al mes –alrededor de los 9€– para acceder al servicio Premium y, con él, a todo el catálogo.

24symbols cuenta con otro modelo de negocio llamado Book Club fruto de la compra de una participación del 35% de la empresa por parte de la multinacional ZED y se basa en la colaboración con operadoras de telefonía que gestionan los clientes y el pago del servicio mediante la factura del teléfono móvil; del modelo Book Club hablaremos en la próxima entrega de esta serie.

Cómo funciona el modelo Freemium de 24symbols

Como comentábamos, este modelo de negocio combina un servicio gratuito –free– con uno más avanzado –Premium– de pago. Fred Wilson popularizó un concepto que ya existía mucho antes y al que Jarid Lukin bautizó en 2006. Wilson describe el modelo freemium en un artículo de su blog que empieza de este modo:

Give your service away for free, possibly ad supported but maybe not, acquire a lot of customers very efficiently through word of mouth, referral networks, organic search marketing, etc, then offer premium priced value added services or an enhanced version of your service to your customer base.

La oferta gratuita hace que la prescripción entre particulares –boca-oreja– promueva la incorporación de nuevos usuarios free con inversiones de marketing relativamente reducidas. En el caso del modelo freemium aplicado a la lectura en la nube, la teoría dice que cuando los nuevos usuarios se habitúan a leer en la plataforma y les gusta se suscriben al servicio Premium para superar las limitaciones del modo gratuito.

Es el editor quien decide qué libros están en modo free o en modo Premium. Puede poner todo su catálogo en free para que le conozcan para luego ir migrando los títulos a Premium, dedicar una parte del catálogo a cada modo, o encerrarlos todos en Premium. No hay suficiente experiencia todavía para establecer una estrategia clara al respecto, aunque siguiendo el concepto freemium de la plataforma, al menos una parte del catálogo del editor debería estar disponible para su lectura libre.

Los usuarios free deben estar permanentemente conectados a Internet, deben aceptar la inserción de publicidad y sólo pueden acceder a un catálogo limitado pues depende de los editores incluir o no sus libros en la opción de lectura gratuita.

La publicidad en 24symbols es intersticial. Cuando un lector free lee un libro se encuentra con publicidad al principio de cada capítulo. Para leer el libro debe cerrar el intersticial, del mismo modo que sucede en muchas páginas web. Si lee en su móvil lo que verá será parecido a esto:

EJEMPLO PUBLI 24SYMBOLS- Imagen: 24symbols -

Los usuarios Premium pueden leer todo el catálogo, pueden hacerlo incluso sin conexión mediante una memoria caché gestionada por la aplicación de 24symbols que se descarga en el dispositivo del usuario, sus lecturas están libres de publicidad y se puede acceder al catálogo completo. El lector no puede acceder en ningún momento al EPUB descargado en su dispositivo.

La retribución al editor en el modelo ‘freemium’: cuando la complejidad es un problema

Cada trimestre 24symbols distribuye el 70% de sus ingresos entre los editores en función de la cantidad de páginas virtuales leídas de cada título. Todas las páginas, sean del libro que sean, se consideran iguales a efectos de liquidación y se les asigna un precio mínimo por página. En la lectura digital la noción tradicional de página no tiene ningún sentido, pues cada dispositivo mostrará el texto en función de muy variados parámetros. Para 24symbols, 250 palabras equivalen a una página y entiende que han sido leídas si han sido mostradas en el dispositivo del usuario. Esas 250 páginas provienen del entorno analógico y son las que caben aproximadamente en una cuartilla tanto en castellano como en inglés. Si el dispositivo de lectura en el que se reproducen las páginas tiene una altura inferior a los 300 píxeles se considerará que una página equivale a 125 palabras, para adaptarse a móviles con pantallas pequeñas.

El precio mínimo por página se obtiene dividiendo los ingresos totales entre todas las páginas leídas en un trimestre. La cantidad de dinero a repartir –el 70% mencionado– es el resultado de sumar las suscripciones Premium a toda la publicidad genérica del modelo free. Algunos anunciantes son selectivos y sólo quieren que su publicidad aparezca en ciertos títulos y no en otros porque consideran que ciertos temas se ajustan mejor a su producto. Eso incrementa el precio por página de dichos títulos porque esas cantidades ingresadas no se comparten con el resto.

Todas las páginas se remuneran de la misma forma, sean leídas por usuarios free o suscriptores Premium. Cada trimestre se calcula –actualiza– el precio mínimo de página, de modo que el de un trimestre puede no coincidir con el del siguiente, aunque las variaciones no son muy acusadas. El precio mínimo por página será mayor cuantos más usuarios Premium haya en la plataforma y con el aumento de la publicidad. De este modo el valor añadido se transfiere de lectores y anunciantes a los autores y los editores, que ven mejor recompensada su obra.

Esta forma de liquidación no entra en conflicto con el precio fijo que prescribe la Ley del Libro porque es equiparable a una comunicación pública, no a la venta de contenidos. Desaparece la noción de precio del libro porque el de las páginas virtuales cambia cada trimestre en función de los factores señalados. Esto puede estar muy bien para 24symbols, es muy cómodo para los lectores, pero es un problema para autores y editores.

Sobre el papel, este modelo de retribución a los editores es equitativo, todos los títulos ganan si la plataforma gana, porque el precio mínimo por página sube para todos –y baja para todos cuando es el caso. El problema es que es muy complejo, mucho más que los modelos de retribución tradicional que contienen los contratos de cesión de derechos ente autores y editores. Eso crea resistencias naturales entre autores y editores porque según su punto de vista:

  • Es (casi) imposible contar libros vendidos: en primer lugar porque no se venden por unidades y en segundo lugar porque lo que se cuentan son páginas virtuales que raramente van a coincidir con las analógicas. El único modo que tiene un editor de informar a un autor de cuántos libros ha “vendido” en la nube bajo el modelo freemium es sumar el total de páginas virtuales leídas de ese título en un trimestre y dividirlas por la cantidad equivalente de páginas virtuales que tiene el título en cuestión –esa cantidad siempre será fija.
  • Cada trimestre cambian los honorarios: en caso de poder llegar a contar el equivalente de libros vendidos, editor y autor se encontrarán con que la retribución al autor cambia cada trimestre porque el precio mínimo por página también lo hace. En un entorno de precio fijo como el español un porcentaje siempre equivale a una cantidad fija por cada venta en librería, ya sea analógica o digital. Pero eso no sucede en la lectura en la nube bajo modelo freemium.
  • Se complican mucho las liquidaciones a los autores: a la mayoría de autores les cuesta aceptar las remuneraciones basadas en la lectura de páginas virtuales y no en la venta de títulos, lo ven como una entelequia. Si además autor y editor han trasladado los porcentajes tradicionales al modelo freemium se encontrará con liquidaciones ridículas en caso que se hayan leído muy pocas páginas en total.

En un hipotético mercado maduro del libro digital el modelo freemium tendrá mucho más sentido. Actualmente, con la cesión de derechos en plena adaptación al entorno digital, es muy difícil que dicho modelo prospere. Aunque el público responda –y parece responder– el negocio sólo es viable a medio y largo plazo si autores y editores confían y apuestan por él, alimentando el catálogo y haciendo cada vez más atractiva la lectura en la nube. Parece que el modelo de negocio freemium será más adecuado en un mercado con menos incertidumbre. En la siguiente entrega de esta serie hablaremos de Book Club, el modelo de negocio que mejor se adapta a los usos editoriales tradicionales y que parece tener más futuro a corto y medio plazo.